19 de octubre de 2015

Lo que no salió en I Clowns



Las capturas proceden de I Clowns

Hacer una película es la versión en castellano de uno de los mejores libros sobre Fellini: el que escribió él mismo en 1980 para Enaudi con el título de Fare un film. No fue una tarea fácil. El manuscrito original era un collage de entrevistas y páginas volanderas en mil y un idiomas que había recopilado la editorial Diogenes de Zúrich para editarlas en alemán en 1974. Una mera traducción al italiano habría resultado absurda y por única vez Fellini se involucró en la redacción de nuevos textos a partir de este material heterogéneo.


El resultado, ya lo avanzábamos más arriba es un libro de una clarividencia lacerante, inopinadamente complementaria a la componente irracional –rememorativa, onírica, espiritual si se quiere- que parece guiar toda su obra cinematográfica. Sólo por esto valdría la pena el libro, pero es que, además, ofrece un aluvión de información adicional al proyecto televisivo I Clowns .  Para empezar, la transcripción de la entrevista con Bario (Manrico Meschi) al micrófono, que luego fue incapaz de repetir ante las cámaras.




Bario propone la creación de una escuela de circo donde los payasos puedan aprender de sus mayores. Habla sobre el maquillaje, por ejemplo:
“El maquillaje es materia de enseñanza. Ni mucho ni poco. Si hay demasiado asusta a los niños. Albert Fratellini ha hecho llorar a muchos niños., con su trombón, con sus pies que se apagaban y encendían como luciérnagas. Hacer el payaso es bueno para la salud. Sienta bien porque uno puede hacer finalmente lo que quiere: romperlo todo, desgarrarlo, pegar fuego, rodar por los suelos… Y no hay nadie que te lo reproche, sino que por el contrario te aplauden… Y los niños quisieran hacer todo lo que haces: romper, quemar, rodar por los suelos… Por eso te quieren. Es preciso empujarlos por este camino, y hacer una buena escuela de payasos, con inscripción abierta también para los niños: sobre todo para los niños. Así pueden estar cómodos ellos, divertirse y hacer que otros se diviertan: es un buen oficio y, de saberlo hacer, se gana tanto como un oficinista. ¿Por qué los padres quieren que sus hijos sean oficinistas y no payasos? Todo eso está equivocado. Dicen: la risa hace buena sangre. Ah, yo creo en eso. Si uno ha pasado toda su vida en medio de carcajadas, cuando llega a viejo tiene los pulmones llenos de oxígeno”. (pág.167)


En ese compendio de reportaje televisivo, ejercicio memorialístico y documental que es I Clowns, Fellini incluye algunas reconstrucciones: ficciones que le permiten recrear su relación personal con el circo y, entre ellas, el descubrimiento de la carpa que levantaron una noche ante su casa como si fuera un milagro. O una pesadilla de Little Nemo, el cómic de Windsor McKay que parece inspirar la iconografía del episodio.




El segmento más extenso de estas reconstrucciones es el del “entierro del payaso”, que constituye el clímax de la película. Hay, no obstante, dos ficciones que Fellini detalla el Hacer una película y cuya ausencia nos duele especialmente.


La primera es la de la familia Zacchini, a decir de Fellini, los inventores de “la bala humana”. El primer Zacchini dedicado a los ejercicios aéreos fue Ildebrando, nacido en Ferrara en 1868 y fundador del Circo Olimpico. Uno de sus nueve hijos, Hugo, fue el que concibió el número de la bala humana, según la leyenda, como arma de guerra a utilizar en la contienda mundial del año 14. Al parecer el Estado Mayor italiano desestimó por impracticable la idea de un grupo de proyectiles humanos que pudieran sorprender al enemigo por la retaguardia y Hugo decidió proponérselo a su padre. El número se estrenó en El Cairo en 1922 y en 1926 se presenta en Barcelona. Escribe entonces el comentarista de La Vanguardia:
“Mr. Zacchini, el intrépido (…), realiza la hazaña de lanzarse disparado por la explosión de una carga de dinamita corriente desde el interior de un cañón monstruo. El momento de introducirse por la boca del cañón, este hombro bala, es de lo más impresionante que puede presentarse en público”. (4 de noviembre de 1926)


Poco después firmó un contrato con el circo de Ringling, Barnum y Bailey y se trasladó a Estados Unidos con sus hermanos.


Y aquí comienza su historia Fellini. Los Zacchini se instalan en Tampa (Florida) en una casa con un pequeño jardín sin extensión suficiente para realizar sus entrenamientos, de modo que instalaban sus aparatos en el jardín e iban a aterrizar en un prado, al otro lado de la carretera. Los accidentes en la zona eran continuos porque los automovilistas se despistaban cuando veían al proyectil humano pasar por encima de sus cabezas. El alcalde de Tampa decide entonces colocar sendos carteles en ambas entradas de la carretera en los que se advierte a los conductores:
“Si ven a un hombre que vuela no se asusten; son los Zacchini que ensayan sus ejercicios”.

Federico FELLINI:
Hacer una película.
Barcelona, Ediciones Paidós, 1999.
Traducción de Josep Torrell de Fare un film, publicado por Enaudi en Turín en 1980.
ISBN: 9788449307409

13 de octubre de 2015

En la redacción del Marc’Aurelio



Federico Fellini llega a Roma en marzo de 1939. Su objetivo es emplearse como dibujante y articulista en el bisemanario humorístico de mayor circulación de la época, el Marc’Aurelio. Dirige la revista con mano de hierro Vito De Bellis y colaboran en ella una serie de humoristas que empiezan a tener sus escarceos con el cinematógrafo haciendo funciones de guionistas en tropel o simplemente como anónimos gagmen. Entre abril de 1939 y mediados de 1942, Fellini publica incansable cuentos y viñetas. Luego su progresiva dedicación a la radio y el cine, la desbandada de los colaboradores a causa de la guerra y el negocio de las caricaturas para los soldados americanos que llegan a Roma en junio de 1944, lo llevan por otros caminos.


Hay, sin embargo, en estos racconti umoristici recopilados por Claudio Carabba muchos recuerdos de infancia y adolescencia que aparecerán una y otra vez en sus películas más memorialísticas teñidos de melancolía no exenta de ironía. También está el descubrimiento de esa Roma nocturna y espectral que será escenario privilegiado de su obra, por mucho que a partir de determinado momento prefiera reconstruirla en Cinecittà.


“E permesso?” –o sea, ¿Se puede?-, publicado el 19 de abril de 1939 con el seudónimo de “Fellas”, relata precisamente su desembarco en la revista. Después de un breve prólogo en el que desacredita las distintas maneras tradicionales –recomendaciones de familiares, prohombres o jerarcas fascistas- de intentar colocarse allí, expone su teoría de que el trabajo propio es el mejor aval, relatando una serie de chistes entre los que destacan los dedicados a los seis meses de noche polar: “Estoy agotado porque esta noche no he pegado ojo”, “Es que esta ha sido mi noche de bodas”, “Mujer, ¿ te vas a poner así  porque salga una noche con los amigos?”… Nos importan menos los chistes, que el carácter confesional del prólogo, algo común a buena parte de su obra humorística, que suele revestir carácter vocativo. A veces, la receptora de estas confidencias es una “novia lejana”, llamada Bianchina y abandonada en Rímini. En la misma vena autobiográfica se desarrollan las series “Richettino, bambino qualunque” y “Secondo liceo”.


Pero vamos a lo que vamos… la serie de catorce artículos publicados en el invierno de 1940-41 dedicados al mundo del avanspettacolo y las variedades. A pesar de su sólida amistad con Aldo Fabrizzi, Fellini no se fija en las grandes estrellas, ni siquiera en el oropel y las lentejuelas. Su mirada se posa en los personajes de segunda y tercera línea, como los denominados fraquistas, hombres sin camerino, que se colocan el frac entre cajas, y salen únicamente al final de la función pertrechados con una espléndida sonrisa y dos pasos de baile mal aprendidos.


O el comicastro, un hombre obligado a hacer reír con un repertorio de chistes ajados, mientras el público reclama la presencia de las soubrettes. En la fantasía felliniana, el comicastro recibe la invitación de un rajá para que divierta a su harén y recibirá por ello en pago siete esmeraldas, ocho rubíes y el néctar del amor ofrecido por odaliscas de trémulos senos.


O las ocho bailarinas ocho, que a veces son seis o incluso cinco. Muchachas alemanas que carecen de nombre porque los espectadores las identifican por el color del pelo o por su posición en la fila:
“Bailarinas que no pueden dar iun paso de más ni levantar un brazo de menos. Bailarinas que, mientras esperan para entrar en escena, ensayan el tercer paso del quinto baile entre cajas llenas de telarañas, jovenzuelos con el rostro de naranja y cuerdas largas y finas. El conserje las observa y ellas creen que admira el paso que están ensayando. En cambio, el conserje piensa: ‘Esos pechos, vistos desde abajo, me cubrirían la cara’. Y también: ‘Si fueras hija mía te daba de bofetadas’… Bailarinas con ojeras profundas, pero que todavía ríen cuando una compañera se mancha la cara de verde. Y, al recordarlo, ríen de nuevo en el escenario mientras el público de los mil ojos gime y se estremece acalorado en sus butacas”.


Personajes, en fin, de Luci del varietà, cuyas capturas ilustran esta entrada.


Claudio CARABBA (ed.):
Federico Fellini: Racconti unoristici
Turín, Einaudi, 2004.
ISBN: 9788806171858


5 de octubre de 2015

The Mysterious Boys, esta noche en Le Sexy



Salut l'artiste / L'idolo della città (¡Qué vida la del artista!, 1973), Yves Robert

Nicolas (Marcello Mastroianni) y Clément (Jean Rochefort) actúan en el cabaret Le Sexy como el dúo de transformistas “The Mysterious Boys”. Es su último compromiso del día, después de haber hecho uno como figurante sin frase una escenita de relleno en una película y el otro un spot de cigarrillos, de doblar una película de dibujos animados y de interpretar a dos policías acribillados en una obrita policiaca de ambiente alcaponesco.


El estajanovismo ha minado el entusiasmo de Clément, que decide dejar la profesión y dedicarse al lucrativo negocio de la promoción de pasta en grandes superficies. Pero Nicolas Montei, a pesar de su complicadísima vida sentimental y familiar, aún mantiene viva la llama de la ilusión por el oficio. Esta doble línea argumental proporciona a Salut l'artiste un tono agridulce, de comedia dramática, ungida de una melancolía que Mastroianni modula sin esfuerzo.


Nicolas Montei sigue adelante a pesar de que su hijo adolescente (Dominique De Keuchel) roba en una tienda de cámaras fotográficas y se fuga de casa, de que su primera mujer (Carla Gravina) mantenga un idilio con un extraño y de que su actual compañera (Françoise Fabian) esté harta de sus mentiras y sus inseguridades. En un momento –escena obligatoria en estas cintas protagonizadas por gentes del oficio- le acusará de fingir siempre, de no saber qué es verdad, ni qué, mentira.


Yves Robert coloca una y otra vez a Mastroianni ante el espejo, buscando respuestas en el rostro cansado que le mira desde el azogue. También, como el director de una tragedia de Racine que Nicolas nunca llegará a estrenar, le obliga a ponerse y quitarse el bigote postizo, a teñirse el pelo, a caracterizarse… Y, claro, la apoteosis de la metamorfosis es el número de transformismo en el que, alternativamente, los dos amigos se convierten en agentes de la policía montada del Canadá, cardenales o pierrots.


Para ejecutar estas operaciones se valen de una mesa de magia. Vestidos de rigurosa etiqueta –chaqué, bastón, chistera, pajarita blanca…- desvelan accidentalmente la trampa y el cartón del truco del conejo en la chistera. Es cuando intentan reparar el mecanismo que la mesita, con su tapete de terciopelo escarlata, les sirve de escondite para las trasformaciones, ejecutadas mediante el primitivo sistema mélièsiano del “truco por sustitución”.


Los desganados aplausos del público serán su única recompensa, porque el empresario (Max Vialle) tiene que pagar impuestos, derechos de autor, músicos y, sobre todo a las stripteuses, que son el plato fuerte de Le Sexy.


En breve volveremos con Mastroianni. Es una amenaza.


Salut l'artiste / L'idolo della città (¡Qué vida la del artista!, 1973),
Producción: Les Productions de la Guéville / Gaumont International (FR) / Euro International Film (IT)
Director: Yves Robert.
Guión: Yves Robert, Jean-Loup Dabadie.
Intérpretes: Marcello Mastroianni (Nicolas Montei), Jean Rochefort (Clément Chamfort), Françoise Fabian (Peggy), Carla Gravina (Elisabeth Montei), Evelyne Buyle (Arlette), Bernadette Robert (Rose, la mujer de Clément), Max Vialle (el dueño del cabaret), Dominique De Keuchel (el hijo de Montei), Henri-Jacques Huet, Lise, Sylvie Joly, Hélène Vallier, Betty Beckers, Lucienne Legrand, Simone Paris, Elizabeth Teissier.
96 min. Color (Eastmancolor)