25 de julio de 2014

El infierno como atracción de feria


Dante's Inferno (La nave de Satán, 1935), Harry Lachman

Jim Carter (Spencer Tracy) trabaja como fogonero en el transatlántico S.S. Paradise pero pierde su empleo y se contrata como blanco con la cara pintada de negro en una barraca de pim-pam-pum. Es el principio de una carrera meteórica que le llevará a fundar un emporio de juego y juerga, encontrar el amor en la dulce Betty (Claire Trevor)… y a perder su alma.


Harry Lachman había sido pintor y escenógrafo antes de dirigir varias películas entre las que se cuentan Charlie Chan at the Circus (1936) y ésta de ferias y feriantes que ayer proyectamos en la carpa. Seguramente por eso, en la barraca del profesor “Pop” McWade (Henry B. Walthall), aparte de una decoración grotesca y grutesca priman los cuadros históricos: Cleopatra y el áspid, Salomé y la cabeza del Bautista, Alejandro y el nudo gordiano…


También un busto de Dante Alighieri, cuya Divina Comedia da nombre a la atracción.


La celebridad de la película se debe, antes que nada, a un montaje exento de diez minutos que reproduce los suplicios de los condenados en el infierno. Es una visión simbólica producida por la visión de los grabados de la versión ilustrada del libro.


El resto es una parábola sobre el capitalismo, así como suena. Típico drama de la Gran Depresión y de la hipocresía del final feliz made in Hollywood. Jim Carter logra el éxito sin pararse en barras. Su ascenso está sembrado de los cadáveres de sus rivales. Miente en un juicio y obliga a su mujer a cometer perjurio. Y todo con tal de montar un casino de lujo en el transatlántico del que fue despedido como fogonero.


Mucho se habló en los años setenta del cine de catástrofes como metáfora de la crisis de valores de la sociedad y del hundimiento del sistema de estudios. La industria del entretenimiento ya había recurrido a este mismo expediente en los años treinta. Probablemente la mejor ilustración del mismo sea King Kong (King Kong, Merian C. Cooper y Ernest B. Schoedsack, 1933), la bestia atávica que deviene rey de Nueva York, pero también Madam Satan (Cecil B. DeMille, 1930) y San Francisco (San Francisco, W.S. Van Dyke, 1936).


Dante's Inferno multiplica el desastre. Primero, el del colosal palacio de los horrores montado sobre la estructura de la atracción de las cataratas. Luego, el de la Sodoma flotante. Según la Fox, la sociedad hedonista que vive por encima de sus posibilidades está condenada a suplicios eternos y a vivir en el espanto, en tanto que el empresario negligente y ávido de ganancia fácil salva su alma inmortal gracias a un acto heroico que le sirve para salvar su propia vida y la de su hijo.


Mejor no buscar paralelismos con el aquí y ahora.



Dante's Inferno (La nave de Satán, 1935)
Producción: Fox Film Corporation (EEUU)
Director: Harry Lachman.
Guión: Philip Klein, Robert M. Yost.
Intérpretes: Spencer Tracy (Jim Carter), Claire Trevor (Betty McWade), Henry B. Walthall (“Pop” McWade), Alan Dinehart (Jonesy), Scotty Beckett (Alexander Carter), Robert Gleckler (Dean), Willard Robertson (el inspector Harris), Morgan Wallace (el capitán Morgan) y Gary Leon y Rita Cansino (la pareja de baile).
89 min. Blanco y negro.

23 de julio de 2014

La cabaña chiflada


Barnacle Bill (1957), Charles Frend

A menudo nos hemos encontrado en estos muelles victorianos o eduardianos donde se aúnan la esencia del espíritu británico con la diversión barraquera. Frente a la charlatanería vocinglera y altisonante del side-show estadounidense, la circunspección reina en las atracciones del pier donde lo más que puede pasar es que se cometa un crimen horrendo, aunque siempre dentro de lo que exige el decoro.


El pier de Sandcastle-on-Sea ha sido adquirido por el capitán naval William Horatio Ambrose (Alec Guinness), heredero de una tradición marinera tan extensa como la Historia de Inglaterra, pero aquejado de mareos inmovilizantes cada vez que se embarca. El muelle de recreo parece la solución ideal a sus problemas, si no fuera porque las autoridades municipales están dispuestas a llevarse la instalación por delante en aras de las comisiones devengadas por la operación inmobiliaria.


El capitán Ambrose logrará desbaratar sus planes gracias a una argucia que le permite burlar en el muelle, una vez cercenados a golpe de hacha los vínculos con tierra firme, las conservadoras ordenanzas que rigen en el pueblo.


De este modo se convierte en salón de baile juvenil lo que antaño fuera un derruido teatrito en el que Artie White and His Brinnies practican un número de escapismo. Artie White (Warren Mitchell) se declara émulo de Houdini al tiempo que se burla de la calva del espectador que se ha ofrecido voluntario para atarlo de pies y manos. Por supuesto, el capitán Ambrose es un experto en cabullería marinera y los artistas no permanecerán demasiado tiempo en el lugar.


Toma su lugar un grupo de skiffle, ese peculiar cruce de música folk, swing y proto-rock & roll que hacía furor en las islas a mediados de la década de los cincuenta del siglo pasado. Los jóvenes enloquecen con ellos y son los primeros en apoyar el proyecto de resurrección del viejo muelle.


No obstante, la atracción a la que se saca más partido cómico en Barnacle Bill es “The Crazy Cottage”, una casa con todos los planos inclinados en la que es imposible mantener el equilibrio. En ella se instala el capitán Ambrose y pretende hacer vida normal. Claro, que tiene que afeitarse en un espejo deformante y luchar contra la ley de la gravedad en caso de ingesta severa de alcohol.


Como Davy, Barnacle Bill es una comedia tardía de los Ealing Studios. Pero donde aquélla proyectaba una mirada melancólica ante el futuro del music hall, ésta busca entroncarse en la tradición de la comedia autóctona que tantos títulos memorables reportó al estudio. Alec Guinness encarna una vez más a una variedad de personajes excéntricos y el argumento.

Aquí podrán verla en una calidad bastante aceptable.


Barnacle Bill (1957)
Producción: Ealing Studios (GB) / Metro-Goldwyn-Mayer (EEUU)
Director: Charles Frend.
Guión: T.E.B. Clarke.
Intérpretes: Alec Guinness (el capitán William Horatio Ambrose y todos sus antepasados), Irene Browne (la señora Barrington), Maurice Denham (Crowley), Percy Herbert (Tommy), Victor Maddern (Figg), Allan Cuthbertson (Chailey), Harold Goodwin (Duckworth), Richard Wattis (el del registro marítimo), Lionel Jeffries (Garrod), George Rose (Bullen), Lloyd Lamble (el superintendente Browning), Harry Locke (el periodista), Mike Morgan (Larry), Max Butterfield (Phil), Donald Churchill (Roy).
87 min. Blanco y negro.

21 de julio de 2014

El viaje del Soleil


Journey of Man (El paso de la vida2000), Keith Melton

A principios de este nuevo siglo tuve la oportunidad de ver en Valencia, en el Hemisféric de la Ciudad de las Artes y las Ciencias —ese complejo arquitectónico que ahora se cae a pedazos—, Journey of Man.  Es una película firmada por el Cirque du Soleil que se estrenó en formato IMAX.


Esta película recorre el camino de la evolución del hombre desde su nacimiento —un parto al ritmo de la batucada de Mystère y de una coreografía acuática de O— hasta la edad madura. El niño, y luego el adolescente, el joven, el treintañero, etc… va acompañado por dos personajes genuinamente soleilanos con los que descubre a los hombres elásticos —aéreos con bungees— que habitan en el bosque, la manipulación del cubo en medio del desierto realizada por Mikhail Matorin, el dúo de olímpicos –estatuas haciendo portés muy lentamente– subidos en un nenúfar gigante en medio de un lago, realizado por Marie-Laure Mesnage e Yves Décoste, o la troupe rusa  de banquinas en el interior de un palacete.


Los números —entresacados de los espectáculos Mystére, Quidam y O— no son los más originales ni los más acrobáticos del Cirque du Soleil, pero el recuerdo que tengo de la proyección es muy potente. Quizás, la pantalla circular me envolvió tanto que nubló mi capacidad crítica, pues viendo la película, diez años más tarde, en la pantalla de mi ordenador no puedo encontrar el pulso, no adivino la idea,  la trama me parece débil y el mensaje, tópico.


Journey of Man (El paso de la vida, 2000)
Productor: Cirque du Soleil (USA)
Director:  Keith Melton
Guión: Steve Roberts y Peter Wagg
Música: Benoît Jutras
Intérpretes:
Ian McKellen (Narrador), Nicky Dewhurst (Hombre joven), Brian Dewhurst (Hombre viejo), Anait Karagyezyanm (Vagabunda), Chris Van Wagenen (Joven), Kenny Raskin (Hombre), Cully Smoller (Niño), Mikhail Matorin (Número del Cubo)Yves Decoste y Marie-Laure Mesnage (Número de Estatuas), Troupe de Banquinas, Troupe de Natación Sincronizada, Troupe de Tambores Taiko, Trouope de Bungee

39 min.,Color. IMAX 6-Track

30 de junio de 2014

¡Oh, Gran Gilbert! en el Nido de Arte


Delincuentes (1957), Juan Fortuny

Tras un prólogo que nos remite a la esencia del policial, con un antihéroe encallecido que se enciende un cigarrillo cuando se le acaba el cargador de la pistola con la que se enfrentaba a la policía a tiro limpio, Delincuentes nos introduce en un escenario mucho más cotidiano.


El “Nido de Arte” es un local del barrio chino de cualquier ciudad portuaria del mediterráneo… recreado en los estudios Trilla de Barcelona. Suelo adoquinado, dos farolas, un anuncio de Martini y un cartel de variedades o boxeo son todo el atrezzo necesario para recrear un mundo. La cámara, convenientemente elevada para no traicionar la ausencia de decorado más allá de este modesto ángulo. Por allí aparece un tipo excéntrico definido no sólo por la música burlesca del maestro Serramont, sino por su canotier y su ajado esmoquin blanco. Es el “Caballero Godia”, “imitador de aves, único en el mundo”.


En los primeros veinte minutos de Delincuentes tendremos ocasión de disfrutar de las actuaciones de la plana mayor de quienes recalaban en la Bodega Bohemia de la calle Lancaster de Barcelona. Porque no otra cosa es este “Nido de Arte”, trasunto cinematográfico y apenas maquillado de un local escueto en el que se dieron cita a lo largo del siglo XX artistas verdaderamente bohemios de todo pelaje, generalmente en horas bajas.


Un tabladillo del tamaño de un pañuelo, ocupado en buena parte por un piano de pared, y flanqueado por unos extraños tótems que representan la tragedia y la comedia pero inspiradas en el arte africano, sirve de escenario la actuación de Mercedes (Ginette Leclerc) y de un muchacho perteneciente a una banda de pequeños rateros y traficantes que ha debido renunciar a su carrera como bailaor.


Pero, sobre todo, podemos ver a dos de los grandes clásicos de la Bodega Bohemia: Mery Alda y al fantasista ¡Oh, Gran Gilbert! “el as de la canción taurina”.


Luego, la película se centra ya en su moralizante argumento policial. La competencia de dos raterillos –Mario (César Ojinaga) y Andrés (Mario Beut), el hijo de un mítico delincuente- por el amor de Anita (Christine Carère); llegada de Tony (Robert Berri), un curtido atracador marsellés que se aprovechará de ellos para que ejecuten una serie de golpes más ambiciosos; y el regreso de “El Caíd” (Raymond Bussières), regenerado tras quince años de presidio y dispuesto a que Andrés no siga su camino.


La mayoría de las filmografías indican que la película es una coproducción entre España y Francia, pero luego es imposible localizar la productora gala. La diferencia de ocho minutos entre la película estrenada en España y la versión que se proyectó en cines populares de Francia y Bélgica invita también a sospechar que buena parte de las pintorescas actuaciones en el “Nido de Arte” se perdieran por el camino.


Delincuentes (1957)
Producción: Producciones Miguel Mezquíriz (ES)
Dirección: Juan Fortuny.
Guión: Ángel G. Gauna, Marius Lesoeur.
Intérpretes: Ginette Leclerc (Mercedes), Christine Carère (Anita), Mario Beut (Andrés), Raymond Bussières (“El Caíd”), Robert Berri (Tony), Miguel Ángel Valdivieso (Martino), Manuel Monroy (el comisario), César Ojinaga (Mario), Mercedes Monterrey (la amiga de Tony), Jesús Puche, Salvador Muñoz, Juanito Vargas, Consuelo Vives. Oh Gran Gilbert, Mery Alda y Caballero Godia se interpretan a sí mismos.
72 min. Blanco y negro. FilmaScope.


27 de junio de 2014

La bailarina y el gorila


El negro que tenía el alma blanca (1927), Benito Perojo

Alberto Insúa, narrador a la moderna, de la escuela cosmopolita y galante, distribuye la acción de El negro que tenía el alma blanca entre Madrid y París. Madrid de palacios aristocráticos en los Altos del Hipódromo y hoteles de lujo, pero también de los barrios bajos, de la calle de la Ruda donde vive Emma Cortadell con su padre y de las envidias e intrigas del Teatro del Sainete.


Sin embargo, en París, la imagen de España es un cabaret llamado El Patio, ambientado como un jardín de la Alhambra y decorado con panós de corridas de toros y procesiones sevillanas del Corpus. Perojo rueda las escenas que le sugieren estos capítulos en un inmenso decorado que alterna motivos castizos y decó, pero –madrileño rodando tierras de Merimée- afila la puya contra la espagnolade al vestir a la orquesta negra de jazz band con un traje campero y sombrero cordobés.


La historia es la del amor imposible del cubano Pedro Valdés (Raymond de Sarka) convertido en “Peter Wald”, el bailarín de moda en el París del charlestón, por la tímida Emma Cortadell, a la que convierte en estrella.


En la pesadilla de Emma, planificada por Segundo de Chomón, se intenta reflejar el terror subconsciente al “otro”. Ya la novela de Alberto Insúa ligaba gráfica y metafóricamente la imagen del negro a la del mono antropomórfico de la conocida marca de anís y Perojo recurre, edulcorando un poco el tropo, a otro emblema publicitario, el del papel de fumar “Bambú”.


El negro que tenía el alma blanca (1927)
Producción: Goya P.C. (ES) / Production Française Cinematographique (FR)
Director: Benito Perojo.
Guión: Benito Perojo, de la novela homónima de Alberto Insúa.
Efectos fotográficos especiales: Segundo de Chomón.
Intérpretes: Conchita Piquer (Emma Cortadell), Raymond de Sarka (Peter Wald), Valentín Parera, José Agüeras, Joaquín Carrasco, Andrews Engelmann.
88 min. Blanco y negro + virados.