15 de mayo de 2026

Elección de Miss Europa en San Sebastián


Prix de beauté, (Premio de belleza, 1930), Augusto Genina


Louise Brooks, cuya filmografía hemos repasado exhaustivamente, había participado en 1926, con un papel secundario, en una película ambientada en ese mundo periférico del espectáculo que constituyen los concursos de belleza: The American Venus (La Venus americana), de Frank Tuttle.


En 1930 vuelve a él como protagonista absoluta. Lucienne (Louise Brooks) es mecanógrafa y su novio, André (Georges Charlia), tipógrafo. Ambos trabajan en “Le Globe”, el diario encargado de elegir a Miss Francia. La ganadora viajará a San Sebastián para participar en el concurso de Miss Europa. Allí se dan cita las bellezas europeas y el gran mundo -aristócratas, productores de cine…- dispuesto a aprovecharse de ellas.

Hay un contraste evidente entre la piscina, la feria o el fotógrafo al minuto –“yo soy el fotógrafo del amor”-, diversiones populares, en las que entretienen sus ocios la pareja de novios y su amigo Antonin (Augusto Bandini), y las fiestas sofisticadas en hoteles internacionales cuyas puertas se abren para Lucienne cuando conquista el título de reina de la belleza. Sorprende, por actual, el mecanismo empleado para la elección: un aplausómetro mide la duración de las ovaciones que el público dedica a cada participante.

A partir de ese momento, Lucienne, ataviada con los más lujosos vestidos, será cortejada por un maharajá (Yves Glad), agasajada por un aristócrata (Gaston Jacquet) y tentada con la gloria del estrellato cinematográfico por el príncipe Adolphe de Grabovsky (Jean Bradin). Los celos de André le hacen renunciar a todo aquello, pero ya dice el dicho que cuando la miseria entra por la puerta el amor salta por la ventana. Lucienne acepta finalmente la propuesta de la Société Universelle des Films Sonores et Parlants para protagonizar «La Chanteuse éperdue».

Prix de beauté parte de una idea de René Clair y fue barajada por Pabst como su siguiente proyecto después de su intensa colaboración con la señorita Brooks en Die Büchse der Pandora y Tagebuch Einer Verlorenen (Tres páginas de un diario, 1929). El mismo Clair asumió la dirección en el año de la transición al sonoro. Entonces, los productores decidieron sincronizar la película con una banda de música y efectos, y rodar algunas nuevas escenas cuyos diálogos pudieran doblarse. El director decide entonces retirarse y la productora encarga culminar el proyecto al realizador italiano Augusto Genina, quien ya contaba con experiencia previa en el cine francés.

Durante muchos años ha prevalecido el lugar común de que de la película sólo merecían la pena los últimos metros, el único fragmento del que René Clair se responsabilizaba plenamente. Hay un cambio de tono evidente y el final –sobre el que volveremos un poco más abajo- se puede considerar como una pieza exenta, con una intriga perfectamente dosificada y un lirismo cautivador. Sin embargo, el resto de la cinta no lo desmerece. La presentación de la estrella, a través del parabrisas del coche, mientras se pone el bañador, es un prodigio de economía narrativa y de sofisticación. Su descripción del papel que tomarán los medios de comunicación en la creación de mitos contemporáneos es tan premonitoria como lúcida. Al breve reportaje sobre la Playa de la Concha le suceden piruetas vanguardistas de planificación y montaje, y antes de desembocar en el final trágico podemos asistir en primera fila al latido de la vida en la gran ciudad captada en toda su vibración por la cámara al hombro de Rudolph Maté y Louis Née. El rodaje sin sonido, permite la irrupción de la cámara en las calles parisinas, en los talleres del periódico y en los lugares de diversión, con una libertad que pronto se vería restringida por la necesidad de rodar en estudio y que el cine no recuperaría hasta quince años después, con la llegada del neorrealismo.

Lector amante de las sorpresas, detente, no des un paso más. Vamos con el final. André se entera de la proyección de «La Chanteuse éperdue» cuando le dan la noticia para componerla. Armado con una pistola se dirige a los estudios. Lucienne, acompañada por los productores, se contempla a sí misma en la pantalla cantando -la encargada de grabar el playback de la canción es la mismísima Edith Piaf, al menos eso afirman todas las fuentes consultadas-. André dispara contra Lucienne. Alguien le atrapa. La pistola cae al suelo. La canción continúa sonando. La película corre ante la lámpara del proyector. El haz de luz crea una ilusión de movimiento, de vida, en el exangüe perfil de Lucienne. Al fondo, en la pantalla, la otra vida, la apresada en los fotogramas, seguirá palpitando mientras los rodillos y la cruz de malta continúen girando.


Nos quejábamos en el comentario a propósito de The Canary Murder Case de la frustración de nuestra pasión necrófila. Lo menos que podemos afirmar de Prix de beauté es que la satisface plenamente.
Sr. Feliú 

Prix de beauté (Premio de belleza, 1930)
Producción: Sofar-Film (FR)
Director: Augusto Genina.
Guión: Georg Wilhelm Pabst y René Clair, basado en una idea de este último.
Intérpretes: Louise Brooks (Lucienne Garnier), Georges Charlia (André), Augusto Bandini (Antonin), Jean Bradin (el príncipe Grabovsky), André Nicolle (el director del periódico), Marc Ziboulsky (el manager), Yves Glad (el maharajá), Alex Bernard (el fotógrafo en la feria), Gaston Jacquet (el Duque).
93 min (la version restaurada). Blanco y negro.

4 de mayo de 2026

Nostalgia del music-hall y el slapstick

Harry and Walter Go to New York, (Harry y Walter van a Nueva York, Mark Rydell, 1976)

En 1976 Columbia Pictures invirtió un pastón en lo que parecía una apuesta segura: un reparto de lujo encabezado por Michael Caine, Elliott Gould, James Caan y Diane Keaton; un director experimentado que ha demostrado que puede llegar al Oscar; moda “retro” que está arrasando en las pantallas de todo el mundo; una producción lujosa a cargo del tipo que acaba de dar el golpe con El golpe (The Sting, George Roy Hill, 1973); un guión que promete carcajadas a tutiplén... ¿Qué podía fallar?

Una pequeña localidad de Massachussets en 1892. Harry y Walter (Caan y Gould) son dos cómicos de variedades de cuarta fila. Su número cómico-musical se completa con otro de videncia: Madame Rabina, la Gran Dama de Oriente, debe adivinar los objetos que los espectadores entregan a su partenaire. Siempre hay algún incauto que saca la cartera y los comediantes aprovechan para vaciarla antes de devolvérsela. 

Pero la policía les atrapa en pleno fregado y terminan en un penal donde coinciden con Adam Worth (Caine), un elegante reventador de cajas fuertes, al que consiguen birlar el plano del banco de Rufus T. Crisp (Charles Durning), el banquero que lo envió a presidio.

Gracias a la nitroglicerina que se utiliza en la cantera donde realizan trabajos forzados Harry y Walter logran escapar del penal y, como indica el título, se van a Nueva York. Allí entran en contacto con Lissa Chestnut (Diane Keaton), reportera del periódico anarquista The Advocate, que ha entrevistado en la cárcel a Worth.

Pero Worth está libre de nuevo y dispuesto a regresar a Massachussets para robar la caja de caudales de Rufus T. Crisp. Hace el butrón desde el teatro en que su amante, miss Fontaine (Lesley Ann Warren) protagoniza la opereta The Kingdom of Love.

Harry, Walter y Lissa aprovechan su plan para adelantarse y robar el banco durante la función, ya que Worth no entrará en la cámara acorazada hasta que miss Fontaine termine su actuación. Para ganar tiempo, Harry y Walter se cuelan en el escenario y empieza a improvisar situaciones descacharrantes a fin de que la obra no acabe hasta que Lissa y sus compañeros de The Advocate puedan volar la tapa de la caja de caudales.

Para no reventar el final, digamos únicamente que Harry y Walter triunfan en el escenario.

La intención de la película era evidente. En la fuga del presidio los vigilantes semejan los Keystone Cops de Mack Sennett y en la escena del restaurante parece que estuviéramos viendo un número slow burning al modo de los que Stan Laurel, Oliver Hardy y Jimmy Finlayson protagonizaban en las películas de dos bobinas de Hal Roach. Pero este tipo de comedia requiere un tempo que no termina de casar con las bufonadas de Caan y Gould, y las casi dos horas de duración la cinta tampoco ayudan. En su tiempo, los espectadores decidieron que aquello no iba con ellos y, a pesar de que la inversión había alcanzado casi los siete millones de dólares, en taquilla apenas hizo cuatro y medio. Hoy podemos verla como una tentativa bienintencionada de recuperar el slapstick. Ese mismo año, Mel Brooks estrena su particular homenaje al cine silente, La última locura (Silent Movie, 1976), que ha costado 4.400.000 dólares y recauda 36.145.695.



Harry and Walter Go to New York (Harry y Walter van a Nueva York, 1976)
Producción: Safecraker Productions para Columbia Pictures (EE.UU.)
Director: Mark Rydell.
Guion: John Byrum, Robert Kaufman, Don Devlin.
Fotografía: László Kovács.
Escenografía: Harry Horner.
Montaje: David Bretherton, Don Guidice.
Música: David Shire.
Intérpretes: James Caan (Harry Dighby), Elliott Gould (Walter Hill), Michael Caine (Adam Worth), Diane Keaton (Lissa Chestnut), Charles Durning (Rufus T. Crisp), Lesley Ann Warren (Gloria Fontaine), Val Avery (Chatsworth), Jack Gilford (Mischa), Dennis Dugan (Lewis), Carol Kane (Florence).
Color. Scope (2,35:1). 115 min.

29 de abril de 2026

El caballero melancólico


Los zancos
 (1984), Carlos Saura

Se trata de una película más bien flojita, en la que Saura nos muestra una historia de amor poco creíble, en mi opinión.


Ángel (Fernando Fernán Gómez) es un profesor de universidad que acaba de enviudar, así que se marcha a Torrelodones intentando sobrellevar su pérdida, pero es tal su desesperanza que trata de quitarse la vida.


Teresa (Laura del Sol), una guapa vecina de la urbanización, le salva la vida y Ángel queda totalmente enamorado. Teresa vive con Alberto (Antonio Banderas) y el hijo de ambos, y juntos tienen un grupo de teatro callejero llamado "Los Zancos".


Teresa trata de ayudar a Ángel de su depresión presentándole a sus amigos del teatro, y Ángel (enamorado hasta las trancas desde la primera escena) decide escribir una obrilla de teatro por amor a su Teresa.



Lo mejor de esta película menor de Saura: Fernando Fernán Gómez y Paco Rabal, que tiene un diminuto papel, pero muy intenso. Como curiosidad, la presencia de Laura del Sol y un jovencísimo Antonio Banderas, y también hay que destacar la música: música judeo española sefardí y la aparición del Grupo Santa con su cantante Azucena).


Pueden verla si están interesados en este enlace:
https://m.ok.ru/video/7026424023636


Los zancos (1984)
Producción: Emiliano Piedra P.C. (ESP)
Director: Carlos Saura
Guion: Fernando Fernán Gómez y Carlos Saura
Director de fotografía: Teo Escamilla.
Decorados: Antonio Cortés.
Música: Grupo de música Judeo-española de Madrid, Grupo de rock Santa
Intérpretes: Fernando Fernán Gómez (Ángel), Laura del Sol (Teresa), Antonio Banderas (Alberto), Francisco Rabal (Manuel), Enrique Pérez Simón (Cobo), Adriana Ozores (Begoña), Amparo Soto (José Yepes), Guillermo Montesinos, Jesús Sastre, Elisa Molina (zancuda), Rafael López (zancudo), Javier Jiménez (zancudo), Ricardo Solanes (zancudo), Ramón García (zancudo).
89 min. Color.

16 de abril de 2026

La soprano ligera

 

La Malibrán (La Malibran, Sacha Guitry, 1944)

Guitry fue un hombre orquesta en el mundo del espectáculo y, por tanto, muchas películas toman espectáculos como motivo central como ya hemos visto. En este caso, su batuta se dirige a la ópera y más concretamente a una cantante española, o casi.


La última película de Sacha Guitry durante la Ocupación es una personal interpretación biográfica de la mezzosoprano María Felicia García, nacida en París en 1808 de padres españoles. Su vida es fértil en viajes, celebridades del Romanticismo y lances amorosos.


La voz de “el autor”, como él mismo gustaba denominarse, evoca desde los títulos de crédito la pléyade de personalidades que admiraron a la cantante: Alfred de Musset —interpretado por Jean Cocteau, amigo personal de Luis Escobar—, que le dedica una elegía; Ravel, Rossini o Donizetti, cuyas notas manuscritas sostienen las manos temblorosas de Guitry; y, por último, su máscara mortuoria, que nos sitúa desde el mismo pórtico en la inmortalidad del arte que el realizador invoca.



La condesa Merlin traza entonces un perfil biográfico de su amiga María, desde su misma cuna, cuando su padre, al escuchar su primer llanto, dictamina que es “soprano ligera”. El tramo inicial de su carrera queda reflejado, más que por sus actuaciones en el escenario, por el cortejo y matrimonio con Malibran —el propio Guitry—, que la aparta de los escenarios. El regreso, tras una anulación dictada deus ex machina por el mismísimo marqués de Lafayette, sellará su reconciliación con su padre, con quien canta el Otello de Verdi.


La narración de la condesa favorece el carácter episódico de la cinta, articulada mediante bloques autónomos. Si algo les sirve de nexo es su carácter de escenas íntimas en saloncitos y camerinos, con una claustrofóbica carencia de exteriores y escasas incursiones en los escenarios. Una de ellas es la emblemática interpretación de la Norma de Bellini. En cuanto a los raros exteriores de la cinta, están asociados a la historia de amor con Charles de Bériot, libre de todas las cautelas que impondrá la censura española a esta relación. El clímax ideado por Guitry tiene lugar cuando, para conjurar la muerte que siente próxima, María decide interpretar una composición propia titulada precisamente La morte.


Algunos historiadores han querido ver en La Malibrán una reivindicación de la herencia cultural francesa ante la Ocupación alemana. Sin embargo, el resumen biográfico que traza la condesa Merlin no puede ser más elocuente: “Española, nacida en París, debuta en Italia, continúa su carrera en Londres, contrae nupcias con un francés en Nueva York, luego se casa con un belga y muere en Mánchester. Nacerá, vivirá y morirá en gira”.


O sea, la pasión por el arte hasta sus últimas consecuencias y como modo de sobrevivir a la muerte, lo que propicia uno de los momentos más hermosos de la cinta de Guitry: cuando la Malibrán expira, su voz continúa resonando en una nota sostenida más allá del fundido en negro.

La Malibran (1944)
Producción: La Société des Films Sirius (FR)
Director: Sacha Guitry
Guion: Sacha Guitry
Fotografía: Fédote Bourgasoff yJean Bachelet
Ayudante de realización: René Delacroix
Sonido: René Lécuyer
Musica: Louis Beydts
Edición: Alice Dumas
Decorados: René Renoux y Henri Ménessier
Intérpretes: Sacha Guitry (Eugène Malibran), Géori Boué (Marie Malibran), Suzy Prim (la condesa Merlin), Mona Goya (Madame Garcia), Jacques Jansen (Charles de Bériot), Denis d'Inès (Berryer), Geneviève Guitry (la joven vecina), Marcel Lévesque (el viejo melómano), Jean Cocteau (Alfred de Musset), La petite Sylvie (Marie Malibran de niña), Mario Podestá (Manuel Garcia), Jean Weber (el rey de Nápoles), Jean Debucourt (el amigo de la condesa Merlin), Jacques Varennes (el general de La Fayette), Jacques, Castelot (Lamartine), Louis Arnoult (Vellutti), Madeleine Sibille (la cantante), Jeanne Fusier-Gir (la portera), Renée Thorel (Mme de La Bouillerie), Henry Houry (Rossini), Jean Chaduc (Victor Hugo), Louis Beydts (el pianista).
Blanco y negro. 95 min.

10 de abril de 2026

No quiero que me envidien


Deburau (1951), Sacha Guitry 

Retomamos algo que habíamos dejado a medias cuando hablamos de Les Enfants du Paradis (Marcel Carné, 1943): la figura del maestro de la mímica y de la pantomima Jean-Gaspard Deburau, la estrella indiscutible del Théâtre des Funambules del famoso Boulevard du Crime de París a principios del siglo XIX.


Nacido en Bohemia en 1796, Deburau llegó a París en 1811 formando parte de una compañía de saltimbanquis. Jean-Gaspard Deburau era trapecista, pero un accidente le obligó a dejar el trapecio. En 1819, apareció por primera vez en público como mimo, interpretando el papel de Pierrot, bajo el nombre de "Baptiste", y modificando en parte el vestuario tradicional del personaje, cambiando el sombrero de lana blanca y la gorguera por un bonete negro. Entró a formar parte de la compañía Los Funámbulos, donde se hizo popular y trabajó hasta el final de sus días siendo él mismo testigo del declive de la figura de Pierrot.


Precisamente este declive es el que se retrata en esta película, una obra teatral escrita por Sacha Guitry en 1918, que el mismo autor llevaría al cine —como muchas otras obras dramáticas de su cosecha— en 1951. La película de Sacha Guitry es un fiel reflejo de la obra teatral, pues Guitry mantiene la mayor parte del libreto, muy poético, y su estructura de actos. 


Guitry quiere plasmar la decadencia de un ídolo el mismo año de la última representación de "Deburau" en los teatros, queriendo así que su obra no cayese en el olvido y, de paso, hacer una reflexión sobre su propio descenso a los infiernos después de haber sido condenado —acusado falsamente—después de la II Guerra Mundial como colaboracionista del ejército alemán durante la ocupación.


Su primera incursión cinematográfica data de 1915, cuando rodó Ceux de chez nous, una respuesta nacionalista francesa a un manifiesto alemán donde se exaltaba la cultura germánica, que contaba con la participación de artistas franceses como Auguste Rodin, Claude Monet, Anatole France o Auguste Renoir, entre otros. Guitry tomó notas de sus palabras y, durante las proyecciones públicas, las repetía en alto, inventando, en cierto modo, la voz en off. No volvió a rodar otra película sino hasta 1935, cuando, por influencia de su joven esposa Jacqueline Delubac, comenzó a plasmar en el cine sus propias obras. En tan solo tres años, Guitry dirigió diez películas.


El Deburau interpretado por Guitry es, por supuesto, bastante diferente del Deburau de Les Enfants du Paradis: el Deburau de Guitry está lleno de energía y nos deleita con un texto muy bello en verso. Sin embargo, el tono no es ligero: aquí, el juego del amor es triste, el que hace infeliz, y el tema del actor envejecido obligado a ceder el paso tal vez tuviera un significado especial para Sacha Guitry en 1950.


Según su biógrafo Jacques Lorcey, Sacha comenzó su carrera artística a los 5 años como Pierrot y la acabó con ese mismo personaje cerca de los 70 años.


Pueden ver la película en este enlace ruso: https://m.ok.ru/video/2409264515833




Deburau (1951)
Productora: Compagnie Industrielle et Commerciale Cinématographique (FR).
Dirección: Sacha Guitry, asistido por François Gir y Georges Lautner.
Guion: Sacha Guitry, basado en su propia obra "Deburau", creada por Yvonne Printemps y él mismo en 1918, y reestrenada por los mismos en 1926.
Escenografía: René Renoux.
Vestuario: Fernand Sursin.
Fotografía: Noël Ramettre.
Sonido: Fernand Janisse.
Música original: André Messager.
Adaptación musical: Louis Beydts.
Montaje: Raymond Lamy.
Producción: Raymond Borderie y Jean Bérard.
Intérpretes: Sacha Guitry (Jean-Gaspard Deburau), Lana Marconi (Marie Duplessis), Michel François (Charles Deburau, Robert Seller (Sr. Bertrand), Jeanne Fusier-Gir (Sra. Raboin), Georges Bever (Laurent), Jean Danet (Armand Duval), Jacques de Féraudy (el doctor), Jean Duvaleix (Robillard), Luce Fabiole (Sra. Rébard), Yvonne Hébert (la cajera), Henry-Laverne (el pregonero), Andrée Guize (una señora), Henri Bell (un periodista), Claire Brilletti (Clara), Christine Darbel (Honorine), Jacques Derives (Laplace), Françoise Fechter (Justine), Max Moran (Ménard).
Blanco y negro. 93 minutos.

3 de abril de 2026

Destino de tramposo

Le roman d'un tricheur (1936), Sacha Guitry

"La novela de un tramposo" es la única novela de Sacha Guitry, y también el título de una deliciosa película de Sacha Guitry que, en cierta manera, revolucionó la escritura cinematográfica y también, por qué no decirlo, el propio cine de Guitry, que hasta entonces había sido tildado de simple teatro filmado. Por el contrario, Le roman d'un tricheur es una película brillante y de gran influencia en directores como Orson Welles o François Truffaut.


Esta originalidad se manifiesta desde los créditos, completamente diferentes, en los que, primero se muestra fanfarrón («Esta película la he dirigido y producido yo mismo...») y luego muestra verdadero respeto por sus colaboradores. Guitry sustituye los títulos de crédito con los nombres del equipo por mostrarlos en pleno trabajo, así como al reparto que también enseña en su estado natural.


Con la adaptación de su única novela, Guitry crea un estilo cinematográfico inédito que sorprende por su ingeniosa narración. A excepción de una breve secuencia cantada (por Fréhel) y los diálogos en la terraza del café, la historia es narrada íntegramente por la voz en off del tramposo Guitry, siguiendo los diálogos de todos los personajes. A todo esto hay que añadir unos interesantes hallazgos narrativos en el montaje, lo que convierte a Le roman d'un tricheur en una película única, audaz, picante y divertida. Guitry consigue hacer un verdadero homenaje al cine mudo con una narración bien interpretada y llena de detalles y efectos musicales humorísticos.


Sentado en la terraza de un café, un hombre escribe sus memorias: cuenta cómo su destino quedó definitivamente sellado cuando, a los doce años, por haber robado dinero de la caja registradora de la tienda familiar para comprarse canicas, se le privó de la cena. Esa misma noche, toda su familia muere envenenada al comer un plato de setas. Solo en la vida y habiendo constatado así la inutilidad de ser honesto, decide aprovechar el engaño y la mentira para ganarse la vida. Al ver en su supervivencia una señal del destino, se convierte en un tramposo y ladrón profesional.


Le reivindicación que de esta película hiciera el director de la Cinémathèque Française condujo a los jóvenes críticos de Cahiers du Cinèma a fijarse en Guitry y en Marcel Pagnol —un dramaturgo que defendió el incipiente cine sonoro como culminación del teatro—, junto con Jean Renoir y Jean-Pierre Melville, como paradigmas del «cine de autor» en Francia... Mientras Pagnol había triunfado con un teatro popular y meridional, con base en Marsella, Guitry había sido siempre menospreciado como cultivador de la comedia de boulevard: picante, basada en el diálogo, de gran brillantez formal, pero vacía de contenido. Le roman d'un tricheur lo desmiente totalmente. Su moraleja es la amoralidad más absoluta, única moral aceptable en tiempos —aquellos y estos— de moralina e hipocresía. Thomas de Quincey la habría considerado un perfecto ejemplo “del asesinato considerado como una de las bellas artes”.

 

La película se encuentra en nuestra colección por una interesante lección de manipulación de cartas, donde la inspirada puesta en escena (el juego con el espejo para la aparición/desaparición de la carta en la manga) se combina con un deslumbrante sentido del ritmo. El mismo ritmo que se manifiesta en la secuencia de la puerta giratoria y los diferentes personajes que interpreta Guitry. En esta película Sacha Guitry se muestra como un experto manipulador de cartas y monedas, además de un excelente cineasta y actor.



Aquí pueden ver la película en su idioma original


Le roman d'un tricheur (1936)
Productora: Cinéas (FR)
Dirección : Sacha Guitry
Ayte. de dirección: Pauline Carton
Guión: Sacha Guitry
Director de producción: Serge Sandberg
Fotografía: Marcel Lucien y Raymond Clunie
Sonido: Paul Duvergé
Música: Adolphe Borchard
Decorados: Maurice Guerbe, Henri Ménessier
Edición: Myriam Borsoutsk
Intérpretes: Sacha Guitry (el tramposo), Marguerite Moreno (la condesa Beauchamp du Bourg de Catinax), Jacqueline Delubac (Henriette, la mujer del tramposo), Roger Duchesne (Serge Abramitch), Rosine Deréan (la ladrona profesional), Elmire Vautier (la condesa, joven), Serge Grave (el tramposo, niño pequeño), Pauline Carton (Madame Morlot, la prima), Fréhel (la pelirroja, cantante del cabaret), Pierre Labry (Monsieur Morlot, el notario), Pierre Assy (el tramposo, joven), Henri Peiffert (Monsieur Charbonnier), Gaston Dupray (el camarero), Adolphe Borchard (el pianista del cabaret), Fernand Trignol (el cura), Roger Royer (un jugador)
Blanco y negro. 81 min.