17 de mayo de 2013

El abrazo de la dama de plata




The Thief of Bagdad (El ladrón de Bagdad, 1940), Ludwig Berger, Michael Powell y Tim Whelan


The Thief of Bagdad fue producida por Alexander Korda en 1939. El rodaje fue bastante complicado por las desavenencias entre el productor —que había sido cocinero antes que fraile y también contaba con su hermano Zoltan como realizador de confianza— y Ludwig Berger, el director titular. Así se incorporó al rodaje Michael Powell, que había realizado su aprendizaje junto a Rex Ingram, que aquí hace el papel del genio de la lámpara. Tim Whelan, bajo contrato en los estudios de Denham, donde Korda tenía su base de operaciones, también se encargó de algunas secuencias. El estallido de la Segunda Guerra Mundial propició el traslado del rodaje a Estados Unidos donde el director artístico William Cameron Menzies, habría rematado la jugada.


Si creemos lo que cuenta Michael Powell en sus memorias, buena parte del mérito de que todo esto tenga un sentido se debería a la fértil imaginación de Vincent Korda, el director artístico de la familia, cuyos bocetos habrían servido de guía, más allá del guión, a los diferentes implicados en la realización. El resultado sigue siendo una de las más rutilantes extravaganzas orientales que ha dado el cine.


El sultán (Miles Malleson) está orgulloso de su colección de autómatas. Orgulloso y feliz. A los juguetes basta con darles cuerda y cumplen con su función. No como sus súbditos, a los que cada tanto se ve obligado a cortarles la cabeza. Muestra de ello es el precioso titirimundi de los acróbatas, una cajita en cuyo interior unos muñequitos que parecen vivos construyen una y otra vez complicadas torres humanas.


El ambicioso visir Jaffar (Conrad Veidt), conocedor de esta debilidad del rey, le regala un maravilloso caballo de juguete de tamaño natural, a cambio de la mano de la princesa (June Duprez). Cuando el rey ve que el caballo, una vez accionada la cuerda, sale volando de su palacio y le da un paseíto por el cielo de Bagdad, accede a todas las peticiones.


Pero la princesa, como la de Rubén, está triste. Se ha enamorado del reflejo en el agua de un apuesto joven (John Justin). Para casarse con ella, el visir deberá poner en marcha todos sus recursos. El definitivo es un autómata denominado “la dama de plata”, construido a imagen y semejanza de la bella Halima (Mary Morris), la amante del visir.


La dama de plata es una reproducción de una divinidad hindú con seis brazos, que hace realidad todos los sueños del sultán. A la precisión de su mecanismo suma su condición de juguete erótico sin parangón. Con tal profusión de brazos, el sultán podría renunciar a todo su harén, pues el abrazo múltiple de la dama de plata promete delicias sin cuento. Sobra decir que el abrazo de la dama de plata es letal y que mientras unas extremidades aferran al sultán, otra busca artera el estilete homicida.


El placer es mutuo. El sultán no puede imaginar muerte más dulce y la autómata deja asomar a su rostro un rictus de voluptuoso abandono que nos hace dudar de su condición de mero juguete mecánico. ¿O es que su mecanismo está programado para expresar este guiño de complicidad una vez la misión maquinal para la que ha sido creada se ha cumplido? Probablemente en esta ambigüedad resida el mayor acierto de esta secuencia inolvidable sobre la vida amorosa de los autómatas.

The Thief of Bagdad (El ladrón de Bagdad, 1940)
Producción: London Film (GB)
Directores: Ludwig Berger, Michael Powell y Tim Whelan
Guión: Lajos Biró, Miles Malleson
Intérpretes: Conrad Veidt (el visir Jaffar), Sabu (Abu), June Duprez (la princesa), John Justin (Ahmad), Rex Ingram (el genio), Miles Malleson (el sultán), Morton Selten (el viejo rey), Mary Morris (Halima / La dama de plata), Bruce Winston (el mercader), Hay Petrie (el astrólogo), Adelaide Hall (la cantante), Roy Emerton (el carcelero).
106 min. Color (Technicolor)

13 de mayo de 2013

El optimismo nos salvará de la crisis





Sing As We Go! (1934), Basil Dean

Gracie Platt (Gracie Fields) trabaja en una factoría textil de Lancashire que se va al garete debido a la crisis económica. Hugh Philips (John Loder), el gerente, intenta conseguir que sir William Upton  le conceda la fabricación de una nueva seda sintética, pero mientras esto ocurra (o no) la fábrica echa el cierre.


Siguiendo las pautas marcadas por los gobiernos de toda laya y época, en lugar de recibir una compensación o un subsidio y poder buscar un empleo en su especialidad, se ve empujada al emprendimiento.


Después de un intento infructuoso de emplearse como doncella en una casa de huéspedes de Blackpool, Gracie se apunta a un concurso de belleza, donde hace amistad con miss Londres, Phyllis Logan (Dorothy Hyson). Gracias a ella encuentra alojamiento en casa de Madame Osiris (Maire O'Neill), una adivina a la que Gracie se ofrece a sustituir cuando tiene que ausentarse de la consulta.


En el parque de atracciones de Blackpool desempeña toda clase de trabajos: canta hasta la afonía las canciones de una pareja de compositores llamados Ritz y Fingelstein, se exhibe como “la mujer araña” en la barraca del “Gran Maestro” (Arthur Sinclair), hace de asistente del mago en el número de la “dama escamoteada”, arruina el espectáculo del Salvaje Oeste y es perseguida por un bobby patoso (Stanley Halloway) por todas las atracciones del parque.


Entre tanto, Hugh y Phyllis se han conocido y se han enamorado. A él no le hace mucha gracia que ella participe en el concurso de belleza, pero no tiene más remedio que aguantarse. Aun así, Gracie, que ha bebido más de la cuenta, arruinará el acto donde se elige la ganadora y un número de natación sincronizada que tiene lugar en el Tower Ballroom.


Durante esta escena, podemos contemplar a un elefante telefonista, otro que imita a Charlot, equilibristas, caballos y una buena muestra de números circenses que no aportan nada al desarrollo de la historia pero que proporcionan una información documental de primera mano sobre el circo en Gran Bretaña en la primera mitad de los años treinta del pasado siglo.


El final feliz está garantizado y, como si de una película soviética se tratara, los trabajadores, encabezados por Gracie, vuelven a cantar “Sing As We Go!” mientras la maquinaria se pone de nuevo en funcionamiento. Porque la película rezuma un optimismo a prueba de bombas y, el dinamismo y el humor llano de Gracie Fields encuentran un fondo de lo más adecuado en el parque de atracciones de Blackpool.


Ambientada por el dramaturgo y novelista J.B. Priestley en un entorno de clase obrera, la lucha de clases no asoma por aquí en ningún momento. Hugh Philips es un empresario preocupado por los empleados y estos no tienen la más mínima intención de echarle en cara que no reinvirtiera en la empresa en vez de liquidar beneficios cuando los había. Según Basil Dean, el optimismo es el antídoto definitivo contra la crisis.

La aplicación de la receta, aquí:


Sing As We Go! (1934)
Producción: Associated Talking Pictures – ATP (GB)
Director: Basil Dean.
Guión: J.B. Priestley.
Intérpretes: Gracie Fields (Grace Platt), John Loder (Hugh Phillips), Dorothy Hyson (Phyllis), Stanley Holloway (el policía), Frank Pettingell (Tío Murgatroyd), Lawrence Grossmith Sir William Upton), Morris Harvey (el cowboy), Arthur Sinclair (El Gran Maestro), Maire O'Neill (Madame Osiris), Ben Field (Nobby), Olive Sloane (Violet), Margaret Yarde (Mrs. Clotty), Evelyn Roberts (Mrs. Parkinson), Norman Walker (Hezikiah).
75 min. Blanco y negro.