Hablábamos el otro día del parque de
atracciones del Tibidabo y del teleférico que conduce hasta él y ha querido la
casualidad que nos encontremos allí a uno de los protagonistas de esta película
de Maximiliano Thous.
Va la cosa de los amores de Dolorcitas (Ana
Giner), chica de buena posición venida a menos, con el señorito calavera Daniel
Soler (Ramón Semeguet). Al final, Dolorcitas termina casándose con el maduro
industrial Melchor Llorens (Leopoldo Pitarch). Pero, durante las fiestas de
moros y cristianos de la ciudad valenciana en la que viven, Daniel intenta
chantajearla. En el combate del día siguiente Melchor, como jefe de la tropa
mora, y Daniel, al frente de los cristianos, se enfrentan en un combate real.
El interludio en el parque de recreo
barcelonés tiene lugar durante una de las escapadas amorosas de Daniel.
La cinta sufrió una serie de avatares a
consecuencia de los cuales no se pudo estrenar. La causa, según Fernando Méndez
Leite fue “la incuria de la editora, que suspendió el rodaje cuando la película
estaba casi terminada, causando un serio contratiempo al voluntarioso Thous”.
Moros y cristianos (1926)
Productora:
PACE (ES)
Director:
Maximiliano Thous.
Guión:
Maximiliano Thous, de la zarzuela homónima de Maximiliano Thous, Elias Cerdá y el
maestro José Serrano.
Intérpretes:
Ana Giner (Dolorcitas Centelles), Leopoldo Pitarch (Melchor Llorens), Ramón
Serneguet (Daniel Soler), Francisco Villasante (el tío Toni), Arturo Terol,
María Luisa Escudero, Genoveva Vallés, Concha Gorgé, Luisa Pla, Francisco
Priego, Clarita Ortells, Julio del Cerro, José Ángeles, Fernando Prieto.
La Casa Encendida de Madrid celebra una exposición dedicada a recuperar la memoria de la gran artista Löie Fuller (Illinois, 1862-París, 1928). La periodista de EL PAÏS, Elsa Fernández-Santos nos ha hecho el favor de escribir un magnífico artículo y nos ha ahorrado la tarea a nosotros que últimamente andamos algo ocupados.
Además de recomendaros efusivamente su lectura en este enlace, os recomendamos que visitéis la exposición y os impregnéis de la magia del espectáculo de esa época, finales del el siglo XIX y principio del siglo XX, y de la gran imaginación y creatividad de esta artista cuya Danza Serpentina fue inmortalizada por numerosos pioneros del cine como los hermanos Skladanowsky (1895), Dickson for Edison Manifacturing
Company (1895-1897), los hermanos Lumiere (1896), Demeny (1897), Alice
Guy (1899-1902), Melies (1899), G.A. Smith (1902), De Chomon (1908), aunque no todos ellos pudieron contar con la presncia de la genuina Löie. Podemos ver una recopilación de estas grabaciones aquí:
Café de puerto / Malinconico autunno (1958), Raffaello Matarazzo
A lo largo de una
década, entre 1948 y 1958, Raffaello Matarazzo dirigió ocho melodramas tan
intensos como contenidos protagonizados por Amedeo Nazzari e Yvonne Sanson. Café de puerto / Malinconico autunno es
el último de la serie y se rueda en Barcelona con un amplio elenco de actores
españoles al asociarse la Titanus de Goffredo Lombardo con Benito Perojo. Fruto
de esta mixtura es el cóctel argumental que viene a colocar en el centro de una
clásica trama de mujer abandonada redimida por el amor de un hombre honesto, la
moda hispana del cine con niño.
El infante es
Miguelito Gil, que había debutado con “Peliche” Ozores en Recluta con niño (1956) y al que vimos junto al faquir conquense Daja-Tarto
[http://www.circomelies.com/2008/07/daja-tarto-en-el-cine.html] en Un traje blanco / Il grande giorno
(Rafael Gil, 1956). Es el niño, carente de padre, como Pablito Calvo y Joselito
en casi todas su películas, el motor de la acción al salir en su defensa el
capitán de un mercante fondeado en el puerto de Barcelona.
Andrea es un marino
corrido, que no le hace ascos al contrabando y con un amor en cada puerto. El
del cafetín portuario y canalla barcelonés se llama Lola (Mercedes Monterrey).
Pero por el afecto sincero que siente por el chico y el amor que prende en su
corazón por la madre (Yvonne Sanson), deberá enfrentarse con su contramaestre
(José Guardiola) y su tripulación, intentando abortar una operación ilegal que
debía reportarles a todos pingües beneficios.
Pero ya se sabe que
no hay mejor modo de crear un vínculo paterno-filial que un día en el parque de
atracciones y, puesto que estamos en Barcelona, éste es una vez más el del
Tibidabo.
Fotografiado en un
sobrio blanco y negro por Alejandro Ulloa, este día de diversión no se lanza
por la pendiente del vértigo loco del amor loco ni glorifica la alegría de un
día sin escuela. Las atracciones se muestran mesuradamente, en el momento en el
que el chico y el hombre que podría convertirse en el padre que no tiene suben
a ellas.
Vemos así
atracciones clásicas como la “Atalaya” o el “Avión”, que nunca, ni en color, ha
resultado tan atractivo como en esta ocasión, sobrevolando la ciudad.
Y es que los equipos
de rodaje, como nosotros mismos, parecen no poder escapar al hechizo que
evocaba el rumbero argentino y catalán Gato Pérez:
“En tu cumbre reproduces, con enorme exactitud,
los rincones de mil sueños que jamás pude olvidar.
El tranvía color cielo subirá sin rechinar,
hasta que se oxide el tiempo en el pie del funicular.”
Café de puerto
/ Malinconico autunno (1958)
Producción: Benito Perojo (ES) / Titanus (IT)
Director: Raffaello Matarazzo.
Guión:
Aldo De Benedetti, Ricardo Domínguez, Fernando Merelo.
Intérpretes: Amedeo Nazzari (Andrea, el capitán), Yvonne Sanson (María
Martínez), Mercedes Monterrey (Lola), José Guardiola (Giacomo, el
contramaestre), Miguelito Gil (Luca Martínez), María de las Rivas (Olga), Miguel Ángel
Rodríguez (el director del colegio), Manuel Guitián, Vicente Soler, Javier
Dasti, Ángel Calero, Mariano Alcón, Joaquín Vidriales.
La forza
bruta (La fuerza
bruta, 1941), Carlo Ludovico Bragaglia
El pequeño Pepe (Sergio Tedesco) no es
aceptado por los payasos del Circo Colombier. Ha llegado allí con Bob (Juan de
Landa), “el hombre más fuerte del mundo”, y Nell (María Mercader), sirena huida
de una barraca e hija de trapecistas.
—¿Y por qué no te quieren? —pregunta Bob, que ha prohijado al arrapiezo.
—Pues porque dicen que nosotros somos
saltimbanquis y ellos son artistas.
Nell es el motor de la historia, toda
ingenuidad y ternura. Se ha enamorado del trapecista Fred (Rossano Brazzi) y ha
impuesto la presencia de sus compañeros al propietario del circo Colombier
(Olinto Cristina). Fred, en el olimpo de su fama y su destreza como trapecista,
acepta el amor de Nell como algo que se le debe, igual aceptara antes el de
Diana (Germana Paoleri) y consiente al de las damas que van a buscarle en coche
de caballos cada mañana después de haberle admirado en la función de la boda.
Pero Diana es una mujer celosa y no está
dispuesta a ser olvidada. Así que cuando aparece en el circo el patrón de la
barraca (Ernesto Bianchi) en la que Nell se exhibía como sirena y de cuyos
requerimientos amorosos pudo escapar gracias a la fuerza bruta de Bob, Diana
siembra la cizaña en el corazón de Bob.
Es el día en que, después de muchos ensayos,
Nell va a debutar con un doble salto mortal con los ojos vendados. Después de
lograrlo con éxito, abandona el trapecio. Fred, ofuscado, marra su salto y se
estrella contra el suelo.
El último acto de la película se corresponde
más o menos con lo que era el segundo cuadro de la obra que Jacinto Benavente
estrenara en el madrileño Teatro Lara en 1908. Los compañeros van a despedirse
al hospital del ídolo caído. Ahora que está tullido le han encontrado un
sustituto (Ugo Sasso) y todos prometen recordarle…pero la caravana del circo
nunca se detiene.
Sólo Nell sacrificará su carrera y su vida por
Fred. Más profundo será aún el sacrificio de Bob, que volverá al camino sin
esperanza de conseguir el amor de la volatinera. Al actor Juan de Landa irán
dedicados los mayores elogios de la crítica cuando la película se estrenó en
España e Italia. Suyo es el papel de bruto con corazón de oro, bufón por amor,
payaso que debe hacer reír con el corazón hecho pedazos.
Y es que, para adensar la trama en la primera
parte, Carlo Ludovico Bragaglia recurre al prontuario del cine circense: al
patetismo de Emil Jannings convertido en hazmerreír del público por la
veleidosa Marlene Dietrich en DerBlaue Engel;
a la humillación de Lon Chaney en HeWho Gets Slapped ;
y a la tragedia del “¡Ríe, payaso!” de la ópera de Leoncavallo .
¿Diremos que además toda la primera parte
tiene aire inequívoco de haber servido de inspiración a Fellini en la creación
de Zampanò y Gelsomina en La strada? Dicho queda.
Si, para colmo, salen barracas de feria,
directores despóticos, carromatos en el crepúsculo, amazonas ofendidas y celos
en el trapecio, no podemos ser más felices.
O sí, porque la película se rueda con la
colaboración del equipo técnico y artístico del Gran Circo Jarz. Los hermanos
de origen húngaro afincados en Italia doblan a los protagonistas en el trapecio
volante y podemos contemplar a numerosos artistas ensayando sus números.
Aquí encontrarán una recensión por Quim Elías
de la visita a Gerona del Circo Jarz en 1956:
Guión:
Carlo Ludovico Bragaglia, Ezio D'Errico, Ivo Perilli, Roberto de Ribón, Maria
Teresa Ricci, Ákos Tolnay, de la obra homónima de Jacinto Benavente.
Intérpretes:
Juan de Landa (Bob, el hombre más fuerte del mundo), María Mercader (Nell),
Rossano Brrazzi (Fred III), Germana Paolieri (Diana, la trapecista), Olinto
Cristina (Colombier, el dueño del circo), Pina Renzi (Madame Richard), Sergio
Tedesco (Pepe), Claudio Ermelli (Lampione), Ugo Sasso (Gaetano, el sustituto de
Fred), Cesare Polacco (Paolo Prego), Cesare Fantoni (el domador de tigres).
Ernesto Bianchi (el de la barraca) y el elenco técnico y artístico del Gran
Circo Jarz.
Luis Escobar era aún director del Teatro
Nacional María Guerrero cuando recibió el premio del Sindicato Nacional del
Espectáculo por su adaptación del drama de Jacinto Benavente La honradez de la cerradura. La obra,
estrenada en 1942, planteaba las consecuencias para un matrimonio feliz de
apropiarse del dinero que una vecina dedicado al préstamo con usura les ha
dejado en depósito.
Según José Luis López Vázquez, que por
entonces simultaneaba pequeñas partes como actor cinematográfico con las
funciones de ayudante de escenografía y ayudante de dirección, él mismo echó
una mano a Luis Escobar a la hora de ajustar sus ideas para laadaptación al formato de guión. Como
supervisor para los aspectos técnicos del rodaje José Carreras Planas contó con
Rovira-Beleta. Cuenta éste que se hizo cargo tanto de la planificación como del
buen funcionamiento en el plató, en tanto que Luis Escobar se encargaba
estrictamente de la dirección de actores. El asunto requería dedicación porque
debutaban como protagonistas Mayrata O’Wisiedo y Rabal, al que Rovira-Beleta
lanzaría definitivamente con Hay un
camino a la derecha (1953).
Director y supervisor airean el argumento intentando limpiarlo de resabios teatrales,
aunque, por contraste, las escenas directamente traídas del drama destacan por
unos diálogos fuertemente literarios. En cambio, las sospechas de la usurera
(Lola Bremón) de que su criada pueda robarle el dinero que tiene en casa están
resueltas con pulso caligráfico no exento de manierismos por Rovira-Beleta.
Una secuencia de montaje sobre los
remordimientos de Ernesto (Paco Rabal) y su progresiva distanciación de Marta
(Mayrata O’Wisiedo) y la persecución final del chantajista (Ramón Elías), que
arrastra a Ernesto en su huida de la policía, constituyen otras tantas piezas
autónomas forzadamente cinematográficas.
Contribuye a acentuar lo artificial de alguna de estas resoluciones una
partitura de Juan Dotras Vila, archipresente y, por momentos, abrumadora.
No obstante, se nota que Luis Escobar es
hombre de teatro. Bailes populares, salas de fiestas y teatrillos populares
dedicados a las variedades sirven de fondo animado y espectacular a varias
escenas. En las del Café de la Luna asistimos a algunos números de baile por
parte de una bailaora que en los carteles se anuncia como Margara de Córdoba.
También se entrevé la actuación de dos payasos —“geniales caricatos”, a decir del
presentador de la atracción— que atienden en la ficción por Tony y Pepé.
El Marqués de las Marismas del Guadalquivir
sólo realizó otra película inmediatamente después -La canción de la Malibrán (1951)- y abandonó la dirección para
resurgir como actor personalísimo mediada la década de los cincuenta en la
serie televisiva El pícaro (Fernando
Fernán-Gómez, 1979) y como simpar Marqués de Leguineche en La escopeta nacional (Luis G. Berlanga, 1978).
La honradez de la cerradura (1950)
Producción:
José Carreras Planas para Pecsa Films (ES)
Director:
Luis Escobar. Supervisor: Francisco Rovira-Beleta.
Guión:
Luis Escobar, de la obra teatral homónima de Jacinto Benavente.
Intérpretes:
Francisco Rabal (Ernesto), Mayrata O'Wisiedo (Marta), Ramón Elías (el chantajista),
Lola Bremón (doña Matilde, la prestamista), Pilar Muñoz (Carmen), María
Victoria Durá (Rosa, la criada), Ramón Martorí (don Pablo, el director de la
sucursal), Modesto Cid (el juez), Miguel de Granada (Pedro), Pedro Mascaró,
(don Cristóbal) Esperanza Navarro (Ketty), Concha López Silva (una vecina), Mercedes
Gisbert, Paquita Bresoli, Ramón Vaccaro, Ricardo Martín, Antonio Polo,
Esperanza Barrera, Pedro Puche, Juan Velilla
La rueda
de la vida (1942), Eusebio Fernández Ardavín
La vida es una noria. Los que suelen pasar por
aquí ya lo saben. La noria favorece la intimidad del ayayay y nos devuelve al
caudal de la feria y de las atracciones a ras de tierra —el tiro al blanco, el
pimpampum, e incluso los caballitos…— con el mareo del que ya lo ha visto todo
desde lo alto.
La noria: metáfora del vértigo, rueda de la
fortuna, sube y baja del destino que ayer nos elevó hasta allí y hoy nos ha
hecho descender hasta aquí…
Feria de una capital de provincias. Ambiente
fin de siglo, tan cursi, tan pomposo, tan ingenuo. La famosa cantante de
variedades Nina Luján (Antoñita Colomé) conoce en la feria a un modesto músico
de café cantante llamado Alberto (Ismael Merlo).
Ante él, por su amor provinciano y modesto, se
finge camarera en la fonda donde se ha hospedado. Ha huido de Madrid y de la
fama y él le ofrece una canción en la que se cifra toda su devoción por Nina,
que dice llamarse Elena. Renuncia a partir con sus amigos en viaje de estudios
a Italia y busca el modo de que ella debute en el café cantante, seguro de su
éxito.
Entretanto, el agente de Nina (Gabriel Algara)
y el empresario del teatro madrileño (Pedro Barreto) remueven cielo y tierra
para dar con ella. La actuación desastrosa ante un público garrulo y soez
significa su separación.
Pasan los años… Muchos. La noria de la vida
gira y gira sin parar. Lo sabían los autores de esta comedia dramática, los
espectadores que acudieron al cine a verla cuando se estrenó en 1942 y quienes
suelen pasar por aquí.
Quizá por eso, más
acertado que el banal enredo, más seguro que las titubeantes interpretaciones
de los intérpretes principales, más firme que el pulso confuso del realizador,
nos parece el ambiente de la feria fin de siglo, con el retrato de los
espectadores vocingleros y con esa deliciosa cantante de variedades que se
anuncia como Dorita y que cuando Nina Luján le dice que parecen fieras se
levanta el flequillo para dejar al aire la cicatriz en la frente que atestigua
que sí, que son fieras desatadas y que aquí se actúa sin red con el
consiguiente riesgo para la vida del artista.
Intérpretes:
Antoñita Colomé (Nina Luján / Elena), Ismael Merlo (Alberto), Gabriel Algara
(don Peter), Pedro Barreto (don Ricardo), Eduardo Stern (Enrique), Alfonso
Mancheño (Federico), Elisa Cavalcanti (lña criada), Xan das Bolas (Juanito), Antonio
Bayón, Salvador Videgaín, M. Romero Hita, Antonio Casas, Esperanza Hidalgo,
Elena Salvador.