23 de mayo de 2014

Viaje al fondo de nuestras pesadillas



Une excursión incohérente (1909), Segundo de Chomón

Una de las primeras películas que rodó Georges Méliès fue Le cauchemar [http://www.circomelies.com/2010/10/un-nino-con-un-juguete-nuevo.html] (1896). O sea, la pesadilla. O la intuición de que las pesadillas son motivo tan cinematografiable como la salida de los obreros de una fábrica, la llegada de un tren a la estación o la comida de un bebé.

Como todas las intuiciones, la idea tiene en primera instancia un desarrollo sencillo. La luna se puede transformar en una cara monstruosa que hace muecas, arlequines y otros seres lunares son capaces de desvelarnos con sus serenatas e, incluso, un grupo de diablillos traviesos y peritos en acrobacias se divertirán molestándonos en la cama con sus tridentes hasta que despertemos víctimas de un monumental batacazo.


Las cosas se complican cuando descubrimos que el susodicho batacazo no es el final, sino que la pesadilla continúa después de habernos despertado… como el día siguiente a las elecciones. Y que, además, durante el sueño, no nos hemos limitado a ver reflejadas algunas fantasías cuya interpretación resulta tan lineal como encantadora. Las imágenes generadas por nuestro inconsciente devienen crípticas, desasosegantes, incoherentes.

He aquí a una pareja de viajeros decimonónicos, buenos burgueses equipados para pasar un día en el campo. Sin embargo, en cuanto tienen el picnic dispuesto, las viandas se rebelan y nos revelan lo que hay en su interior: los huevos contienen ratones, los salchichones están rellenos de insectos y gusanos.


La continuidad narrativa, sólida y consistente, nos conduce con los viajeros y sus criados hasta una casa de campo donde se desarrollan dos acciones paralelas. La que atañe a la preparación de la cena por parte de los criados se ve interrumpida por situaciones propias del cine de atracciones: una olla en el hogar se transforma en un rostro mediante el paso de manivela y una explosión en la chimenea provoca la aparición feérica de unas bailarinas.

Mientras, en el piso de arriba, el matrimonio se ha echado a dormir en sendos lechos separados por una cortina. El cambio de punto de vista cuando el hombre apaga la vela nos permite verlo acostado en primer término ante una pantalla contra la que se proyectan, a modo de sombras chinescas, las acciones de su mujer e, inmediatamente, una serie de fantasías oníricas en las que figuran trenes, pájaros enjaulados y unos amantes cuyas cabezas se desprenden del cuerpo para poder besarse. Esta técnica de animación alcanzaría su máxima expresión en manos de Lotte Reiniger, de cuyas Aventuras del príncipe Achmed (1926) les contaremos otro día.


El marido despierta para descubrir a la mujer asediada por dos íncubos. En su huida se encontrará con sus propios fantasmas: dragones y monstruos que no le causan menos pavor por ser de cartón y tela. La excursión culmina con una persecución acrobática que termina en un pozo, como no podía ser de otro modo, tratándose como se trata de una excursión, tan turbadora como deleitable, a lo más inextricable de nuestros temores.


Une excursión incohérente (1909)
Producción: Pathé Frères (FR)
Guión y Dirección: Segundo de Chomón.
8 min. Blanco y negro.