24 de noviembre de 2014

Lanzador de cuchillos y falsificador




L'angelo bianco (1955), Raffaello Matarazzo

Donde menos se espera salta la liebre. ¿Quién nos iba a decir a nosotros que en mitad de un melodrama sobre la paternidad y el amor imposible nos íbamos a encontrar con un lanzador de cuchillos llamado Mario de la Torre?


Desde que en 1949 rodase Catene, Raffaello Matarazzo se convierte en el especialista en melodramas del cine italiano. Su serie de películas con Amedeo Nazzari e Yvonne Sanson son éxitos clamorosos de taquilla y labran la fortuna de la Titanus.


En 1951 Matarazzo realiza la tercera versión de un argumento que la productora ya había rodado durante la etapa silente y durante la guerra. Su título: I figli di nessuno (Los hijos de nadie). Se narra aquí la historia de Guido (Nazzari), un aristócrata enamorado de Luisa (Sanson), la hija del guardia de la cantera de Carrara. La condesa (Françoise Rosay) ve con malos ojos los amores de su hijo con una plebeya y, con la complicidad del malvado capataz (Folco Lulli) se las arregla para separarlos y hacer creer a la madre que su hijo ha muerto. Luisa, destrozada, ingresa en un convento y toma el nombre de sor Addolorata). Ignorante de su vástago, Guido se casa con una dama de su misma clase (Enrica Dyrell) y tiene una hija. Pero el chico escapa del internado y busca en Carrara a quien paga las facturas del colegio. El chico morirá a consecuencia de una explosión en la cantera y sor Addolorata y Guido se reunirán cuando sea ya demasiado tarde.


Pues bien, L’angelo bianco comienza en este punto preciso, con un montaje de imágenes que nos retrotraen a la película estrenada cuatro años antes. Lo que en I figli di nessuno eran apuntes de lucha de clases en torno a las condiciones de explotación en que viven los empleados de la cantera, se torna en esta segunda parte en puro delirio masoquista. Guido se separa de su mujer al comprender que sólo ha amado a Luisa. Al intentar huir de los abogados, Elena y su hija fallecen en un accidente marítimo. Guido es siquiera incapaz de quitarse la vida. Intenta volver al trabajo y, en una estación, ve en otro tren a una mujer idéntica a Luisa. Sin dudarlo un segundo, abandona el tren y sigue a esta doble escandalosa y procaz. Se llama Lina (de nuevo Sanson) y es artista de variedades.


Guido la abandona una y otra vez, y una y otra vez vuelve a ella, arrebatado hasta el extravío, febril. Mario de la Torre (Philippe Hersent), un compañero que actúa en la misma compañía de variedades que Lina como lanzador de cuchillos y, probablemente, su amante y explotador, la exhorta a aprovecharse del acaudalado aristócrata. Esa noche, ambos se rinden a las leyes del deseo. Pero, ay, el tal Mario de la Torre se dedica a distribuir moneda falsa aprovechando los trasiegos de la compañía, la policía descubre un maletín en la habitación de la artista y ella termina en la cárcel. Y, además, embarazada de Guido.


No les contamos más que seguro que ya no les quedan a ustedes pañuelos. Las escenas en los teatros tienen lugar entre bambalinas, así que no hay ocasión de comprobar la puntería de Mario de la Torre. Dos veces lo vemos ensayando y aunque, por la distancia, parece poco perito en tan difícil especialidad, cuando amenaza a Lina los cuchillos coadyuvan al ambiente ominoso.


L'angelo bianco (1955)
Producción: Titanus / Labor Films (IT)
Director: Raffaello Matarazzo.
Guión: Aldo De Benedetti, Raffaello Matarazzo, Giovanna Soria, Piero Pierotti.
Intérpretes: Amedeo Nazzari (Guido), Yvonne Sanson (Luisa / sor Addolorata / Lina), Enrica Dyrell (Elena), Alberto Farnese (Poldo), Flora Lillo (Flora), Philippe Hersent (Mario de la Torre), Nerio Bernardi (Rossi, el abogado), Virgilio Riento (Marini, el médico), Emilio Cigoli (el director de la prisión), Olga Solbelli.
100 min. Blanco y negro.