12 de Julio de 1892 (Düsseldorf) – 27 de marzo de 1963 (Munich)
¡Les presentamos al hombre dinamita! ¡El Fairbanks teutón! ¡El productor al que no le importaba poner en peligro, título tras título, la vida de su protagonista rodando escenas de riesgo inusitado porque el protagonista era… él mismo! ¡El increíble Harry Piel!
El acróbata que se convirtió en cineasta
El joven Heinrich “Harry” Piel había sido guardiamarina en su Alemania natal. En 1912 viajó a París con la intención de profesionalizarse como acróbata. Allí se encontró con Leonce Perret que dirigía películas para la poderosa Gaumont y, sin pensárselo dos veces se convirtió en guionista. De vuelta a Alemania fundó su propia productora y, aunque quebró un par de veces, nunca cejó en el más difícil todavía. Además de las funciones de director, guionista y productor, desde 1915 asumió las de actor.
En Die Grosse Wette (1915) tenía que enfrentarse a unos robots. Nada que pudiera despeinarle: el sello de la casa eran las escenas de riesgo espectaculares. A principios de los años veinte realizó una serie de películas en las que encarnaba al temerario detective Joe Deebs, siempre dispuesto a una vertiginosa persecución en automóvil o a saltar sobre cualquier abismo. Aunque no fuera del todo cierto, Piel aseguraba que él mismo realizaba todas estas proezas. Tuvo que dirigir algunas escenas de Sein bester Freund (1929), ambientada en el mundo de la revista, desde una silla de ruedas después de haber sufrido un accidente durante el rodaje de una secuencia en la que bajaba en motocicleta por la escalinata de un hotel. Gajes del oficio.
Pero como toda emoción le parecía poca vio el cielo abierto cuando trabó amistad con un encargado de volar edificios y construcciones en ruinas. Llegó a un acuerdo con él, a fin de que le avisase para rodar impresionantes escenas de acción en medio de las demoliciones. La fascinación por lo norteamericano es evidente –sus persecuciones deben más a los seriales de Pearl White que a los de Feuillade- hasta en la elección de los nombres de sus personajes, tantas veces llamados Harry Peel o Harry Peters.
No tenía un físico demasiado adecuado para el género: pelo engominado, cara redondita, como de pepona, falseada además en el periodo silente por un maquillaje excesivo de ojos y boca. La virilidad del hombre de acción se encoge en cuanto debe enfrentarse a una de sus compañeras femeninas, ante las que adopta un gesto displicente que, por otro lado, es consustancial con su personalidad cinematográfica. Cuando consigue el objeto cuya búsqueda ha desencadenado la acción lo alza en el aire con gesto triunfal, mientras la otra mano reposa en la cadera, las piernas abiertas y una sonrisa de perdonavidas. A uno se le escapa en dónde pudiera residir su sex-appeal, pero el público que pasaba una y otra vez por taquilla para ver sus películas lo tenía claro.
Harry Piel y su tigre de Siam
Detective aficionado o caballero del gran mundo, hasta pasar el rubicón del cine sonoro, Harry Piel sólo prescinde del sombrero de copa cuando lo sustituye por el turbante de sus aventuras orientales o por el sombrero de cowboy.
En Unter heißer Zone (1916) Piel incluyó escenas con animales por primera vez. A partir de ese momento comenzó a colaborar en su entrenamiento y lo convirtió en uno de sus sellos de identidad, lo que le llevaría a ambientar sus siguientes películas en escenarios exóticos o, como no, en el circo. Uno de sus compañeros de reparto habituales en los años veinte fue el tigre Byla. Según la publicidad, Byla habría sido capturado en Siam cuando era un cachorro por el propio Harry Piel en una de sus habituales aventuras cinegéticas. La prensa aseguraba que era “el único ejemplar en el mundo que haya llegado a un grado de domesticidad similar al de un perro, pues come a los pies de Harry Piel, toma el té en su misma mesa y se acuesta en un diván, al pie de la cama. El tigre Byla –concluye el reportaje- no permanece en ninguna jaula, y pasea por los estudios sin otra precaución que la mano de su dueño asida a su collar”.
En Was ist los im Zirkus Beely?(El misterio del circo, 1927) –rodada en el Zirkus Renz de Viena y de la que tendrán ustedes noticia en breve- Harry y Byla comparten varias escenas y es fácil comprobar la familiaridad que existe entre el gran felino y el intrépido actor. Nada más terminar esta cinta, Harry Piel se embarcó en Sein größter Bluff (1927), en la que encarnaba el doble papel de los gemelos Devall y compartía pantalla con una primeriza Marlene Dietrich y el liliputiense Paul Walker, que interpretó algunas películas con el sobrenombre de “Goliath”. Panik (Panik, 1928), realizada al año siguiente tenía un argumento policiaco –Harry debe cazar al peligroso criminal Arsenio Dupin- pero era una mera excusa para que se enfrentase una vez más a Byla y al grupo de leones con las que ya había tenido que vérselas en el Circo Beely.
Harry Piel, que era su propio productor con la marca Ariel, realizó la transición al sonoro sin dificultad. Volvió ocasionalmente a los argumentos de corte fantástico -Ein Unsichtbarer geht durch die Stadt (1933), en la que un taxista encuentra un casco que lo otorga la invisibilidad- pero, en una carrera que ya había sobrepasado los cien títulos, regresó una y otra vez al circo y a la selva, donde pudiese desenvolverse entre fieras. Artisten (Gran atracción, 1935), Der Dschungel ruft (La voz de la selva, 1936) o Menschen, Tiere, Sensationen (1938), rodada en el Circo Sarrasani de Dresde, dan fe de ello.
Desnazificando a Heinrich
Harry Piel siguió produciendo aventuras sin cuento hasta el final de la segunda Guerra Mundial, cuando fue depurado por haber pertenecido al Partido Nazi. De poco le había valido, porque Panik (1943, no confundir con la película del mismo título de 1928), que trataba sobre el bombardeo del parque zoológico de Hamburgo y la consecuente estampida de animales salvajes que invaden la ciudad, no fue del agrado del Ministerio de Propaganda. Goebbels prohibió la exhibición de la película por los efectos desmoralizadores que pudiera tener sobre la población. Cuando las tropas rusas entraron en Berlín, se llevaron las copias. Para colmo, durante los bombardeos habían resultado destruidos buena parte de los negativos de sus películas.
Harry Piel volvió en 1950 tras las cámaras y, de paso, al circo y a sus amados tigres con Der Tiger Akbar (1950, también conocida como Panik im Zirkus Williams). Entonces consiguió recuperar el negativo de Panik, rodó nuevas escenas y la estrenó con el título de Gesprengte Gitter (1953). Pero el público ya no aceptaba al veterano Harry Piel como el intrépido aventurero que había encarnado en los años veinte, en la cúspide de su fama. Las muchachitas que se habían enamorado de él entonces estaban a punto de convertirse en abuelas y los niños que admiraron sus proezas y sobrevivieron a la segunda Guerra Mundial estaban forjando la gran Alemania del “Milagro Económico”.
Sr. Feliú
El documental Harry Piel - Der Entfesselte (2004), de 15 minutos, producido por el canal franco-alemán Arte, realiza un repaso por la carrera del actor/director.
El sitio web oficial (www.harry-piel.com) no proporciona demasiada información.
¿Cómo ha terminado la gran Svengali, la voz de oro que asombró a los teatros de Ópera de todas las cortes europeas, a dar en el Café de la Esfinge del Cairo, después del número de las seis bailarinas marroquíes de mademoiselle Doro? La verdad es que la cosa no es fácil de explicar. Ya lo dice el maestro Svengali en la película que lleva su nombre: “Hay cosas entre el cielo y la tierra que resultan inexplicables”.
Todo comienza en el París de Murger, el de las escenas de la vida bohemia, servido con toques expresionistas y un innovador uso de los techos, por el escenógrafo Anton Grot. Svengali (John Barrymore), virtuoso del piano, da lecciones de canto que apenas les permiten sobrevivir a él y a su compañero, el violinista Gecko (Luis Alberni). Trampean y viven del sablazo, lo que da lugar a varias situaciones cómicas. Pero, ojo. Cuidadito con el grotesco Svengali, que no soporta ni un tanto así la estupidez o la fealdad. Cuando la pobre madame Honorine (Carmel Myers) le confiesa que ha dejado a su marido sin pedirle un franco para entregarle su voz al maestro, Svengali la envía directamente a arrojarse al Sena.
Para algo tenían que valerle sus poderes hipnóticos. Archie Mayo, el director, los pone en imágenes muy pronto: en cuanto Svengali conoce a la modelo Trilby (Marian Marsh). El hechizo es mutuo. Svengali cae rendido ante su belleza y ella ante su poder hipnótico. En una escena bellamente coreografiada la llamada mesmérica de Svengali recorre París desde la buhardilla del maestro al lecho donde Trilby probablemente soñaba con un pintor guapete y tontorrón llamado Billy (Bramwell Fletcher), que se escandaliza al verla posar desnuda y quiere llevarla a Inglaterra para presentarle a su madre.
Gracias a estos poderes Svengali hace que Trilby abandone a su amado y se entregue a él. Siguen cinco años de éxitos. Los teatros de la Ópera de Viena, San Petersburgo y Madrid se rinden a los pies de la prodigiosa garganta de “la Svengali”. El zar le regala joyas; las entradas para su debut en París se agotan; el público –Billy, como uno más- se agolpa en los pasillos. Svengali hace cantar a su marioneta como los ángeles, aunque para ello dirija su orquesta zíngara vestido no sabemos si de húsar de opereta o de domador de circo. El esfuerzo es supremo. Tanto que el corazón de Svengali flaquea. Y en estos momentos es cuando Trilby recupera la conciencia de sí misma y reconoce a Billy. El joven la sigue por todo el mundo y los conciertos de Roma y Nápoles se suspenden para desesperación del agente de la pareja (Paul Porcasi).
Svengali ha logrado el triunfo pero no ha conseguido que Trilby le ame. Si acaso ese simulacro de amor que no le satisface y que obtiene gracias al hipnotismo.
-Mírame a los ojos.
-¡Oh! Te quiero tanto.
-No, no, no. Cierra los ojos. No lo digas. Eres preciosa… Pero es sólo Svengali, hablando otra vez consigo mismo.
Y aquí los tienen ustedes, en el Café de la Esfinge, arrastrando la maldición de un amor no correspondido. No les cuento el final, pero les recomiendo una lectura que seguro les servirá de complemento a la película: “El ventrílocuo y la muda”, del escritor español de avanzada –y luego falangista- Samuel Ros. Publicada originalmente en 1930, hay un par de ediciones más o menos recientes que pueden encontrar en librerías de viejo.
Y no dejen de visitar ustedes El Desván del Abuelito, de cuyo voltio procede esta delicada muestra de amour fou.
Sr. Feliú
Svengali (Svengali, 1931)
Producción: Warner Bros. (EEUU)
Director: Archie Mayo.
Guión: J. Grubb Alexander, de la novela “Trilby”, de George du Maurier.
Intérpretes: John Barrymore (Svengali), Marian Marsh (Trilby O'Farrell), Luis Alberni (Gecko), Bramwell Fletcher (Billy), Carmel Myers (madame Honorine), Lumsden Hare (Taffy), Donald Crisp (el escocés), Paul Porcasi (Bonelli).
Antes de que se inventase el doblaje, en el alborear del cine parlante, a los grandes estudios norteamericanos se les ocurrió que el único modo de consolidar su hegemonía internacional era realizar versiones en distintos idiomas de cada una de sus películas de éxito. Así fue como en 1930 y 1931 algunos actores y escritores españoles convirtieron Hollywood en su particular El Dorado. Hubo un Drácula con actores hispanos rodado para la Universal por George Melford de noche, mientras Tod Browning y Bela Lugosi hacían el turno de día; hubo un Charlie Chan encarnado por el actor español Manuel Arbó en la Fox; y Juan de Landa se labró un futuro como el doble español de Wallace Beery en Metro-Goldwyn-Mayer.
A los capitostes de la Paramount se les ocurrió que mejor que andar importando talentos a Hollywood, podía establecerse en Europa y multiplicar las versiones idiomáticas por tantos equipos de actores y colaboradores literarios como fuera capaz de llevar a París. Los técnicos provenían de Estados Unidos. Entre 1930 y 1932 los estudios Paramount de Joinville-le-Pont se convirtieron en el Hollywood europeo. Equipos de todas las nacionalidades se daban allí cita dando lugar a lo que la tópica metáfora ha denominado la Babel del Sena, aunque los estudios estuvieran en realidad a orillas del Marne.
Cuatro versiones
Las primeras producciones realizadas en Joinville eran versiones de películas que ya habían tenido éxito en su estreno estadounidense. La productora encargaba la traducción y buscaba clones de sus intérpretes en el circuito teatral de cada país en los que pretendía realizar una versión idiomática.Así lo hizo con Half-Way to Heaven (1929), una de las innumerables películas pergeñadas a finales de los veinte al amparo de la popularísima Varieté (1925) y de la reciente Four Devils. Dirigió George Abbott, incorporado a la disciplina del estudio desde Broadway, donde ya contaba con un amplio prestigio como director de escena. Los protagonistas eran Charles “Buddy” Rogers, Jean Arthur y Paul Lukas. La crítica del “New York Times” hacía hincapié en el aspecto técnico: “The voices were as real as the actions of the players and, it should be added, the dialogue is sensible, with but a few awkward hushed passages”.
El público quedó satisfecho y esto debió de reflejarse en la taquilla porque Half-Way to Heaven tuvo en París versión francesa (A Mi-Chemin du ciel), alemana (Der Sprung uns Nichts), sueca (Halvvägs till himlen) y española (Sombras del circo), que es de la que nos vamos a ocupar. Como no queda rastro de ella seguimos el resumen argumental que publicó la revista “Films Selectos” el 1 de agosto de 1931. El novelizador, un tal Luis Ricardo, no duda en acumular tópico tras tópico en una narración que ya de por sí estaba cargada de ellos.“Entre los oropeles del circo –comienza-, puede asomar la faz lívida de la tragedia. Muñecos vistosos y divertidos para el público, los artistas que lo entretienen haciendo piruetas sobre el lomo de un caballo lanzado a todo galope, o desafiando, sin la gloria del héroe, la muerte que acecha en la cuerda floja o el trapecio, colocados a vertiginosa altura, son, después de todo, seres hechos del mismo barro que el resto de los mortales, vidas humanas sujetas a los imperativos del amor, de la ambición, del odio, de las ocultas fuerzas con que el destino va tejiendo, entre risas y lágrimas, la tela cuyos hilos comienzan en la cuna, para perderse en la tumba”.Ahí es nada.Lo que sigue es el clásico triángulo de celos en el trapecio. Greta (Amelia Muñoz), Tony (José María Blanco) y Nick (Félix de Pomés), conforman el trío de trapecistas del Circo Dixon. Ella ama a Ned e ignora el interés de Nick, que es el portor. Una noche Nick falla por unos centímetros en encuentro y Tony cae al vacío. Greta intuye lo que ha ocurrido pero el espectáculo debe continuar. Ned (Tony D’Algy) es contratado para sustituir al difunto, lo que hace no sólo en la cúpula del circo sino también en el corazón de Greta. Greta suplica a Ned que no siga adelante pues ha vuelto a leer en los ojos de Nick la misma determinación asesina que la noche en que murió Tony. Ned es ambicioso: quiere el amor de Greta y la gloria del triunfo en el circo, por lo que no está dispuesto a renunciar a ninguna de las dos cosas.
El número sensacional, el más difícil todavía, es el salto que Ned realiza encapuchado, fiándose únicamente de la voz de su compañero para la sincronización del encuentro. En lugar de ello, Ned consigue hacer presa con sus piernas en el torso de su compañero. El público cree que es una innovación y aplaude hasta el delirio.Vencido en este terreno, Nick plantea la rivalidad amorosa abiertamente. Ned debe abandonar el circo en el plazo de una hora.“Por toda respuesta, el valiente joven adelanta el reloj sesenta minutos y mostrándoselo al que trató de intimidarlo, le declara que se siente bastante hombre para defender el puesto que ocupa entre los acróbatas y el que Greta parece dispuesta a concederle en su corazón” –concluye el narrador del argumento.
Drama en el plató
Adrian reseña la versión francesa, pero como las escenas espectaculares y los planos generales son comunes a las cuatro versiones podemos afirmar que Amelia Muñoz está doblada por la trapecista Joan Tanya, cuyas evoluciones fueron filmadas en el gimnasio de Edmond Raynat.El drama esta vez no estuvo en la pista sino en el plató. Amelia Muñoz, hija del también actor Alfonso Muñoz, contrajo una pulmonía durante el rodaje de su siguiente película y falleció en París con tan sólo veintiún años y una prometedora carrera por delante.
Sr. Feliú
Sombras del circo (1931)
Producción: Paramount Pictures (EEUU)
Director: Adelqui MillarGuión: George Abbott, basado en la obra de Henry Leyford Gates “Here Comes the Bandwagon”.
Intérpretes: Amelia Muñoz (Greta Nelson), Tony D'Algy (Ned Lee), Félix de Pomés (Nick Pogli), Miguel Ligero (Slim), Antonia Arévalo (la señora Elsie), Alfredo Hurtado “Pitusín” (Eric Lee), Rafael Calvo (el empresario), Carmen Jiménez (la señora Lee), José María “Pepe” Blanco (Tony), Feliciano Catalán (Blackie), María Rosa de García (Doris).
Su seguro servidor, el Sr. Feliú, siempre deseoso de proporcionarles información de primera mano sobre los asuntos que nos preocupan, no ha tenido más remedio que pasarse por la Cinémathèque para visitar la exposición “Jacques Tati: Deux Temps, Trois Mouvements”.
De paso les he traído este catálogo que nos dará juego en el futuro pues cuenta con un largo artículo de Pierre Etaix de Fratellini y una interesante colaboración del intérprete de music-hall y colaborador de Tati, Pierdel.
También he visitado la Villa Arpel en el centro Cent Quatre, de la cuál les he traído estos emotivos recuerdos.
Relato de las peripecias de Philippe Petit para conseguir la hazaña artística ilegal más arriesgada de la historia, cruzar las Torres Gemelas, a una altura de más de 400 metros, y convertirse en el funambulista más famoso de nuestra época. Sirvió de base para el guión de Man on Whire, el documental ganador del Oscar de 2009.
Petit, Philippe
To reach the clouds. My high wire walk between the Twin Towers
Interesante libro del famoso funambulista conocido en el mundo entero por sus proezas equilibrísticas al aire libre, en monumentos conocidos (Torre Eiffel, Notre Dame, Torres Gemelas, etc.). En esta ocasión el autor nos relata su propia experiencia como malabarista y equilibrista de calle y algunas de sus hazañas como la realizada en Notre Dame. Además, la última parte del libro contiene un apéndice histórico sobre el funambulismo muy instructiva que se completa con una biografía del autor y una bibliografía especializada.
Philippe Petit