28 de mayo de 2026

El profesor Thalès


La Nuit fantastique (1942), Marcel L'Herbier

Pongámoslo por delante. El título de trabajo de La Nuit fantastique era “La tumba de Méliès” y Marcel L’Herbier pretendía con ella rendir homenaje a nuestro santo patrón, el mago del teatro Robert Houdin. Sólo por eso La Nuit fantastique tendría un lugar preferente en la filmoteca de la carpa.

El sueño y la vigilia
Los historiadores suelen emparejar esta película con Les Visiteurs du soir, de Carné, y L’éternel retour, sobre un guión de Cocteau, como muestras del cine evasivo practicado por los cineastas franceses durante la ocupación nazi. Al cinéfilo contemporáneo le traerá a la memoria After Hours (Jo, qué noche, 1985), de Martin Scorsese. Pero La Nuit fantastique reviste algunas características especiales. Se trata de una obra esencialmente fantástica, refractaria a interpretaciones en clave, y su adscripción al romanticismo onírico, apenas deja resquicio para la lectura alegórica. La cinta se plantea desde el principio como un entretenimiento modesto, con ribetes humorísticos para los que, por otra parte, L’Herbier no parece especialmente dotado. Su motor sería un pensamiento de Blaise Pascal en el que éste ponía en duda la realidad de nuestra vida de vigilia, como contrapunto al tiempo que pasamos soñando. Ahí es nada.

Denis (Fernand Gravey), un estudiante de filosofía harto improbable dada su edad, se gana la vida trabajando por las noches en un puesto de flores del mercado central parisino. Mientras descabeza un sueñecito su cuerpo se desdobla y persigue a una evasiva dama de blanco. Su amigo Lucien (Bernard Blier), que estudia medicina, le recomienda reposo. Sólo así cesarán las alucinaciones. Pero Denis está convencido de que no hay tal. La dama existe; la pasada noche ha dejado caer un ramo de flores a su lado.

Esa noche vuelve a aparecérsele en sueños. En un clima fantástico de nieblas irreales y puertas que se abren solas, Denis sigue a la mujer al interior del “Au grand pére tranquille”. La dama, que se presenta como Irène (Micheline Presle), invita a Denis a compartir la mesa con su padre (Saturnin Fabre) y su prometido (Jean Parédès). Que el padre es mago profesional comenzamos a intuirlo cuando hace desaparecer la copa de Denis en el momento en que éste va a beber de ella. Se hace llamar profesor Thalès y le entrega una tarjeta para que acuda esa misma noche a su Academia de Magia. La mujer enigmática le pide que no olvide la cabeza.

En la Academia hay toda clase de aparatos mágicos, cajas misteriosas, guillotinas, sables, maniquíes descabezados… Irene obliga a Dènis a cambiar su ropa de trabajo por el esmoquin de uno de los maniquíes, si es que quiere acompañarla a le velada que está a punto de celebrarse en el Museo del Louvre. Tienen que llevar en una caja, una cabeza idéntica a la de Irène. Denis, convencido de que todo es un sueño, acepta.

El organizador confunde a Denis con un mago y le hace pasar al escenario donde el profesor Thalès y el prometido de Irène están preparando la trampa que la hará enloquecer definitivamente, porque de esto se trata: hay un plan criminal detrás de tanto misterio. Comienza el espectáculo del profesor Thalès: un truco de escamoteo con dos sarcófagos en el escenario. Irène se ofrece voluntaria. Denis, borracho, pero sabedor de lo que va a ocurrir, intenta retenerla. Irène, atada, es introducida en un sarcófago. Cae por la trampilla al sótano donde dos momias. Uno ignora si Louis Chavance, el argumentista, tenían en mente “la atacan Los habitantes de la casa deshabitada”, comedia con fantasmas de Enrique Jardiel Poncela, cuyo argumento en este tramo es muy similar, por mucho que Jardiel explore estas situaciones hasta la médula y La Nuit fantastique se pierda un poco en el apunte cómico bienintencionado. En el escenario, el profesor Thàles atraviesa con los sables el sarcófago y abre la puerta del otro, donde aparece Irène. Ahora entendemos la función de aquella cabeza decapitada a la que Denis dedicó algunos piropos. En plan héroe, agarra uno de los sables y se introduce en el primer sarcófago para acudir al rescate de la dama misteriosa.

Consiguen escapar de las momias y se refugian en casa del ciego Adalbert (Charles Granval). Denis le ha arrebatado al profesor un libro titulado “La clave de los sueños”, pero antes de que puedan descifrar su contenido Irène es secuestrada por los secuaces del profesor disfrazados de enfermeros. La conducen en ambulancia a la clínica de reposo del doctor Tellier (Marcel Lévesque). Denis les sigue en bicicleta. Iréne se va desnudando y arrojando prendas por la ventanilla para que él pueda seguir su rastro. En la clínica, la pareja consigue escapar por los tejados. No encuentran taxi pero, como están en el sueño de Denis, pueden viajar volando en bicicleta. Llegan así al Caveau des Ilusions, un extraño restaurante en el que los clientes son maniquíes y los camareros visten dominó y llevan antifaz. El profesor Thalés tiene aquí un despachito de nigromante. Hace beber un narcótico a la pareja. Sus sicarios devuelven a Irène a su casa y a Denis al mercado. Los compañeros le despiertan. Todos están convencidos de que ha sido un nuevo sueño de la fértil imaginación de Denis. ¿O no?

Igual da, porque convencido de que habita en un sueño, Denis ha abandonado toda inhibición. Durante esa noche ha puesto en riesgo su vida una y otra vez y se ha enfrentado a la locura sin otras armas que su convicción de que el amor es más fuerte que todo.

El espíritu de Méliès
El espíritu de Méliès que invocábamos al principio se manifiesta apenas en el viaje en bicicleta y en el histrionismo encantador de Saturnin Fabre. Podríamos reprocharle a L’Herbier la torpeza de desvelar los secretos de los trucos del profesor Thalès pero deberíamos de reconocer a renglón seguido su capacidad para crear climas irreales a partir de situaciones prosaicas… ¡Esa niebla que preludia los Poes de Corman!

Los efectos caleidoscópicos para visualizar la borrachera de Denis no son dignos del planificador imaginativo de L’Argent (1928), ni el desolado decorado del sótano egipciaco hace justicia al creador de L’Inhumaine (1924). Y, sin embargo, reconocemos su toque mágico en el interior de un taxi rodeado por la niebla en el que sólo una sugerencia sonora nos transporta en el espacio, o en la delicadeza con que Denis contempla la cabeza cortada en el interior de la caja. La magia, viene a decirnos L’Herbier, no está en el escenario, sino en nuestra fantasía… o en nuestros sueños, que vienen a ser su mejor vehículo.

Aquí la podrán ver si se atreven con este enlace.


La Nuit fantastique (1942)
Producción: UTC (FR)
Director: Marcel L'Herbier.
Guión: Louis Chavance, Maurice Henry y Marcel L'Herbier, sobre un argumento original de Chavance
Diálogos: Henri Jeanson.
Intérpretes: Fernand Gravey (Denis), Micheline Presle (Irène), Saturnin Fabre (el profesor Thalès), Jean Parédès (Cadet, su ayudante), Charles Granval (el ciego Adalbert), Marcel Lévesque (el doctor Tellier), Michel Vitold (Boris), Christiane Nère (Nina), Bernard Blier (Lucien), Roger Caccia (un loco que se cree un reloj), Zita Fiore, Paul Frankeur.
86 min. Blanco y negro.

20 de mayo de 2026

El alegre Andrés


Merry Andrew
(Loco por el circo, 1958), Michael Kidd


Tenemos una pequeña debilidad por Danny Kaye, un excelente actor de musicales que rezuma optimismo y vitalidad por todos los poros de su cuerpo, tanto que fue el primer embajador de UNICEF, y lo fue durante 32 años. Si además de cantar y bailar hace el payaso, como en Merry Andrew, tiene para siempre un lugar de honor en nuestra carpa, como en la Legión Francesa, de la que es miembro de honor precisamente por su dedicación a la organización infantil.



En Merry Andrew —una manera de designar a los payasos en Inglaterra, como Joey— Andrew Larabee, el personaje que encarna Danny Kaye, es un profesor un tanto reprimido por culpa de su padre (Noel Purcell), director del colegio y cabeza de una dinastía dedicada en cuerpo y alma a la enseñanza. Andrew, como profesor, no lo hace mal del todo, aunque sus métodos no convencen a su padre y él preferiría dedicarse a la arqueología, la actividad que es su verdadera pasión.



Durante las vacaciones Andrew se dirige a unas ruinas para tratar de encontrar una estatua del Dios Pan, un descubrimiento que le permitiría casarse con su prometida Letitia Fairchild (Patricia Cutts). En el lugar de la excavación está instalado el Circo Gallini que ha recibido la orden de abandonar el lugar, pues ha sido adquirido por Mr. Elmwood. Selena Gallini (Pier Angelli), sus cinco hermanos y su padre (Salvatore Baccaloni) confunden a Andrew con el nuevo propietario, así que cuando este les dice que a él no le molesta el circo mientras realiza la excavación, la familia Gallini decide quedarse y realizar sus funciones. Más tarde es el mismo Mr. Elmwood, conocido de Andrew, el que les concede una semana más, así que Andrew es considerado como un héroe por la familia Gallini y los demás artistas del circo.



Durante esa semana ocurre lo inevitable: Andrew se enamora de Selena, a pesar de la continua vigilancia de los cinco celosos Gallini. En el circo, Andrew aparece saliendo de un agujero en mitad de la pista durante el número de los leones mientras realiza la excavación. Más tarde tiene que sustituir al padre haciendo de maestro de ceremonias con un estrafalario disfraz que le hace volar y hasta despide fuegos artificiales. Al final es el mono el que encuentra la estatua pero Andrew, sin saber del hallazgo, tiene que volver a su rígida escuela y enfrentarse a su prometida y a su boda, organizada rápidamente por su padre. Pero el Circo Gallini también ha escogido como plaza una localidad cercana y Selena se acerca para llevarle la estatua del dios de la música.



Andrew, el mismo día de su boda, va al Circo Gallini en busca de unos estudiantes que se han escapado. En el circo, en cuanto es descubierto por los hermanos Gallini, comienza una disparatada persecución —los cinco Gallini quieren salvar el honor de su hermana casándola con el profesor— en la que Andrew hace de trapecista, equilibrista, acróbata, icario, portor…


La película resulta entretenida y las canciones son las justas. La familia Gallini, con su fuerte acento extranjero, da un contrapunto muy eficaz a la estirada familia Larabee y sus apariciones –siempre en grupo, de cinco en cinco– dan un toque especial de humor a la historia. Merry Andrew es el único largometraje dirigido por el famoso coreógrafo norteamericano Michael Kidd, responsable, ente otras, de las musculosas escenas de baile de Seven Brides for Seven Brothers (Siete novias para siete hermanos, 1954), de Stanley Donen.


Merry Andrew
(Loco por el circo, 1958)
Producción: MGM (EEUU)

Dirección: Michael Kidd

Guión: Isobel Lennart y I.A.L. Diamond sobre una historia de Paul Gallico

Música: Saul Chaplin. Letras: Johnny Mercer

Coreografía: Michael Kidd

Danny Kaye (Andrew Larabee), Pier Angeli (Selena Gallini), Salvatore Baccaloni (Antonio Gallini), Noel Purcell (Matthew Larabee), Robert Coote (Dudley Larabee), Patricia Cutts (Letitia Fairchild), Rex Evans (Gregory Larabee), Walter Kingsford (Mr. Fairchild), Peter Mamakos (Vittorio Gallini), Rhys Williams (Jefe de Policía), Tommy Rall (Giacomo Gallini)

103 min. Cinemascope. Metrocolor

15 de mayo de 2026

Elección de Miss Europa en San Sebastián


Prix de beauté, (Premio de belleza, 1930), Augusto Genina


Louise Brooks, cuya filmografía hemos repasado exhaustivamente, había participado en 1926, con un papel secundario, en una película ambientada en ese mundo periférico del espectáculo que constituyen los concursos de belleza: The American Venus (La Venus americana), de Frank Tuttle.


En 1930 vuelve a él como protagonista absoluta. Lucienne (Louise Brooks) es mecanógrafa y su novio, André (Georges Charlia), tipógrafo. Ambos trabajan en “Le Globe”, el diario encargado de elegir a Miss Francia. La ganadora viajará a San Sebastián para participar en el concurso de Miss Europa. Allí se dan cita las bellezas europeas y el gran mundo -aristócratas, productores de cine…- dispuesto a aprovecharse de ellas.

Hay un contraste evidente entre la piscina, la feria o el fotógrafo al minuto –“yo soy el fotógrafo del amor”-, diversiones populares, en las que entretienen sus ocios la pareja de novios y su amigo Antonin (Augusto Bandini), y las fiestas sofisticadas en hoteles internacionales cuyas puertas se abren para Lucienne cuando conquista el título de reina de la belleza. Sorprende, por actual, el mecanismo empleado para la elección: un aplausómetro mide la duración de las ovaciones que el público dedica a cada participante.

A partir de ese momento, Lucienne, ataviada con los más lujosos vestidos, será cortejada por un maharajá (Yves Glad), agasajada por un aristócrata (Gaston Jacquet) y tentada con la gloria del estrellato cinematográfico por el príncipe Adolphe de Grabovsky (Jean Bradin). Los celos de André le hacen renunciar a todo aquello, pero ya dice el dicho que cuando la miseria entra por la puerta el amor salta por la ventana. Lucienne acepta finalmente la propuesta de la Société Universelle des Films Sonores et Parlants para protagonizar «La Chanteuse éperdue».

Prix de beauté parte de una idea de René Clair y fue barajada por Pabst como su siguiente proyecto después de su intensa colaboración con la señorita Brooks en Die Büchse der Pandora y Tagebuch Einer Verlorenen (Tres páginas de un diario, 1929). El mismo Clair asumió la dirección en el año de la transición al sonoro. Entonces, los productores decidieron sincronizar la película con una banda de música y efectos, y rodar algunas nuevas escenas cuyos diálogos pudieran doblarse. El director decide entonces retirarse y la productora encarga culminar el proyecto al realizador italiano Augusto Genina, quien ya contaba con experiencia previa en el cine francés.

Durante muchos años ha prevalecido el lugar común de que de la película sólo merecían la pena los últimos metros, el único fragmento del que René Clair se responsabilizaba plenamente. Hay un cambio de tono evidente y el final –sobre el que volveremos un poco más abajo- se puede considerar como una pieza exenta, con una intriga perfectamente dosificada y un lirismo cautivador. Sin embargo, el resto de la cinta no lo desmerece. La presentación de la estrella, a través del parabrisas del coche, mientras se pone el bañador, es un prodigio de economía narrativa y de sofisticación. Su descripción del papel que tomarán los medios de comunicación en la creación de mitos contemporáneos es tan premonitoria como lúcida. Al breve reportaje sobre la Playa de la Concha le suceden piruetas vanguardistas de planificación y montaje, y antes de desembocar en el final trágico podemos asistir en primera fila al latido de la vida en la gran ciudad captada en toda su vibración por la cámara al hombro de Rudolph Maté y Louis Née. El rodaje sin sonido, permite la irrupción de la cámara en las calles parisinas, en los talleres del periódico y en los lugares de diversión, con una libertad que pronto se vería restringida por la necesidad de rodar en estudio y que el cine no recuperaría hasta quince años después, con la llegada del neorrealismo.

Lector amante de las sorpresas, detente, no des un paso más. Vamos con el final. André se entera de la proyección de «La Chanteuse éperdue» cuando le dan la noticia para componerla. Armado con una pistola se dirige a los estudios. Lucienne, acompañada por los productores, se contempla a sí misma en la pantalla cantando -la encargada de grabar el playback de la canción es la mismísima Edith Piaf, al menos eso afirman todas las fuentes consultadas-. André dispara contra Lucienne. Alguien le atrapa. La pistola cae al suelo. La canción continúa sonando. La película corre ante la lámpara del proyector. El haz de luz crea una ilusión de movimiento, de vida, en el exangüe perfil de Lucienne. Al fondo, en la pantalla, la otra vida, la apresada en los fotogramas, seguirá palpitando mientras los rodillos y la cruz de malta continúen girando.


Nos quejábamos en el comentario a propósito de The Canary Murder Case de la frustración de nuestra pasión necrófila. Lo menos que podemos afirmar de Prix de beauté es que la satisface plenamente.
Sr. Feliú 

Prix de beauté (Premio de belleza, 1930)
Producción: Sofar-Film (FR)
Director: Augusto Genina.
Guión: Georg Wilhelm Pabst y René Clair, basado en una idea de este último.
Intérpretes: Louise Brooks (Lucienne Garnier), Georges Charlia (André), Augusto Bandini (Antonin), Jean Bradin (el príncipe Grabovsky), André Nicolle (el director del periódico), Marc Ziboulsky (el manager), Yves Glad (el maharajá), Alex Bernard (el fotógrafo en la feria), Gaston Jacquet (el Duque).
93 min (la version restaurada). Blanco y negro.

4 de mayo de 2026

Nostalgia del music-hall y el slapstick

Harry and Walter Go to New York, (Harry y Walter van a Nueva York, Mark Rydell, 1976)

En 1976 Columbia Pictures invirtió un pastón en lo que parecía una apuesta segura: un reparto de lujo encabezado por Michael Caine, Elliott Gould, James Caan y Diane Keaton; un director experimentado que ha demostrado que puede llegar al Oscar; moda “retro” que está arrasando en las pantallas de todo el mundo; una producción lujosa a cargo del tipo que acaba de dar el golpe con El golpe (The Sting, George Roy Hill, 1973); un guión que promete carcajadas a tutiplén... ¿Qué podía fallar?

Una pequeña localidad de Massachussets en 1892. Harry y Walter (Caan y Gould) son dos cómicos de variedades de cuarta fila. Su número cómico-musical se completa con otro de videncia: Madame Rabina, la Gran Dama de Oriente, debe adivinar los objetos que los espectadores entregan a su partenaire. Siempre hay algún incauto que saca la cartera y los comediantes aprovechan para vaciarla antes de devolvérsela. 

Pero la policía les atrapa en pleno fregado y terminan en un penal donde coinciden con Adam Worth (Caine), un elegante reventador de cajas fuertes, al que consiguen birlar el plano del banco de Rufus T. Crisp (Charles Durning), el banquero que lo envió a presidio.

Gracias a la nitroglicerina que se utiliza en la cantera donde realizan trabajos forzados Harry y Walter logran escapar del penal y, como indica el título, se van a Nueva York. Allí entran en contacto con Lissa Chestnut (Diane Keaton), reportera del periódico anarquista The Advocate, que ha entrevistado en la cárcel a Worth.

Pero Worth está libre de nuevo y dispuesto a regresar a Massachussets para robar la caja de caudales de Rufus T. Crisp. Hace el butrón desde el teatro en que su amante, miss Fontaine (Lesley Ann Warren) protagoniza la opereta The Kingdom of Love.

Harry, Walter y Lissa aprovechan su plan para adelantarse y robar el banco durante la función, ya que Worth no entrará en la cámara acorazada hasta que miss Fontaine termine su actuación. Para ganar tiempo, Harry y Walter se cuelan en el escenario y empieza a improvisar situaciones descacharrantes a fin de que la obra no acabe hasta que Lissa y sus compañeros de The Advocate puedan volar la tapa de la caja de caudales.

Para no reventar el final, digamos únicamente que Harry y Walter triunfan en el escenario.

La intención de la película era evidente. En la fuga del presidio los vigilantes semejan los Keystone Cops de Mack Sennett y en la escena del restaurante parece que estuviéramos viendo un número slow burning al modo de los que Stan Laurel, Oliver Hardy y Jimmy Finlayson protagonizaban en las películas de dos bobinas de Hal Roach. Pero este tipo de comedia requiere un tempo que no termina de casar con las bufonadas de Caan y Gould, y las casi dos horas de duración la cinta tampoco ayudan. En su tiempo, los espectadores decidieron que aquello no iba con ellos y, a pesar de que la inversión había alcanzado casi los siete millones de dólares, en taquilla apenas hizo cuatro y medio. Hoy podemos verla como una tentativa bienintencionada de recuperar el slapstick. Ese mismo año, Mel Brooks estrena su particular homenaje al cine silente, La última locura (Silent Movie, 1976), que ha costado 4.400.000 dólares y recauda 36.145.695.



Harry and Walter Go to New York (Harry y Walter van a Nueva York, 1976)
Producción: Safecraker Productions para Columbia Pictures (EE.UU.)
Director: Mark Rydell.
Guion: John Byrum, Robert Kaufman, Don Devlin.
Fotografía: László Kovács.
Escenografía: Harry Horner.
Montaje: David Bretherton, Don Guidice.
Música: David Shire.
Intérpretes: James Caan (Harry Dighby), Elliott Gould (Walter Hill), Michael Caine (Adam Worth), Diane Keaton (Lissa Chestnut), Charles Durning (Rufus T. Crisp), Lesley Ann Warren (Gloria Fontaine), Val Avery (Chatsworth), Jack Gilford (Mischa), Dennis Dugan (Lewis), Carol Kane (Florence).
Color. Scope (2,35:1). 115 min.

29 de abril de 2026

El caballero melancólico


Los zancos
 (1984), Carlos Saura

Se trata de una película más bien flojita, en la que Saura nos muestra una historia de amor poco creíble, en mi opinión.


Ángel (Fernando Fernán Gómez) es un profesor de universidad que acaba de enviudar, así que se marcha a Torrelodones intentando sobrellevar su pérdida, pero es tal su desesperanza que trata de quitarse la vida.


Teresa (Laura del Sol), una guapa vecina de la urbanización, le salva la vida y Ángel queda totalmente enamorado. Teresa vive con Alberto (Antonio Banderas) y el hijo de ambos, y juntos tienen un grupo de teatro callejero llamado "Los Zancos".


Teresa trata de ayudar a Ángel de su depresión presentándole a sus amigos del teatro, y Ángel (enamorado hasta las trancas desde la primera escena) decide escribir una obrilla de teatro por amor a su Teresa.



Lo mejor de esta película menor de Saura: Fernando Fernán Gómez y Paco Rabal, que tiene un diminuto papel, pero muy intenso. Como curiosidad, la presencia de Laura del Sol y un jovencísimo Antonio Banderas, y también hay que destacar la música: música judeo española sefardí y la aparición del Grupo Santa con su cantante Azucena).


Pueden verla si están interesados en este enlace:
https://m.ok.ru/video/7026424023636


Los zancos (1984)
Producción: Emiliano Piedra P.C. (ESP)
Director: Carlos Saura
Guion: Fernando Fernán Gómez y Carlos Saura
Director de fotografía: Teo Escamilla.
Decorados: Antonio Cortés.
Música: Grupo de música Judeo-española de Madrid, Grupo de rock Santa
Intérpretes: Fernando Fernán Gómez (Ángel), Laura del Sol (Teresa), Antonio Banderas (Alberto), Francisco Rabal (Manuel), Enrique Pérez Simón (Cobo), Adriana Ozores (Begoña), Amparo Soto (José Yepes), Guillermo Montesinos, Jesús Sastre, Elisa Molina (zancuda), Rafael López (zancudo), Javier Jiménez (zancudo), Ricardo Solanes (zancudo), Ramón García (zancudo).
89 min. Color.

16 de abril de 2026

La soprano ligera

 

La Malibrán (La Malibran, Sacha Guitry, 1944)

Guitry fue un hombre orquesta en el mundo del espectáculo y, por tanto, muchas películas toman espectáculos como motivo central como ya hemos visto. En este caso, su batuta se dirige a la ópera y más concretamente a una cantante española, o casi.


La última película de Sacha Guitry durante la Ocupación es una personal interpretación biográfica de la mezzosoprano María Felicia García, nacida en París en 1808 de padres españoles. Su vida es fértil en viajes, celebridades del Romanticismo y lances amorosos.


La voz de “el autor”, como él mismo gustaba denominarse, evoca desde los títulos de crédito la pléyade de personalidades que admiraron a la cantante: Alfred de Musset —interpretado por Jean Cocteau, amigo personal de Luis Escobar—, que le dedica una elegía; Ravel, Rossini o Donizetti, cuyas notas manuscritas sostienen las manos temblorosas de Guitry; y, por último, su máscara mortuoria, que nos sitúa desde el mismo pórtico en la inmortalidad del arte que el realizador invoca.



La condesa Merlin traza entonces un perfil biográfico de su amiga María, desde su misma cuna, cuando su padre, al escuchar su primer llanto, dictamina que es “soprano ligera”. El tramo inicial de su carrera queda reflejado, más que por sus actuaciones en el escenario, por el cortejo y matrimonio con Malibran —el propio Guitry—, que la aparta de los escenarios. El regreso, tras una anulación dictada deus ex machina por el mismísimo marqués de Lafayette, sellará su reconciliación con su padre, con quien canta el Otello de Verdi.


La narración de la condesa favorece el carácter episódico de la cinta, articulada mediante bloques autónomos. Si algo les sirve de nexo es su carácter de escenas íntimas en saloncitos y camerinos, con una claustrofóbica carencia de exteriores y escasas incursiones en los escenarios. Una de ellas es la emblemática interpretación de la Norma de Bellini. En cuanto a los raros exteriores de la cinta, están asociados a la historia de amor con Charles de Bériot, libre de todas las cautelas que impondrá la censura española a esta relación. El clímax ideado por Guitry tiene lugar cuando, para conjurar la muerte que siente próxima, María decide interpretar una composición propia titulada precisamente La morte.


Algunos historiadores han querido ver en La Malibrán una reivindicación de la herencia cultural francesa ante la Ocupación alemana. Sin embargo, el resumen biográfico que traza la condesa Merlin no puede ser más elocuente: “Española, nacida en París, debuta en Italia, continúa su carrera en Londres, contrae nupcias con un francés en Nueva York, luego se casa con un belga y muere en Mánchester. Nacerá, vivirá y morirá en gira”.


O sea, la pasión por el arte hasta sus últimas consecuencias y como modo de sobrevivir a la muerte, lo que propicia uno de los momentos más hermosos de la cinta de Guitry: cuando la Malibrán expira, su voz continúa resonando en una nota sostenida más allá del fundido en negro.

La Malibran (1944)
Producción: La Société des Films Sirius (FR)
Director: Sacha Guitry
Guion: Sacha Guitry
Fotografía: Fédote Bourgasoff yJean Bachelet
Ayudante de realización: René Delacroix
Sonido: René Lécuyer
Musica: Louis Beydts
Edición: Alice Dumas
Decorados: René Renoux y Henri Ménessier
Intérpretes: Sacha Guitry (Eugène Malibran), Géori Boué (Marie Malibran), Suzy Prim (la condesa Merlin), Mona Goya (Madame Garcia), Jacques Jansen (Charles de Bériot), Denis d'Inès (Berryer), Geneviève Guitry (la joven vecina), Marcel Lévesque (el viejo melómano), Jean Cocteau (Alfred de Musset), La petite Sylvie (Marie Malibran de niña), Mario Podestá (Manuel Garcia), Jean Weber (el rey de Nápoles), Jean Debucourt (el amigo de la condesa Merlin), Jacques Varennes (el general de La Fayette), Jacques, Castelot (Lamartine), Louis Arnoult (Vellutti), Madeleine Sibille (la cantante), Jeanne Fusier-Gir (la portera), Renée Thorel (Mme de La Bouillerie), Henry Houry (Rossini), Jean Chaduc (Victor Hugo), Louis Beydts (el pianista).
Blanco y negro. 95 min.