1 de abril de 2008

Azcona, otro de los nuestros


La donna scimmia / Le mari de la femme à barbe, Rafael Azcona (1963)
Rafael Azcona ha ido a reunirse con la mujer barbuda embalsamada y su hijo metido en un frasquito. El espectáculo no sólo debe continuar, sino que continúa.
Azcona era poeta y aspirante a torero en su Logroño natal Cuando llegó a Madrid a principios de la década de los cincuenta dejó los versos y se metió a humorista. Trabajaba en “La Codorniz”, la escuela del humor. De los artículos pasó a las novelas y un avispado representante italiano, Marco Ferreri, decidió que aquellas podían convertirse en películas. Intentaron primero “Los muertos no se tocan, nene” y terminaron haciendo juntos El pisito y El cochecito, dos títulos emblemáticos del esperpento en la España del predesarrollismo. Luego, en Italia, siguen desarrollando esta visión al aguafuerte del mundo, en un juego de espejos entre deformidades físicas y morales multiplicado grotescamente que da lugar a Se acabó el negocio (La donna scimmia / Le mari de la femme à barbe, 1963).
El origen de esta película es la biografía de la mexicana Julia Pastrana, que sufría una enfermedad conocida como hipertricosis. Como el “científico” de la película, los médicos de la época diagnostican que tal fenómeno sólo era posible por el cruce contra natura entre un ser humano y un orangután. Julia viaja a Estados Unidos en 1854 donde la exhiben como la “Mujer Oso”. Abolida la esclavitud, el empresario Theodore Lent sólo encuentra una solución para hacerse con el fenómeno… casarse con ella. Comienza así la explotación de Julia en una doble vertiente: para públicos populares, la exhibición pura y dura en la que la mujer pasa por un ser agreste y analfabeto; para la buena sociedad, tertulias en su casa, donde brilla con sus conocimientos de idiomas y su interés por la literatura. El mayor empresario del circo de su tiempo, P. T. Barnum, asegura que aquello es “demasiado para el circo”. Seis años después, de gira por Rusia, Julia queda embarazada, pero el parto se complica y la madre y el hijo –cubierto de pelo, como su madre- fallecen en poco tiempo. Lent agota los últimos cartuchos y vende entradas para presenciar la agonía de Julia. Luego, hace embalsamar los cuerpos y los vende a la Universidad de Moscú, pero al enterarse de que las momias son exhibidas públicamente, reclama los cuerpos y vuelve a poner el negocio en marcha. En este último tramo, Azcona y Ferreri se atienen a la realidad histórica casi punto por punto.
Haciendo gala de una economía narrativa magistral, Azcona escaleta la película en apenas diecisiete escenas. Sólo un par de ellas está compuesta por más de una secuencia; el resto se reduce a diálogos a dos o tres bandas. La simplicidad aparente del método deja a la vista un mecanismo de relojería en el que cada nueva elipsis supone un salto en el vacío en la degradación de Antonio Focaccia (Ugo Tognazzi) en su afán por explotar al fenómeno (Annie Girardot). Nada sobra; acaso la crueldad innecesaria de la marcha nupcial en la que María canta aquello de “blanca y radiante va la novia…” asediada por la gente. Sin caer nunca en la babosería, María va ganando a nuestros ojos en dignidad al tiempo que Antonio claudica.
Durante la negociación para que María haga striptease en un club parisino el empresario insiste: “ah, l’argent! L’argent!”. He aquí el quid, el meollo, el intríngulis. Al contrario de lo que afirma el título español, el negocio no se acaba. Azcona y Ferreri exponen claramente a lo largo del relato que todas las relaciones son económicas. Antonio pide a María el dinero que esconde bajo el colchón para poder pagar el árbol donde ella tendrá que hace de mujer-mona; la urge a realizar su papel porque cuanto antes empiecen, antes recuperará su inversión; la supuesta investigación científica –que no busca otra cosa que la desfloración de un monstruo- se trata en términos de compensación empresarial; cuando María se marcha quiere recuperar su maleta y su cartilla de ahorros; y cuando Antonio quiere recuperarla, lleva un donativo a las monjas; el sacristán de la capilla a la que van a rezar por la salud de su futuro hijo exige un nuevo óbolo.
La amputación de la última secuencia por parte del productor italiano pretendía dar gato por liebre, porque la muerte de María y su bebé podía ser leída en clave de redención de Antonio. Ferreri decía ofendido que esto convertía su película en un drama romántico decimonónico, pero no hay tal. La escena del Museo, cuando va a recuperar los dos cadáveres, es brutal en su abulia burocrática. Para la última, la exhibición de los fenómenos embalsamados en una barraca, no hay adjetivos. Desoladora sabe a poco. La aberración ha tocado fondo pero, como siempre en Azcona, es perfectamente lógica. La lógica de los personajes, no la del cine. Auténtico hombre de espectáculo, Antonio asume la máxima norteamericana: “the show must go on”.

La historia del cine ofrece curiosas simetrías. En su gira europea Julia Pastrana imita a Lola Montes. ¿No existen, salvando las distancias, parecidos razonables entre este final de La donna scimmia y el de la última película de Max Ophuls?
Próximamente se lo cuento.

Sr. Feliú

1 comentario:

El Abuelito dijo...

¡Tenía usted razón señor Feliu! la versión que yo vi acababa con Tognazzi trabajando, creo que de estibador en el puerto, mientras ella, perdido su vello, se quedaba en casa como perfecta ama de casa (al parir perdía el pelo).
Aunque sea en italiano, que esto de la cinefagia lo convierte a uno en políglota forzoso, corro a buscarla enla mula. ¡¡Yo quiero ver ese final demoledor!!
Maravillosa reseña, ignoraba por completo la historia real en que se basó Azcona el Grande.