31 de octubre de 2008

El profesor Winckler contra el inspector Calas



L’alibi (Coartada, 1937), Pierre Chenal

Dedicado al Abuelito

L’alibi es un policiaco entretenido con un argumento endeble urdido por el comediógrafo francés Marcel Achard y dirigido sin alardes por Pierre Chenal.

-¿Cómo es posible construir sobre cimientos tan poco firmes? –se preguntan ustedes.

Y uno les contesta que tampoco es tan complicado cuando se cuenta con dos presencias tan potentes como las de Louis Jouvet y Erich von Stroheim.

Jouvet es el gato: un policía empeñado en resolver el caso de un gángster de Chicago asesinado en París (Philippe Richard), sin importarle por qué medios. Stroheim, el ratón: el asesino –no destripo nada porque ocurre en los primeros compases de la película- que paga la complicidad de una chica de alterne (Jany Holt) para que le proporcione una coartada.

Jouvet es una institución en Francia. Su asma crónica le hace declinar los diálogos con una cadencia peculiar. Pero es, sobre todo, su disposición a encarnar tipos ambiguos o siniestros a los que sabe hacer merecedores de toda nuestra simpatía lo que le convierte en un actor grande entre los grandes. Siempre corre riesgos y su sentido del humor –todo lo retorcido que quieran- nunca cae en lo pueril.

Stroheim es un habitual de estas páginas. Los amantes de “the man you love to hate” tendrán ocasión de disfrutar cuando lo vean armado de bastón, despojándose de la capa junto a la cama de Helene, en un remedo –acaso paródico- del mismo gesto ejecutado tantas veces ante la cama de una muchachita vienesa en varias de las películas que él mismo dirigió en el Hollywood silente.

Aquí interpreta a un mentalista, el profesor Winckler. Su número de adivinación es un tanto rutinario pero Stroheim lo ejecuta con una venda cubriéndole los ojos. Una piedra preciosa ocupa el centro. Su vestuario es de raso blanco inmaculado, con calzón corto y capa. Como adminículo inexplicable: un espadín. También pasa consulta en su casa. Su estudio es un delirio kitsch.

Ver a su asistente oriental (Foun-Sen) haciéndole la pedicura en el baño llevará al delirio a los fetichistas (que seguro que entre ustedes hay más de uno).

Los enfrentamientos intelectuales, verbales, entre Jouvet y Stroheim, sabiamente dosificados a lo largo del metraje, son como contemplar a dos púgiles en plena forma en el combate por el título de los Pesos Medios. Se tantean, amagan, fintan y lanzan el golpe con precisión milimétrica.


El momento más emotivo de la película tiene lugar durante una conversación en el night club Femina. El profesor Winckler recurre al inglés –con el mismo acento germano que su francés- para explicar la historia de su éxito profesional en Londres, el amor intenso que sentía por su mujer y la razón de su odio por el asesinado. Si de una cualidad puede alardear un actor es de saber escuchar cuando toca... y Jouvet escucha como nadie.

Como contrapunto, el ritmo sincopado del combo de Bobby Martin, un trompetista norteamericano que anduvo de gira por Europa durante los primeros años treinta. La cantante es la señora Martin, Thelma Minor. Sus cabales interludios o punteos musicales –a los que se da ocasionalmente una extensión inusitada en una película de género- son un motivo más para disfrutar de
L’alibi.

Sr. Feliú

L’alibi (Coartada, 1937)
Producción: B-N Films (FR)
Director: Pierre Chenal
Guión: Jacques Companéez y Herbert Juttke, sobre un argumento de Marcel Achard.
Intérpretes : Erich Von Stroheim (Profesor Winckler), Louis Jouvet (comisario Emile Calas), Jany Holt (Helene), Albert Préjean (Laurent), Margo Lion (Dany), Philippe Richard (Gordon), Florence Marly (la amiga de Gordon), Maurice Baquet (Gérard), Vera Flory , Genia Vaury, Roger Blin, Pierre Labry, Jean Témerson.
84 min. Blanco y negro.

29 de octubre de 2008

El cadáver del augusto Marius


La muerte viaja demasiado / Umorismo in nero (1965), José María Forqué

En 1935, en el Circo Estrella, fue asesinado el augusto Marius. Se lo cargó su señora que, al parecer, era un poco celosilla. Han pasado treinta años y Marius vuelve a aparecer asesinado. Y no una… sino tres veces.

El pobre diablo que tiene que hacerse cargo del cadáver es Jacinto Villajos (José Luis López Vázquez), contratado como asistente de la bella tiradora de ballesta Miss Wilma (Emma Penella). Y es que ante las armas de seducción de Miss Wilma, Jacinto es un auténtico pastelillo. Soporta estoicamente la manzana sobre su cabeza para el número de Guillermo Tell, a pesar de que su antecesor en el puesto lleva un aparatoso cabestrillo. Pero cuando ella le dice: “Tiene usted el temple de un Corona, de un Kurt... Triunfará en el circo”, Jacinto no se lo piensa dos veces y acepta la oferta de cuarenta duros por servir de blanco humano.

Pero cada vez que intenta meterse entre los brazos más mórbidos que musculazos de Miss Wilma… ¡Zas! Allí está el cadáver del augusto Marius. Y, claro, eso la baja la libido a cualquiera.

El episodio que dirige Forqué de los tres de que consta
La muerte viaja demasiado es un juego de cajas chinas, un divertimento en el que el propio director no se plantea la construcción policiaca –que la hay- con demasiado rigor. Ya comentamos en su día el regreso de Forqué a la carpa en Una pareja... distinta con mejores resultados.

El problema de este episodio -que se deja ver, sobre todo, por su estupendo reparto- es de desequilibrio entre lo policiaco y lo cómico. La persecución final tiene lugar durante la actuación del mago chino Chin-Wu (Agustín González) y su coqueta ayudante Lolita (Alicia Hermida). “¡Un misterio por minuto!”, repite una y otra vez la maestra de ceremonias, mientras madame Wu se empeña en no desaparecer cuando debe y en regresar en los momentos más inoportunos. Chin-Wu tiene montados dos pabelloncitos orientales para ejecutar su número, pero en ellos se materializan perseguidores y perseguidos, como en una película de dibujos animados. Finalmente, los culpables caerán en la red desde un baúl atravesado por sables suspendido en lo alto de la carpa.

Como ya dijimos al hablar de la carrera cinematográfica de Daja-Tarto, éste es uno de los títulos en los que interviene el faquir conquense. No dice una palabra, pero Forqué aprovecha para situarlo siempre en segundo término, lanzando una mirada no sabemos si escrutadora o amenazante. La mitad del suspense que pueda tener el episodio procede de sus constantes intromisiones. Cuando no se le requiere para ello, Daja-Tarto abre una escalera de mano, se sube en ella y, ayudándose con un martillo, se enjareta una afilada daga por una de las fosas nasales. Iba a escribir que “sin despeinarse” pero como nunca se quita el turbante, no hay ocasión de comprobarlo.

Entre el resto de la compañía circense tenemos ocasión de ver fugazmente a Rafaela Aparicio como mujer barbuda, con un churumbel en brazos, y a “la escultural miss Golinda” (Madame Parlow). En su “número de destreza y habilidad” intervienen sus perros caballistas y el “simpático pony Madagascar”.

Sr. Feliú


La muerte viaja demasiado
/ Umorismo in nero (1965).
Episodio:
Miss Wilma / La mandrilla
Productora: Época Fims (ES)
Director: José María Forqué.
Guión de Forqué, Marcello Fondato y Vicente Coello basado en una idea de ellos mismos y de Jaime de Armiñán.
Fotografía: Juan Mariné. Música: Adolfo Waitzman.
Intérpretes: Emma Penella (Miss Wilma), José Luis López Vázquez (Jacinto Villajos), Leo Anchóriz (Gayton), Daja-Tarto (él mismo), Madame Parlow (miss Golinda), Goyo Lebrero (Adrián), Agustín González (Chin-Wu), Alicia Hermida (Lolita), Tip (adeministrador), Rafaela Aparicio (la mujer barbuda), José Orjas (un pescador).


24 de octubre de 2008

Noventa y dos centímetros


Vita da cani (1950), Mario Monicelli y Steno

No es difícil imaginar que muchos de los sucesos que le ocurren a la compañía de Nino Martoni en Vita da cani (1950) provienen de experiencias vividas en carne propia por su protagonista, Aldo Fabrizi. No así el esquema argumental que entrelaza con tintes melodramáticos la historia de tres muchachas. Tamara Lees interpreta a la milanesa Franca, que huyendo de la fábrica ve en la revista una posibilidad de casarse con un millonario, lo que la empujará a un dramático final. A su llegada a Roma Franca coincide en una pensión de cómicos con Vera (Delia Scala). Ambas comparten habitación: “Ochocientas liras por noche y no se admiten hombres”. En el tren a Civita Pravese se cuela Margherita (Gina Lollobrigida) huyendo del revisor. Nino Martoni (Aldo Fabrizi) la acogerá en el grupo y terminará convirtiéndola en estrella… y dejándola volar a pesar de estar enamorado de ella. Para entonces Margherita ya ha triunfado en el Cinema Teatro Cristallo de Milán con el nombre de Rita Buton. Cuando le preguntan cómo se las arreglará la compañía sin la Buton, Martoni replica: -Yo no necesito estrellas, yo las fabrico. La nueva tiene noventa y dos centímetros. -¿Una enana? -No, no. Noventa y dos centímetros de piernas.

Sr. Feliú


Vita da cani
(Vida de perros, 1950)
Productora: Carlo Ponti Cinematografica (IT)Dirección: Mario Monicelli y StenoGuión: Aldo Fabrizi, Steno, Mario Monicelli, Sergio Amidei, Ruggero Maccari, Nino Novarese y Fulvio Palmieri.
Intérpretes: Aldo Fabrizi (Nino Martoni), Gina Lollobrigida (Margherita “Rita Buton”), Delia Scala (Vera), Tamara Lees (Franca), Gianni Barrella (el empresario), Bruno Corelli (Dedè Moreno, primer bailarín), Enzo Furlai (Boselli), Enzo Maggio (Gigetto), Michele Malaspina (Cantelli), Nyta Dover (Lucy d'Astrid), Marcello Mastroianni (Carlo Danesi).
108 min. Blanco y negro.


23 de octubre de 2008

Unas piernas verdaderamente artísticas


Luci del varietà (1950), Alberto Lattuada y Federico Fellini

Lo que en el resto del mundo es teatro ínfimo de variedades, se denomina en Italia avanspettacolo. Luci del varietà (1950), de Alberto Lattuada y Federico Fellini, y Vita da cani (1950), de Mario Monicelli y Steno, son contemporáneas y ambas provienen de la experiencia en este campo del actor Aldo Fabrizi. La gira de Federico Fellini con Fabrizi, inventando gags y ayudando a vestirse a las bailarinas es parte de su biografía mítica, a pesar de que el actor se encargó de refutarlo en repetidas ocasiones. En cambio, Fabrizi firma con Sergio Amidei el guión de la película de Monicelli y Steno.


Carlo Ponti, que finalmente produce Vita da cani, renuncia a financiar entonces la película de Lattuada –profesional con una trayectoria consolidada- y Fellini –que hasta ese momento ha destacado como escritor de humor y guionista-. Ni cortos ni perezos Fellini y Lattuada montan la Capitolium Film, una cooperativa familiar con el padre de Lattuada como compositor y su hermana Bianca al cargo de los cuartos. Su mujer, Carla del Poggio, es la protagonista femenina. Probablemente haya que contar entre las aportaciones de Fellini a Giulietta Massina como la vedette Melina Amour. Todo lo demás está sujeto a discusión: Fellini asegura que la película es suya, suyo es el argumento y el tono; Lattuada argumenta que él la planificó, la rodó y la montó. Bianca Lattuada tercia: Fellini sólo habría intervenido directamente en el rodaje de tres escenas y una de ellas fue cortada en montaje por donde ni siquiera se molestó en aparecer.


Sin embargo, parece clara su influencia en la presencia siempre desternillante de Franca Valeri. La Valeri debuta ante las cámaras interpretando a una coreógrafa húngara, que era uno de los personajes que solía encarnar en la radio y del que Fellini se enamoró durante una cena en casa de Lattuada. También tiene un papelín de tercera vedette en el número final, Sofía Loren, cuando todavía era Sofía Lazzaro.


Por lo demás las cosas suceden como suele en estos casos. Liliana Antonelli, una muchacha provinciana que ha estudiado baile, hace carrera gracias a sus piernas. “Por Baco, unas piernas estupendas... verdaderamente artísticas, quiero decir”, exclama Checco Dalmonte (Peppino de Filippo), cuando ella las esgrime como argumento irrefutable de su talento artístico. Por el amor de Liliana intenta Dalmonte –nuevo Aníbal- la conquista de Roma para lo cual rompe con sus compañeros y se arruina. Finalmente, monta la compañía de revista Dalmonte-Lilly con el dinero que le saca a su antigua amante. Los miembros de la nueva agrupación han salido de un albergue en el cual duermen por turnos acodados en una cuerda: el trompetista americano John, el tirador infalible Bill Cody y la guitarrista brasileña que toca de noche por las calles. El espectáculo que representan se llama Polvo de estrellas: Polvere di stelle, como la película de Sordi.

Sr. Feliú

Luci del varietà
(1950)
Productora: Capitolium (IT)
Dirección: Alberto Lattuada y Federico Fellini
Argumento: Federico Fellini. Guión: Federico Fellini, Alberto Lattuada y Tullio Pinelli
Intérpretes: Peppino De Filippo (Checco Dal Monte), Carla Del Poggio (Liliana 'Lily' Antonelli), Giulietta Masina (Melina Amour), John Kitzmiller (Johnny, el trompetista), Dante Maggio (Remo), Checco Durante (empresario teatral), Gina Mascetti (Valeria del Sole), Giulio Calì (Edison Will, el mago), Silvio Bagolini (Bruno Antonini), Giacomo Furia (Duke), Mario De Angelis (Maestro), Vanja Orico (zíngara), Enrico Piergentili (el padre de Melina), Renato Malavasi (el hotelero), Joe Falletta (Pistolero Bill), Folco Lulli (Adelmo Conti), Carlo Romano (Enzo La Rosa), Fanny Marchio (Soubrette), Franca Valeri (diseñadora húngara), Alberto Bonucci (comediante de Night Club), Vittorio Caprioli (comediante de Night Club), Carlo Bianco (Pianista), Patrizia Caronti, Rina Dei y Barbara Leite (soubrettinas).
93 min. Blanco y negro.


19 de octubre de 2008

Cuando se viaja no se cobra


Cómicos (1954), Juan Antonio Bardem
CUANDO en 1949 se publica el Reglamento Nacional de Trabajo para los Profesionales de Teatro, Circo y Variedades la evolución sobre los elementos que deben conformar una compañía es mínima con respecto a la legislación republicana. Primer Actor y Director, Primer Actor, Actor de Carácter, Actor Cómico, Primer Galán, Galán Joven, Galán Cómico, Característico o Genérico, Racionistas (hombres y mujeres), Primera Actriz, Segunda Actriz, Dama de Carácter, Actriz Cómica, Característica o Genérica, además de un Director de Escena o Artístico. Las compañías cuentan por tanto, con diecisiete intérpretes y, una vez cubiertos estos puestos, pueden contratar un meritorio de cada sexo. La retribución en estos años es de diez duros en plaza fija y dos más por “bolos”.
Es la tribu que Ana Ruiz, la protagonista de Cómicos, retrata en su monólogo interior, caracterizando a cada cual según su salario en duros:

"Cómicos... Cómicos. Este departamento y los dos siguientes. Gran Compañía de Comedias Soler-Salas... Primera actriz: Consuelo Soler. Primer actor y director: Antonio Salas... Y los cómicos. Han cogido el tren a las tres y media, después de la función de la noche. Llegarán a las cinco de la tarde: se debuta a las seis treinta... Abrirán los baúles: hay que planchar la ropa. Pasado mañana los volverán a cerrar y cogerán otro tren... porque hay que ir a Valencia dos días... Y a Logroño, tres... Y a Badajoz y a Lugo... Una semana en Zaragoza. En Barcelona, un mes. Y Madrid, cuatro meses.
Toda la compañía duerme o intenta dormir. Los jefes no van con ellos, viajan por carretera, tienen coche...
Hay que dormir... ¡Estos viajes! No se puede perder un minuto de trabajo. No se puede perder el sueldo de un día. Cuando se viaja no se cobra."
Bardem intentó repetir la jugada, esta vez para el lucimiento de Sara Montiel, en Varietes (1971).

Sr. Feliú

Cómicos (1954)Poducción: Unión Films (ES)Argumento, Guión y Dirección: Juan Antonio Bardem.Intérpretes: Christian Galvé (Ana Ruiz), Fernando Rey (Miguel), Emma Penella (Marga), Rosario García Ortega (Doña Carmen), Mariano Asquerino (Don Antonio), Carlos Casaravilla (Carlos), Rafael Alonso (Ernesto Blasco), Manuel Arbó (Rafael Muñoz), Matilde Muñoz Sampedro (Matilde Agustín), Aníbal Vela (Empresario), Arsenio Freignac, Miguel Pastor, Manuel Alexandre, Arturo Marín, Manuel Guitián.


15 de octubre de 2008

Autómatas en la Tierra de los Sueños


O Dreamland (1953), de Lindsay Anderson
Lo que nos perturba de los fenómenos no es que sean diferentes, sino lo que los asemeja a nosotros. Algo parecido ocurre con los autómatas. Nos inquietan y, por tanto, nos fascinan, porque en ellos reconocemos lo humano de su automatismo.
Una parte del metraje de O Dreamland está dedicada a retratar la galería de autómatas del Parque de Atracciones de la localidad británica de Margate, en Kent. Los visitantes de la tarde del sábado o el domingo pasean su atocinamiento entre clásicas atracciones vertiginosas y mareantes, como el pulpo y las barcas, las que excitan la ilusión y la codicia, como las tragaperras, el bingo o el brazo mecánico que nunca termina de atrapar el reloj chapado en oro, o los puestos del tiro al globo, del aro que ha de encajarse en el cuello de la botella o de la tómbola que reparte suerte según el rostro de la estrella de cine que se ilumine. También hay un tragafuegos. Y unos escuálidos animales encerrados en sus jaulas.
Los espectadores –señoras, niños, abuelos, desocupados…- circulan abúlicos o abren la boca entontecidos entre tanta diversión que mas les sirve para matar el tiempo que como entretenimiento. Ayuda a ello el desajuste del sonido que repite incesante el último éxito de la música ligera, los números del bingo y la risa mecánica y enloquecida de los autómatas.

Precisamente son estos pabellones los que más contraste provocan con la alienación de los espectadores que se congregan en ellos. Los autómatas son víctimas o verdugos de las más atroces torturas. Así, podemos contemplar la ejecución en la silla eléctrica del espía atómico Rosemberg mientras un funcionario de prisiones se carcajea hasta el descoyunte o torturas chinas e inquisitoriales entre las que destaca “la muerte por mil cortes”.

Lindsay Anderson rodó este documental en 1953 con una cámara portátil de 16 mm y el material sobrante de la película que estaba realizando sobre una escuela de niños sordos: Thursday’s Children. Las latas durmieron en una estantería hasta que en 1956 Anderson, que entonces trabajaba como programador en el National Film Theater, y otros compañeros como Tony Richardson y Karel Reisz decidieron programar una sesión conjunta de cortometrajes con el título común de “Free Cinema”. El marbete hizo fortuna. Iba acompañado de un manifiesto en el que los “jóvenes airados” del cine británico defendían una nueva aproximación a la realidad, a la clase obrera y, por ende, nuevos métodos de producción. O Dreamland cumplía todos estos requisitos y suponía, al tiempo, una bofetada al modelo clásico de documental que Anderson estimaba puro formalismo. En 12 minutos la diversión adocenante adquiere caracteres de pesadilla y, cuando los espectadores abandonan el recinto del Parque de Atracciones todavía nos preguntamos de qué lado de la vitrina estaban ellos y de cuál los autómatas.
Pueden formarse su propia opinión porque la película se puede ver aquí:
http://www.channel4.com/fourdocs/archive/o_dreamland_player.html
La carcajada mecánica seguro que traspasará su alma… si es que la tienen.

Sr. Feliú

O Dreamland (1953)
Productora: Sequence (GB)
Guión y Dirección: Lindsay Anderson
Fotografía: John Fletcher.
Documental.
12 min. Blanco y negro.

12 de octubre de 2008

La Piste aux Etoiles de Gilles Margaritis


La Piste aux Etoiles (1950-1975), de Gilles Margaritis y Pierre Tchernia

La piste aux étoiles es el título de la emisión de televisión que gracias al trabajo de un excelente artista de variedades, Gilles Margaritis, se convierte en una marca, en una incomparable embajada de las artes circenses. Los mejores artistas de la época filmados con un mimo y un talento excepcional durante casi veinticinco años. Es, sin ninguna duda, un documento que hay que ver. Desde el 11 de enero de 1950, el programa de televisión
La piste aux étoiles, un pionero en su género, asaltaba el histórico Cirque d'Hiver de París, cada miércoles, para asombro y admiración de grandes y pequeños.

Les Manetti Twins, Galleti, Les Saltas, Marcus, Les Eduardos, Claus Decker, Les Moris, Les Johns, Miss Copelia, Les Cardona, Elvis Monco, Les Illes Rosetti, Les Polco, Les Victoria, Palermo & Philip, Les Francesco, Charly Kairoli, Andre Vasserot, Les Logano, Les Vassalo, Alexis Gruss, Hugo Garrido, Mimi Paolo, Vala Bertini, Chass Chase, Victor Gonzalves, Les Flying Hillaries, Los Douglas, Dario & Mimile, Dany Renz, Les Ergoti, Boki & Randel, Nino Frediani, Les Valgardis, Les Collins, Johny Hart, Gerard Edon, Italo Medini, Alfred Beauteur, Perriquito, Willliam Ross… Nombres y más nombres que brillan en la cúpula del circo arropados por el entusiasmo del público. Una grabación que no hay que perderse.

Las primeras grabaciones, en blanco y negro, las guarda como un tesoro el Instituto Nacional del Audiovisual (INA) de Francia. Yo he tenido la suerte de ver algunas emisiones y la verdad que es una maravilla. Abajo tenéis un ejemplo de lo que hay en el pack de La Piste aux Etoiles, pero en blanco y negro –lo que venden es en color. La música de Bernard Hilda, la presentación educada y con glamour de Roger Lanzac y unos actos circenses extraordinarios, en este caso el número de alambre de los Tonito. Que ustedes disfruten.

Comprar la colección, en VHS es relativamente fácil y barato. Otra cosa es encontrar los DVD. Aunque parece que
aquí los hay sin problemas. Suerte.

Galería de stripteuses 3


Lily Carmen
Esta Carmen dedicada al striptease en el Japón posbélico no es, desde luego, la de Merimée. Lily Carmen (Hideko Takamine) y su amiga Akemi (Toshiko Kobayashi) se toman unas pequeñas vacaciones y van a descansar al pueblo de la primera. Todo el mundo está pendiente de su sofisticación y sus costumbres desenvueltas. Se supone que son actrices de teatro. Esto, que en su momento cayó en la familia como una bomba, ahora se ha convertido en símbolo de estatus. El padre de Lily Carmen se ve obligado a perdonar. Tanto más cuando todo el pueblo alaba el mundo del arte y de la alta cultura, opuesta a sus tradiciones folklóricas y fiestas locales. Se juega aquí, como en tantas películas japonesas de posguerra, con la contraposición entre tradición y modernidad. La desenvoltura de Lily Carmen y Akemi se leen como signos de la nueva vitalidad desarrollista. Los partidarios de la tradición resultan barridos por este huracán. Maruju (Bontaro Miyake), el usurero del pueblo, se aprovecha para montar una función única. El éxito como bailarinas de las chicas supone la vergüenza suprema para su familia.

En conjunto, la película es una comedia de costumbres amable, con buenas dosis de blandura. Las puntadas satíricas no hacen mucho daño. Si la película supuso un éxito memorable en Japón fue por ser la primera rodada en color mediante un procedimiento autóctono.
Aunque Akemi pierde la falda durante una función escolar y cuando salen al campo ambas aprovechan para liberarse de la ropa, el número de baile exótico ejecutado en pareja, sólo podemos verlo una vez, casi al final de la cinta. El momento en que ambas se quitan los últimos velos permanece fuera de campo; vemos sus piernas desnudas y las prendas que caen mientras Keisuke Kinoshita sitúa la cámara para que podamos ver las mandíbulas desencajadas y los ojos desorbitados de los incrédulos campesinos que han ido a empaparse de arte.

María y María (Las Marías Desnudas)
Louis Malle utiliza el mismo recurso en ¡Viva María! (1965) cuando Marie (Brigitte Bardot) y Marie (Jean Moreau) van a despojarse de sus corpiños, descubren asombradas que los campesinos sanmiguelinos que han acudido a verlas se han quedado también completamente desnudos.

Como Viva María! se desarrolla en un ambiente circense –el coguionista es Jean-Claude Carrière, el cómplice de Pierre Etaix- volveremos sobre ella con más calma.

Ángela
Tan francesa como las dos Marías es Ángela (Anna Karina). Trabaja en el Zodiac, en París. Hace su número vestida de marinero mientras canta una canción. Allí bailan también Cheri-Bibi, con su penacho de plumas, capaz de hacernos descubrir la voluptuosidad salvaje del Amazonas, o Dominique, que realiza sus números con una sombrerera y un paraguas.

Detrás de la cámara está Jean-Luc Godard. Como en todas sus películas de este periodo ésta es, ante todo, un rendido homenaje a su mujer, la modelo danesa Anna Karina. Ella es el motivo central: una mujer que es… una mujer, según reza el título español de
Une femme est une femme (1960). El ambiente, que no el color ni el formato, le recuerdan a uno los cuadros de José Gutiérrez Solana sobre el descanso de las coristas. Hay tanto escenario como trastienda. Es aquí donde las chicas hablan de sus cosas: de la maternidad, por ejemplo. El drama mínimo de Ángela es que quiere tener un hijo como sea. Emile (Jean-Claude Brialy), su novio, es incapaz de comprender la urgencia. Ángela está dispuesta a pedírselo al primer hombre que se cruce en su camino y el primero es el canalla simpático de Alfred (Jean-Paul Belmondo).

Cada tanto regresa al Zodiac, un local rectangular con mesas a ambos lados. En el escenario, un pianista. Las chicas se mueven –bailan sería mucho decir- entre las mesas. Todo en color, formato scope y sonido directo. Godard se enfrenta a estas nuevas herramientas con alegría infantil: nuevos juguetes que romper. La cinta se convierte así en la destrabazón de un musical en un momento en el que los géneros canónicos ya no son posibles. Cuando los intérpretes hablan la música se entremete en su conversación, buscando el ritmo del musical. Los personajes representan para el espectador, lo saludan.

Godard utiliza un artilugio de mago, al modo de Méliès: Cheri-Bibi atraviesa un cajón vestida de calle y sale de él preparada para su número de amazona.

Rachel, Sherry, Diana, Margo…
Mientras que el gerente del Zodiac es un tipo malencarado y escuchimizado, el propietario del Club Crazy Horse West en Los Ángeles tiene la simpatía y los rasgos de Ben Gazzara en
Muerte de un corredor de apuestas chino (The Killing of a Chinese Bookie, 1976).

John Cassavetes conoce los clubs de striptease de Nueva York desde los años cincuenta, cuando era un actor televisivo prometedor y rodaba
Shadows (1959) como película radicalmente independiente con los miembros de un taller de interpretación. También ha rodado en París Husbands (1970) con Peter Falk y Ben Gazzara. Aquí ha conocido a Alain Bernardin, el director del legendario Crazy Horse. Por ello Cosmo Vittelli (Ben Gazzara) ha bautizado a su club con el nombre de Crazy Horse West. Cosmo lo hace todo, presenta desde la escalera, recibe a los clientes, prepara las coreografías… Además, mantiene una relación con Rachel (Azizi Yohari), la chica de color del espectáculo. Cuando ésta le descubre haciéndole una prueba –y no hay ninguna ironía en esto porque Cosmo es un amante de la belleza pero también un profesional en lo suyo, tienen una pelea.

La pelirroja Margo (Donna May Gordon) y la rubia platino Sherry (Alice Friedland) eran auténticas
strippers en Sunset Boulevard. Azizi Yohari había sido chica Playboy en junio de 1975. Sin embargo, las chicas quedan más definidas en los camerinos que en el escenario. A Cosmo le gusta subir allí y hablar con ellas mientras se preparan. No es el propietario del club sino una figura paterna preocupado por sus pupilas.

Como en la película de Godard el voyeurismo está ausente de las representaciones. Mr. Sophistication (el guionista Meade Roberts), maquillado como una cabaretera, arrastra la letra de viejos estándares musicales mientras las chicas crean situaciones “picantes” puramente verbales. En una de sus improvisaciones, Gazzara grita: “¿Qué clase de antro es éste? ¿Es que aquí no se desnuda nadie?”.

Cathy
El colmo de la stripteuse “señora de su casa” es Cathy (Constance Towers), una buena chica que no quiere meterse en líos. Intenta convencer a su novio -el periodista protagonista de
Corredor sin retorno (Shock Corridor, 1963), de Samuel Fuller- de que no ingrese en un siquiátrico para escribir un reportaje sensacionalista.

Cathy podría haber sido mecanógrafa pero el trabajo en el Club es el camino más rápido para conseguir el dinero con el que poder casarse y ser una perfecta ama de casa norteamericana. Por ahora canta con voz dulce ante un telón con corazones mientras se despoja de una boa de plumas. Sin embargo, los momentos más descacharrantes de su actuación tienen lugar en la cabeza del periodista, en sus fantasías delirantes, mientras duerme o recibe un tratamiento de electroshock.

Las compañeras de camerino de Cathy tienen nombres más sonoros como Bunny o Dolores, pero se dedican a hacer punto y a ponerse y quitarse las pestañas postizas como tantas de sus colegas de profesión (o al menos las que llegan a la pantalla). Posiblemente también ellas terminen siendo afables amas de casa.

Sr. Feliú

Galería de stripteuses 2


Lenny (1974), de Bob Fosse

Hot Honey Harlow
De la tradición del burlesque surge también Hot Honey Bruce (Valerie Perrine), la mujer del cómico Lenny Bruce, encarnado en la pantalla por Dustin Hoffman. La película de Bob Fosse parte de la biografía de Lenny escrita por ella después de la muerte del humorista por sobredosis. Las entrevistas filmadas con Honey, la madre de Lenny y su representante sirven para puntuar la afluencia verborreica de Lenny.

El guión recorre la carrera del joven cómico judío desde los pequeños clubs de
striptease de Nueva York, a Los Ángeles y Hawai. Durante este periplo Lenny se transforma, de simple imitador del actor Jimmy Durante, conocido como “narizotas”, en un comediante militante contra el puritanismo y el sistema judicial norteamericano. Esta evolución es paralela a la de la caída de Honey Bruce en la drogadicción a consecuencia del tratamiento derivado de un accidente automovilístico.
En un momento, cuando su familia se traslada a California, Lenny trabaja como humorista en el club Duffy. Allí hace las presentaciones de Cindy la contorsionista o de Baby Babylon “
and his travelling rush”, dos stripteuses de nombres sonoros.

La actriz Valerie Perrine conocía el percal de primera mano. Tejana, hija de un militar que iba de destino en destino, había cursado un curso de psicología antes de iniciar su carrera como
showgirl en Las Vegas. Después de una etapa de hippismo se estableció en Hollywood donde debuta en Matadero Cinco (Slauughterhouse Five, 1972). Por su interpretación en Lenny fue candidata al Óscar como mejor actriz.

Sr. Feliú

Hemos encontrado estos dos archivos que, de momento, nos pueden acercar a la auténtica Hot Honey Harlow. En el primero de ellos, podemos ver a la artista interpretando el papel de novia en una delirante película. En la segunda queremos reconocer a la stripteuse hacia el minuto tres, pero confieso que puede tratarse de una alucinación producida por mis ganas de encontrar algo de ella.

Sr. Méliès





11 de octubre de 2008

Galería de stripteuses 1


La reina del vaudeville (Gypsy, 1962), de Mervyn LeRoy

Hay mil películas norteamericanas en las que aparecen chicas que se quitan la ropa “de modo insinuante”, según la definición que de striptease da la Real Academia Española, aunque generalmente aparecen al fondo, desenfocadas, mientras un periodista o un detective realizan una investigación. Ocasionalmente ganan protagonismo, como la Elizabeth Berkley de Showgirls (1995) o la Demi Moore de Striptease (1996). Con este mismo título realizó en España, en 1977, una película Germán Lorente, en la que la francesa Corinne Clery asumía el protagonismo femenino.
Sin embargo, a efectos de esta entrada dedicada a las
stripteuses -strippers para los sajonizantes-, la primera en comparecer en este escenario es…
(Redoble de caja)

Gypsy Rose Lee
Rose Louise Hovick era hija de un hombre de negocios de Seattle y de una mujer dispuesta a abandonar aquella ciudad como fuera. Lo hizo a costa del triunfo de su hija en el mundo del espectáculo, o al menos este es el argumento del musical sobre la primera
stripteuse norteamericana. Gypsy Rose Lee llegó a escribir novelas y una de ellas se llevó a la pantalla como La estrella del Variedades (Lady of Burlesque, 1943, con Barbara Stanwick en el papel de la bailarina Dixie Daisy. No insistimos en ella porque tarde o temprano volverá a asomar por Circo Méliès y por no restar protagonismo a su autora, que también escribió un volumen de memorias en las que se basó Arthur Laurents para escribir un musical de Broadway. La partitura corrió a cargo de Jule Styne y Stephen Sondheim. El resultado fue un éxito rotundo. A principios de la década de los sesenta cuando los musicales hacen el tránsito de Broadway a Hollywood rutinariamente, La reina del vaudeville (Gypsy, 1962), de Mervyn LeRoy, constituye un éxito fulgurante.

Natalie Wood que en principio no parecía la elección más adecuada, se muestra perfecta para realizar la transición entre la ingenua Louise y la descarada Gypsy. El aprendizaje está perfectamente encajado en el número “You Gotta Have a Gimmick” interpretado por tres veteranas (Faith Dane, Betty Bruce y Roxanne Arlen).

Sr. Feliú


10 de octubre de 2008

Piste aux etoiles



Libro realizado en homenaje a Gilles Margaritis, temprano creador televisivo que durante años se encargó de las emisiones del célebre programa La Piste aux Etoiles. La historia de la televisión y la del circo de la mano. Descubriéndose la una a la otra sin saber que algún día llegarían a ese estado de amor-odio en el que parece haberse instalado la relación. Anécdotas de una televisión primitiva y ¡pública! y mucho circo. Un buen complemento para disfrutar de la colección de 5 DVD (o 10 VHS) de la Piste aux Etoiles que todavía se pueden encontrar en internet.
Margaritis fue en sus años mozos un artista de variedades según nos cuenta Dominique Denis en su excelente artículo "Los excéntricos musicales en el circo" (La Factoría)
. Gilles Margaritis y Roger Caccia formaban el equipo de los Chesterfield realizando una divertida parodia de dos concertistas de música clásica.


MARGARITIS, Gilles
La Piste aux Etoiles
Raoul Solar Editeur, Evreux, 1966

4 de octubre de 2008

El tirador cornudo


El Gran Flamarion (The Great Flamarion, 1945), de Anthony Mann

Erich von Stroheim (Viena (Austria), 18885 – Ile de France (Francia), 1957) lleva camino de convertirse en acreedor de una etiqueta propia en Circo Méliès, honor hasta ahora sólo logrado por el rey de los malabaristas, los comediantes y los trompas: W. C. Fields. Stroheim ha comparecido aquí ya como el ventrílocuo de El gran Gabbo y el trapecista tullido de Portrait d’un assassin, y asoma de nuevo como el tirador conocido como El Gran Flamarion.

El von Stroheim director de colosales fiascos económicos en el Hollywood dorado de los años veinte, había dejado paso al actor que sobrevivía modestamente interpretando papeles secundarios de lujo, como en El crepúsculo de los dioses (Sunset Boulevard, 1950), de Billy Wilder, o protagonistas en películas francesas o americanas de bajo presupuesto, que aprovechan, más que su reputación, su imponente físico y su entrega profesional.


El Gran Flamarion
es un noir modesto producido por Republic, el más grande de los estudios humildes. Como en tantas otras películas del mismo género esto no es un inconveniente sino una garantía de economía narrativa y concisión dramática. La secuencia que da inicio al largo flashback que constituye el corpus de la cinta es un modelo de planificación. Sirva por ello para inaugurar un nuevo modelo de entrada en el que la imagen manda sobre el texto, ilustrando rutinas revisteriles y números circenses. Lástima que el formato no permita apreciar en todo su valor la coreografía y el ritmo de la escena, pero, como siempre, lo mejor es que vean la película. No es difícil encontrarla en baratillos y quioscos al módico precio de un euro.


Sr. Feliú
El Gran Flamarion (The Great Flamarion, 1945)
Productora: Republic (EEUU)
Director: Anthony Mann
Guión: Anne Wigton, Heinz Harald y Richard Weil, según el relato “The Big Shot” de Vicki Baum.
Intérpretes: Erich von Stroheim (El Gran Flamarion), Mary Beth Hughes (Connie Wallace), Dan Duryea (Al Wallace), Kay Deslys (artista de vodevil), John Elliott (agente teatral), Franklyn Farnum (regidor), Tony Ferrell (cantante mexicano), Carmen López (bailarina mexicana), Fred Velasco (Bailarín mexicano), Alex Melesh (actor), Leo Mostovoy (humorista francés), Jack O'Shea (tramoyista),Steve Barclay, Lester Allen, Esther Howard, Michael Mark.
78 min. Blanco y negro.

3 de octubre de 2008

Del muro de la muerte al bólido infernal


Portrait d'un assassin (1949), de Bernard-Roland

Christina de Rinck (María Montez) conduce a los hombres a la muerte. Utiliza sus armas de mujer para conseguir que firmen con ella el contrato del “más difícil todavía”. Como agente de variedades ya ha destrozado la vida de varios hombres, entre ellos Eric (Eric von Stroheim), un trapecista patéticamente tullido. Ahora la ambiciosa de Christina se fija en Fabius (Pierre Brasseur), un feriante que ejecuta con la ayuda de Martha (Arletty) un número denominado “el muro de la muerte”.

Consiste éste en un cilindro vertical con fondo semiesférico. Fabius da vueltas en motocicleta a toda velocidad hasta que la coloca paralela al suelo casi a la altura a la que el público contempla el espectáculo, tras una barandilla. A pesar de las advertencias de Eric y de su propio miedo, Fabius acepta la propuesta de Christina para ejecutar el doble looping en automóvil en la pista del Circo Pfeiffer. Fred (Marcel Dalio) construye una rampa, como la de una montaña rusa, por la que un bólido se desliza a toda velocidad. Gracias a su diseño el bólido debería de ejecutar un doble mortal en el aire y caer en una pequeña colchoneta al otro lado de la pista.

Y hasta aquí contamos del argumento. Baste decir que la tragedia se ceba en el cuarteto protagonista.

La película arranca en una calle adoquinada, una noche en la que jarrea, con una mujer encapuchada y un hombre que la aguarda, pistola en mano, en una esquina. Al fondo, la feria. No se puede soñar con nada más prometedor. La escena parece sacada del universo del “realismo poético” francés previo a la guerra, a pesar de que ya han pasado tres años desde su final. Se procedió entonces a depurar a los artistas franceses acusados de colaboracionismo. Una de las acusadas fue Arletty, otrora una de las actrices más reputadas y queridas de Francia, amante de un oficial alemán. Por ello ha pasado cuatro meses en la cárcel y ha estado tres años sin trabajar. Su exordio ante el tribunal ha pasado a la pequeña historia del anecdotario cinematográfico: “Mi arte es francés –declaró -, pero mi culo es internacional”.

Arletty vuelve al cine con Portrait d’un assassin, pletórica, trágica, irreductible. Frente a ella, María Montez, la diva de los espectáculos de las mil y una noches concebidos por la Universal en Hollywood que, en horas bajas, ha decidido instalarse en Francia con su marido. Otro exiliado de la Meca del Cine, Eric von Stroheim, se coloca el collarín que ya había lucido en La gran ilusión (La grande illusion, 1937), el hermoso canto de Jean Renoir al internacionalismo y la camaradería en tiempos de guerra. Por su parte, Pierre Brasseur sostiene la película sobre sus espaldas.

La historia de amour fou se desarrolla, sin embargo, penosamente, con largas escenas dialogadas en las que los personajes del drama se van enfrentando de a dos. Y para colmo en interiores. De modo que no hay mucha ocasión de disfrutar de lo que el argumento anuncia una y otra vez: la emoción y el riesgo de los dos grandes números que, cuando llegan, saben a poco. El de la motocicleta en el “mur de la mort” debe su ejecución, sino su concepción a Paul Renard. Aún es habitual encontrarlo en ferias de todo el mundo y uno tuvo ocasión de escuchar su estruendo hace no mucho en un pueblos del norte de Portugal.

El número de “el bólido infernal”, “el salto de la muerte” o “el doble looping en auto” –que de los tres modos se promociona-, es idea de los hermanos Marcel y André Desprez, habituales de los circos europeos en aquellos años. Se anunciaba entonces con propiedad como el “Double Saut Périlloux Automobile”. Gaston Desprez, el hermano mayor, ejercía por esta época de empresario teatral. La guinda, para el aficionado, es que mientras Fabius aguarda en su camerino el momento fatal, en la pista del circo Pfeiffer actúan Les Fratellini y hay ocasión de disfrutar, aunque sea parcialmente, de una de sus memorables actuaciones.
Sr. Feliú



Portrait d'un assassin (1949)
Producción : UTC (FR) Director: Bernard-Roland.
Guión y diálogos: François Chalais, Henri Decoin, Marcel Rivet, Charles Spaak
Intérpretes : Maria Montez (Christina de Rinck), Erich von Stroheim (Eric), Arletty (Martha), Pierre Brasseur (Fabius), Marcel Dalio (Fred), Marcel Dieudonné (Prosper), Jules Berry (Pfeiffer), Eddy Debray (el jefe de pista), Les Fratellini (Les Fratellini).
100 min. Blanco y negro.