Mostrando entradas con la etiqueta El equilibrio del deseo. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta El equilibrio del deseo. Mostrar todas las entradas

28 de julio de 2026

bye bye blackbird


Bye bye Blackbird (2005), Robinson Savary

Fue el trapecista Richie Gaona, en Los Ángeles, quien puso a Robinson Savary sobre la pista de James Thiérrée, que vivía a unos cientos de metros de su casa en París. Hasta entonces, el proyecto de Robinson, hijo de Jerome Savary, el fundador del Grand Magic Circus, avanzaba sin su pieza principal, el protagonista Josef. A partir de entonces, Bye bye Blackbird comienza a hacerse realidad.

Estamos en los primeros años del siglo XX. Dos obreros emigrantes descansan sobre una viga suspendida a considerable altura. La imagen nos recuerda las fotografías de Charles Clyde Ebbets, que tanto se han difundido para decorar áticos de profesionales liberales. De repente, Josef (James Thiérrée) trepa por los cables con habilidad y se encarama en lo más alto para otear el horizonte. Se oye un golpe seco. Su compañero ha desaparecido.

Después del funeral, deambula por las calles hasta que se tropieza con un cartel del Dempsey Electric Circus. Josef se enamora a primera vista de Alice (la polaca Izabella Miko), la bella trapecista, melancólica, atrapada entre los cuidados de su obsesivo padre Lord Dempsey (Derek Jacoby, el mismo de Gladiator y Enrique V) y su relación mística con el trapecio. Josef es como un mono. Si puede trepar a algo allí que se va, así que, fascinado por el trapecio, consigue subirse después de realizar un acrobático camino por toda la cúpula de la carpa.

El primer encuentro directo de la pareja es de película de vampiros. Josef se ha hecho un pequeño corte en la mano arreglando un marco de la caravana de Alice. La joven se apresura a limpiarle la sangre chupándosela. Josef se queda tan perplejo como estaba y como si no hubiera pasado nada le pregunta si alguna vez ha pensado en trabajar con otra persona en las alturas. Ella se muestra extrañada y desconfiada de las habilidades de Josef.

Hay otra mujer, claro. Es Nina (Jodhi May), la ecuyere, hermana de adopción de Alice. Aunque también vive una extraña relación de dependencia con su padre adoptivo, el aristocrático y decadente Lord Dempsey, es una mujer más independiente y pegada a la realidad que la frágil Alice. Nina ofrece a Josef un trabajo en las cuadras mientras este se prepara para el gran número. Ha conseguido una audición. Las tres cabezas pensantes del circo, el propio Dempsey, Robert (Michael Lonsdale) y Jenkins (Carlos Pavlidis) hacen de jurado. Josef parece que se retrasa cuando aparece en lo más alto del circo. Desciende hasta donde reposa Alice y comienzan un dúo que maravilla a la singular audiencia.

Lord Dempsey está inspirado. Su petaca le proporciona pequeños éxtasis de gloria en los que se ve triunfando con este nuevo número en París, su próxima plaza. The White Birds, un número excepcional de trapecio iluminado por ¡quinientas bombillas eléctricas! El circo siempre ha estado a la cabeza en cuanto a las innovaciones técnicas aplicadas al mundo del espectáculo y Lord Dempsey es un iluminado, nunca mejor dicho. Un circo eléctrico parece un buen reclamo para esa época. Y seguiría siéndolo hoy en día.

El día del estreno en París, una tormenta amenaza con arrancar las lonas e inundar los circuitos eléctricos. Hay una buena entrada de público entre los que se encuentran algunos nobles, viejos amigos de Dempsey que vienen a ver a su hija y que desprecian al viejo maquillado.

El número se desarrolla como habían planeado. Las bombillas iluminan la carpa en círculos concéntricos a medida que los dos pájaros suben a las alturas. Hay cierta preocupación por el mal tiempo, pero también por lo imprevisible de la pareja.

De hecho se toman un descanso y salen al exterior de la carpa, en lo más alto desde donde les saludan unos fuegos artificiales. ¿Han huido? Dempsey se revuelve en el control. Robert mira preocupado a través de las cortinas. Pero no han huido, el número prosigue con un salto inverosímil de Josef al que sigue otro no menos imposible de Alice. La pareja vive un éxtasis de giros, piruetas y arrojes del trapecio. Josef pierde el control, o eso cree, y Alice cae matándose en el acto.

Josef pierde la cabeza. Decide no bajar del trapecio. Se encierra en si mismo y en las alturas. Viaja subido al trapecio, porque si toca el suelo, Alice aparece y todo se vuelve más confuso. Pero no todo es como parece. ByeBye Blackbird nos sorprende al final lo suficiente como para no anticiparlo.

Josef es un pájaro enjaulado. Como en un relato kafkiano –la primera fuente de inspiración de esta película– la soledad habita en lo más profundo de su alma y sus alas al viento son símbolo de una libertad efímera. Un espejismo. Un sueño imposible. Inalcanzable.

  

Bye bye Blackbird (2005)
Producción: Samsa Film (FR)
Dirección: Robinson Savary.
Argumento: Robinson Savary, Patrick Faure y Arif Ali-Sham.
Guión: Arif Ali-Sham.
Intérpretes: James Thiérrée (Josef), Derek Jacobi (Lord Derek), Johdi May (Nina). Michael Ondsdale (Robert), Izabella Miko (Alice), Andrej Acin (Roberto), Chris Bearne (Lord Strathclyde), Ek (Djamako), Claire Johnston (Emma), Pavlidis (Jenkins), Claudine Peters (Miss Julia).
99 min. Color.

15 de mayo de 2026

Elección de Miss Europa en San Sebastián


Prix de beauté, (Premio de belleza, 1930), Augusto Genina


Louise Brooks, cuya filmografía hemos repasado exhaustivamente, había participado en 1926, con un papel secundario, en una película ambientada en ese mundo periférico del espectáculo que constituyen los concursos de belleza: The American Venus (La Venus americana), de Frank Tuttle.


En 1930 vuelve a él como protagonista absoluta. Lucienne (Louise Brooks) es mecanógrafa y su novio, André (Georges Charlia), tipógrafo. Ambos trabajan en “Le Globe”, el diario encargado de elegir a Miss Francia. La ganadora viajará a San Sebastián para participar en el concurso de Miss Europa. Allí se dan cita las bellezas europeas y el gran mundo -aristócratas, productores de cine…- dispuesto a aprovecharse de ellas.

Hay un contraste evidente entre la piscina, la feria o el fotógrafo al minuto –“yo soy el fotógrafo del amor”-, diversiones populares, en las que entretienen sus ocios la pareja de novios y su amigo Antonin (Augusto Bandini), y las fiestas sofisticadas en hoteles internacionales cuyas puertas se abren para Lucienne cuando conquista el título de reina de la belleza. Sorprende, por actual, el mecanismo empleado para la elección: un aplausómetro mide la duración de las ovaciones que el público dedica a cada participante.

A partir de ese momento, Lucienne, ataviada con los más lujosos vestidos, será cortejada por un maharajá (Yves Glad), agasajada por un aristócrata (Gaston Jacquet) y tentada con la gloria del estrellato cinematográfico por el príncipe Adolphe de Grabovsky (Jean Bradin). Los celos de André le hacen renunciar a todo aquello, pero ya dice el dicho que cuando la miseria entra por la puerta el amor salta por la ventana. Lucienne acepta finalmente la propuesta de la Société Universelle des Films Sonores et Parlants para protagonizar «La Chanteuse éperdue».

Prix de beauté parte de una idea de René Clair y fue barajada por Pabst como su siguiente proyecto después de su intensa colaboración con la señorita Brooks en Die Büchse der Pandora y Tagebuch Einer Verlorenen (Tres páginas de un diario, 1929). El mismo Clair asumió la dirección en el año de la transición al sonoro. Entonces, los productores decidieron sincronizar la película con una banda de música y efectos, y rodar algunas nuevas escenas cuyos diálogos pudieran doblarse. El director decide entonces retirarse y la productora encarga culminar el proyecto al realizador italiano Augusto Genina, quien ya contaba con experiencia previa en el cine francés.

Durante muchos años ha prevalecido el lugar común de que de la película sólo merecían la pena los últimos metros, el único fragmento del que René Clair se responsabilizaba plenamente. Hay un cambio de tono evidente y el final –sobre el que volveremos un poco más abajo- se puede considerar como una pieza exenta, con una intriga perfectamente dosificada y un lirismo cautivador. Sin embargo, el resto de la cinta no lo desmerece. La presentación de la estrella, a través del parabrisas del coche, mientras se pone el bañador, es un prodigio de economía narrativa y de sofisticación. Su descripción del papel que tomarán los medios de comunicación en la creación de mitos contemporáneos es tan premonitoria como lúcida. Al breve reportaje sobre la Playa de la Concha le suceden piruetas vanguardistas de planificación y montaje, y antes de desembocar en el final trágico podemos asistir en primera fila al latido de la vida en la gran ciudad captada en toda su vibración por la cámara al hombro de Rudolph Maté y Louis Née. El rodaje sin sonido, permite la irrupción de la cámara en las calles parisinas, en los talleres del periódico y en los lugares de diversión, con una libertad que pronto se vería restringida por la necesidad de rodar en estudio y que el cine no recuperaría hasta quince años después, con la llegada del neorrealismo.

Lector amante de las sorpresas, detente, no des un paso más. Vamos con el final. André se entera de la proyección de «La Chanteuse éperdue» cuando le dan la noticia para componerla. Armado con una pistola se dirige a los estudios. Lucienne, acompañada por los productores, se contempla a sí misma en la pantalla cantando -la encargada de grabar el playback de la canción es la mismísima Edith Piaf, al menos eso afirman todas las fuentes consultadas-. André dispara contra Lucienne. Alguien le atrapa. La pistola cae al suelo. La canción continúa sonando. La película corre ante la lámpara del proyector. El haz de luz crea una ilusión de movimiento, de vida, en el exangüe perfil de Lucienne. Al fondo, en la pantalla, la otra vida, la apresada en los fotogramas, seguirá palpitando mientras los rodillos y la cruz de malta continúen girando.


Nos quejábamos en el comentario a propósito de The Canary Murder Case de la frustración de nuestra pasión necrófila. Lo menos que podemos afirmar de Prix de beauté es que la satisface plenamente.
Sr. Feliú 

Prix de beauté (Premio de belleza, 1930)
Producción: Sofar-Film (FR)
Director: Augusto Genina.
Guión: Georg Wilhelm Pabst y René Clair, basado en una idea de este último.
Intérpretes: Louise Brooks (Lucienne Garnier), Georges Charlia (André), Augusto Bandini (Antonin), Jean Bradin (el príncipe Grabovsky), André Nicolle (el director del periódico), Marc Ziboulsky (el manager), Yves Glad (el maharajá), Alex Bernard (el fotógrafo en la feria), Gaston Jacquet (el Duque).
93 min (la version restaurada). Blanco y negro.

20 de enero de 2026

Payasos de Weimar



Quick (Quick, mi clown, 1932), Robert Siodmak

La comedia musical alemana de la República de Weimar tiene poco que ver con su homóloga norteamericana. Están, desde luego, los grandes espectáculos basados en operetas y en el universo de los Strauss, pero también las cintas de ambientación contemporánea con argumentos escapistas e influencia de la música de kabarett.
Der Kongress tanzt (El Congreso se divierte, 1931) serviría como ejemplo del primer modelo y Die Drei von der Tankstelle (El trío de la bencina, 1930), del segundo. En ambos brilló la minúscula estrella de origen británico Lilian Harvey. Su partener habitual, el incombustible Willy Frtisch. Eric Pommer, el mandamás de la UFA, probó en 1932 a emparejar a Lilian Harvey con otra estrella masculina del cine teutón: Hans Albers. El resultado fue Quick.

Hans Albers es Quick
“Quick” (Hans Albers) es el payaso de moda en una ciudad balnearia. Todas las noches actúa en el Teatro Apollo. Su número, desarrollado entre piruetas acrobáticas, se aprovecha de un sofisticado escenario móvil que incluye rampas, trampolines y camas elásticas. Además, Quick realiza sencillos trucos de ilusionismo y canta, acompañándose de la concertina, una canción de corte cabaretero con la que encandila a las damas. Está claro que si el teatro se llena cada noche es por las señoras.

Entre cajas su representante, Lademann (Paul Hörbiger), renegocia el contrato con herr Henkel (Karl Meinhardt). Si no duplica el sueldo de Quick éste aceptará la golosa oferta de un teatro madrileño. Pero a Quick todo esto se le da un ardite. Su atención está puesta en el palco donde cada noche se sienta la caprichosa Eva (Lilian Harvey), escapada de los brazos de su pretendiente, el bobalicón Dicky von Pohl (Willy Stettner), y del doctor Bertram (Albert Kersten), que cuida de su línea y de su astenia.

En resumen que Quick se ha enamorado locamente de Eva y Eva se pirra por Quick. Y, sin embargo, mujer de su tiempo, Eva prefiere el disfraz al hombre, el amor de una hora al matrimonio. Como Quick se ha hecho pasar por el director Henkel y Eva no lo reconoce sin su maquillaje ya tienen ustedes el embrollo servido. Para salpimentarlo están la celosa e irascible bailarina Marion (Genia Nikolaieva), un augusto alcohólico llamado Clock (Paul Westermeier), el señor Müller con sus monitos amaestrados, forzudos, bailarinas, acróbatas… Todo ese discurrir de la vida que se cruza en las escaleras tras el escenario. Nada más sabemos de ninguno de ellos.

Fiesta en el balneario donde se aloja Eva. Quick decide no actuar. En sustitución Dicky recitará sus poemas. Pero Quick se lo piensa mejor. Ya que Eva no ama a Henkel es Quick quien la seduce. Y Eva se deja seducir. Después de una noche de amor Quick está hecho polvo. Sin su maquillaje Eva no le ama. Todo se resolverá en el escenario, justo minutos antes de que el tren parta para Madrid.

Más allá del enredo boulevardier, del modernísimo diseño de la clínica y del ambiente de las variedades, de Quick se queda la cancioncilla “Gnädige Frau, komm und spiel mit mir” que el payaso canta con machaconería acompañándose de la concertina.


Jules Berry es Quick
Jules Berry tomó el papel de Quick en la versión gala, rodada al mismo tiempo que la germana. Él había protagonizado el estreno de la comedia de Félix Gandéra en el teatro de la Potinière en 1930. Su coprotagonista de entonces, Suzy Prim, tuvo que renunciar a favor de Lilian Harvey. Es posible que existiera mejor química entre el actor francés y la poliglota protagonista de ambas versiones, el caso es que mientras la alemana fracasó ante el público que prefería ver una vez más a Lilian Harvey emparejada con Willy Fritsch, la francesa aguantó sus buenas siete semanas de estreno en un cine parisino.

Escribe Adrian que Berry « sait rendre la côté merveilleux du clown blanc pailleté, bondissant, musical et imposer l’image de sa séduisante désinvolture, de sus gestes de mains, de bras, de ses attitudes toujours à la frontière de l’humour et d’une canaillerie vaguement inquiétante ». Nosotros ya se lo presentamos cuando hablamos de Le Jour se lève.

En España se estrenó la versión francesa con el título de
Quick, mi clown.

Quick (Quick, mi clown, 1932)
Producción: UFA (AL) / ACE (FR)
Director: Robert Siodmak.
Guión: Hans Müller, basado en una comedia de Félix Gandéra.
Intérpretes: Lilian Harvey (Eva Pertorius), Hans Albers (“Quick”), Willy Stettner (Dicky von Pohl), Albert Kersten (el doctor Bertram), Paul Hörbiger (Lademann, el representante), Karl Meinhardt (Henkel, el director del Apollo), Paul Westermeier (Clock, el augusto), Genia Nikolaieva (Marion, la bailarina), Flockina von Platen (Charlotte, la doncella), Käthe Haack (Frau Koch), Fritz Odemar (Oberkellner).
90 min. Blanco y negro.

26 de junio de 2025

Corazón de tiovivo


Coeur fidèle (1923), Jean Epstein

Epstein
Jean Epstein estaba tan interesado en la práctica cinematográfica como en la teoría. De hecho, suyos son algunos de los primeros textos que intentan cartografiar el nuevo arte y proponer soluciones específicamente cinematográficas. Al parecer fue La Roue (1923) de Abel Gance la que le dio la idea de urdir esta película de corte vanguardista con los mimbres del melodrama. El mismo recorrido que haría, por ejemplo, Dimitri Kirsanoff con su contundente Menilmontant (1926), y que hoy en día perpetra Guy Maddin en clave posmoderna y winnipegiana.


Un corazón fiel

Vamos pues con el melodrama... Marie (Gina Manès) es huérfana. Papá y mamá Hochon (Claude Benedict y madame Maufroy), la han acogido en su bar del puerto de Marsella pero la explotan miserablemente. Por allí se deja caer todos los días el borrachuzo Petit Paul (Edmond Van Daële). Le ha echado el ojo a la niña. Sin embargo, ella está enamorada de un trabajador del puerto Jean (Léon Mathot), en cuyos brazos sueña con un viaje liberador al otro lado del mar. Petit Paul llega a un acuerdo con papá Hochon y se lleva a Marie a la feria de un pueblo cercano para seducirla. Jean los sigue. Ambos hombres se enfrentan y en la reyerta cae herido un policía. Petit Paul escapa y Jean acaba en prisión. Sale al cabo de un año y descubre que Marie malvive con un hijo enfermo. Su única ayuda es una vecina lisiada (Marie Epstein, la hermana del director) ya que Petit Paul anda completamente alcoholizado y sólo aparece por casa para propinarle unas soberanas palizas. Cuando Petit Paul sale, la cojita corre a dejar una señal en el puerto, un corazón de tiza, “corazón fiel”, que sirve a Jean para saber que puede ir a ver a su amada. Petit Paul, alertado por una prostituta (Madeleine Erickson) a la que Jean ha rechazado corre a su casa pistola en mano. Nueva pelea. La cojita se hace con la pistola y dispara sobre Petit Paul. Mientras ella cuida de la criatura Marie y Jean se entregan al amor en el vértigo de las barcas.

Epstein explicaba que había elegido este argumento melodramático, escrito en una noche, porque pensaba que “un melodrama tan desnudo de todas las convenciones que normalmente se atribuyen al género, tan sobrio, tan simple, podría alcanzar la nobleza y la excelencia de la tragedia”. Y a ello se aplicó, dejando de lado el argumento, jugando con las distorsiones de la imagen, las rimas visuales, las sobreimpresiones, los cambios de ritmo en el montaje y los primeros planos.


En la feria

Y es precisamente la escena de la feria la que actúa como bisagra y demostración de las posibilidades del montaje y de los objetos inanimados para ilustrar estados de ánimo. Petit Paul ha llevado a Marie hasta la feria. Montan en unas barquillas en forma de avión que giran vertiginosamente. El carillón escupe la partitura perforada que le sirve de guía y los autómatas interpretan la melodía con sus campanas. ¿Figura retórica de puntuación? ¿Determinismo social en el que el hombre no es más que un engranaje? ¿O el ánima de lo inanimado, que tantas veces nos han sugerido los autómatas?


La muchacha se agarra a la barquilla cubierta de serpentinas y confetis que acentúan su inmovilidad. Petit Paul le roba un beso. A pesar de ello la planificación insiste en mostrar los primeros planos de ambos por separado, subrayando el abismo que los separa. Con espíritu griffithiano Epstein corta entonces a Jean. Se entera en la taberna de la marcha de Marie. Los largos planos en los que se aproxima a la feria parecen eternos en contrapunto con el ritmo acelerado de la barquilla. Cuando llega, hay un cambio de punto de vista. Es su mirada la que no logra localizar a la amada entre el torbellino de las atracciones. En paralelo, Petit Paul hace descender a Marie de la rueda. Un plano de Jean, apenas entrevisto entre la multitud, nos indica que los ha localizado. Sus labios dibujan la palabra “Marie”. Epstein repite entonces la acción en primer plano, sin atender a las normas de la continuidad en el montaje ya plenamente vigentes en un cine que apuesta por la trasparencia narrativa-Eisenstein retomará este recurso aplicado al montaje de atracciones en Bronenosets Potemkin (1925)-. En rápida sucesión: la partitura del carillón, el tiovivo, el bombo, las barcas… Un iris nos traslada entonces al exterior de un hotel, donde va a tener lugar la pelea.


En el último tramo de la película volveremos a la feria con los dos amantes. Ahora el sentido es otro. Sólo Jean y Marie abrazados en la barca con sus cabezas juntas, en el mismo plano, mientras el fondo se desdibuja. Un intertítulo subraya que “sólo el amor es capaz de hacernos olvidarlo todo”. Una catarata de fuegos artificiales funciona como metáfora del amor triunfante. Sobre los rostros se sobreimpresionan los dibujos abstractos de un caleidoscopio que se funde con una pintada en la pared de la taberna que ha aparecido varias veces a lo largo de la cinta: “forever”. Para siempre.



La puerta al reino de lo invisible
Epstein escribía en uno de los artículos reunidos bajo el título “Le Cinèmatographe vu de l’Etna” (1926): “La poesía, que alguna vez hemos creído mero artificio de la palabra, figura de estilo, juego de la metáfora y de la antítesis, algo, en fin, muy similar a nada, recibe aquí una deslumbrante encarnación. La poesía, por tanto, es verdadera y existe con la misma realidad que la mirada”. El cine es el medio más poderoso de poesía, el medio más real de correal, de los surreal que habría dicho Apollinaire. Por esos somos unos cuantos los que hemos depositado en el nuestras mayores esperanzas”.


Hace unos años hablamos de Körhinta (1956), de Zoltan Fabri, que utiliza la misma metáfora de la rueda en clave de plan quinquenal húngaro.


Coeur fidèle (1923)
Producción: Pathé (FR)
Guión y Dirección: Jean Epstein.
Intérpretes: Gina Manès (Marie), Léon Mathot (Jean), Edmond Van Daële (Petit Paul), Claude Benedict (papá Hochon), Madame Maufroy (mamá Hochon), Marie Epstein (la cojita), Madeleine Erickson (la prostituta).
87 min. (la versión restaurada). Blanco y negro.

3 de marzo de 2025

Slapstick georgiano

Qortsili (1964), Mikhail Kobakhidze 

Chico conoce chica 
Camino de su trabajo en un laboratorio un joven (Gogi Kavtaradze) coincide con una chica (Nana Kavtaradze) en el autobús. La acompaña hasta su casa y se burla de una señora (Ekaterine Verulashvili) que les espía con unos prismáticos. Pero resulta que la señora es la mamá de la chica. Los subsiguientes intentos de entrar en contacto con ella resultan inviables por la férrea vigilancia de la madre. El joven cambia entonces de estrategia: se maquea y acude con un inmenso ramo de flores… que entrega a la señora. Ésta ve con buenos ojos que un joven tan atento salga de paseo con su hija. Pero cuando el chico va a repetir la jugada…

La obra de Kobakhidze 
De Mikhail Kobakhidze, cortometrajista georgiano -secreto a su pesar-, queríamos acercarles Carrousel (1962), el segundo de los cinco cortometrajes que rodó en la Unión Soviética en la década de los sesenta del pasado siglo. Como no lo hemos localizado optamos por el que nos ha parecido más interesante, porque el slapstick y el lirismo exacerbado de que hace gala toda su obra se encuentra aquí perfectamente compensados.

Después de su debut -Molodaya Liobov (1961)- con un humor juguetón entre el amateurismo y la travesura- Kobakhidze realizó Carrousel (1962) en la que también un enamorado intenta infructuosamente abordar a la mujer de sus sueños. Aquí Tati y Keaton eran ya referencias evidentes. Tras Qortsili rueda Qolga (1966), ballet a tres entre un guardabarreras, una chica y un paraguas, en el que los gags dan paso a un humor surreal y en el que la música gana protagonismo.

Su último intento en la Unión Soviética fue Musikosebi (1969). Durante trece minutos, en un paisaje de nieve inmaculada, dos individuos se encuentran, bailan, tocan instrumentos, realizan pantomimas de un duelo a sable y una corrida de toros. Inopinadamente uno dispara contra el otro con un cañón. La cosa termina como empezó, con un baile. Entre Samuel Becket, Norman MacLaren y los dibujos de Chuck Jones. Parece ser que iba a ser más largo y las autoridades cortaron la producción porque les parecía excesivamente abstracta en su planteamiento.

Mikhail Kobakhidze ha continuado su obra en Francia, treinta años después. Como si no hubiera pasado el tiempo, con la misma brevedad que siempre le ha caracterizado. Si acaso el aliento poético ha vencido en buena medida al humor, que ahora se ha hecho tan delgado que apenas aflora. En chemin (2001), producción francesa del canal Arte es una buena muestra de su último trabajo.

En la revista en línea Off Screen pueden leer una entrevista con él: http://www.horschamp.qc.ca/new_offscreen/kobakhidze.html

Qortsili (1964) Producción: Qartuli Pilmi (URSS) 
Guión y Dirección: Mikhail Kobakhidze. 
Intérpretes: Gogi Kavtaradze (el chico), Nana Kavtaradze (la chica), Ekaterine Verulashvili (la madre), Baadur Tsuladze (el pasajero). 
21 min. Blanco y Negro.

17 de agosto de 2024

Man on Wire


Man on Wire (2008), James Marsh


Man on Wire, un documental de James Marsh, mezcla de forma muy inteligente imágenes de la proeza de Philippe Petit cruzando sobre un cable la distancia de las Torres Gemelas con escenas dramatizadas y entrevistas a los protagonistas 30 años después. El resultado es un magnífico documental que ha recibido más de 20 premios en numerosos festivales del mundo entre los que destacan el premio en el Sundance Film Festival y el Oscar al Mejor Documental de 2008.


Como si de la planificación de un robo de alta escuela se tratase, Philippe Petit tardó seis años en planificar un sueño que le había obsesionado desde que se enteró de que iban a construir las torres. Mucho antes de que las Torres Gemelas fuesen el símbolo del skyline neoyorkino, este artista francés ya tenía en su cabeza la idea de cruzarlas.


James Marsh logra imprimir al documental un ritmo de thriller que nos hace seguir con entusiasmo la trama aunque ya sepamos el final. Philippe Petit no tenía permiso para realizar esta aventura de vértigo, así que tiene que preparar una estrategia pensada hasta sus últimos detalles y contar con una buena tropa de cómplices. 


El ritmo y el suspense que había en la realidad esa mañana del 7 de agosto de 1974 ha sabido capturarlo el director inglés James Marsh con un resultado excepcional. 

¿Cómo se cuela un grupo de personas en las Torres Gemelas? ¿Cómo se consigue meter en ellas una tonelada de material? ¿Y subirlo 110 pisos? ¿Y lanzar el cable de una torre a otra? Son preguntas que, desde la distancia y con las Torres Gemelas borradas del cielo de Nueva York, adquieren un interés inusitado, trepidante, tan vertiginoso como la excepcional acción de este genial artista. En el blog "maquinariadelanube" hacen una reflexión interesante sobre la poesía que encierra esta arriesgada hazaña que va mucho más allá del circo y del propio espectáculo.

.

Man on Wire (2008) Producción: Wall to Wall (UK).
Dirección: James Marsh.
Guión: basado en el libro "To Reach the Clouds" de Philippe Petit.
Música: Michael Nyman y Josh Ralph.
Intérpretes: Philippe Petit, Jean François Heckel, Jean-Louis Blondeau, Annie Allix, David Forman, Alan Welner, Mark Lewis, Barry Greenhouse, Jim Moore y  Guy F. Tozzoli, como ellos mismos en imágenes de archivo y en las entrevistas. En las partes dramatizadas participaron los actores: Paul McGill (Philippe Petit), David Demato (Jean-Louis Blondeau), Ardis Campbell (Annie Allix), Aaron Haskell (Jean-François Heckel) y Shawn Dempewolff-Barrett (David Forman).
Color, 90 min.