30 de septiembre de 2013

Bromas, mefistofelismo y magia de barraca




El crimen de Pepe Conde (1946), José López Rubio

El crimen de Pepe Conde es la prueba fehaciente de que segundas partes pueden ser no sólo buenas, sino mejores que las primeras. Esta secuela retoma al personaje que había creado Miguel Ligero en la adaptación cinematográfica realizada en la inmediata posguerra de una comedia de Pedro Muñoz Seca. Se hizo cargo de ella José López Rubio, uno de nuestros directores más internacionales puesto que había pasado toda la década anterior trabajando fuera de España. Su aprendizaje tuvo lugar en la unidad de producciones hispanas de la Fox, en Hollywood. Finalizada, la guerra realiza una versión de La malquerida, de Benavente, cuya primera vuelta de manivela se debía haber dado el 19 de julio de 1936. Inmediatamente después rueda dos comedias al servicio de Miguel Ligero, Sucedió en Damasco (1942) y el primer Pepe Conde (1941), donde cobran vida este sevillano supersticioso y cobardica, al que el marqués de Hinojos (Jesús Tordesillas) hace objeto de toda clase de bromas pesadas.


En la secuela, libre ya del yugo de la comedia original, López Rubio urde una historia de rara coherencia y ribetes fantásticos. Como el bueno de Pepe Conde está enamorado hasta las cachas de una muchachita trianera llamada Reyes (Antoñita Colomé), el marqués trama una broma monumental. Pone en manos del crédulo Pepe Conde un conjuro para invocar al diablo, que según el aristócrata se pasea todas las noches a las doce en punto por el Puente de Triana. Espoleado por la esperanza de conseguir a la mujer de sus sueños, Pepe Conde recita el conjuro y ante él se presenta el mismísimo Satanás (Arturo Marín), que obrará prodigios sin cuento para que el protagonista firme el protocolario contrato por el que ofrece su modesta alma, a cambio de dinero, mansión y haiga con los que deslumbrar a Reyes.


También participan en la broma los criados de la casa (Casimiro Hurtado y Fernando Aguirre) convenientemente caracterizados y el señorito canalla que ha hecho creer a Reyes que se casará con ella. El crimen al que se alude en el título es el que comete el protagonista cuando cree haber apuñalado a éste. Al final, como en cualquier tragedia grotesca, Pepe Conde hará valer su bonhomía frente a tanto canalla con ganas de guasearse de los que nada tienen, salvo su dignidad.


Resulta cuando menos sorprendente que la Censura española dejara pasar por alto las alusiones a las diferencias de escalafón entre almas de ricos y pobres, los chistes a costa de la iglesia católica y los mil aspectos fantásticos de la cinta. En todo caso, lo hace porque las “desorbitadas situaciones y escenas burdas” son sólo admisibles “en obsequio a la comicidad a base de sal gorda esparcida a todo lo largo de la producción”. A costa de otorgarle una exigua calificación oficial y limitar, por tanto, su distribución y su rendimiento, la farsa sale adelante.


López Rubio se encarga de suavizarlo todo con la inclusión en la trama del mago “Satán López”, maestro en trucos de barraca, hipnotismo, pirotecnia… y estafa, porque le sopla al marqués trece mil duros de la cuenta bancaria. Satán López lleva primero a Pepe Conde a su casa, un fonducho de tres reales, que el mago califica de “sucursal del infierno en Sevilla”. Aquí, despliega toda clase de trucos; de la momia viviente a la cabeza parlante, del fregolismo a la adivinación. Y aún no ha empezado la cosa porque cuando lo lleva a la mansión sometido a su poder hipnótico, los trucos devienen estrictamente cinematográficos, a base del mélièsiano paso de manivela, pirotecnia, iluminación y magia de gran espectáculo. El gran logro de López Rubio es conjugar el cine de atracciones con la tragedia grotesca sin que el ensamblaje chirríe.


Al final, con ocasión de la venganza de Pepe Conde, tendremos ocasión de presenciar su espectáculo de barraca: la aparición de una paloma y el abortado número de escapismo del “Armario Mágico” que culminará en tremenda paliza digna del “Pulgarcito” de los años cuarenta y cincuenta. También nos remiten a este universo, esqueletos y fantasmas de los de sábana blanca, personajes de un fantastique ingenuo en el que los vigilantes de la moral veían –vayan ustedes a saber si no sin razón- una amenaza a la ortodoxia y a esa mixtificación adocenadora que parece que vuelve a ponerse de moda… el sentido común


El crimen de Pepe Conde (1946)
Producción: Cesáreo González-Suevia Films (ES)
Guión y Dirección: José López Rubio, basado en los personajes creados por Pedro Muñoz Seca en Pepe Conde o el mentir de las estrellas. Diálogos: Francisco Ramos de Castro.
Intérpretes: Miguel Ligero (Pepe Conde), Antoñita Colomé (Reyes), Jesús Tordesillas (don Gaspar), Arturo Marín (Satán López / Satanás), Luis García Ortega (Rafael Pinto), María Cañete (Trini), Casimiro Hurtado (“Tizón”), Fernando Aguirre (“Cojuelo”), Fernando Fresno (el vecino de Reyes), Félix Fernández (el sacristán), Mercedes Muñoz Sampedro (la criada), Juan N. Solórzano (el chófer), Guillermo Marín (un transeúnte).
95 min. Blanco y negro.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Magia de posguerra, con demonios y esqueletos, unos fotogramas de lo más sugestivos... ya la he puesto a bajar en la mula; la desconocía por completo...

EL ABUELITO

Sr. Feliú dijo...

Disfrútela usted, venerable Abuelito, que es película muy disfrutable, carente de arritmias y con dos estupendas interpretaciones de Jesús Tordesillas, como aristócrata malaje, y Arturo Marín, relegado habitualmente a pequeños papeles de conspirador o prestamista judío en el cine español de los cuarenta. Miguel Ligero tira de repertorio, pero se le ve tan a gusto jugando a fantasmas, que se le perdona.

Ya nos contará...

Sus nietos depositan un ósculo en sus albas guedejas