13 de febrero de 2012

La santísima trinidad del mal



The Unholy Three (El trío fantástico, 1925), Tod Browning


The Unholy Three (El trío fantástico, 1930), Jack Conway
 
La proyección en paralelo, en la carpa, de las dos versiones de The Unholy Three —la silente dirigida por Tod Browning en 1925 y la sonora, realizada por Jack Conway en 1930— ha resultado una auténtica sorpresa. Habíamos visto las dos cintas por separado y nos habían llamado la atención muchas coincidencias, pero la doble sesión nos ha llevado a constatar que las similitudes van más allá de la mera coincidencia. La construcción de las secuencias, su ordenación en el relato e, incluso, algunas soluciones formales, nos llevan a suponer que Conway, que dirigió la versión de 1930, mientras Browning trabajaba en la Universal, trabajó con una moviola en el plató. Las ilustraciones que les ofrecemos de muestra dan fe de ello.


Los créditos de la versión de Conway atribuyen el guión a los hermanos Nugent. Sin embargo, es evidente que su aportación fue poco más allá que dotar de diálogos las escenas que Browning había rodado mudas, sobre la adaptación realizada por Waldemar Young de una novela del escritor pulp Clarence Aaron "Tod" Robbins. Robbins publicó la novela “The Unholy Three” en 1917 y es también el autor de “Spurs”, el relato que adaptaría Browning en Freaks (La parada de los monstruos, 1932).


El Profesor Echo, su compañero Nemo y sus compinches 
Esta santísima trinidad del mal está compuesta, en realidad, por cuatro miembros. Todos ellos trabajan en un side-show, uno de esos tropeles de barracas que se aglomeran en la entrada de las ferias y donde, por un poco de calderilla, los pueblerinos pueden contemplar los ejemplares humanos más increíbles del mundo. Aquí están la mujer tatuada de la cabeza a los pies, el tragasables, el volcán humano, la mujer más gorda y el hombre más flaco del mundo, las hermosas siamesas y la bailarina exótica, promesa de toda clase de placeres que esperan al espectador que entre en las carpas, según perora incansable el charlatán. Entre ellos destacan tres hombres destruidos por su oficio: el ventrílocuo al borde de una esquizofrenia compartida con su muñeco Nemo, el forzudo con cerebro de mosquito y el liliputiense atrapado en un cuerpo infantil que aborrece a los niños. Son, respectivamente, el profesor Echo (Lon Chaney), Hercules (Victor McLaglen) y Tweedledee (Harry Earles). El cuarto miembro del equipo es Rosie O’Grady (Mae Busch), que se dedica a aligerar los bolsillos de los incautos mientras permanecen pasmados ante las atracciones.


Un incidente provocado por Tweedledee al patear en la boca a un chiquillo molesto, los deja en la calle. Pero el pequeño piensa a lo grande: aprovechando las habilidades de cada cual se puede montar un fenomenal trío criminal: “The Unholy Three”.


Su modo de operar es el siguiente: abren una tienda de mascotas regida por “Granny” O’Grady, una dulce abuelita tras cuyas gafas y blancas canas se oculta el profesor Echo. En este comercio se despachan loros y cacatúas para las familias aristocráticas. Claro que las aves sólo hablan en presencia del profesor Echo. Cuando el cliente realiza una reclamación, la abuelita se presenta en la mansión con su nietecito, que no es otro que Tweedledee, localizan la caja de caudales y los objetos de valor y, por la noche, valiéndose de la corpulencia de Hercules y del mínimo tamaño del liliputiense, la desvalijan.


Entretanto, Hector (Matt Moore), el pavisoso empleado de la tienda se ha enamorado perdidamente de Rosie. Ella, heroína browningiana, busca la redención de su pasada vida criminal y se siente tentada de aceptar la propuesta que le hace durante la cena de nochebuena. El profesor Echo está tan celoso que no quiere dejarlos solos. Tweedledee convence entonces a Hercules de que den el golpe que tenían planeado en casa de los Arlington por su cuenta. Al día siguiente el periódico trae la noticia del robo, del asesinato de Arlington y de que su hijita ha quedado malherida. La policía sigue la pista hasta la tienda de mascotas. Pero el trío infernal no está dispuesto a dejarse coger y escapa con ella dejando que el incauto Hector cargue con la culpa del crimen.


En una cabaña de montaña, Rosie le promete al profesor Echo que si libera a Hector de la segura condena, será suya. El profesor se planta entonces en el tribunal donde se celebra el juicio y, valiéndose de sus dotes ventriloquiales, pone en boca de Hector la confesión de toda la trama. Mientras, en la cabaña, Hercules le propone a Rosie que se fugue con él y compartan el botín. Tweedledee libera entonces al gran gorila que vayan ustedes a saber por qué se han llevado de la tienda hasta la cabaña... La espiral melodramática culmina con la confesión del profesor Echo.



Fenómenos 
Tod Browning recrea sus días de feriante y nos proporciona la posibilidad de conocer a algunos fenómenos célebres. Entre ellos, Alice Julian, una mujer gorda, cuyo auténtico nombre era Alice Dunbar, aunque en el circuito de las ferias y en el circo de Ringling y Barnum se presentaba como “Alice fron Dallas”. Pesaba por entonces más de 300 kilos.


Como oportuno contrapunto aparece Walter P. Cole, “esqueleto humano”, con un peso acreditado de poco más de 20 kilos.


El tragasables Delmo (o Delno) Fritz era toda una institución. Llevaba tragándose bayonetas y sables desde los 11 años —allá por 1886— hijo como era de un notorio tragasables. Matrimonió con otra especialista en el mismo negociado, Maude D'Lean o Maud D'Auldin, que de los dos modos solía aparecer en los carteles. Ambos actuaron en el espectáculo del Salvaje Oeste de Buffallo Bill, y a la muerte de la señora Fritz por indigestión de índole laboral, formó pareja con su sobrina, con la que apareció en el circo de Barnum y Bailey. En 1924 se estableció en Los Ángeles y abrió una academia. El anuncio en el “Los Angeles Times” aseguraba que habría clases para principiantes, que se indicarían con “cuchillos y tijeras de cocina”, para seguir más adelante con la ingestión “de sables reglamentarios del ejército”. Su presencia en California propició su intervención en otra película junto a Chaney, The Man Who Laughs (1928) y en el clásico incontestable de del cine fenomenal, Freaks (La parada de los monstruos, 1932).






El debut de Harry Earles 
Pero, ante todo, The Unholy Three supone el debut cinematográfico de Harry Earles. Debió resultar satisfactorio pues, amén de intervenir en otras películas, generalmente repitiendo el papel de enano que se hace pasar por un bebé, volvió a protagonizar la película de Conway cinco años después.

También su historial se ha fraguado en circos y ferias ambulantes, primero en su Alemania natal y, desde 1915, en Estados Unidos. Llega a Norteamérica contratado por un empresario llamado Bert W. Earles del que toma el apellido y para el que trabaja en The 101 Ranch Wild West Show, de los hijos del coronel Miller. Su auténtico nombre es Kurt Schneider y tiene tres hermanas: Hilda —conocida como Daisy Earles—, Grace y Tiny. La primera viaja a Estados Unidos con su hermano y las otras dos se incorporan a la troupe familiar a lo largo de la década de los veinte, presentándose en los circuitos de vodevil como “The Doll Family”.


Juntos intervienen en numerosas películas, entre ellas The Wizard of Oz (El mago de Oz, 1939), de Victor Fleming, pero el papel más memorable de Harry y Daisy es el del matrimonio de diminutos de Freaks, donde Tiny también tenía un papelito.

Durante treinta años trabajaron en el circo de Ringling Bros., Barnum y Bailey, donde cantaban, bailaban y montaban a caballo. Luego, compraron con sus ahorros una casa en Florida, con los muebles hechos a su medida, en la que vivieron juntos los cuatro hasta sus sucesivos fallecimientos. La casa -no podía ser de otro modo- fue bautizada como “The Doll House”, la casita de muñecas.


En The Unholy Three Harry Earl “roba” la mayoría de las escenas en las que aparece. Tanto en su faceta de señor furioso que apenas levanta dos palmos del suelo, como, sobre todo, en las transiciones en las que pasa de bebé a criminal y viceversa, resulta hilarante, sí, pero también es el contratipo grotesco de esa dualidad que Chaney ha llevado al paroxismo con Browning.

Browning-Chaney 
Estamos ante el primer título mayor del dúo fantástico, Tod y Lon. Los elementos apuntados en anteriores cintas —los personajes escindidos, la delincuente en busca de regeneración—, siguen aquí, pero el melodrama criminal se ve atemperado y enriquecido al mismo tiempo por un humor al vitriolo que constituye lo mejor de Browning.


Justamente célebre es el momento en el que, haciéndose pasar por un bebé, Tweedledee extiende sus manitas desde el cochecito infantil para pedirle al señor Arlington que le deje jugar con el collar de rubíes y su furia cuando pretenden arrebatárselo, a lo que la abuelita O’Grady replica: “Yo te conseguiré unas iguales”.

La escena en la que un travestido amargado por los celos, un forzudo que sublima su impotencia mediante la delincuencia y un alma negra como la pez encerrada en un cuerpecito infantiloide componen una estampa de familia feliz en la mañana de Navidad ante el policía que investiga el robo en casa de los Arlington es otra muestra de la capacidad de Browning en particular y del cine popular en general para pasar de matute.





El sentido del humor macabro y cruel asustó a la productora que decidió prescindir de la escena del robo realizada por Browning. La pequeña Arlington descubría a Hercules y a Tweedledee junto al árbol de Navidad. Cree que el gigante es Papá Noel y que el liliputiense es su regalo: un hermanito. Tweedledee no puede soportar los grititos de alegría de la niña que, además, van a despertar a toda la casa y comienza a estrangularla bajo el abeto navideño.

Las diferencias entre las dos versiones 
El humor al aguafuerte, ligeramente suavizado en la cinta de Conway, no es la menor de las diferencias entre las dos versiones. Baste ver la coz que Tweedledee le arrea al niño que se burla de él en la feria. En 1930 es una patada seca, que genera las iras del público de modo automático. En cambio, Browning no nos ahorra el contraplano del niño con la cara ensangrentada antes de pasar a la reacción de los asistentes.


Aparte de otros detalles de planificación, como la utilización sistemática de planos medios en la versión sonora frente a la mayor amplitud de los encuadres en la silente, o algunos insertos y planos de detalle innecesarios a causa del sonido, ya hemos mencionado que las alteraciones son escasísimas. Los primeros planos de Chaney que son la esencia espectacular de su filmografía se concentran en dos intensas secuencias: la de su encuentro en el bosque con Rosie y la de la torturante espera durante el juicio.

Ésta última es una de las que desaparecen de la versión sonora. Mucho hablaron los críticos sobre la inverosimilitud de que Hector moviese únicamente la boca mientras el profesor Echo desvelaba la trama criminal durante el juicio. En la película de Conway, Chaney se disfraza de abuelita O’Grady para declarar y es el fiscal quien descubre su verdadera identidad, al fallarle la voz, y arrancarle la peluca en un gesto lleno de dramatismo.


Las escenas finales también son divergentes. Libre en una, detenido en la otra, el profesor Echo asume en ambas su renuncia al amor de Rosie. Por lo cual, el hecho de que sea o no encarcelado carece de relevancia dramática.


Por supuesto, la película vuelve a ser un vehículo para el hombre de las mil caras, al que el charlatán del side-show anuncia no sin cierta ironía como “el hombre de las cien voces”. Para que no cupiera duda y en un ardid publicitario promovido por la productora Chaney firma ante notario una declaración en la que testimonia solemnemente que todas las voces que utiliza el Profesor Echo en la película han sido moduladas por él mismo, sin intervención técnica ninguna. Ésta sería su última proeza. Apenas un mes después del estreno de la película, Chaney ingresa en un hospital donde fallece el 26 de agosto de 1930, a la edad de 47 años. La imagen de Chaney en la trasera del tren exclamando “¡Te enviaré una postal!” es su postrera despedida del público.



Last, but not least… Mientras que en la primera cinta el simio gigante es un orangután actuando en un decorado reducido —un truco bien resuelto, aunque impide mostrar directamente en pantalla la interacción con el resto de los personajes— en la versión de Conway, el gorila no es otro que el imprescindible Charles Gemora.


The Unholy Three (El trío fantastico, 1925) 
Producción: Metro-Goldwyn-Mayer (EEUU) 
Director: Tod Browning. 
Guión: Waldemar Young, basado en una novela de Clarence Aaron 'Tod' Robbins. 
Intérpretes: Lon Chaney (Profesor Echo, el ventrílocuo/ Mrs. “Granny” O'Grady), Mae Busch (Rosie O'Grady), Victor McLaglen (Hercules), Harry Earles (Tweedledee), Matt Moore (Hector MacDonald), Walter P. Cole (el Esqueleto Humano), Vera Vance (la bailarina exótica), Delmo Fritz (tragasables), Peter Kortes (tragasables), Alice Julian (la Gorda), John Millerta (El Hombre Salvaje de Borneo), Walter Perry (el charlatán), Matthew Betz (detective Regan), Edward Connelly (el juez), William Humphreys (el abogado defensor), A.E. Warren (el fiscal), Charles Wellesley (John Arlington), Marjorie Morton (Mrs. Arlington), Carrie Daumery. 
86 min. Blanco y negro + tintados. 

The Unholy Three (El trío fantastico, 1930) 
Producción: Metro-Goldwyn-Mayer (EEUU) 
Director: Jack Conway. 
Guión: J.C. Nugent y Elliott Nugent, basado en la novela de Clarence Aaron 'Tod' Robbins.
Intérpretes: Lon Chaney (Profesor Echo, el ventrílocuo/ Mrs. “Granny” O'Grady), Lila Lee (Rosie O'Grady), Ivan Linow (Hercules), Harry Earles (Tweedledee), Elliott Nugent (Hector McDonald), Cecilia y Linda Parker (las hermanas siamesas), Sylvester (tragasables), Birdie Thompson (Ida de Idaho, la Gorda), De Garo (tragafuegos), Jack Baxley (charlatán 1º), Richard Carle (charlatán 2º), John Miljan (el fiscal), Clarence Burton (detective Regan), Crauford Kent (abogado defensor), Joseph W. Girard (el juez), Trixie Friganza, Fred Kelsey y Chales Gemora (el gorilla). 
72 min. Blanco y negro. 

4 comentarios:

El Abuelito dijo...

Grandísima entrada sobre dos filmes que para mí son de cabecera, de los que nunca me canso de oir hablar... ¡Qué lástima grande que el estrangulamiento de la pequeña bajo el árbol de navidad fuera cortado! ¡Con lo bien que le iba...! La verdad es que en este sentido no deja de asombrarme que la industria tragase con Browning, un descreído lleno de morbo, y que el público otorgase su favor a filmes tan enfermos como este mismo, o como West of Zanzibar o The Show... Dudo que con la (hiper)sensibilidad actual se dejase hacer cine como este, y aún más dudo de que los públicos mayoritarios lo acogiesen con gusto...

Sr. Feliú dijo...

Venerable Abuelito:

Parece que la crítica nunca se sintió demasiado atraída por sus colaboraciones con Lon Chaney, a las que tachaban de melodramáticas y estrambóticas. Sin embargo, el público las adoraba y, en buena lógica capitalista, el estudio las respaldaba.

Nos ha contado usted muchas veces que las gentes sencillas adoran el folletín y la pareja era capaz de llevarlos al paroxismo. A veces, además, encontraban una metáfora afortunada sobre la renuncia, la expiación, la diferencia o el sufrimiento.

Tal sucede en "Freaks" que, sin embargo consiguió suscitar el asco unánime de críticos, espectadores y ejecutivos. Browning había pasado la línea roja y ya no volvió a tener nunca la libertad de que había gozado hasta entonces.

A sus nietos también les duele la pérdida de la bella escena del estrangulamiento infantil que, al parecer, Conway ni siquiera rodó.

angeluco10 dijo...

Lo mismo iba a decir yo (escena del estrangulamiento y extrañeza de que la dureza de Browning fuera aceptada en la industria) así que sólo me queda felicitar por tan buenos comentarios.

Sr. Feliú dijo...

Gracias por el suyo, don angeluco.

Su fidelidad nos alienta a seguir al pie del cañón del hombre-bala.