20 de agosto de 2012

Una sesión de magia por la compañía del doctor Vogler



Ansiktet (El rostro, 1958), Ingmar Bergman

Entre 1952 y 1958 Ingmar Bergman se establece en Malmö como director del teatro municipal. En los meses de julio y agosto, cuando la compañía está libre de compromisos teatrales, suele rodar una o dos películas para la Svensk Filmindustri. Aunque va ahondando en sus preocupaciones–el amor, el pecado, la muerte, el Bien y el Mal y otras banalidades por el estilo- en la superficie suele colocar un erotismo cada vez más evidente. Acaso por esta razón Sommaren med Monika (Un verano con Mónica, 1953) o Sommarnattens leende (Sonrisas de una noche de verano, 1955) obtienen el beneplácito del público en Suecia y se venden en el extranjero. Alentado por esta respuesta, Bergman concibe una un argumento que trata, esencialmente, sobre el oficio de actor y su relación con la sociedad que lo alimenta: Ansiktet.


El Teatro Magnético
El doctor Vogler (Max von Sidow) es el director del Teatro Magnético, un experto en lo que Mesmer llamaba “magnetismo animal”. En su trashumancia le acompaña su abuela (Naima Wifstrand), una vieja cantante de ópera, ahora dedicada a realizar toda clase de conjuros y a preparar pócimas que lo mismo valen para rendir al amado que como callicidas. El bocazas de Tubal (Ake Fridell) se encarga de la logística y la propaganda y, como asistente, el andrógino señor Aman (Ingrid Thulin), que es, en realidad, la señora de Vogler travestida.


Camino de Estocolmo Vogler y sus acompañantes tropiezan con Johan Spegel (Bengt Ekerot), un actor, despedido de la compañía Stenborg por su alcoholismo, que volverá de la muerte para interpretar su último acto. Durante la noche, se instalan en casa del cónsul Egerman (Erland Josephson) y su esposa (Gertrud Fridh), carne de cañón para el embaucador Vogler porque su hijita ha muerto hace apenas un año y ambos estás sedientos de explicaciones, aunque sean sobrenaturales.


El escéptico doctor Vergérus (Gunnar Björnstrand) conoce los antecedentes como curandero y charlatán de Vogler. A pesar de ello, aceptan que pernocten en la casa y que, al día siguiente ofrezcan uno de sus espectáculos.


La sesión sigue con el siguiente programa:
a   -una levitación, cuyo truco desvela el comisario Strabeck (Toivo Pawlo),
     -una sesión de hipnotismo en la que la mujer del comisario (Ulla Sjöhlom) revela toda clase de lindezas sobre el comportamiento de su marido,
     -una sugestión inducida mediante la que el cochero Antonsson (Oscar Ljung) se cree atado por cadenas y, cuando por fin consigue liberarse, estrangula a Vogler.


A partir de la muerte de Vogler, Ansiktet deriva hacia lo terrorífico: autopsias, suicidios, manos cortadas que recobran vida autónoma, apariciones espectrales… Son estas escenas pródigas en sombras expresionistas y en reflejos de lo sobrenatural que se materializa en esos espejos tan queridos por los magos.


Es apenas un interludio. Si Bergman ha puesto en escena sucesivamente, en un juego de cajas chinas, el drama metafísico, la farsa de amos y criados, la sesión de magia y el “grand guignol”, la conclusión nos devuelve al patetismo de la vida de los cómicos ambulantes, mercaderes de ilusiones saldadas.

 
Los magos, simples cómicos, al fin y al cabo, terminan asumiendo fatalmente —postula Bergman— su condición de bufones de la burguesía a cambio de unas monedas.


Ansiktet (El rostro, 1958)
Producción: Svensk Filmindustri (SUE)
Guión y Dirección: Ingmar Bergman.
Intérpretes: Max von Sydow (Albert Emanuel Vogler), Ingrid Thulin (Manda Vogler / Aman), Gunnar Björnstrand (el doctor Vergérus), Bengt Ekerot (Johan Spegel), Naima Wifstrand (Ágata de Macopazza, (la abuela Vogler), Bibi Andersson (Sara), Åke Fridell (Tubal), Erland Josephson (el cónsul Abraham Egerman), Gertrud Fridh (Ottilia Egerman, su esposa), Lars Ekborg (Simson), Toivo Pawlo (Frans Starbeck, comisario de policía), Oscar Ljung (Antonsson, el cochero), Sif Ruud (Sofia Garp), Ulla Sjöblom (Henrietta Starbeck), Axel Düberg (Rustan), Birgitta Pettersson (Sanna).
100 min. Blanco y negro.

2 comentarios:

angeluco10 dijo...

La ví de pequeño,tal vez demasiado pequeño para comprender lo que veía pero me gustó,me encantó y siempre he recordado el desfile de los encadenados tras la muerte al final de la película pero nunca la he vuelto a ver.

Sr. Feliú dijo...

Suponemos que se refiere usted a El séptimo sello y no a El rostro, don angeluco.

Es película de un simbolismo un poco trasnochado pero de una belleza inmarcesible. Eso sí, aguarde a verla en alguna fresca noche otoñal; no se le ocurra verla ahora, en plena canícula, porque el sofocón puede ser de aúpa.

Siempre suyos, el profesor Javier y el Sr. Feliú