29 de septiembre de 2015

Cuando un cómico ya no es gracioso



Mickey One (Acosado, 1965), Arthur Penn

Los primeros minutos de Mickey One cuentan muy sucintamente cómo puede un  cómico perder la gracia. Basta con que se corra una juerga con una desconocida y deba unos cuantos miles de dólares a la mafia. Las amenazas le impiden hacer nada a derechas. Los clientes de los locales de Detroit lo abuchean. El cómico (Warren Beatty) decide entonces cancelar su identidad, borrarse… Quema sus papeles, aborda un tren como si fuera un hobo más y se planta en Chicago.


Allí, una vez tocado fondo y con el nombre de Mickey One empieza a frecuentar los clubs de striptease. Un agente de medio pelo (Teddy Hart) se ofrece a representarlo y una mujer (Alexandra Stewart) se enamora de él e intenta ayudarlo. Entre ambos le consiguen una prueba en el Xanadu, un local del centro de la ciudad. Pero Mickey vive aterrorizado con la posibilidad de que todo sea una trampa.


Penn plantea una película esencialmente kafkiana. Mickey carece de identidad, no sabe de qué se le acusa ni a quién debería entregarse para saldar su deuda. Todo su trayecto es un zigzag en el que se alternan la huida y la búsqueda de expiación.


Penn dibuja así una alegoría del hombre contemporáneo, estrangulado por su propio miedo. ¿O la película es, como postulan algunos, una parábola sobre la caza de brujas? ¿O una requisitoria contra el control ejercido por el gobierno estadounidense sobre los ciudadanos?


Un personaje mudo, el artista (Kamatari Fujiwara), construye una complicada maquinaria a base de chatarra que ejecuta una extraña sinfonía y termina en llamas. Ya que andamos metidos en metáforas, bien valdría ésta por la propia película: un mecanismo aparatoso que produce un discurso disonante y finaliza abocando al cómico, oficiante del humor verbal, a la mudez.


¿Que por qué la proyectamos en la carpa entonces? Pues por acercarnos al mundo de la stand up comedy y a adentrarnos en esos clubs donde el batería es el rey de los músicos y entre número y número del protagonista podemos admirar a una stripteuse a o una pareja de baile acrobático. En esta ocasión no hemos sacado mucho más en claro.


Mickey One (Acosado, 1965)
Producción: Columbia Pictures (EEUU)
Director: Arthur Penn.
Guión: Alan Surgal.
Intérpretes: Warren Beatty (Mickey One), Alexandra Stewart (Jenny Drayton), Hurd Hatfield (Ed Castle), Franchot Tone (Ruby Lapp), Teddy Hart (George Berson), Jeff Corey (Larry Fryer), Kamatari Fujiwara (el artista mudo), Norman Gottschalk (el evangelista tartamudo), Benny Dunn (el comediante), Charlene Lee (la cantante), Ralph Foody (el capitán de policía), Donna Michelle, Dick Lucas, Jack Goodman, Jeri Jensen.
89 min. Blanco y negro.


21 de septiembre de 2015

Tibidabo: ampliación del censo




La gran coartada (1962), José Luis Madrid

Ya hemos visto en otras ocasiones que no hay película rodada en Barcelona entre 1955 y 1965 que no tuviera por escenario ocasional el parque de atracciones del Tibidabo.


Tal ocurre con La gran coartada, un policial de corte hitchcockiano en el que el destino ofrece a un hombre (Arturo Fernández) la oportunidad de disfrutar de una nueva identidad, de unos cuantos millones de pesetas y, de paso, del amor de la mujer que hasta ese momento le había rechazado (Marisa de Leza).


El cambio de identidad pasa por el traslado de Madrid a Barcelona, donde podrá pasar desapercibido y el gasto ostentoso no llamará la atención. La chica se reúne con él después de asistir a un falso entierro tan tópicamente cinematográfico que en él no faltan ni los paraguas. Igualmente tópicas son algunas trampas del guión, pero sirven para sostener la atención del espectador en una cinta que no ofrece más de lo que da: entretenimiento de honesta serie B.


Y en Barcelona, entre hoteles, night-clubs y restaurantes en la playa, la obligada visita al parque del Tibidabo, aunque en esta ocasión no son los amantes quienes suben en las atracciones sino la cámara, ofreciendo una vista del recinto tan infrecuente como inestable.

El censo provisional se completa con:
Moros y cristianos (1926), Maximiliano Thous
No estamos solos (1957), Miguel Iglesias
Café de puerto / Malinconico autunno (1958), Raffaello Matarazzo
La frontera del miedo (1958), Pedro Lazaga
Roma de mis amores / Fontana di Trevi (1960), Carlo Campogalliani
Amor bajo cero (1960), Ricardo Blasco
L'inconnu de Shandigor (1967), Jean-Louis Roy

La gran coartada (1962)
Producción: Tusisa (ES)
Director: José Luis Madrid.
Guión: Ángel del Castillo, José Luis Madrid.
Intérpretes: Arturo Fernández, Marisa de Leza, Luis Dávila, Karin Grau, Gonzalo Medel, Gustavo Re, Carlos Ronda, Jesús Puche, Fernando Rubio. Indio González, José Vidal, Emilio Sancho
87 min. Blanco y negro.

14 de septiembre de 2015

Tangoslapstick



Kri Kri e il tango (1913), Raymond Frau

Nacido en Senegal en 1887, de padre italiano y madre francesa, Raymond Frau debuta en Francia como acróbata a la edad de 13 años. Trabaja en varios circos, entre ellos el Medrano, antes de ser contratado por la casa Cines de Turín en noviembre de 1912. Es el momento en que los cómicos franceses triunfan en Italia: André Deed en el papel de “Cretinetti” para la Itala Film, Marcel Fabré como “Robinet” en la Ambrosio, Ferdinand Guillaume como “Tontolini” en la Cines y, a partir de 1912, como “Polidor” en Pasquali. Raymond Frau cubrirá el hueco dejado por éste en Cines y en el plazo de poco más de tres años rodará un centenar y medio de películas de la serie “Kri Kri”. El personaje alcanza una gran popularidad. En Gran Bretaña se le conoce como “Bloomer”, en los Paises Bajos como “Patachon” y “Bloemer”, en España como “Cricrí”.


En 1919 lo encontramos en Francia. Ahora se llama Raymond Dandy y está contratado por la Société Française des Films Éclair. Media docena de títulos y nuevo traslado. En Austria rueda los últimos cortometrajes de la serie “Dandy” para su propia compañía, la Listo-Dandy-Film-Consortium. A partir de 1923 regresa a Francia y compatibiliza actuaciones en el music-hall –Moulin Rouge, Casino de Paris, Folies Bergére…-, donde comparte escenario con Mistinguett y Josephine Baker, con algunas intervenciones en la pantalla, siempre bajo el nombre de “Dandy”.


En la carpa hemos proyectado Kri Kri e il tango, una interesante muestra de su modo de trabajar. Lo primero era encontrar una excusa argumental: la fiebre del tango que recorre Europa sirve al propósito. La peliculita, de unos cinco minutos, se divide en tres partes. La primera muestra como Kri Kri recibe una invitación para un baile y decide aprender el tango con la ayuda de un gramófono y de un maniquí de modista.



La segunda y la tercera tienen lugar en el salón de baile. Kri Kri pide a una señorita (Lea Giunchi) que sea su pareja, pero el forzudo que la acompañaba se dedica a zancadillearlos de modo que hacen caer al resto de las parejas y terminan derribando el estrado donde se encuentran los músicos. Pero la fiebre del baile se ha adueñado de ellos que danzan y danzan sin tregua, a pesar de los batacazos.


Gira que te gira, llegan incluso a caer por el balcón a un estanque con agua, pero, como en Plongeur fantastique (Segundo de Chomón, 1905), tras el chapuzón la marcha se invierte y regresan al balcón para seguir bailando y que el acompañante de la chica siga incordiando. Se produce entonces el momento más interesante de la cinta, la apoteosis dancística en la que el espectador se ve involucrado quiera o no. Kri Kri enrolla una cuerda alrededor del forzudo y la chica y tira de ella como si lanzase una peonza. Los bailarines empiezan a girar enloquecidamente y, para que proporcionarnos su punto de vista, son colocados en una plataforma giratoria, en tanto que la cámara permanece fija en el centro. Los bailarines permanecen en cuadro mientras el resto de danzantes y los fondos se difuminan hasta convertirse en una masa borrosa en un afortunado correlato visual del frenesí provocado por el baile.




Hay otras películas de Kri Kri que pueden ver. Por ejemplo, ésta, en la que realiza la consabida pantomima del espejo roto, correspondiente a Kri Kri domestico (1913):


Kri Kri e il tango (1913)
Producción: Cines (IT)
Guión y Dirección: Raymond Frau .
Intérpretes: Raymond Frau (Kri Kri), Lea Giunchi (su pareja de baile).
5 min. Blanco y negro + Virados.


7 de septiembre de 2015

La carreta de la risa



Llegaron los franceses (1959), León Klimovsky

Damián Picavea (Valeriano Andrés), el propietario de la carreta de la risa recorre los pueblos del norte de España a principios del siglo XIX con un espectáculo cómico. Le acompañan sus cuatro hijas: Rosita de los Claveles (Elisa Montés), la bailarina de los mil encantos; Berta (Paloma Valdés), la reina de la comicidad; Anita (Isana Medel), fantasista musical; y María del Carmen (Ángela Capilla), la voz de oro de Italia. El 2 de mayo de 1808 les sorprende en un pueblecito del Pirineo navarro ocupado por las tropas francesas al mando del capitán Duvalliers (Luis Peña).


Gracias a los encantos de Rosita, consiguen del capitán el salvoconducto para poder seguir viajando con sus pantomimas y números musicales. Consisten éstas en cancioncillas delirantes, como aquella que interpreta María del Carmen y en la que se habla de la afición al vino de Mahoma, que lo hacía levitar.


Las pantomimas son números elementales en los que las chicas se disfrazan de caníbales, geishas o antiguas egipcias. Como la actuación tiene lugar ante las tropas francesas, Damián se encarga de otorgarles a todas ellas dicha nacionalidad. También al mismísimo Beethoven, ilustre compositor galo al que atribuyen la composición de un pasacalle.


Después de una de las funciones, Rosa seduce al sargento Berthier (José Sepúlveda) y le roba la orden para las tropas francesas de entrar en España por Roncesvalles. Berta se ofrece entonces a avisar a la partida de guerrilleros que combaten a los franceses en el Pirineo. Parte hacia allá en compañía de Anita y ya tenemos en marcha uno de los motivos habituales de la obra primeriza de Jesús Franco, que ejerce de argumentista, guionista y ayudante de dirección: dos chicas en viaje. Poco importa que éste sea en un carro robado a un pobre carretero (José María Taso) y que estemos a principios del XIX. La idea se repetirá en Luna de verano (Pedro Lazaga, 1959) y en Tenemos 18 años (Jesús Franco, 1960), su debut en la dirección.


Uno de los guerrilleros es Andrés (Ismael Merlo), un antiguo soldado empeñado en hacerse merecedor del amor de Rosita. Pero ella se ha enamorado del capitán Duvalliers y juntos afrontan un destino trágico. El contrapunto será la pantomima “Los dos pierrots”, en la que deberían mezclarse risas y lágrimas, “como en la vida”. Durante la representación, la inconstante Colombina se enamorará de un pierrot alegre y solar, que no le da tregua, y de otro taciturno y lunar con el que se aburre.


Llegaron los franceses empieza como farsa bufa, deriva hacia el melodrama bélico-patriótico, apunta un alegato romántico-pacifista, busca, como en Tosca (Tosca, Jean Renoir y Carl Koch, 1941) o en Le Carrosse d'Or (La carroza de oro, Jean Renoir, 1953), jugar a la representación dentro de la representación, y culmina con un conato épico, más eficaz por la fantasía desbordante de Jesús Franco a la hora de concebir el sistema por el que el polvorín francés volará por los aires.


Llegaron los franceses (1959)
Producción: Auster Films (ES)
Director: León Klimovsky.
Guión: Jesus Franco y Javier Rey, de un argumento original del primero.
Intérpretes: Elisa Montés (Rosita), Luis Peña (el capitán Duvalliers), Valeriano Andrés (Damián Picavea), Ismael Merlo (Andrés), José Sepúlveda (el sargento Berthier), Carlos Casaravilla (Maurice), Paloma Valdés (Berta), Isana Medel (Anita), Ángela Capilla (María del Carmen), Josefina Serratosa (la alcaldesa), José María Taso (un carretero), Antonio G. Escribano (Marcel Duvalliers, el padre del capitán).
92 min. Color (Eastmancolor). Kinoscope.


2 de septiembre de 2015

La selva de cemento, acero y cristal



Tarzan’s New York Adventure (Tarzán en Nueva York, 1942), Richard Thorpe

Buck Rand (Charles Bickford) llega a África con intención de cazar animales vivos para el circo del Coronel Sargent (Cy Kenfdall). Pero, al aterrizar con su avión en la selva, da con el número que lo hará millonario: Boy (Johnny Sheffield), el hijo de Tarzán de los Monos, maneja a los elefantes como quiere y es capaz de enfrentarse a un león salvaje con las manos desnudas. Por desgracia, cuando Tarzán y Jane (Johnny Weissmuller y Maureen O’Hara) acuden en su ayuda, los feroces Jaconi cortan la liana y prenden fuego a la selva, de modo que Boy los da por muertos y monta en el avión que lo ha de llevar a la civilización.


Pero Chita rescata a la pareja a tiempo y ahora son ellos quienes viajan a esa selva de cemento, acero y cristal llamada Nueva York, donde hay voces estridentes que salen de unas cajitas llamadas radios y se puede hablar por un tubo a distancia. Aunque estos detalles son nimiedades porque la cabaña en el árbol de Tarzán y Jane es como una casita suburbial unifamiliar en la que no falta ni máquina friegaplatos.


Por eso la cinta de aventuras se transforma en comedia en la que Chita tiene casi más protagonismo que Tarzán y su compañera. Sólo al final, cuando Tarzán recupere el estado semisalvaje al rechazar la ley de la civilización que le aparta de su hijo, perderá la camisa y la chaqueta y se encaramará por rascacielos y anuncios luminosos hasta alcanzar el puente de Brooklyn, icono de la ciudad y trampolín sobre el río Hudson, desde el que se lanzará como si lo hiciera desde las mismas cataratas Livingston al río Congo.


Ajeno a todo, Boy cuida de los animales del circo. Sus raptores piensan hacer un buen negocio con él porque han recibido una oferta de cien mil dólares por el chico. Pero Tarzán ya sabe dónde se encuentra y llega, alarido selvático mediante, al rescate. Los trapecios no tienen secretos para ellos y, aunque Tarzán sea encarcelado en una jaula para fieras, conoce el lenguaje de los animales y los elefantes acuden en su ayuda.


Estos animales estaban entrenados, como en otras películas del ciclo, por George Emerson, responsable de la menagerie de la M-G-M. Él fue el responsable de enseñar a los tres elefantes de Boy –Queenie, Sally y Happy- todas sus habilidades. Cuando el estudió vendió los derechos del personaje a Sol Lesser, que se llevó a Weissmuller y a Sheffield a la RKO, los animales pasaron a actuar en el Pollock Bros. Shrine Circus.


Sucedió este mismo año, porque Tarzan’s New York Adventure, rodada sin solución de continuidad con Tarzan's Secret (El tesoro de Tarzán, 1941), supuso el fin de la serie en M-G-M. Desde su primera aparición con la encarnadura de Johnny Weissmuller, en 1932, el gran mono blanco había pasado de símbolo de lo salvaje e indomesticable a héroe familiar según el código Hays, fiera enjaulada en el circo del Coronel Sargent.


Tarzan's New York Adventure (Tarzán en Nueva York, 1942)
Producción: Metro-Goldwyn-Mayer (EEUU)
Director: Richard Thorpe.
Guión: Myles Connolly, William R. Lipman, basado en los perosnajes de Edgar Rice Burroughs.
Intérpretes: Johnny Weissmuller (Tarzán), Maureen O'Sullivan (Jane), Johnny Sheffield (Boy), Virginia Grey (Connie Beach), Charles Bickford (Buck Rand), Paul Kelly (Jimmie Shields), Chill Wills (Manchester Montford), Cy Kendall (Coronel Ralph Sergeant), Russell Hicks (el juez Abbotson), Howard C. Hickman (Blake Norton), Charles Lane (Gould Beaton), Miles Mander.
71 min. Blanco y negro.