27 de octubre de 2013

Las profecías del astrólogo Crisantemus



Siete muertes a plazo fijo (1950), Manolo Alonso

Mirta Aguirre valoraba así el papel pionero de Manolo Alonso en la cinematografía cubana a raíz del estreno de Siete muertes a plazo fijo:

 
“Antes de este filme de Manolo Alonso, en Cuba había habido intentonas más o menos felices o desdichadas, algunas de ellas –Hitler soy yo (Manolo Alonso, 1946)- debidas al mismo Alonso, pero con Siete muertos a plazo fijo es que puede decirse que nace el verdadero cine cubano, concebido no como aventurilla fotográfica de carácter pintoresquista, sino como serio maridaje de industria y arte, negocio y ciencia, cuyo conflicto central se encuentra en el equilibrio entre las apetencias y las urgencias de taquilla de la producción y los imperativos de la técnica y las demandas de la estética. Problema dificilísimo para las cinematografías novatas y para el cual, hasta hoy, no habían apuntado en Cuba soluciones”.


Guillermo Cabrera Infante, crítico entonces de la revista “Carteles” fue menos complaciente con ella, pero tanto él como “Titón” Gutiérrez Alea vieron en su siguiente producción Casta de roble (Manolo Alonso, 1953) un paso adelante en la creación de un auténtico cine cubano, no exento de resabios melodramáticos, pero con intención de aproximarse a la corriente realista que dominaba el cine europeo y parte del norteamericano.


Como otros se han ocupado de glosar la figura de Alonso y la película que proyectamos anoche en la carpa nos disculparán ustedes de repetir lo que ya han dicho otros.


Tres compañeros de colegio se reúnen a celebrar la noche de fin de año: el padre Manuel (Juan José Martínez Casado), que colecciona almas, Fernando, que acapara aplausos, y Esteban (Eduardo Casado) que atesora billetes de banco. Fernando está casado con Delia (Maritza Rosales), con la que comparte cabecera de cartel en los principales teatros y cabarets de La Habana, y Esteban con Elisa (Raquel Revuelta).


Pero al punto irrumpen en la casa dos personajes inesperados: el bandido “Siete Caras” (Alejandro Lugo) recién evadido de prisión, y el misterioso astrólogo Crisantemus –“por mi boca hablan los astros, vengo del fondo de la noche y traigo una enorme sed”- (Ernesto de Gali), que predice la muerte del bandido para el 19 de enero. 

 

Como por milagro y cumpliendo la previsión del astrólogo, “Siete Caras” consigue escapar de la policía sólo para morir en brazos de su madre 19 días más tarde.


A partir de ahí, el resto de los invitados –incluidos el detective que quería detener al bandido (Hugo Monte) y un empresario de pompas fúnebres (Alfredo Otero) que pasaba por allí- aguardará con distinto talante el cumplimiento de la profecía que sobre la muerte de cada uno de ellos hiciera Crisantemus en la noche fatídica. 


La película alterna momentos dramáticos –la muerte de “Siete Caras” o el colpaso de la Bolsa-, con números musicales, algunas escenas de vodevil –como la llamada del reportero a Delia mientras ella atiende a unos compradores que el otro toma por amantes- y, sobre todo, abundantes dosis de humor negro por cuenta de Pantaleón Corona, el empresario de pompas fúnebres. El cóctel proporciona al conjunto suficiente dinamismo como para que la acción no decaiga.

La fotografía corría a cargo del argentino de adopción Hugo Chiesa, en Casta de roble contaría con la colaboración en este apartado del prestigioso operador español Alfredo Fraile. En el reparto, el quién es quién del firmamento radiofónico, del teatro popular y de la naciente televisión. Una vez más, aquí encontrarán ustedes noticia pormenorizada de la trayectoria profesional de algunos de ellos.

Siete muertes a plazo fijo (1950)
Producción: Producciones Alonso (CU)
Director: Manolo Alonso.
Guión: Antonio Ortega, Anita Arroyo, de un argumento de Obón y Correón. Diálogos adicionales: María Luisa Casanova.
Intérpretes: Juan José Martínez Casado (el padre Manuel), Alejandro Lugo (“Siete Caras”), Raquel Revuelta (Elisa), Ernesto de Gali (el astrólogo Crisantemus), Maritza Rosales (Delia), Eduardo Casado (Esteban ), Hugo Monte (Tomás, el detective), Carmita Ignarra (Margarita, su novia), Julito Díaz (don Jacinto, el suegro), Rosendo Rosell (Ricardo, el reportero de “El País”), Alfredo Otero (Pantaleón Corona),  Zulema Casal, Manolo Fernández, Mary Munné, Pedro Segarra, Rolando Barral, Martica Díaz, Bellita Lagos, Lilia Lazo, Manela Bustamante y el ballet de Leonela González.
85 min. Blanco y negro.

25 de octubre de 2013

Turistas italianos en el Tibidabo




Fontana di Trevi / Roma de mis amores (1960), Carlo Campogalliani

Fontana di Trevi / Roma de mis amores es una coproducción ítalo-española, rodada en Eastmancolor y SuperTotalScope, que toma elementos de otras comedias rosáceo-turísticas de aquella época de boom económico y canzonissima en Italia y desarrollismo en España. En concreto, valen como referencias explícitas Three Coins in a Fountain (Creemos en el amor, Jean Negulesco, 1954), La ragazza di piazza San Pietro / La muchacha de la plaza de San Pedro (Piero Costa, 1958) o Quanto sei bella, Roma! / ¡Qué bella eres, Roma! (Marino Girolami, 1959). Actúa como director asociado o productor ejecutivo, según qué créditos se consulten, Miguel Iglesias Bonns, del que ya hemos visto por aquí El fugitivo de Amberes.


En enredo sentimental tiene como protagonistas al galán mexicano-español Rubén Rojo y al popularísimo cantante melódico Claudio Villa como guías de la agencia turística ETIB. Aparte de enseñar Roma y la Fontana de Trevi a los —y, sobre todo, a “las”- turistas tienen que organizar un viaje a Barcelona. Un trauma pretérito impide a Claudio (Claudio Villa) cantar y el pasado de tenorio de Roberto (Rubén Rojo) obstaculiza sus avances hacia el amor verdadero.


Las historias secundarias, relacionadas de nuevo con enredos sentimentales entre los personajes más maduros, atañen al ya talludito galán español Alfredo Mayo y a un pícaro romano (Mario Carotenuto), que se gana la vida como vidente.


La visita a Barcelona es ocasión idónea para mostrar el tópico cuadro de baile flamenco, algunos ensayos de unas bailarinas a las que instruye un coreógrafo afeminado (el veterano Miguel Ligero) y para utilizar como telón de fondo de una conversación las magníficas vistas de Barcelona desde el parque de atracciones del Tibidabo, con especial atención al Avión y la Atalaya.


Poco más podemos y queremos decir de esta cinta tópica a más no poder, ñoña como pocas y de una comicidad tan trasnochada como rutinaria.


Fontana di Trevi / Roma de mis amores (1960)
Producción: Cineproduzioni Associte – Tiber (IT) / Cineprodex (ES)
Director: Carlo Campogalliani.
Guión: Carlo Campogalliani, Giuliano Carnimeo, Riccardo Ghione, Barbara Zai, Federico Zardi, Jaime Salom.
Intérpretes: Claudio Villa (Claudio), Rubén Rojo (Roberto), Pilar Vela (Dolores), Mario Carotenuto (el mago de la Fontana), Carlo Croccolo (Alí-Babá, su ayudante), Alfredo Mayo (Giovanni), Maria Letizia Gazzoni (Carmencita), Maria Grazia Buccella (Franca), Tiberio Murgia (Pertica), Miguel Ligero (el coreógrafo), Rafael Durán (Rafael Castillo), Gisia Paradís, Charito Maldonado, Dory Dorika, Liz Levinski, Marisa Mantovani.
86 min. Color


17 de octubre de 2013

El Mondial Circus visita Villedieu




The Scapegoat (Donde el círculo termina, 1959), Robert Hamer

Robert Hamer... No hay otro excéntrico en los estudios Ealing que más ayudase a definir el estilo de la casa: Kind Hearts and Coronets (Ocho sentencias de muerte, 1949) e It Always Rains on Sunday (1947), amén de su participación en Dead of Night (Al morir la noche, 1945), así lo acreditan. Y, sin embargo, su propia excentricidad en el seno del estudio -y su personalidad autodestructiva, todo hay que decirlo- le impidieron mantener la continuidad de otros compañeros menos imaginativos.


The Scapegoat es una película post-post-Ealing, producida por Michael Balcon para M-G-M British. Quién sabe si por su ambientación francesa -siempre cara a Hamer-, porque había un buen papel doble para Alec Guinness o porque pensase que quien tuvo, retuvo, el productor contó de nuevo con él para la adaptación de una novela de misterio de Daphne du Maurier. El resultado es inusualmente sombrío y, a pesar de ello, profundamente delicado, teñido de una melancolía crepuscular.


La trama está ahí, un tanto alambicada, para sostener los matices de la interpretación de Guinness en el papel de John Barratt,  un hombre sin futuro, un oscuro profesor de francés en una universidad británica de tercera, que, inesperadamente, se encuentra con una familia que lo odia por delegación, porque es la de un aristócrata calavera, Jacques De Gue, idéntico a él.


De Gue también tiene un amante en el pequeño pueblecito de Villedieu. La visitaba cada miércoles, cuando acompañaba a su hija al pueblo a las clases de piano. Barratt también hereda esta costumbre, aunque Bela (Nicole Maurey) le amenace con escapar de su jaula de oro y marcharse con el Mondial Circus. Sin embargo, el circo ha pasado por el pueblo la semana anterior, así que existen pocas posibilidades de que lleva a cabo su propósito de inmediato.


La madre morfinómana (Bette Davis) es la única concesión al grand guignol. Lo demás, ya decimos, discurre plácidamente, con un suspense sostenido.


Hamer se comprometió a no beber durante el rodaje y parece que cumplió. Sin embargo, la Metro rehizo el montaje de una película que no terminaba de comprender y el director sólo firmó una película más -School for Scoundrels (1960)- que no llegó a terminar. Michael Balcon se pasó ese mismo año a las filas de los jóvenes airados, participando con su nueva empresa, Bryanston, en la financiación y distribución de varias películas de Tony Richardson. Hamer murió en 1963.


The Scapegoat (Donde el círculo termina, 1959)
Producción: Michael Balcon para Du Maurier-Guinness (GB)
Director: Robert Hamer.
Guión: Robert Hamer, de la adaptación de Gore Vidal de una novela de Daphne Du Maurier.
Intérperes: Alec Guinness (John Barratt / Jacques De Gue), Bette Davis (la condesa), Nicole Maurey (Bela), Irene Worth (Françoise), Pamela Brown (Blanche), Annabel Bartlett (Marie-Noel), Geoffrey Keen (Gaston), Noel Howlett (el doctor Aloin), Peter Bull (Aristide), Leslie French (Lacoste), Alan Webb (el comisario de policía), Maria Britneva (la doncella), Eddie Byrne (el camarero).
93 min. Blanco y negro.


14 de octubre de 2013

Antes padecer que morir


  

Las cuatro verdades: “La muerte y el leñador” (1963), Luis G. Berlanga

“Antes padecer que morir” es la moraleja de la fábula de La Fontaine que adaptan Azcona y Berlanga del episodio que les toca en suerte de la película colectiva Las cuatro verdades. Es la cosa que un leñador con muchos años y muchas fatigas a cuestas se da por vencido, deja caer el haz de leña y llama a la muerte. Pero cuando ésta se presenta ante él y le pregunta para qué la ha llamado, el viejo leñador le contesta que para que le ayude a recoger la leña caída.

Berlanga y Azcona ambientan la historia en un Madrid contemporáneo y estival, con piscinas populares, terrazas en la Gran Vía y fiestas feriadas…


Un organillero (Hardy Kruger), que como ciudadano está en regla pero como industrial es un auténtico desastre, ve impotente cómo un guardia (Xan das Bolas) le requisa el manubrio del instrumento con el que segaña la vida tocando para los veraneantes. Todos los intentos de recuperarlo en la oficina de requisas resultan infructuosos. El funcionario (Agustín González) le afea además su conducta:
—¿Usted qué es lo que quiere? ¿Vivir sin leyes? ¿Vivir sin ordenanzas? ¿Sin una tutela? Vamos a ver: ¿qué haría usted sin una tutela?
Y el ingenuo organillero replica que haría lo de siempre… tocar el organillo.


Pero como no tiene dinero para pagar las multas acumuladas, no tiene más remedio que buscárselo por otros medios. Empuja así a la delincuencia a su amigo Casto (Manuel Alexandre), carterista profesional que intentaba rehabilitarse. Y como el golpe no dé el resultado apetecido porque el ladrón reincidente ha preferido birlar unos binoculares mucho más rentables que un manubrio, el organillero intentará con seguir la manivela robándolo de un camión de bomberos de un tiovivo.


El dueño (Ángel Álvarez) se da cuenta de la maniobra y alerta a otros feriantes que, para escarmentarlo, le meten la cabeza en un agujero del pim-pam-pum España donde dos matrimonios burgueses algo bebidos tiran “al negro y al barbas”. El del tiro (Félix Fernández) se enfada con sus colegas:
—Quitadme a este hombre de aquí. ¡Para un día que tengo buena clientela…!


Recuperada la manivela, le falla el burro que se orina en la piscina pública a la que ha ido a trabajar. Tras sacrificarlo y sucumbir a la carga del organillo, decide suicidarse, ahorcándose en un poste de la luz. Es entonces cuando llega la muerte… O uno de sus empleados: el conductor de una carroza fúnebre. El final, ya lo conocen ustedes porque es el mismo de la fábula, al que Azcona y Berlanga colocan un estrambote en forma de pareja de policía… como en El cochecito.


Si en la primera parte de la historia —la dedicada a relatar la consecución de un manubrio— el registro es de un costumbrismo acre y montaraz, al que ya nos tienen acostumbrados director y guionista- en la segunda —la del burro— empiezan a multiplicarse los elementos surreales. En la piscina aparece un hombre-rana con su fusil subacuático y todo, preocupado por las infecciones que pueda propagar el burro en un recinto lleno de críos. El sacrificio del animal en el matadero es automático, como en una película de dibujos animados: entra vivo por una puerta y sale abierto en canal por la otra… Es como si nos estuviéramos preparando para la aparición del insólito carruaje en medio de un paisaje desolado, en el que para poder ahorcarse, el organillero tiene que subirse a un poste eléctrico.


Darle a Hardy Kruger un papel que se nota pensado para José Luis López Vázquez es un error que ni siquiera se puede disculpar por las obligaciones de la coproducción. Tampoco es el mejor guión de la pareja, pues son demasiadas las tensiones internas que anidan en él para un desarrollo tan breve. Es más, es evidente que la moraleja de La Fontaine se la refanfinfla… Y, sin embargo, Berlanga y Azcona arremeten contra el poder instituido en todas sus formas, pero sobre todo contra sus representantes más directos: guardias de tráfico, funcionarios, monjitas y hasta el bañero de la piscina pública… Lo verbaliza uno (Jesús Guzmán) al que mandan a ver si está ya el manubrio:
—¡Aquí, en cuanto a uno le dan un uniforme…!


O sea, que a pesar de los citados desaciertos, a los cincuenta años de su estreno, “La muerte y el leñador” sigue siendo un retrato tal fiel como entonces de una España atávica que se niega a desaparecer.


Las cuatro verdades / Les 4 vérités / Le quattro verità (1963), Luis G. Berlanga et al.
Producción: Ajace (IT)  / Franco London Films (FR) / Hispamer Films (ES) / Madeleine Films (FR)
Episodio: “La muerte y el leñador”
Director: Luis G. Berlanga.
Guión: Rafael Azcona, de una fábula de Jean de La Fontaine.
Intérpretes: Hardy Krüger (Hipólito “El Rubio”, el organillero), Xan das Bolas (el guardia), Ana Casares (Juliana), Agustín González (el inspector de requisas), Manuel Alexandre (Casto, el ladrón), Ángel Álvarez (el del tiovivo), Félix Fernández (el del pim-pam-pum), José Guardiola (un feriante), Lola Gaos (la monjita), Fernando Delgado (el hombre rana), Pedro Beltrán (bañero), Emilio Laguna (el guardia de tráfico), Jesús Guzmán (Cosme), José Luis Coll (el que compra las gafas), Maribel Martín (la niña prodigio), Sergio Mendizábal (un transeúnte), José Cortés, Rafael Cores, Vicente Llosá, José Manuel Martín, Carmen Santonja, José Campo, Luis Marín.
100 min. Blanco y negro.
  

10 de octubre de 2013

Un pie en cada mundo




Death Defying Acts (El último gran mago, 2007), Gillian Armstrong



Estamos en 1926. Mary (Catherine Zeta-Jones) y Benji McGarvie (Saoirse Ronan) son una madre y una hija que cometen pequeños hurtos para conseguir información que luego utilizan sobre el escenario en un acto de falso espiritismo. La Princesa Kali —así se presenta Mary en el Music Hall McTavish—, sugerente y provocativamente vestida, hace una breve y simple coreografía antes de simular un trance que le permite entrar en contacto con los espíritus y engañar al palurdo de turno. Conectar con el más allá para engañar a los de más acá.



El acto de la Princesa Kali tiene un éxito aceptable, pero los propietarios de los Music Hall escoceses son tan tramposos como ella misma, así que su situación económica no es demasiado boyante y viven —antes de tiempo, como cuenta Benji que es la que relata la historia— en el cementerio, en una casucha.



Harry Houdini (Guy Pearce), el famoso mago y escapista, está de gira por Gran Bretaña y se anuncia su visita a Edimburgo. El mago está obsesionado con el espiritismo desde la muerte de su madre y anuncia un gran desafío a todo los espiritistas —a quienes desenmascara en sus burdas trampas— ofreciendo 10.000 dólares a quien le revele cuáles fueron las últimas palabras que le dijo su madre antes de morir.



Madre e hija McGarvie vislumbran una oportunidad para llevarse la recompensa y comienza el acercamiento al mago para averiguar su secreto. Entre la frescura de la hija y la belleza de la madre consiguen lo más importante: la confianza del mago. Este parece haberse enamorado de Mary así que las invita a acompañarle en su gira y convierte el desafío en un reto personal ya que parece estar deseando que Mary sea una auténtica espiritista.



Mary y Benji pasan de la casucha del cementerio a lujosos hoteles donde prosiguen con la difícil tarea de descubrir el secreto del mago que parece estar guardado en un misterioso cofre cerrado con llave. Houdini entrena sin parar sus arriesgados juegos de escapismo y se mantiene en forma a pesar de que su costumbre a dejarse pegar puñetazos en el vientre, para demostrar su fortaleza, comienza a causarle estragos.



El amor surge entre Mary y Harry. Solo Sugarman (Timothy Spall) parece conocer las verdaderas intenciones de estas dos embaucadoras y las ofrece dinero para que se vayan pues su influencia sobre Harry Houdini no está siendo buena para el negocio. 



Llega el día del gran reto. Mary se viste como para una boda con un vestido antiguo de la madre de Houdini. Hay una gran expectación en la sala. Houdini es un gran publicista y la prensa y las cámaras siempre le acompañan. Mary no puede conectar, se rinde justo en el mismo instante que su hija Benji cae en trance y balbucea unas frases en un idioma extraño. ¿Dónde estás hijo? Te necesito.



El gran secreto de Houdini al fin es desvelado. El sobre con las palabras que le dijo su madre antes de morir está vacío. Houdini no estuvo con ella en el momento de su muerte.



Death Defying Acts (El último gran mago, 2007)
Producción: BBc y FFC (UK y Australia).
Dirección: Gillian Armstrong.
Guión: Tony Grisoni y Brian Ward.
Intérpretes: Catherine Zeta-Jones (Mary McGarvie), Guy Pearce (Harry Houdini), Saoirse Ronan (Benji McGarvie), Timothy Spall (Sugarman), Aaron Brown (Asistente de Sugarman), Malcolm Shields (Leith Romeo), Leni Harper (esposa de Leith Romeo), Ralph Riach (Mr. Robertson), Olivia Darnley (vendedora de flores), Anthony O'Donnell (librero baboso),Billy McColl (McTavish), Raymond Griffiths (enano del Music Hall).
Color. 97 min.