21 de julio de 2008

Daja-Tarto en el cine


Gonzalo Mena Tortajada
1904-1988

El conquense Gonzalo Mena Tortajada parecía destinado a una vida vulgar a juzgar por su trayectoria como adolescente: reformatorio, fugas de casa, vida trashumante de maletilla... Sin embargo, dos hechos notables confluyen para torcer su destino. El primero, su servicio militar en los fríos polares oscenses. El segundo, la lectura para distraer los pocos ratos de ocio entre guardias de un libro titulado “Misterios de la India”. ¿Sería la versión de Emilio Salgari, traducida por Carmen de Burgos “Colombine”, la protectora del joven Ramón Gómez de la Serna, o la del folletinista francés Xavier de Montepin? No lo sé, pero Gonzalo, subyugado por los extraños casos de faquirismo que allí se relatan, decide probar. Uno se lo imagina perfectamente robando las bombillas del cuartel para caminar sobre cristales machacados o, en las interminables horas de guardia, introduciéndose la bayoneta hasta el esófago. Nace así Daja-Tarto, de indudable aroma oriental, acrónimo de su segundo apellido. Con este nombre debuta en el Circo Price de la capital del reino en 1927. Cemento, colillas, cuchillas de afeitar y bombillas constituyen su dieta habitual en la pista. Pronto amplía su repertorio: escaleras de sables, agujas que le atraviesan el cuello de parte a parte… Entre sus hazañas más recordadas, la crucifixión en el vestíbulo de un teatro portugués. El objetivo no era otro que saldar las deudas contraídas durante sus diarias incursiones al Casino de Estoril. El espectáculo se demostró tan fructífero que Daja-Tarto decidió no dejar que los agujeros se cerrasen mediante unos tornillos desenroscables. A consecuencia de las llagas sufrió una grave infección que atajó él mismo con el faquírico remedio de escaldarse vivo. Daja-Tarto regresa a España. Monta algunos espectáculos taurinos que más adelante se detallan, trabaja a las órdenes del dibujante y publicista Enrique Herreros en la promoción de las películas estrenadas en el Palacio de la Música y es punto fuerte en las veladas artísticas organizadas en El Pardo con motivo del 18 de julio. Daja-Tarto se casó con Dionisia Gallardo y tuvo con ella dos hijas que hicieron también carrera en la pista con el nombre de las Tinokas Sisters.

Su peripecia vital quedó reflejada en el libro autobiográfico “Memorias del enigmático faquir Daja-Tarto”, pero sus incursiones cinematográficas no debieron tener mucha parte en su fama porque apenas las menciona. En tanto no se demuestre lo contrario, su debut cinematográfico tiene lugar en Un traje blanco / Il grande giorno (Rafael Gil, 1956), película de estampita de las que por aquel entonces realizaba Gil, a mayor gloria de Miguelito Gil, émulo de Joselito y Pablito Calvo. Daja-Tarto es un imponente Rey Mago que le regala el ansiado traje de almirantito para recibir la primera comunión. Otro niño prodigio, Miguel Ángel Rodríguez, es el protagonista de El sol sale todos los días (Antonio del Amo, 1958), donde de nuevo se consigna la intervención de nuestro faquir.

Desde nuestro sesgado punto de vista, el título más interesante en que interviene Daja-Tarto es la coproducción La muerte viaja demasiado / Umorismo in nero (1965). Se trata de una película de sketchs que intenta conciliar humor negro y suspense. Codirigen el francés Claude Autant-Lara, el italiano de exigua filmografía, Giancarlo Zagni, y el español José María Forqué. El episodio de este tiene lugar en un circo. Miss Wilma (Emma Penella), una tiradora de ballesta, contrata al cándido Jacinto (José Luis López Vázquez) como asistente, pero cuando en el circo se comete un crimen, todas las pruebas le señalan como culpable. Uno supone, ya que no ha podido ver la película, que Daja-Tarto es una de las atracciones de dicho circo, acaso con un número en el que se puedan comprobar sus habilidades. Como decíamos antes, uno de sus números más castizos –recuerdo de su adolescencia maletillera-, tenía que ver con la Fiesta Nacional. Daja-Tarto se hacía enterrar en el centro del ruedo mientras se celebraba la lidia de un toro. La faena tenía doble emoción, porque una vez concluida la lidia con la muerte de uno de los oficiantes –generalmente, el toro, que no dispone de enfermería en la plaza, al contrario que el torero-, se procedía a desenterrar al faquir y comprobar si había podido contener la respiración durante veinte minutos. Este curioso espectáculo dio lugar a una anécdota durante la insurrección militar del general Sanjurjo en 1932. Parece que la lidia se había prolongado ese día y Daja-Tarto deba las últimas boqueadas. Los camilleros le llevan a la Casa de Socorro cuando les sorprende la balacera a la altura de La Cibeles. Sin pensárselo dos veces, los camilleros dejan allí abandonado al pobre faquir. Pues bien, Berlanga y su guionista colaborador, el excelso Rafael Azcona, incluyeron este sucedido en una de las primeras versiones del guión que luego daría lugar a La vaquilla (Luis G. Berlanga, 1985). Cuando los soldados hacen el recuento de víctimas, se quedan patidifusos al comprobar que entre las víctimas hay… un hindú.
Sr. Feliú



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2 comentarios:

El Abuelito dijo...

Señor, he publicado una reseña homenaje recomendando su asombroso blogo en El Desván del Abuelito.
Pásese por allí y le invitaré a una taza de hierbas con anís.

Igor Von Slaughterstein dijo...

Yo soy uno de los que viene recomendado por el abuelito in person y raudo y veloz ya tengo tu blog en mis favoritos. A seguir así, que esto da gusto!

Saludos!!