30 de septiembre de 2008

El teatro de Lola Montes


La escandalosa vida de Lola Montes es lo que se suele llamar "una vida de película", o "una vida de teatro". Su azarosa vida permite a los creadores elegir el perfil de la bailarina más adecuado a sus propósitos. Hemos encontrado dos obras, ambas publicadas antes de la Guerra Civil española, que se adueñan de la imagen de la Lola Montes española –en realidad no lo era–, para glosar unos versos dedicados a la madre patria y otros dedicados a la monarquía.


El primero de ellos es un divertido libreto de una zarzuela escrita por Fiacro Yráyzoz, autor de los libretos de otros divertimentos de la época, como el pasodoble "Los Voluntarios" o el juguete cómico "Los… de Úbeda". Descubrimos con su lectura a un buen escritor cómico, que controla los tiempos, da vivacidad a los diálogos y sabe dibujar muy bien a los personajes. Los chistes son limpios y las acciones sencillas y naturales. En este caso, Lola Montes es una española que suplanta en la corte española a la verdadera Lola Montes que, en esos momentos, está terminando su relación con el monarca bávaro.

YRÁYZOZ, Fiacro
Lola Montes. Zarzuela en un acto
La Novela Teatral nº 319, 1922, Madrid

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El segundo está escrito por Luis Fernández Ardavín, poeta y autor dramático de la primera mitad del siglo XX. La acción la sitúa, en el primer acto, en la España de Tempranillo y Merimée, en una venta sevillana donde una gitana de raza baila y encandila corazones. La españolita viaja a Munich donde pone patas arriba a toda la corte a ritmo de versos a veces garndilocuentes, a veces certeros y directos, como requiere una buena comedia dramática. El tono más patriótico de la obra se puede comparar con este vídeo que he encontrado en youtube con poemas del mismo Luis Fernández Ardavín.

FERNÁNDEZ ARDAVÍN, Luis
Romance de Lola Montes.
Comedia dramática en tres actos, en verso
Colección La Farsa, Editorial Estampa, 1936, Madrid

29 de septiembre de 2008

Barnum



Magnífico libro dedicado al maestro de todos los grandes empresarios circenses. Para bien y para mal ya que no se puede decir que sea un modelo en todos los aspectos. Los autores, miembros de una misma familia, son también los responsables de un documental de tres horas realizado para Discovery Channel. En este libro, editado el mismo año del lanzamiento del reportaje, como se puede ver en la fotografía de la sobrecubierta, realizan un trabajo muy bien documentado y un libro muy atractivo, que quince años más tarde se puede conseguir a un precio muy asequible.


KUNHARDT Jr, Philip B./Philip B. Kunhardt III/Peter W. Kunhardt
P. T. Barnum. American Greatest Showman
Alfred A. Knoff, 1995, New York
ISBN: 0-67943574-3

28 de septiembre de 2008

Más sobre Lola Montes


Buen relato biográfico sobre Lola del escritor alemán Conte Costello, que se centra única y exclusivamente en la aventura de la intrigante bailarina con el rey Luis I de Baviera.

COSTELLO, Conte
Lola Montes. El rey y la bailarina
Ediciones Medas, 1962, Barcelona
Dep. Legal: B 25452-1962
nº registro: 4401-62


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Excelente biografía de Lola Montes escrita por Hermary-Vieille, quien según reza en la solapa: "exhibe un talento excepcional para transformar las biografías de mujeres apasionadas (antes la de Juana la Loca, ahora la de Lola Montes) en obras de singular mérito literario". En este libro sí se cuenta, con más o menos detalle, el éxito y el fracaso de su gira en América de la mano del empresario Edward Willis.

HERMARY-VIEILLE, Catherine
Lola Montes. Una vida apasionada
Ediciones Martínez Roca S.A., 1995
ISBN: 84-270-2037-6


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Librito de divulgación bien documentado. Con un estilo claro y directo el autor nos sitúa a Lola Montes en su época y nos cuenta los principales sucesos de su vida.

TARRES, Francisco
Quién fue… Lola Montes
Ediciones G.P., 1959, Barcelona
Dep. Legal: B.3002-1959


Sobre Lola

Lola Montez
Grange (Irlanda), 17 de febrero de 1821
New York, 17 de enero de 1861

Intrigante, genial y, según parece, mediocre bailarina, Lola Montes fue el escándalo de París, estuvo a punto de provocar el hundimiento de la monarquía bávara y acabó sus días en el Oeste americano, exhibiendo sus marchitos encantos ante la mirada ávida de los pioneros. Cecil Saint-Laurent le devuelve en esta obra su riqueza llena de matices, su complejidad, el perfil auténtico de un alma femenina desconcertante en su mezcla de perversión e ingenuidad. Pero al mismo tiempo, el autor introduce un dato erróneo sobre Lola: que trabajase en el Circo Barnum. El mismo Barnum escribió: "Lola if rightly managed will draw immensely, but I am not the man for her" (P.T. Barnum, Philip B. Kunhardt, 1995).
Sobre este texto,
Annette Wademant realizó la adaptación para la película de Max Ophüls.

SAINT-LAURENT, Cecil
Lola Montes
Luis de Caralt Editor S.A., Barcelona 1976
Serie Historia y Biografía
ISBN: 84-217-4186-1


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Filmografía:

Lifting the Ban of Coventry (1915), Wilfrid North > Julia Swayne Gordon
Midnight Madness (1918), Rupert Julian > Claire Du Brey
Lola Montez (1918), Robert Heymann > Leopoldine Konstantin
Lola Montez 2 (1919), Rudolf Walther-Fein > Marija Leiko
Lola Montez, die Tänzerin des Königs (1922), Willi Wolff > Ellen Richter
The Palace of Pleasure (1926), Emmett J. Flynn > Betty Compson
Wells Fargo (Una nación en marcha, 1937), Frank Lloyd > Rebecca Wassem
Lola Montes (1944), Antonio Román > Conchita Montenegro
Black Bart (El enmascarado, 1948), George Sherman > Yvonne De Carlo
Golden Girl (1951), Lloyd Bacon > Carmen D'Antonio
Lola Montès (Lola Montes, 1955), Max Ophuls > Martine Carol
Szerelmi álmok - Liszt (Sueños de amor, 1970), Márton Keleti > Larissa Trembovelskaya
Ludwig - Requiem für einen jungfräulichen König (Ludwig, réquiem por un rey virgen, 1972), Hans Jürgen Syberberg > Ingrid Caven
Royal Flash (Royal Flash, el cobarde heroico, 1975), Richard Lester > Florinda Bolkan

Lisztomania (Lisztomania, 1975), Ken Russell > Anulka Dziubinska


26 de septiembre de 2008

Madame Dupont, pitonisa de lo que pudo ser


La vida en un hilo (1945), Edgar Neville.

Mercedes (Conchita Montes) acaba de enviudar en provincias. Regresa a Madrid para recomenzar su vida pero la acompaña un recuerdo funesto. No, no es el de la muerte de su marido, sino un espantoso reloj que le regalaron a él sus compañeros de promoción y que las tías parecen empeñadas en que no se olvide. En el tren coincide con madame Dupont (Julia Lajos), artista en gira por el norte cuya especialidad es la adivinación. En su número toman parte unos patos que proveerán los oportunos gags en su momento. Instaladas en el mismo compartimento, entre las dos mujeres se establece una rápida corriente de simpatía. Madame Dupont revela entonces que sus números de adivinación del futuro son pura superchería. Lo que ella ve son los pasados alternativos. En el pasado de Mercedes, como en el de Conchita Montes, hubo un día de lluvia en el que aceptó la invitación de subir a un taxi. Podría haberlo hecho con Miguel (Rafael Durán), artista, improvisador, amante de la vida, pero lo hizo con Ramón (Guillermo Marín), ingeniero, amigo del orden y aburrido a más no poder. Las escenas de las dos vidas alternativas se suceden. El noviazgo anodino, la vida con Ramón en provincias, la casa llena de cachivaches, la maledicencia e hipocresía de las tías y sus amistades y el viaje a Madrid en busca de una diversión planificada y poco fructífera, de un lado. En el pasado que pudo ser, la vida con Ramón a lo que surja, el plan inesperado y el desprecio por las convenciones ejemplificado en ese grupo escultórico para próceres pueblerinos al que basta con colocarle la cabeza del difunto porque las figuras simbólicas que lo rodean son siempre las mismas. En ocasiones el pretérito perfecto y el imperfecto se entrecruzan. En una sala de fiestas, Miguel y Mercedes se sientan en la mesa de Ramón, su mujer y sus amigos. Ante las visitas chismosas Mercedes defiende a Isabel (Alicia Romay), una amiga que ha terminado de artista ecuestre en un circo y que las tías de Ramón aseguran se exhibe desnuda a lomos de un caballo. “El que iba sin ropa era el caballo”, replica Mercedes. En cambio, cuando Mercedes está casada con Miguel, su amiga la rehúye porque la bohemia de la pareja puede afectar a la reputación que tanto le ha costado recuperar. En el pasado inmediato, Ramón decide llevar una vida higiénica y dormir, llueva o truene, con la ventana abierta. Sin ninguna transición muere de pulmonía. El tren llega a Madrid. Mercedes se despide de madame Dupont y se cruza varias veces con Miguel en la estación sin reconocerle. Cuando él le ofrece su taxi, ella declina la invitación. Pero luego reacciona. Corre a reunirse con Miguel y le explica lo que será su vida a partir de ahora.

El estilo de comedia desenfadada le va a Conchita Montes como un guante. Con ella y Julia Lajos logra Neville crear una pareja cómica en la mejor tradición del género; en la línea de Laurel y Hardy. La estilizada y elegante Conchita se gamberriza al entrar en contacto con su gorjeante compañera. La complicidad entre Mercedes y madame Dupont queda establecida mediante una mirada, la que cruzan al descubrir el reloj de Ramón. Lo cogen entre ambas y lo arrojan por la ventanilla del tren, riendo, sin más explicaciones. Luego vienen las confidencias y la capacidad adivinatoria de madame Dupont. La censura se preocupa mucho de este tipo de creencias ajenas a la ortodoxia católica, pero Neville lo resuelve haciendo decir a madame Dupont que lo suyo no es tanto un augurio “como un ejercicio de imaginación”. Su voz sirve de introducción al relato de los pasados alternativos, pero Neville no limita a esto el recurso. Cuando Mercedes rechace por segunda vez la invitación de Miguel a la salida de la floristería, la voz de madame Dupont le recuerda que en esta ocasión debe aceptar. “¡Ay, es verdad!”, comenta Mercedes, mientras la imagen la muestra rectificando.

Santiago Aguilar y Felipe Cabrerizo:
“La Codorniz en cinta” (de próxima edición).

La vida en un hilo (1945)
Producción: Edgar Neville (ES).
Dirección, Argumento y Guión: Edgar Neville
Intérpretes: Conchita Montes (Mercedes), Rafael Durán (Miguel Ángel), Guillermo Marín (Ramón), Julia Lajos (Madame DuPont), Alicia Romay, Juanita Mansó, Joaquín Roa, María Brú, Eloísa Muro, Julia Pachelo, Manuel París, César de Nueda, Rosario Royo, Josefina de la Torre.
92 min. Blanco y Negro.


Entre liliputienses


Gulliver (1976), Alfonso Ungría


Gulliver es una película invisible.
Realizada en 1976, Gulliver sufrió en carne propia los últimos coletazos de una Censura a punto de pasar a mejor vida. Por un quítame allá esa escena de sexo oral, la cinta quedó bloqueada administrativamente, sin permiso para ser estrenada. Su director, Alfonso Ungría, cuya carrera llevaba camino de convertirse en un rosario de desencuentros con el público recurre a la prensa para denunciar las presiones administrativas.

¿Qué asustaba tanto a los censores? La adaptación a la España contemporánea de la obra de Jonathan Swift. Con el tiempo, Liliput y el resto de tierras visitadas por Lemuel Gulliver se habían ido descafeinando convirtiendo en temas infantiles apropiados para dibujos animados o efectos especiales la feroz sátira de Swift, que es también –no lo olvidemos- el pergeñador de aquel inolvidable panfleto titulado “Una modesta propuesta para acabar con el hambre y la miseria en Irlanda” en la que sugiere que los pudientes deberían de devorar a los hijos de los menesterosos.

Con la colaboración de Fernán-Gómez en el guión Ungría urde una parábola satírica en la que un delincuente, huido de la policía, se refugia en un pueblo abandonado que sirve de cobijo a una cuadrilla de treinta enanos que actúan en espectáculos cómico-taurinos. De ahí surgió precisamente la idea. Declaraba el director en una entrevista concedida al diario “El País” el 19 de abril de 1979: “A mí siempre me habían asombrado aquellas corridas bufas que organizaba El Chino Torero con su troupe de enanos. Cuanto más empitonaba el becerro a los pequeños hombrecillos, cuantas más volteretas y golpes les propinaba, más crecían las risas, el jolgorio, del respetable público. ¿Fiesta bárbara? ¿Sadismo colectivo? No; más bien, descubrí que la desfiguración de una imagen (trágica, en este caso: «la cogida») libera de la crueldad de su absurdo, y este descubrimiento gratificante se desborda en risa. (…) No tengo la menor duda del porqué, de entre los diversos sectores de marginados, los enanos son los que sufren la más, imposible integración social. ¿Se imaginan ustedes que un enano pudiera llegar a magistrado supremo, catedrático, presidente de la Generalidad o hasta ser elegido sumo pontífice? (…) Pues, eso. Es el único de los marginados que sólo con su presencia, a la cabeza de cualquier institución, haría tambalear sus cimientos”. El reparto incluye a los diminutos Enrique Fernández, José Jaime Espinosa, Rodolfo Sánchez, Mariano Camino, Isabel Fernández… y así hasta treinta liliputienses que en el cartel se promocionan como “grandes enanos”. Rememora el protagonista en un libro de conversaciones con Enrique Brasó que este fue uno de los problemas a los que hubo de enfrentarse la producción. El organizador financiero del asunto contaba con el sueldo de su estrella, pero pensaba que los salarios de los diminutos serían proporcionales a su tamaño. Craso error. Casi todos ellos ganaban sus buenos cuartos en el circo o con los espectáculos taurinos y renunciar a ellos durante más de un mes que duró el rodaje, requería compensaciones principescas. Por ello, concluye Fernán-Gómez, los productores tuvieron que seguir pagando pequeñas cantidades mucho tiempo después de acabado el rodaje. “Lo que más recuerdo, como cosa singular, es el haber visto que todos estos actores componían una especie de sociedad distinta dentro de nuestra sociedad. Y que se comportaban de otra manera. Vivían así”.

El estafador (Fernán-Gómez) descubre que el diminuto empresario que explota a sus compañeros oculta a una mujer (Yolanda Farr). Con la ayuda de ésta el extranjero decide hacerse con el poder. Lo logra gracias al libre mercado: juego, alcohol, tabaco… Los oprimidos se alzan contra su antiguo jefe… sólo para colocar en su puesto al delincuente. Eso sí, en nombre de la civilización occidental y el progreso. La lectura entre líneas, en tiempos de la transición democrática, no podía ser más sarcástica. Menos nihilista acaso que aquella También los enanos empezaron pequeños (Auch Zwerge haben klein angefangen, 1970), que el director alemán Werner Herzog rodara en Lanzarote y que tantos puntos de contacto guarda con Gulliver.

Gulliver se estrena con casi tres años de retraso en el coqueto cine Palace de Madrid, con sus butacas blancas y su terciopelo rojo, una vez enterrado el control estatal heredado del franquismo. En su día tuvo una distribución limitadísima y ahora no parece el plato más adecuado para las televisiones. Película invisible, ea.
Sr. Feliú

Gulliver
(1977)

Producción: Juan Manuel Muñoz P.C. (ES)
Director: Alfonso Ungría
Guión original: Fernando Fernán Gómez y Alfonso Ungría
Intérpretes: Fernando Fernán Gómez, Yolanda Farr, Enrique Fernández, José Jaime Espinosa, Rodolfo Sánchez, Mariano Camino, Santiago Pérez, José Riesgo, Enrique Vivó, Manuel Pereiro, Antonio Canal, Isabel Fernández, la trouppe de "El Chino Torero".
97 min. Eastmancolor.



17 de septiembre de 2008

El Gran Stanton


El callejón de las almas perdidas (Nightmare Alley, 1947), de Edmund Goulding

El alma perdida de William Lindsay Gresham
El callejón de las almas perdidas es una producción de la 20th Century Fox, a partir de la novela “Nightmare Alley” de William Lindsay Gresham. El tal Gresham –cuenta Massimo Polidoro: en el número de julio/agosto de 2003 de la revista “Skeptical Inquirer”- nace en Baltimore en 1909 y se dedica a oficios diversos –cantante folk, publicitario, escritor de historias policiacas…- hasta que en 1937 se alista en las Brigadas Internacionales. Militante del Partido Comunista, Gresham forma parte de la Columna Abraham Lincoln como paramédico en España. Dice la leyenda que es en un hospital de sangre donde entabla amistad con un enfermero, Joseph Daniel "Doc" Halliday, antiguo empleado en un sideshow. Serían sus conversaciones con éste las que inspirarían sus dos obras más conocidas: “Monster Midway: An Uninhibited Look at the Glittering World of the Carny”, un reportaje de largo aliento sobre el Carnaval y los sideshows al modo americano publicado en 1954, y la novela “Nightmare Alley”, editada ocho años antes. En 1959 Gresham da a la imprenta “Houdini: The Man Who Walked Through Walls”. A decir de los entendidos si no es el estudio sobre el famoso escapista más ajustado a la realidad es, al menos, el más divertido. Gresham resumía así su vida: “A veces pienso que si he tenido algún talento no ha sido literario sino el puro talento para la supervivencia. He sobrevivido a tres fracasos matrimoniales, a la pérdida de mis hijos, a la guerra, a la tuberculosis, al marxismo, al alcoholismo, a la neurosis y a muchos años de ser escritor independiente. Todo suficientemente desagradable como para matarlo a uno, me parece”. El instinto de supervivencia le falla en 1962. Después de ingresar en Alcohólicos Anónimos y desarrollar cierto interés por el espiritismo, cuyos fraudes pretende poner al descubierto en dos obras que nunca culmina, se suicida.


De charlatán a espiritualista
Nightmare Alley” constituye un importante éxito editorial en 1946. No de crítica, claro, pero sí de ventas, que era lo que le interesaba al autor… y a Hollywood. Para colmo el primer actor de la 20th Century Fox, Tyrone Power, está interesado en protagonizar la adaptación. Sin embargo, a pesar de que el guionista Jules Furthman lima las aristas más afiladas de la novela –seudosiquiatría, impotencia, incesto...- Zanuck, el capitoste de la Fox, no lo tiene claro. Se muestra renuente a seguir adelante con la producción. La solución es confiar la dirección de la película a un director más que solvente, Edmund Goulding, y encargar la fotografía a un maestro de la luz como Lee Garmes. El contrapunto entre el ambiente del carnaval y el de los grandes salones de Chicago no puede estar mejor retratado.

Por su parte Furthman realiza una solvente adaptación en la que prescinde de los largos flashbacks que en la novela dan cuenta de los problemas de Stanton Carlisle con su madre y las consecuencias sicoanalíticas que vertebran el prolijo tramo final. También suple con un par de escenas de gran economía narrativa el sentido de destino trágico de la novela, cuyos capítulos se ponen bajo la advocación de cada uno de los naipes del tarot.

El destino trágico es el del ambicioso Stan, dispuesto a lo que sea con tal de lograr el éxito. La clásica historia del cine norteamericano de los años treinta y cuarenta, que igual se puede traducir en el drama de un arquitecto, que en las aventuras de un pionero o en la carrera criminal de un gángster. La historia de Stan liga bastante bien con este último ambiente, por lo que habitualmente se encuadra en el género negro. Los contactos son puntuales y no sólo por el entorno del Carnaval, sino por su falta de retraimiento a la hora de tratar temas como la fe religiosa y el más allá emparentándolos con una pandilla de embaucadores.

Stan Carlisle (Tyrone Power) trabaja como charlatán en una feria, un sideshow en el que se ofrecen “nueve números completos” como complemento del Carnaval. Entre las atracciones podemos contemplar a un tragafuegos, a Elektra “la mujer que desafía a la electricidad” (Coleen Gray), al musculoso Bruno (Mike Mazurki), el número de adivinación de Mademoiselle Zeena (Joan Blondell) y el espeluznante geek, “mitad hombre, mitad bestia”. El geek es un clásico de las ferias estadounidenses. Dice la leyenda que Tod Browning –el director de La parada de los monstruos (Freaks, 1932)- llegó a encarnar a uno en su juventud. Se trataba habitualmente de un alcohólico o de un adicto que a cambio de su dosis diaria se revolcaba en sus propios excrementos y arrancaba la cabeza a bocados de gallinas y serpientes vivas.

Cuando arranca la película, el gerente está presentando precisamente este número. Los espectadores no nos dejan ver al fenómeno,
pero asistimos espantados con Stan al momento en que le arrojan dos pollos vivos para que los devore ante el público. A su vez, Zeena, contempla a Stan con evidente deseo. En este juego de miradas se puede resumir toda la película: el público, siempre ávido de nuevas sensaciones que Stan está dispuesto a proporcionarles. Tiene un buen profesor, Pete (Ian Keith), el marido alcohólico de Zeena. En el pasado ambos tenían un número que constitutía el acto principal en los teatros de vodevil. Un número de mentalismo cuyo secreto, desvelado sin tapujos, consiste en una clave; una especie de diccionario de expresiones y énfasis que sirve para denominar cualquier objeto y sus características principales. Como en todos estos números, más que la parte mecánica, el truco está en saber aplicar cuatro reglas de sicología básica. Lo descubrimos cuando Pete adivina el pasado de Stan: un niño que corre descalzo por las colinas con un perro… Stan, absorto, dice el nombre del perro. Pete se ríe de él: todos los chavales han corrido alguna vez descalzos y todos han tenido un perro. Stan aplica el mismo método cuando un sheriff pueblerino pretende cerrar el espectáculo por exhibir al geek.


Stan seduce a Zeena pero queda un obstáculo,
Pete. Stan lo envenena -¿accidentalmente?, ni él mismo lo sabe- con una botella de alcohol metílico. Una vez despejado el camino del éxito Stan no se para en trabas. En cada peldaño, una mujer, que representa un estadío superior del mundo del espectáculo y la superchería.

Zeena, la adivinadora, le enseña el código secreto y le permite pasar de la condición de charlatán, sólo un escalón por encima del geek, a la de estrella del sideshow. El siguiente paso es Chicago. Y una bella compañera, Molly, la joven que en el Carnaval ejercía de Elektra. Debido a la diferencia de edad Stan debe casarse con ella. No importa. Pero este triunfo también le parece poco. Conoce entonces a la seudo-siquiatra Lilith (Helen Walker), que le pasa información sobre sus pacientes. El último paso es convertirse en un “espiritualista”, cruce de médium y de santo, con Iglesia y emisora de radio propias.
El señor Grindle (Taylor Holmes) un acaudalado hombre de negocios, está dispuesto a donar cuanto dinero sea preciso con tal de volver a mantener un vis a vis con su amada fallecida. Stan no duda en empujar a Molly a hacer el papel de la muerta… lo que equivale a proponerle que se entregue al viejo millonario. No puede caer más bajo.

Estamos en el tercer acto de la gran tragedia americana: una vez el protagonista ha tocado el éxito con la punta de los dedos, debe caer. El engaño al señor fracasa y según había predicho el tarot, Stan se convierte en un nuevo Pete, presa de un estupor alcohólico permanente. Entonces tropieza con una feria. Acaso pueda volver a empezar. Pide trabajo como adivinador, pero su mismo alias ya indica que ha tocado fondo: el “Jeque Abradacabra”. El encargado le ofrece un trago de güisqui y el puesto de… Lo han adivinado: el geek –una botella y un rincón para dormir-.
-¿Cree que podrá hacerlo?
La respuesta de Stan es uno de los grandes diálogos de la historia del cine:
-Señor, nací para ello.


La calleja de las pesadillas
Alguna vez hemos a los distribuidores españoles su férvida imaginación a la búsqueda de la traducción de un título. El conciso The Searchers (los buscadores) se convierte así en un épico Centauros del desierto, el polisémico Some Like It Hot (a algunos les gusta la música “hot” y también algunos lo prefieren calentito) en el alocado Con faldas y a lo loco y el cuasi-serie B Nightmare Alley (calleja de las pesadillas) en el metafísico El callejón de las almas perdidas.

A pesar del hallazgo y de la calidad de todos los elementos que intervienen en ella, la película pasa poco más que desapercibida en su estreno, probablemente porque Zanuck no estaba dispuesto a dar un duro por esta historia negra, turbulenta y repulsiva para el público medio en la que su estrella más preciada hacía un papel antipático sin visos de redención.

Después, la cinta durmió el sueño de los justos. En los años ochenta Fox desenterró su catálogo y tiró copias nuevas de varios clásicos. Se estrenaron entonces en España en versión original subtitulada El diablo dijo no, de Lubitsch, o El filo de la navaja, también protagonizada por Tyrone Power. Sin embargo, El callejón de las almas perdidas sólo fue rescatada en algún pase televisivo nocturno que fue donde uno la vio hace años. Acaso fuera el ambiente insano de la película o lo tardío del horario, la cosa es que dejó huella en mí. Por eso, cuando se editó en DVD corrí a por ella. Es una de las escasas ocasiones en las que una edición española no defrauda: el blanco y negro sigue ahí impecable, el sonido en la versión original es más que correcto y está subtitulada. Aunque yo se la haya contado, véanla. Seguro que descubren que su alma también se ha perdido alguna vez en este callejón.

Sr. Feliú


El callejón de las almas perdidas
(Nightmare Alley, 1947)

Producción: 2oth Century-Fox Film (EEUU)
Dirección: Edmund Goulding
Guión: Jules Furthman, basado en una novela de William Lindsay Gresham
Intérpretes: Tyrone Power (Stanton Carlisle), Joan Blondell (Madame Zeena), Coleen Gray (Molly), Helen Walker, Taylor Holmes, Mike Mazurki, Ian Keith.
110 min. Blanco y Negro.



12 de septiembre de 2008

Silent Clowns


El descubrimiento del cine obligó a algunos creadores a descubrir el silencio. Efectivamente, descubrir el cine, en su primera época, era descubrir el silencio, sus tiempos, cómo acentuar esos silencios, cómo diseñar el gag sin hacer ruido. Walter Kerr (1913-1996), escritor de musicales y crítico de teatro, nos acerca de una manera magistral a esos actores del primer cine, los payasos silenciosos.

KERR, Walter
The Silent Clowns
Alfed . Knopf, New York, 1975
ISBN: 0-394-46907-0

Calder's Circus



Interesante libro-catálogo de la obra del genial escultor Alexander Calder. El genio de los móviles tiene una creación con más vida que los propios móviles: el circo. Calder crea un increíble universo de figuras de alambre, corcho y tela que componen el mayor espectáculo del mundo. En este caso, a escala. Las figuras están pensadas para vivir, para actuar pisando fuerte en la pista, así que el artista realiza unas divertidas funciones mientras prosigue construyendo más figuras. Las figuras están actualmente expuestas en el Whitney Museum of American Art de Nueva York y, aunque inmóviles en sus vitrinas acristaladas, expresan movimiento, audacia, riesgo y diversión: lo que, en definitiva, expresa un circo.


Calder comenzó sus representaciones de este circo –que fue creciendo con los años– en la primavera de 1927 y según cuenta Jacob Baal-Teshuva en uno de los libros de la editorial Taschen dedicados al artista, la última representación de esta divertida actuación tuvo lugar en 1961 en la casa del artista en Francia, representación que filmó Carlos Vilardebó para realizar el documental que ya hemos proyectado en nuestra carpa.
En 1933, Calder visita Madrid y Barcelona, gracias a su amistad con Miró. En la capital su escenario se ubica en la Residencia de Estudiantes y en Barcelona, en la Galeria Syra.


LIPMAN, Jean & Nancy Foote
Calder's Circus
E. P. Dutton, New York, 1972
ISBN: 0-525-47329-7


9 de septiembre de 2008

Baltasar, el burro matemático


Al azar, Baltasar (Au hasard Balthazar, 1965), Robert Bresson


Reducir Al azar, Baltasar a película circense sería un despropósito. Sobre todo cuando lo que nos propone su director es darle la vuelta a la historia de San Francisco de Asís. Baltasar es un santo, afirma la madre de Marie (Anne Wiazemsky). Y Bresson nos muestra su camino de ascesis. Que éste pase por el circo, es circunstancial.

Los recorridos de Marie y Baltasar son paralelos, aunque ocasionalmente divergen. Baltasar trabaja en el reparto de pan, sirve de porte a un vagabundo alcohólico sospechoso de asesinato (Jean-Claude Guilbert) y da vueltas a la noria bajo el látigo de un avariento pueblerino. En un interregno de sus correrías con el vagabundo, Baltasar escapa. Al azar, llega a un circo. Una vez más es un circo innominado, aunque las advertencias sobre la peligrosidad de las fieras están en alemán. Baltasar acarrea un carro con paja para las jaulas de los animales. Una serie de planos y contraplanos le enfrentan con sus hermanos: tigres, chimpancés, elefantes… La mirada de Baltasar, neutra, queda milagrosamente teñida de ternura franciscana. Más pronto que tarde un amaestrador comprende que el asno está infrautilizado. -Es pura inteligencia –asegura. Y aunque su compañero le augura un sonoro fracaso, la intuición del adiestrador ha debido de ser correcta porque en la siguiente escena lo presenta al público. Los espectadores dicen números al azar y Baltasar resuelve a base de golpes de casco las multiplicaciones más complicadas. Arnold, el vagabundo, entra casualmente en el circo. Baltasar se espanta. El jefe de pista, el cara-blanca y el adiestrador intentan contenerlo, pero su carrera como artista circense ha terminado. La vida sigue. Debido a la brutalidad del mundo contemporáneo Marie pierde la inocencia, la fe y la vida. Baltasar rinde camino abatido a tiros por la muga, inocente acarreador de contrabando, rodeado de corderos blancos. Un santo.
Sr. Feliú

Al azar Baltasar (Au hasard Balthazar, 1966)
Producción: Argos Films (FR) / Svensk Filmindustri (SU).
Guión y Dirección: Robert Bresson.
Intérpretes: Anne Wiazemsky (Marie), François Lafarge (Gerard), Jean-Claude Guilbert (Arnold), Philippe Asselin, Nathalie Joyaut, Walter Green, Pierre Klossowski, François Sullerot, Marie-Claire Fremont, Jean Rémignard.
95 min Blanco y Negro.


4 de septiembre de 2008

Un hombre-pájaro


Fifí la plume
(Fifi la plume, 1965), Albert Lamorisse


Albert Lamorisse, hombre-pájaro
El fotógrafo francés Albert Lamorisse siente una temprana inclinación por el cine. Sus primeros trabajos en este campo, que le reportan fama internacional, son cuentos teñidos de poesía, sin apenas diálogo y con niños por protagonistas.

Bim, el pequeño asno (Bim, 1950) relata la alianza entre un niño de la calle y el hijo del caíd, en un mundo próximo al de las Mil y una noches, para rescatar a un burrito que ha caído en manos de unos ladrones. Crin blanca (Crin blanche, 1953) es la fábula de un muchacho de la Camarga enamorado de un caballo salvaje. La obra más conocida de Lamorisse, El globo rojo (Le ballon rouge, 1956), narra en apenas treinta minutos la amistad entre un crío parisino y el globo del título, una historia fantástica en la que lirismo y humor se dan la mano. Estas dos últimas obras, merecedoras de sendos premios en Cannes, oscurecieron el trabajo posterior de Lamorisse, constituido por dos obras de mayor duración en las que emplea un invento conocido como “Helivision”, que le permite rodar imágenes desde el aire: Viaje en globo (Le voyage en ballon, 1960) y Fifí la plume (Fifi la plume, 1965).

Lamorisse fallece a los cuarenta y ocho años en un accidente de helicóptero, mientras rueda en Irán El viento de los enamorados (Le vent des amoureux, 1978). Su hijo se encarga de finalizar este documental. Casi toda su obra se estrenó comercialmente en su día en las pantallas españolas y ha sido reunida en una reciente edición en DVD con el vomitivo título de “El cine más bello del mundo”.

Un ángel en el circo
Sin alcanzar el tiempo estándar de un largometraje Fifí la plume constituye el proyecto más ambicioso de Lamorisse en cuanto a duración. Se trata, una vez más, un cuento fantástico. A lo mejor peca un poco de ñoño, ¿y qué? Todos tenemos momentos tontos. Venga. Se lo voy a contar.
Fifi (Philippe Avron) es un ladrón especializado en escalos; de esos que trepan por las fachadas y se descuelgan desde los tejados. Además siente pasión por los relojes. Trabamos conocimiento con él en plena acción, mientras escala una fachada y desvalija una vitrina llena de relojes de bolsillo. El dueño de la casa regresa inesperadamente y en su huida, Fifí busca refugio en un circo. En la película no aparece el nombre y he sido incapaz de hallarlo en ningún otro sitio. Se trata desde luego de un circo modesto, a juzgar por la sobriedad de su pequeña carpa y la escasez de público en los números que tienen lugar en la pista. La nómina tampoco
es muy extensa: una pareja de malabaristas, un par de clowns, un hombre-bala (Claude Evrard), la écuyère Mimí (Mireille Nègre), el domador de leones (Henri Lambert) y el director del circo (Raoul Delfosse), empeñado en que su número estrella sea un “hombre pájaro”.

Fifí, acostumbrado a andarse por las alturas y enamoradizo como él solo, acepta sustituir al último candidato a volátil, que ha sufrido un grave accidente. Fifí no tarda en comprender que el número es peligroso y que tampoco tiene necesidad de romperse la crisma. Sin embargo –artificios del guión y habilidad de Lamorisse- sus alas no son de quita y pon sino que el director del circo se las ha insertado en la espalda. Por amor a la bella Mimí, Fifí consigue volar y aquí comienzan sus aventuras que tienen una doble vertiente: por un lado todos toman a Fifí por un ángel, por otro, él sigue obsesionado por robar relojes y tirarle los tejos a cuanta chica se le pone a tiro.
Fifí entabla un duelo con el domador, a ver quién regala el reloj más aparatoso a Mimí, lo que le lleva a intervenir en las vidas de un relojero suicida por amor, de su enamorada, hija de un rico coleccionista de antigüedades, de una banda de ladrones
–que terminarán declarándose “los buenos ladrones de Dios”- y de las libidinosas jovencitas de una residencia femenina. Son estas paradojas, de sano espíritu agnóstico, las que animan la cinta en su tramo medio.

Ya les avisé de que no todo es oro en esta película. El latón también ocupa parte del metraje, pero en estas correrías ingenuas se engarzan momentos de poesía e, incluso, de puro surrealismo, como la batalla de relojes, en la mejor tradición del slapstick, en la que Fifí se enfrenta al domador empuñando una saeta de reloj y con una esfera por escudo, como si de un gladiador se tratara.
Perseguido por la policía, por el domador y por los perjudicados por sus latrocinios, Fifí monta en un caballo. Es blanco, como su túnica y sus alas. Los automóviles lo acorralan. No por diáfana la metáfora es menos potente.

Otra imagen poderosa: Fifí encaramado en lo alto de un silo, se enfrenta a un helicóptero.
Acosado, Fifí vuela hasta las nubes hasta recalar, exhausto, en la costa bretona donde un hombre que se dedica a recoger algas lo lleva a casa. Él y su mujer le dan de beber calvados para reanimarlo. En aquel lugar solitario, bien comido, bien bebido y bien descansado Fifí concluye, acaso demasiado perogrullescamente, que aquello es el auténtico paraíso. Sin embargo, debe regresar para enfrentarse a su destino. Irrumpe en la iglesia donde Marie-Noëlle de Montsouris (Paule Noëlle), la novia del relojero, va a casarse con el viejo que sus padres han elegido para ella. En semejante lugar su autoridad celestial es indiscutible.

Queda por resolver lo peor. En el circo, Mimí se ha enterado de sus devaneos amorosos y su vida criminal y no está dispuesta a seguir con él. Mientras tanto, el domador ha decidido convertirse en hombre pájaro para ganarse el afecto de la amazona. Todo se resuelve felizmente. El domador, con sus flamantes alas, es detenido como autor de los robos y Fifí renuncia a las suyas. Mimí, nueva Dalila, las corta con unas tijeras y las clava en la pared de su carromato.
¿Cómo se ganarán ahora la vida? ¿Recuerdan ustedes que la costa bretona era el paraíso en la tierra? Hay una guinda… pero no se la cuento.

El hombre-pájaro y el hombre-bala
Fifí la plume tuvo una discreta carrera comercial. Las escenas de vuelo no son tan espectaculares como las de Viaje en globo –obtenidas también gracias al sistema “Helivision”- y su aliento lírico no alcanza la pureza de El globo rojo. A lo mejor porque, por primera vez, el protagonista de Fifí la plume no es un niño, sino Philippe Avron, que debuta de este modo en el cine.

En la película también interviene Claude Evrard, en el breve papel de hombre-bala. Avron y Evrard han formado dúo durante casi treinta años. Ambos se conocieron en la escuela de Jacques Lecoq y dieron sus primeros pasos en los cabarets parisinos de la “rive gauche” a principios de los años sesenta. Su consagración se produjo en los años setenta, cuando eran puntos fuertes en la programación del Festival de Avignon. Avron sigue ocupadísimo con sus “one man shows” y un DVD reúne quince años de actuaciones junto a Claude Evrard. Los amantes del cabaret pueden ver el trailer en www.philippeavron.com.

Sr. Feliú

Fifí la plume (Fifi la plume, 1965)
Producción: Films Montsouris (FR)
Dirección: Albert Lamorisse
Guión: Albert Lamorisse
Intérpretes: Philippe Avron (Fifí), Mireille Nègre, Pierre Collet, Michel de Ré, Raoul Delfosse, Georges Guéret, Henri Lambert, , Paule Noëlle, Jacques Ramade, Martine Sarcey, Jean-Jacques Steen, Michel Thomass, Dominique Zardi.
80 min. Blanco y Negro.

1 de septiembre de 2008

La Mara




María del Pino Papadopoulos nace en San Fernando (Cádiz) y eso se nota. Hija y nieta de artistas, debuta con cinco años en el familiar Circo Florida y desde muy temprano, al ser la primogénita de una familia numerosa, cuida y enseña a sus hermanos asumiendo una responsabilidad que ha mantenido toda su vida y de la cual se siente muy orgullosa. En 1948 consigue un contrato en el Circo Segura, donde sufre su primera caída al actuar en Jaén, a consecuencia de la cual se rompe la cadera, accidente que la mantiene inactiva durante un mes. Su tenacidad y entusiasmo la hacen recuperarse pronto, aunque dos años más tarde la tragedia vuelve a rondar su vida: el Circo Casablanca, de su propiedad, es pasto de las llamas en Azuaga, un pueblo de Badajoz.

El circo era como la culminación de su boda con don Enrique Campos en 1950. Ese mismo año, confirmando que las cosas no pasan porque sí, un representante del Ringling le ofrece un contrato para actuar en Estados Unidos. El horizonte y la imaginación de una jovencísima Mara casada casi a la fuerza y preñada de una hija se disparan. Es el premio a su duro entrenamiento hasta conseguir una precisión en sus ejercicios nunca vista hasta ahora.
Así que deja a cargo de sus padres a su pequeña hija y parte rumbo a las Américas con su marido y su hermano Tonito, aún un mozalbete. El 15 de abril de 1951 debuta con el Ringling Bross and Barnum & Baileys en el Madison Square Garden dejando al público de Nueva York maravillado con la fuerza que transmite al balancearse sobre el trapecio, paralizados en el momento en el que la trapecista se desliza desde las corvas hasta los talones en la cúpula del circo y sin sujeción alguna.No he tenido la suerte de ver una actuación de Mara en directo, pero sí la he visto innumerables veces en las grabaciones que, generosamente, ella misma ha puesto a mi disposición.




Mara participa en bastantes programas de Ed Sullivan, el pionero de los programas de espectáculos en televisión, y allí está Mara, con una música deliciosa, balanceándose sin miedo, retando con su arte al peligro. En septiembre de 1953, en Tacoma, sufre una nueva caída. Esta vez es bastante grave. Mara es intervenida siete veces debiendo permanecer inactiva durante dos años en una silla de ruedas. Los médicos dictaminaron, después de siete intervenciones: “Creemos que todo está perdido. Si acaso, podrá pasear, pero nada más”. Nada más lejos de la realidad. El 4 de marzo de 1955, “ante el asombre de J. Ringling Norton, que no podía contener la emoción ni acertaba a creer lo que estaba viendo: la presencia de la artista en el trapecio ante los dieciocho mil espectadores que abarrotan el local. Un espectáculo televisado para 42 estados, publicándose la fotografía de Miss Mara en veinte millones de periódicos”.Según la biografía escrita por Simón González, “una de las tres noticias más importantes del año 1955”. A Mara, como buena guerrera, le gusta presumir de las cicatrices que oculta tras su belleza.



En 1961 realiza una gira en Europa con el Spanischer National Circus de la empresa Feijóo–Castilla que la consagra ante el público del viejo continente. En 1962, se le concede el Oscar Internacional del Circo en Viena y los contratos se suceden. Mara trabaja en los mejores circos europeos hasta finales de 1979 cuando realiza su última temporada con el Circo Atlas de los hermanos Tonetti. Mara se despide de los espectadores, que no del circo, en Valencia. Aunque su última actuación se produce en abril de 1980 en el programa de TVE que presentaban los payasos Gabi, Fofó y Miliki. En Rings Around the World, una película documental dirigida por Gilbert Cates en 1966. El actor Don Ameche presenta entusiasmado, como primer número de un programa fabuloso, a “La Mara”. En esta grabación Mara tiene 33 años. Su experiencia, acumulada tras muchos años de trabajo y sacrificio, se aprecia en cada movimiento que realiza. Su aparición, como guinda de una inmensa tarta que irrumpe en la pista, es un magnífico presagio. Mara se agarra a la cuerda y sus formados músculos comienzan a iluminarse. Con un gesto arrebatador se despoja de la capa y con otro, de una intensidad que no se ve muchas veces en la pista, agarra el trapecio con una mano, manteniéndose suspendida por un instante que se llena de emoción, hasta que Mara la hace desbordar con otro gesto que da comienzo a una rutina impecable.



Antes de su fallecimiento en diciembre de 2013, Mara era presidenta del Club de Payasos y directora de un centro de educación infantil, actividades muy circenses ambas. Era miembro del Consejo asesor del Ministerio de Cultura y poseedora de la medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes al Circo 2007.

En Circo Méliès comentaremos algunos trabajos en los que Mara ha aparecido:

Rings around the World (1966), Gilbert Cates
Circus (1966), Jonas Mekas
Toast of the Town [Ed Sullivan Show] (1948-1971)(programa de televisión americano)
Piste aux Etoiles (1950-1975), de Gilles Margaritis y Pierre Tchernia
(programa de televisión francés)