19 de septiembre de 2013

La Máquina Loca



Víctimas del pecado (1951), Emilio “Indio” Fernández

Víctimas del pecado sublima el melodrama de ficheras y lo eleva a la categoría de delirio. Y en el centro, precipitándose desde lo más alto, como estrella del cabaré Changó a la reclusión en la prisión de mujeres de Ciudad de México, separada del hijo que no es suyo y al que idolatra, la rumbera Ninón Sevilla.


Lo de Elvis Presley es puro cuento. La pelvis de Ninón es la máquina loca. La máquina del desenfreno de los ritmos afrocubanos que transmiten a través de sus caderas y sus brazos una descarga eléctrica. Nobleza obliga: durante la primera mitad de la película los números musicales se acumulan. Violeta recibe la alternativa de la cubana Rita Montaner. Pedro Vargas canta: “¿Por qué te hizo el destino pecadora, si no sabes vender el corazón?”


La canción no está dedicada a Violeta, que todavía no ha conocido la hiel de la renuncia, sino a Rosa (Margarita Ceballlos), enamorada hasta las trancas del pachuco Rodolfo (Rodolfo Acosta), proxeneta, homicida, canalla y hampón. Su lema: “Al que quiera azul celeste, que le cueste”.


La condición para que Rosa, que ha tenido un hijo suyo pueda seguirlo al infierno, es que abandone al niño. “¿Dónde se tira lo que no sirve para nada?” Rosa no se lo piensa dos veces y deposita a su hijito recién nacido en un cubo de basura.


De allí lo rescata Violeta, dispuesta a renunciar a su carrera con tal de criarlo. De sacrificio en sacrificio, terminará haciendo la calle, donde conoce a don Santiago (Tito Junco), el propietario de otro cabaré próximo a la estación llamado La Máquina Loca. Para que quede claro que no estamos ante un tipo cualquiera, don Santiago se hace acompañar por un mariachi, que canta sus hazañas mientras examina el ramillete de flores de meretricio apostadas a las puertas de tabucos infames.


Pero, ay, también Rodolfo ha dado con Violeta. Pretende explotarla y deshacerse de una vez de ese niño que está manchando su nombre. Violeta defiende a la criatura con uñas y dientes. Ante el juez, acusa a Roberto del robo y asesinato que cometió. “Sólo de la tumba no se sale”, amenaza Roberto. Y así pasan seis años en los que Violeta vuelve a ser primero fichera y luego principal atracción como bailarina de La Máquina Loca. Seis años en los que se gana un huequecito en el corazón de Santiago. Seis años en los que el pequeño Juanito se educa en un internado para que no sepa la infamante profesión de su madre adoptiva. Seis años en los que Rodolfo ha purgado su pena en prisión y sale en busca de venganza.


Víctimas del pecado está dirigida por el “Indio” Fernández y fotografiada por Gabriel Figueroa. De los paisajes anubarronados del México rural y los rostros de rasgos indígenas que constituyen el grueso de su filmografía conjunta a lo largo de los años cuarenta, pasan al ambiente turbio y humoso del cabaré. Los exteriores suburbiales están fotografiados en el crepúsculo, con el penacho negro de las locomotoras ensombreciendo el cielo y el destino de la protagonista. Uno de estos planos, sobre el que aparece la palabra “Fin”, desdice el final moralizante y luminoso que la película ha querido poner en boca del director de la prisión que libera a Violeta para que se reúna con Juanito en el Día de la Madre.


Absolutamente todas las relaciones se rigen por la jerarquía de poder y el intercambio económico. La solidaridad del meretricio apenas toma cuerpo en algunas peleas a gritos. La violencia física está a la orden del día. Las mil explosiones del cine de hoy, no nos preparan para la sequedad de las bofetadas reiteradas y las palizas que se propinan en Víctimas del pecado. En cambio, los disparos están siempre relatados con una economía narrativa encomiable. Una imagen fulgurante muestra a Violeta entrando por la ventana, revólver en mano, para rescatar a su hijo, al que Rodolfo quiere llevar por el camino de la delincuencia. Nos quedamos con ella.


Víctimas del pecado (1951)
Producción: Cinematográfica Calderón (MX)
Director: Emilio Fernández.
Guión: Mauricio Magdaleno, Emilio Fernández.
Intérpretes: Ninón Sevilla (Violeta), Tito Junco (Santiago), Rodolfo Acosta (Rodolfo), Rita Montaner (Rita), “Poncianito” (Juanito), Margarita Ceballos (Rosa), Arturo Soto Rangel (el director de la prisión), Francisco Reiguera (don Gonzalo), Lupe Carriles (doña Longina, la portera), Jorge Treviño (el vendedor de zapatos) y las actuaciones de Rita Montaner, Pedro Vargas e Ismael Pérez Prado.
90 min. Blanco y negro.