20 de mayo de 2013

Margarita y sus perros amaestrados




La beauté du diable (La belleza del diablo, 1950), René Clair

En un pequeño principado italiano, a principios del siglo XVIII, el profesor Fausto (Michel Simon) lleva cincuenta años buscando el secreto alquímico que le permita transformar el material más innoble en oro. En aras de su investigación ha olvidado la vida y los placeres que ofrece. Pero el final se aproxima y el diablo envía a Mefistófeles (Gérard Phillipe) a cerrar con él el clásico trato: su alma a cambio de convertir en realidad sus deseos.


Como la historia se ha contado mil veces —Clair y Salacrou, barajan al menos las dos versiones de Goethe, la de Christopher Marlowe, la ópera de Charles Gounod y la película de Murnau— el director decide buscarle una vuelta original. Para la ocasión un joven y apuesto Mefistófeles intercambia su cuerpo con el del anciano Fausto. Además, no le hace firmar el pacto, sino que decide dejar que lo haga por voluntad propia. De este modo, La beauté du diable se convierte en un duelo entre Fausto y Mefistófeles que terminará convirtiéndose en la tragedia del servidor de Lucifer.



Clair está más preocupado por las posibilidades que le brinda el argumento de la alquimia para esbozar una metáfora de la sociedad contemporánea, acogotada por la amenaza atómica.


Bien poco pinta entonces en la trama Margarita (Nicole Besnard), una joven zíngara que recorre los caminos del principado en su carromato y se gana la vida diciendo la buenaventura y exhibiendo a sus perros amaestrados.



Es por eso que hemos proyectado la película en la carpa, por mucho que este René Clair, ajeno a la ligereza de la que (casi) siempre hizo gala, nos resulte un poco más cargante. A pesar de ello, queda la creación, siempre imaginativa, de Michel Simon en su doble papel y una concepción “mágica” del cine.



Más allá del comportamiento juguetón de este diablo menor, Clair juega todas las bazas del campo-contracampo, de la doble exposición y de la sustitución de personajes en el propio cuadro, de la imagen ilusoria que ofrecen los espejos y de la autonomía de nuestro reflejo, para recrear una vez más la esencia mélièsiana del cinematógrafo.


La beauté du diable (La belleza del diablo, 1950)
Producción: Franco London Films (FR) / Universalia Film (IT)
Director: René Clair.
Guión: René Clair, Armand Salacrou, inspirado en el mito de Fausto.
Intérpretes: Michel Simon (Mefistófeles / el viejo profesor Fausto), Gérard Philipe (el joven Henri Fausto / Mefistófeles), Nicole Besnard (Marguerite, la gitana), Simone Valère (la princesa), Carlo Ninchi (el príncipe), Raymond Cordy (Antoine, el criado), Tullio Carminati (el diplomático), Paolo Stoppa (el oficial), Gaston Modot (el patriarca gitano).
96 min. Blanco y negro.


17 de mayo de 2013

El abrazo de la dama de plata




The Thief of Bagdad (El ladrón de Bagdad, 1940), Ludwig Berger, Michael Powell y Tim Whelan


The Thief of Bagdad fue producida por Alexander Korda en 1939. El rodaje fue bastante complicado por las desavenencias entre el productor —que había sido cocinero antes que fraile y también contaba con su hermano Zoltan como realizador de confianza— y Ludwig Berger, el director titular. Así se incorporó al rodaje Michael Powell, que había realizado su aprendizaje junto a Rex Ingram, que aquí hace el papel del genio de la lámpara. Tim Whelan, bajo contrato en los estudios de Denham, donde Korda tenía su base de operaciones, también se encargó de algunas secuencias. El estallido de la Segunda Guerra Mundial propició el traslado del rodaje a Estados Unidos donde el director artístico William Cameron Menzies, habría rematado la jugada.


Si creemos lo que cuenta Michael Powell en sus memorias, buena parte del mérito de que todo esto tenga un sentido se debería a la fértil imaginación de Vincent Korda, el director artístico de la familia, cuyos bocetos habrían servido de guía, más allá del guión, a los diferentes implicados en la realización. El resultado sigue siendo una de las más rutilantes extravaganzas orientales que ha dado el cine.


El sultán (Miles Malleson) está orgulloso de su colección de autómatas. Orgulloso y feliz. A los juguetes basta con darles cuerda y cumplen con su función. No como sus súbditos, a los que cada tanto se ve obligado a cortarles la cabeza. Muestra de ello es el precioso titirimundi de los acróbatas, una cajita en cuyo interior unos muñequitos que parecen vivos construyen una y otra vez complicadas torres humanas.


El ambicioso visir Jaffar (Conrad Veidt), conocedor de esta debilidad del rey, le regala un maravilloso caballo de juguete de tamaño natural, a cambio de la mano de la princesa (June Duprez). Cuando el rey ve que el caballo, una vez accionada la cuerda, sale volando de su palacio y le da un paseíto por el cielo de Bagdad, accede a todas las peticiones.


Pero la princesa, como la de Rubén, está triste. Se ha enamorado del reflejo en el agua de un apuesto joven (John Justin). Para casarse con ella, el visir deberá poner en marcha todos sus recursos. El definitivo es un autómata denominado “la dama de plata”, construido a imagen y semejanza de la bella Halima (Mary Morris), la amante del visir.


La dama de plata es una reproducción de una divinidad hindú con seis brazos, que hace realidad todos los sueños del sultán. A la precisión de su mecanismo suma su condición de juguete erótico sin parangón. Con tal profusión de brazos, el sultán podría renunciar a todo su harén, pues el abrazo múltiple de la dama de plata promete delicias sin cuento. Sobra decir que el abrazo de la dama de plata es letal y que mientras unas extremidades aferran al sultán, otra busca artera el estilete homicida.


El placer es mutuo. El sultán no puede imaginar muerte más dulce y la autómata deja asomar a su rostro un rictus de voluptuoso abandono que nos hace dudar de su condición de mero juguete mecánico. ¿O es que su mecanismo está programado para expresar este guiño de complicidad una vez la misión maquinal para la que ha sido creada se ha cumplido? Probablemente en esta ambigüedad resida el mayor acierto de esta secuencia inolvidable sobre la vida amorosa de los autómatas.

The Thief of Bagdad (El ladrón de Bagdad, 1940)
Producción: London Film (GB)
Directores: Ludwig Berger, Michael Powell y Tim Whelan
Guión: Lajos Biró, Miles Malleson
Intérpretes: Conrad Veidt (el visir Jaffar), Sabu (Abu), June Duprez (la princesa), John Justin (Ahmad), Rex Ingram (el genio), Miles Malleson (el sultán), Morton Selten (el viejo rey), Mary Morris (Halima / La dama de plata), Bruce Winston (el mercader), Hay Petrie (el astrólogo), Adelaide Hall (la cantante), Roy Emerton (el carcelero).
106 min. Color (Technicolor)