27 de mayo de 2021

Tiroteo en el Tren del Terror


The Big Switch (1968), Pete Walker

Pete Walker es conocido, sobre todo, por sus películas de terror de los años setenta, donde facturó algunas perlas post-hammerianas como Frightmare (Terror sin habla, 1974) o Schizo (Esquizofrenia, 1976). Pero sus inicios tuvieron que ver con lo que a finales de la década anterior se denominaban películas “para adultos”: un esquema policiaco con huecos.

Pete, era hijo de Syd Walker, un intérprete de comedias musicales, o sea, que conocía el mundo del show business como la palma de su mano. Sus inicios fueron como cómico en los clubs de striptease del Soho londinense, para dedicarse después al lucrativo negocio de las películas en super-8. De ahí pasó a producir, escribir y dirigir primero cortos y luego largos encuadrables dentro de la sexploitation, cuyas coordenadas sociológicas en la represiva sociedad británica ya se han encargado otros de cartografiar.

Nosotros vamos al meollo de The Big Switch –algo así como “El gran cambiazo”, aunque en Estados Unidos la película se retituló Strip Poker–. John Carter (Sebastian Breaks), un ejecutivo publicitario vive la noche del Swinging London a tope. Pena, nos explica el locutor, que sea ya un poco talludito para los templos del pop. Frecuenta discotecas manejadas por un gánster, lo que le vale a Walker para realizar un breve recorrido por los clubs de noche, como en otras películas del ciclo “mondo”. Sin embargo, la historia pega un giro de ciento ochenta grados cuando la solícita rubia que se le ha ofrecido en la discoteca, es asesinada mientras él compraba tabaco.

Varias palizas y partidas de strip-poker más tarde, y después de que le hayan despedido de su trabajo en la agencia de publicidad, Carter se verá obligado a aceptar la misteriosa propuesta de los gánsteres de viajar a Brighton en compañía de Karen (Virginia Wetherell), una modelo baqueteada por la vida y los desengaños amorosos.

El plan es tan demencial y tiene tantos huecos que no merece la pena que nos dediquemos a desentrañarlo. Si The Big Switch se ha proyectado en la carpa –mínimo recorrido por los antros de ocio londinenses al margen– es porque la persecución final tiene lugar en el pier occidental de Brighton. Ya hemos estado aquí otras veces –véanse: Oh! What a Lovely War (1969), de Richard Attenborough, o Brighton Rock (1947), de John Boulting- y hemos proyectado para ustedes El fugitivo de Amberes (1955), de Miguel Iglesias, así que ya saben más o menos a que atenerse. Contrapunto chirriante entre la alegría mecánica de las atracciones y la angustia de los perseguidos, paradoja de la muerte desnuda y verdadera en el reino de los esqueletos bailarines, incongruencia del horror de cartón piedra y carrito a tres por hora. Tampoco Walker pretende ser Welles. Resuelve y ya está.

El milagro ocurre, sin embargo, a la entrada del pier. Es un milagro de serie Z, claro. En el ajustadísimo plan de trabajo, el equipo se encuentra con que el día en que se ruedan estas escenas, nieva copiosamente sobre la ciudad veraniega (“donde los viejos ricos van a echar una cana al aire los fines de semana”, afirma Karen; “lástima que yo no sea rico”, replica John). En lugar de meterse en el apartamento y esperar a que escampe, Pete Walker coge el toro por los cuernos y les pide a sus actores que rueden la escena así. Los intérpretes corren bajo la nieve, resbalan y se pegan tremendas costaladas, apenas pueden gritar los monosílabos que exige la acción porque están congelados, pero este fragmento tiene la rara cualidad de lo imprevisto, de lo irrepetible. Durante estos instantes Walker es –a la fuerza ahorcan- un émulo de Rossellini.

Después de rodar House of the Long Shadows (La casa de las sombras del pasado, 1983), Pete Walker dejó el cine y se dedicó a los mucho más lucrativos negocios inmobiliarios.


The Big Switch (1968) 
Producción: Pete Walker (GB) 
Guión y Dirección: Pete Walker 
Intérpretes: Sebastian Breaks (John Carter), Virginia Wetherell (Karen), Jack Allen (Hornsby-Smith), Douglas Blackwell (Bruno Miglio), Derek Aylward (Karl Mendez), Virginia Wetherell 
Color. 68min.

15 de abril de 2021

Analizando a Chaplin


En 1970, Chaplin decide poner en circulación de nuevo sus películas más importantes después de una larga  temporada a salvo de los piratas de la época. Muchos de sus largometrajes se conocían de oídas, como cuenta François Truffaut en el prólogo, y a punto estuvieron de convertirse en misterios cinematográficos. Afortunadamente para todos, Chaplin reconsideró su postura y hoy en día podemos apreciar en todo su esplendor Tiempos Modernos, El chico, El circo, Luces de la ciudad, El Gran Dictador, Monsiur Verdoux o Candilejas

Este pequeño libro recoge varios artículos publicados por André Bazin en los años 40 y 50 en diferentes revistas de cine, completadas con una reseña sobre La condesa de Hong Kong escrita por Eric Rohmer. Tres hombres de cine —pero sobre todo, uno de ellos, el prestigioso teórico André Bazin—hablando sobre el mito cinematográfico por excelencia. 

ANDRÉ BAZIN y ERIC ROHMER:
Charlie Chaplin
Valencia, Fernando Torres Editor, 1974

18 de febrero de 2021

Cuando un cómico ya no es gracioso


Mickey One (Acosado, 1965), Arthur Penn

Los primeros minutos de Mickey One cuentan muy sucintamente cómo puede un  cómico perder la gracia. Basta con que se corra una juerga con una desconocida y deba unos cuantos miles de dólares a la mafia. Las amenazas le impiden hacer nada a derechas. Los clientes de los locales de Detroit lo abuchean. El cómico (Warren Beatty) decide entonces cancelar su identidad, borrarse… Quema sus papeles, aborda un tren como si fuera un hobo más y se planta en Chicago.


Allí, una vez tocado fondo y con el nombre de Mickey One empieza a frecuentar los clubs de striptease. Un agente de medio pelo (Teddy Hart) se ofrece a representarlo y una mujer (Alexandra Stewart) se enamora de él e intenta ayudarlo. Entre ambos le consiguen una prueba en el Xanadu, un local del centro de la ciudad. Pero Mickey vive aterrorizado con la posibilidad de que todo sea una trampa.


Penn plantea una película esencialmente kafkiana. Mickey carece de identidad, no sabe de qué se le acusa ni a quién debería entregarse para saldar su deuda. Todo su trayecto es un zigzag en el que se alternan la huida y la búsqueda de expiación.


Penn dibuja así una alegoría del hombre contemporáneo, estrangulado por su propio miedo. ¿O la película es, como postulan algunos, una parábola sobre la caza de brujas? ¿O una requisitoria contra el control ejercido por el gobierno estadounidense sobre los ciudadanos?


Un personaje mudo, el artista (Kamatari Fujiwara), construye una complicada maquinaria a base de chatarra que ejecuta una extraña sinfonía y termina en llamas. Ya que andamos metidos en metáforas, bien valdría ésta por la propia película: un mecanismo aparatoso que produce un discurso disonante y finaliza abocando al cómico, oficiante del humor verbal, a la mudez.


¿Que por qué la proyectamos en la carpa entonces? Pues por acercarnos al mundo de la stand up comedy y a adentrarnos en esos clubs donde el batería es el rey de los músicos y entre número y número del protagonista podemos admirar a una stripteuse a o una pareja de baile acrobático. En esta ocasión no hemos sacado mucho más en claro.


Mickey One (Acosado, 1965)
Producción: Columbia Pictures (EEUU)
Director: Arthur Penn.
Guión: Alan Surgal.
Intérpretes: Warren Beatty (Mickey One), Alexandra Stewart (Jenny Drayton), Hurd Hatfield (Ed Castle), Franchot Tone (Ruby Lapp), Teddy Hart (George Berson), Jeff Corey (Larry Fryer), Kamatari Fujiwara (el artista mudo), Norman Gottschalk (el evangelista tartamudo), Benny Dunn (el comediante), Charlene Lee (la cantante), Ralph Foody (el capitán de policía), Donna Michelle, Dick Lucas, Jack Goodman, Jeri Jensen.
89 min. Blanco y negro.

8 de febrero de 2021

In articulo mortis


Zorrita Martínez (1975), Vicente Escrivá

Antes de dar en empresario del espectáculo, José Luis Moreno era sencillamente ventrílocuo. Como ya hemos visto por aquí, se dedicaba a ello por tradición familiar [http://www.circomelies.com/2011/07/talio-rodriguez-maestro-de-titiriteros.html], pero junto a la conquense Mari Carmen Martínez-Villaseñor, alcanza una gran popularidad gracias a la televisión en la década de los setenta del pasado siglo. Al plantearse que el protagonista masculino de Zorrita Martínez ejerza este oficio, Vicente Escrivá recurre a Moreno para la fabricación de los muñecos y el doblaje de los mismos, de modo que, aunque no debutase como actor cinematográfico hasta la primera entrega de Torrente (1998), José Luis Moreno ya está presente en voz y alma en esta curiosa comedia sexy a la española.


Curiosa, porque se escapa del molde genérico de la comedia para recorrer el camino de la tragicomedia moralizante o la tragedia grotesca con final aleccionador, que Vicente Escrivá cultivó al final del franquismo. Y curiosa la trayectoria la del guionista y director valenciano, que desde aquellos libretos para las películas de estampita de Rafael Gil de principios de los cincuenta hasta los descarados sainetes eróticos de la Transición —con el díptico El virgo de Visanteta (1979) y Visanteta estate queta (1979)— transitó por todos los senderos del costumbrismo popular. Zorrita Martínez, como Lo verde empieza en los Pirineos (1975), otra película del mismo año también protagonizada por López Vázquez y Nadiuska, pretenden poner en solfa la represión sexual del macho celtibérico al encontrarse ante la exuberancia de la extranjera… aunque en el segundo título en cuestión, a pesar de ser camarera en Biarritz, Nadiuska sea tan española y tan casta como la que más.


En Zorrita Martínez es una venezolana llamada Lydia Martínez que simultanea su trabajo como bailarina con el “alterne” con los clientes y la prostitución más o menos encubierta. Para poder legalizar su permanencia en España, Manolo (Manolo Zarzo), su agente artístico, le propone un matrimonio de conveniencia “in articulo mortis” con un ventrílocuo con un pie en el otro barrio, “Finito” (José Luis López Vázquez).


Si otras veces hemos trazado el perfil del payaso triste, en esta ocasión deberíamos hablar del “ventrílocuo triste”, porque “Finito” no casca y decide seguir adelante con el matrimonio fingido, a pesar de la relación que ella mantiene con un tal Antonio (Alberto de Mendoza) y de los sucios manejos de representante.


El único modo de que la venezolana abandone esta vida degradante es montar un espectáculo en el que sus habilidades para el estriptis se combinan con las dotes humorísticas del ventrílocuo, como pueden ver aquí:


A lo largo de la película, Finito saca de un gran dado blanco a Cholo, un loro con chistera —trasunto del cuervo Rockefeller—, y a Zorrita, una chica de alterne con la que, como es habitual en estos casos, expresa sus auténticos sentimientos, al tiempo que utiliza la autohumillación como fuente de humor. El repertorio se completa con chascarrillos de doble sentido, alusiones al fornicio y puyas a la Censura que, paradójicamente, hizo posible este tipo de cine.


Zorrita Martínez (1975)
Producción: Aspa P.C. / Impala (ES)
Guión y Dirección: Vicente Escrivá.
Intérpretes: Nadiuska (Lydia Martínez), José Luis López Vázquez (Serafín “Finito” Tejón), Alberto de Mendoza (Antonio), Manolo Zarzo (Manolo Corrales, el representante), Rafael Alonso (don Arturo), Fernando Santos (el comisario), Luis Barbero (el cura), Emilio Fornet (un enfermo), Elmer Moulding (el norteamericano), Guadalupe Muñoz Sampedro (la monja del asilo), Jesús Guzmán (el productor catalán), Alfonso del Real (Ortigosa), Paco Cecilio (el trasnformista), Bárbara Rey, Judy Stephen, Carmen Platero, Yolanda Farr, José Luis Zaide, Emilio S. Espinosa, Mariano Venancio, Marisa Bell, Raquel Rodrigo, Víctor Israel, Fabián Conde, Juana Jiménez, Lola Lemos, Scott Miller y los muñecos y la voz de José Luis Moreno con el loro Cholo y la chica de alterne Zorrita.
90 min.Color

Queen of the Tap Dance


Honolulu (1939), Edward Buzzell

Para que veáis que tengo razón en lo que he afirmado de Eleanor Powell he encontrado esta pequeña joya para vuestro disfrute. El claqué es una disciplina artística que se ha presentado muchas veces en las pistas de circo. No hace mucho tuvimos la oportunidad de ver a Pat Bradford en el Teatro Circo Price dentro del programa del Circ Raluy, que además de claqué con los pies, lo hace con las manos, en equilibrio sobre ellas. En esta película Eleanor está mayúscula, demostrando un control de la acrobacia y del ritmo insuperable. Muchas de sus coreografías implican un riesgo que pocos artistas de la época se atrevían a intentar.

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Esta secuencia es, en mi humilde opinión, puro arte. Eleanor, la Reina del Tap Dance, está magnífica, sugerente, divina —no encuentro adjetivos suficientes para definir lo que me evoca— realizando una rutina auténticamente de vaudeville. Es una escena que se filmó para Honolulu (1939) y que finalmente se añadió siete años más tarde a la película The Great Morgan (1946)
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Y aquí la podemos admirar junto con la también incomparable Gracie Allen en un número brillante, en el que las dos derrochan simpatía y mucho arte. Atención al excelente final acrobático con comba que se marca Eleanor. Sin palabras. 


Honolulu (1939)
Director:  Edward Buzzell
Productor: Jack Cummings
Fotografía: Ray June
Edición: Conrad A. Nervig
Dirección artística: Cedric Gibbons
Guion:  Herbert Fields  y Frank Partos 
Intérpretes: Eleanor Powell (Dorothy March), Robert Young (Brooks Mason / George Smith), George Burns (Joe Duffy), Gracie Allen (Millie De Grasse), Rita Johnson (Cecelia Grayson), Clarence Kolb (Mr. Horace Grayson), Jo Ann Sayers (Enfermera), Ann Morriss (Gale Brewster), Willie Fung (Wong), Cliff Clark (First Detective), Edward Gargan (Second Detective), Eddie 'Rochester' Anderson (Washington (as Eddie Anderson)), Sig Ruman (Psychiatrist), Ruth Hussey (Eve), Kealohu Holt (Native Dancing Girl).
83 min. Blanco y negro.

29 de diciembre de 2020

Annie Laurie Starr y Bart Tare

Gun Crazy (El demonio de las armas, 1950), Joseph H. Lewis


Joseph H. Lewis 
Tremenda. Quien la ha visto, no la olvida. Desde la escena inicial, filmada con la contundencia de una pesadilla infantil, hasta el final onírico, que lleva el amour fou al desafuero absoluto. Y todo, como querían Breton y sus acólitos, proveniente de las cadenas de montaje de la fábrica de sueños. Ahora que tanto se habla de cine independiente, conviene revisar las obras completas de don Joseph H. Lewis, un señor formado en la moviola que terminó hilvanando episodios de westerns televisivos a ritmo desenfrenado. Entre una y otra actividad, un puñado de películas hechas con descartes. Aunque es más recordado por sus “film noir” –Undercover Man (Relato criminal, 1949), The Big Combo (Agente Especial, 1955) o la que hoy nos ocupa- también practicó el melodrama, la comedia, el western o las películas de chavales descarriados. Sus cintas de aprendizaje se rodaban en seis días y duraban poco más de una hora. Las produjeron Universal, Columbia o Monogram.


Una producción de los King Bros. 
Gun Crazy fue producida por los hermanos Frank y Maurice King, auténticos independientes que estrenaban sus películas a través del estudio que se las quisiera coger. Lewis había tenido un encontronazo con Harry Cohn, el mandamás de la Columbia, y se vio obligado a aceptar el mamotreto de guión -500 páginas exagera Lewis- que había preparado MacKinlay Kantor a partir de un relato suyo publicado en 1940 en el “Saturday Evening Post”. Por lo menos Lewis cuenta con treinta días de rodaje y un presupuesto de cuatrocientos mil dólares: razonable para una serie B. Además, los hermanos King le apoyan en todo. Cuando decide que necesita rodar con un equipo ligero y micrófonos pequeños, los técnicos se buscan la vida para hallar la solución. No son caprichos de director.

La escena más recordada de la película, el atraco a un banco, consta de dieciséis páginas y es necesario construir un complicado decorado que albergará al equipo durante cuatro días. Lewis coge su cámara de 16 mm y contrata a dos figurantes. Se coloca en el maletero del coche y les hace hablar mientras conducen, entran en una pequeña ciudad, bajan del coche ante un banco, regresan corriendo y emprenden una carrera para salir del pueblo. Son siete minutos y unos tres kilómetros recorridos. Con este as en el bolsillo se va a ver a los productores y les cuenta que se le ha ocurrido un modo mucho más imaginativo de rodar la escena y, que de paso, se ahorrarán sus buenos dólares. “Imposible”, responden los hermanos King. Entonces Lewis hace proyectar su prueba. El visto bueno es inmediato. Hay que acondicionar un coche, colocar sobre el techo luces de relleno y micrófonos que recojan el sonido exterior, esconder otros dos micros diminutos en los parasoles y montar una silla de jockey sobre una plataforma móvil en la parte trasera para que el cámara pueda realizar toda clase de movimientos, teniendo en cuenta que con él viajan otras seis personas.


Nueve planos en la secuencia prólogo nos cuentan la obsesión por las armas del adolescente Bert Tare (Russ Tamblin). Una serie de flashbacks ante el tribunal de Cashville nos muestran su fascinación por las armas de fuego y su incapacidad para hacer daño a cualquier ser vivo. Los testimonios de su hermana y sus amigos no le libran del reformatorio. Cuando sale de allí, Bart (John Dall) se ha convertido en un experto tirador y un coleccionista de armas. Acude con sus amigos, el sheriff Clyde Boston (Harry Lewis) y el periodista Dave Allister (Nedrick Young), a una feria y allí tiene una epifanía. Todos la tenemos porque ver aparecer en el tabladillo de la barraca a Anna Laurie Starr (Peggy Cummins) es una experiencia inolvidable. El humo de sus revólveres apenas vela el brillo de sus ojos y la palpitación de las aletas de su nariz, como un felino dispuesto a saltar sobre su presa.

Desde ese momento, sus destinos están encadenados. Primero, un número conjunto. Luego, cuando las cosas se tuercen, una serie de atracos y una persecución sin fin a imagen de la de Bonnie Parker y Clyde Barrow. Apenas un momento de respiro en una feria en la que bailan al arrullo de la voz de Frances Irwin. El asesinato de un policía, los disfraces para eludir los controles, el atraco a un matadero, la persecución por los pantanos… Todo en Gun Crazy es memorable y bello. Con la belleza de lo necesario. Nada sobra en esta película esencial. 

Una apuesta de Billy Wilder y un fin de semana con Joan Crawford 
Gun Crazy es un fracaso económico. En United Artists, que distribuye la película, a alguien se le ocurre que Gun Crazy no es un título muy comercial y decide estrenarla con el de “Deadly Is the Female”, que en castizo viene a ser “Las féminas son mortales de necesidad”.

Sin embargo, su osadía técnica atrae la atención de los estudios. Todos quieren saber cómo se han rodado aquellos planos endemoniados. Billy Wilder asalta a Lewis un día. Necesita una aclaración porque ha hecho una apuesta: él dice que ha tenido que utilizar cuatro retroproyecciones combinadas para lograr aquella escena. Joan Crawford quiere que Lewis la dirija en su próxima película… y que pase el fin de semana con ella en su casa de la playa.

Metro-Goldwyn-Mayer, el estudio de las estrellas, le hace una oferta más convincente. Se trata de utilizar el mismo estilo directo, en una película para el estudio sobre la inmigración cubana en Estados Unidos. Lewis no se lo puede creer. Firma a ciegas. No tardará en darse cuenta de que se ha metido en la boca del lobo. La protagonista de esta historia semidocumental es la estrella Hedy Lamar. Si Gun Crazy no dio un duro, A Lady Without Passport no le proporcionó el prestigio que buscaba en un gran estudio. Lewis no se arredró. En sus episodios de The Rifleman (El hombre del rifle, TV) o Gunsmoke (La ley del revólver, TV) tenía todavía el prurito de dejar su firma. Una rueda en primer término otorgaba profundidad e interés visual al plano más ramplón. Siempre fue un tipo modesto y un enamorado de su profesión.
Sr. Feliú
Gun Crazy (El demonio de las armas, 1950) 
Producción: King Bros. (EEUU) 
Director: Joseph H. Lewis 
Guión: MacKinlay Kantor y Millard Kaufman (quien firmaba por Dalton Trumbo, incluido en la Lista Negra del Comité de Actividades Antinorteamericanas), sobre el relato homónimo de MacKinlay Kantor publicado en el “Saturday Evening Post” en 1940. 
Intérpretes: Peggy Cummins (Annie Laurie Starr), John Dall (Bart Tare), Harry Lewis (el sheriff Clyde Boston), Nedrick Young (el periodista Dave Allister), Berry Kroeger (Packett), Morris Carnovsky (el juez Willoughby), Anabel Shaw (Ruby Tare), Frances Irwin (la cantante del Danceland), Anne O'Neal (Miss Augustine Sifert), Joseph Crehan (Mr. Mallenberg), Stanley Prager (Bluey-Bluey), Virginia Farmer (Miss Wynn, la maestra), Russ Tamblyn (Bart adolescente), Mickey Little (Bart niño), William J. O'Brien, Eddie, Dick Elliott, Trevor Bardette, Tony Barr, Don Beddoe, Ross Elliott, Franklyn Farnum, Harry Hayden, Arthur Hecht, George Lynn, Robert Osterloh, Shimen Ruskin, Ray Teal, Dale Van Sickel, David Bair, Paul Frison.
86 min. Blanco y negro.