17 de febrero de 2009

De la vida amorosa de los autómatas





Die Puppe (La muñeca, 1919), Ernst Lubitsch

Herr Ernst Lubitsch nos propone un cuento. Un cuento perverso, claro. Pero primero dispone el escenario: una casita… de muñecas.

La casita de muñecas
Ossi Oswalda, la muchacha pizpireta que había querido tener la misma independencia que los hombres en la modernísima
Ich möchte kin Mann sein (No quiero ser un hombre, 1918) y que había sido Die Austernprinzessin (La princesa de las ostras, 1919) en otra de las sátiras de Lubisch, es la muñeca del título. Y se entrega a ello con una energía desbordante, digna de una reina del slapstick. Como Mabel Normand, vamos, por mucho que la calificasen de la Mary Pickford germana.

Ossi había debutado como bailarina, pero desde los veintiún años se dedica en exclusiva al cine. Durante una década (1916-1925) se mostró activísima en este medio y luego su carrera fue declinando. Sólo participó en dos películas sonoras, la última de las cuales fue la producción UFA
Der Stern von Valencia (1933). Ossi interpretaba entonces un papel secundario, por debajo en los títulos de la entonces popular actriz austriaca Liane Haid. Les contamos el argumento porque acaso les interese: un grupo de chicas que trabaja en un cabaret aguarda en un puerto español el momento de embarcarse en el “Estrella de Valencia” que ha de llevarlas a Latinoamérica. Oskar Sima es el malvado propietario del cabaret y Peter Erkelenz el no menos malvado capitán del barco, que pretenden enriquecerse gracias a este tráfico infame. Ossi Oswalda fallecerá en Praga, olvidada, catorce años más tarde.

Lubitsch, formado en la disciplina de Max Reinhardt y en el humor judío de tipificación étnica que practica sin rubor en sus primeras películas como actor –véase:
Der stolts der firma (El orgullo de la firma, 1915)-, lleva a Ossi de la mano en Die Puppe por el camino de la estilización, donde los hombres se mueven como por resortes.

Muñecas de tamaño natural para solteros, viudos y misóginos
Lancelot (Hermann Thimig), el sobrino del barón de Chantarelle, siente auténtico terror por el sexo opuesto, pero su tío (Max Kronert) no está dispuesto a que su estirpe no se extinga. Ofrece su cuantiosa herencia a quien se case con su sobrino. Como al atribulado Keaton en
Seven Chances (Siete ocasiones, 1925), las novias persiguen al pánfilo Lancelot, que busca refugio en un convento de frailes entregados a los excesos de la comida, la bebida y la avaricia, pero no a los de la carne. Al enterarse de que el barón premiará con trescientos mil francos a Lancelot si se casa, el prior urde una estratagema. El artesano Hilarius (Victor Janson) fabrica muñecas femeninas de tamaño natural especialmente recomendadas para “solteros, viudos y misóginos”. La mujer mecánica es su salvación.

Lancelot no se atreve a llamar a la puerta del artesano. Cuando vemos que se hurga en los pantalones, prevemos un chiste escatológico chez Lubitsch, pero el bueno de Lancelot nos sorprende sacando de la pernera un corazoncito de fieltro. Una vez colocado de nuevo bajo la solapa izquierda de su levita, recupera el ánimo. Poco le dura, porque lo que Hilarius le ofrece es una reedición de su pesadilla. Cuarenta muñecas mecánicas de tamaño real dispuestas a satisfacer sus deseos. El terror de Lancelot no es muy disímil del que sentía Nicolaieff al verse rodeado por la guardia de autómatas del barón von Kempelen, en
Le joueur d'échecs (Jaque a la reina, 1927).

-Lo que yo quiero es una muñeca formal -exclama Lancelot con absoluta seriedad.

Hilarius tiene, por supuesto, lo que desea: una réplica exacta de su hija Ossi (Ossi Oswalda). Claro que desconoce que el aprendiz (Gerhard Ritterband) ha roto la muñeca mientras bailaba con ella y la auténtica Ossi ha aceptado suplantarla ante el cliente de su padre: basta con colocarse el panel de mandos en la espalda.

Lancelot se la lleva encantado a casa de su tío, que revive al ver sus planes cumplidos. El baile nupcial está resuelto a base de equívocos. Lancelot quiere vestirla para la boda y ella lo hace sola. Aprovecha para robarle la comida y, mientras él cobra la recompensa, baila como una posesa, harta de movimientos mecánicos que la tienen entumecida. Cuando parten de viaje de novios, el barón le pregunta a su inocente sobrino si necesita algún consejo para la noche de bodas, a lo que éste replica:
-No te preocupes. Tengo un manual de instrucciones,

Los recién casados van a pasar su luna de miel al convento a fin de entregar la recompensa a los frailes. Estos bailan con la muñeca y, finalmente, pretenden arrumbarla en el cuarto de los trastos, pero Ossi escapa y se cuela en la celda de Lancelot. Él se lamenta de que sólo sea una muñeca y le da un tímido beso… para utilizarla luego como perchero. Ossi se rebela, pero no se atreve a reconocer su auténtica identidad hasta que Lancelot cae dormido. Entonces sueña que Ossi se ha convertido en una mujer. Intenta besar a la muchacha sobreimpresionada de su sueño y recibe el ósculo de la mujer auténtica. Gracias al sueño es capaz de aceptar que la autómata de la que se había enamorado es una mujer de carne y hueso. Que cada cual saque sus consecuencias.

Lubitsch en Berlín
Los decorados, el vestuario y el maquillaje nos mantienen en ese universo fantástico en el que todo es posible. Golpes, persecuciones y equívocos nos sitúan ante el slapstick más desquiciado. Las escenas de los herederos alrededor del lecho de muerte del barón, como buitres parlanchines, y las de los frailes glotones, convierten la película en feroz sátira de costumbres. Los caballos del coche nupcial, que son hombres disfrazados, el atrezzo de la cocina pintado en la pared, el sol, la luna y el gallo que anuncia el nuevo día, el sonámbulo que camina por los tejados ante un cielo cuajado de bombillas y el inventor volando en busca de su hija agarrado a un puñado de globos infantiles nos remiten (una vez más) a Méliès.

Desgraciadamente
Die Puppe no forma parte del estupendo pack de producciones alemanas del periodo mudo editado por Divisa en su colección “Orígenes del cine” con el título de Lubitsch en Berlín. Sí está en cambio, Sumurun (Sumurun, 1920), un cuento de las mil y una noches en el que Lubitsch retoma una pantomima ideada por Max Reinhardt y asume el papel de bufón jorobado enamorado de una bailarina, así que prometemos volver sobre ella.

Sin embargo, pocas películas como
Die Puppe mantienen el pie en el acelerador durante todo su metraje. Tiene la ventaja de que no llega a la hora. Si es breve, es bueno, que dicen en Francia.

Sr. Feliú

Die Puppe (La muñeca, 1919)
Producción: Projektions-AG Union (AL)
Director: Ernst Lubitsch.
Guión: Ernst Lubitsch y Hanns Kräly, basado en un cuento de E.T.A. Hoffmann
Intérpretes: Ossi Oswalda (Ossi / la muñeca), Hermann Thimig (Lancelot), Max Kronert (el Barón de Chanterelle), Victor Janson (Hilarius), Marga Köhler (su mujer), Josefine Dora (la casera de Lancelot), Gerhard Ritterband (el aprendiz), Jakob Tiedtke, Arthur Weinschenk, Hedy Searle, Paul Morgan, Lapitski.
58 min. (la versión restaurada) Blanco y negro.



2 comentarios:

El Abuelito dijo...

¡Hace sólo unos meses que la vi! Es un cuento de hadas picarón, muy del estilo de su director; me reservo hacerle la reseña para el próximo nº de 2000Maníacos, un especial chicas fantásticas en el que estarán esta mujer artificial, la Mandrágora de Henrik Galeen y Genuine (la vampiresa) de Robert Wiene.

Sr. Feliú dijo...

Venerable Abuelito:
Se ha dejado usted en el tinero a la Sara Montiel de "Varietés", prueba irrefutable de que la vida artificial es posible.
Sus (traviesos) nietos nunca le agradecerán lo suficiente su fidelidad.