13 de junio de 2010

Corazón de tiovivo



Coeur fidèle (1923), Jean Epstein


Epstein
Jean Epstein estaba tan interesado en la práctica cinematográfica como en la teoría. De hecho, suyos son algunos de los primeros textos que intentan cartografiar el nuevo arte y proponer soluciones específicamente cinematográficas. Al parecer fue La Roue (1923) de Abel Gance la que le dio la idea de urdir esta película de corte vanguardista con los mimbres del melodrama. El mismo recorrido que haría, por ejemplo, Dimitri Kirsanoff con su contundente Menilmontant (1926), y que hoy en día perpetra Guy Maddin en clave posmoderna y winnipegiana.




Un corazón fiel

Vamos pues con el melodrama... Marie (Gina Manès) es huérfana. Papá y mamá Hochon (Claude Benedict y madame Maufroy), la han acogido en su bar del puerto de Marsella pero la explotan miserablemente. Por allí se deja caer todos los días el borrachuzo Petit Paul (Edmond Van Daële). Le ha echado el ojo a la niña. Sin embargo, ella está enamorada de un trabajador del puerto Jean (Léon Mathot), en cuyos brazos sueña con un viaje liberador al otro lado del mar. Petit Paul llega a un acuerdo con papá Hochon y se lleva a Marie a la feria de un pueblo cercano para seducirla. Jean los sigue. Ambos hombres se enfrentan y en la reyerta cae herido un policía. Petit Paul escapa y Jean acaba en prisión. Sale al cabo de un año y descubre que Marie malvive con un hijo enfermo. Su única ayuda es una vecina lisiada (Marie Epstein, la hermana del director) ya que Petit Paul anda completamente alcoholizado y sólo aparece por casa para propinarle unas soberanas palizas. Cuando Petit Paul sale, la cojita corre a dejar una señal en el puerto, un corazón de tiza, “corazón fiel”, que sirve a Jean para saber que puede ir a ver a su amada. Petit Paul, alertado por una prostituta (Madeleine Erickson) a la que Jean ha rechazado corre a su casa pistola en mano. Nueva pelea. La cojita se hace con la pistola y dispara sobre Petit Paul. Mientras ella cuida de la criatura Marie y Jean se entregan al amor en el vértigo de las barcas.

Epstein explicaba que había elegido este argumento melodramático, escrito en una noche, porque pensaba que “un melodrama tan desnudo de todas las convenciones que normalmente se atribuyen al género, tan sobrio, tan simple, podría alcanzar la nobleza y la excelencia de la tragedia”. Y a ello se aplicó, dejando de lado el argumento, jugando con las distorsiones de la imagen, las rimas visuales, las sobreimpresiones, los cambios de ritmo en el montaje y los primeros planos.


En la feria

Y es precisamente la escena de la feria la que actúa como bisagra y demostración de las posibilidades del montaje y de los objetos inanimados para ilustrar estados de ánimo. Petit Paul ha llevado a Marie hasta la feria. Montan en unas barquillas en forma de avión que giran vertiginosamente. El carillón escupe la partitura perforada que le sirve de guía y los autómatas interpretan la melodía con sus campanas. ¿Figura retórica de puntuación? ¿Determinismo social en el que el hombre no es más que un engranaje? ¿O el ánima de lo inanimado, que tantas veces nos han sugerido los autómatas?


La muchacha se agarra a la barquilla cubierta de serpentinas y confetis que acentúan su inmovilidad. Petit Paul le roba un beso. A pesar de ello la planificación insiste en mostrar los primeros planos de ambos por separado, subrayando el abismo que los separa. Con espíritu griffithiano Epstein corta entonces a Jean. Se entera en la taberna de la marcha de Marie. Los largos planos en los que se aproxima a la feria parecen eternos en contrapunto con el ritmo acelerado de la barquilla. Cuando llega, hay un cambio de punto de vista. Es su mirada la que no logra localizar a la amada entre el torbellino de las atracciones. En paralelo, Petit Paul hace descender a Marie de la rueda. Un plano de Jean, apenas entrevisto entre la multitud, nos indica que los ha localizado. Sus labios dibujan la palabra “Marie”. Epstein repite entonces la acción en primer plano, sin atender a las normas de la continuidad en el montaje ya plenamente vigentes en un cine que apuesta por la trasparencia narrativa-Eisenstein retomará este recurso aplicado al montaje de atracciones en Bronenosets Potemkin (1925)-. En rápida sucesión: la partitura del carillón, el tiovivo, el bombo, las barcas… Un iris nos traslada entonces al exterior de un hotel, donde va a tener lugar la pelea.


En el último tramo de la película volveremos a la feria con los dos amantes. Ahora el sentido es otro. Sólo Jean y Marie abrazados en la barca con sus cabezas juntas, en el mismo plano, mientras el fondo se desdibuja. Un intertítulo subraya que “sólo el amor es capaz de hacernos olvidarlo todo”. Una catarata de fuegos artificiales funciona como metáfora del amor triunfante. Sobre los rostros se sobreimpresionan los dibujos abstractos de un caleidoscopio que se funde con una pintada en la pared de la taberna que ha aparecido varias veces a lo largo de la cinta: “forever”. Para siempre.



La puerta al reino de lo invisible
Epstein escribía en uno de los artículos reunidos bajo el título “Le Cinèmatographe vu de l’Etna” (1926): “La poesía, que alguna vez hemos creído mero artificio de la palabra, figura de estilo, juego de la metáfora y de la antítesis, algo, en fin, muy similar a nada, recibe aquí una deslumbrante encarnación. La poesía, por tanto, es verdadera y existe con la misma realidad que la mirada”. El cine es el medio más poderoso de poesía, el medio más real de correal, de los surreal que habría dicho Apollinaire. Por esos somos unos cuantos los que hemos depositado en el nuestras mayores esperanzas”.


Hace unos días hablamos de Körhinta (1956), de Zoltan Fabri, que utiliza la misma metáfora de la rueda en clave de plan quinquenal húngaro.



Coeur fidèle (1923)
Producción: Pathé (FR)
Guión y Dirección: Jean Epstein.
Intérpretes: Gina Manès (Marie), Léon Mathot (Jean), Edmond Van Daële (Petit Paul), Claude Benedict (papá Hochon), Madame Maufroy (mamá Hochon), Marie Epstein (la cojita), Madeleine Erickson (la prostituta).
87 min. (la versión restaurada). Blanco y negro.

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