9 de octubre de 2009

Marion Dixon, la bala (comunista) humana




Tsirk (El circo, 1936)

Ilf y Petrov
Vamos, vamos… ¿Cómo que no se acuerdan de Ilf y Petrov? Pasaron por la carpa cuando les hablamos de la adaptación cubana de su farsa Las doce sillas.

Ilf y Petrov aquellos eran dos satíricos rusos enamorados del circo. O, al menos, les interesaba lo suficiente para dedicarle en 1934 una comedia titulada “Pod kupolom tsirka” -en castellano, “Bajo la carpa”-. Contaron en esta ocasión con la colaboración de Valentin Kataev, el hermano mayor de Petrov, que le había animado a dedicarse a la literatura. La obra fue escrita después de que los autores realizaran un viaje por Europa y Estados Unidos donde conocieron a Ernest Hemingway y a Henry Ford, además de tener ocasión de familiarizarse con el reciente cine norteamericano.

El encargado de llevar la obra a la pantalla es Grigori Alexandrov, inventor del musical a la soviética, que toma elementos de la opereta cinematográfica alemana y de la comedia musical americana, salpimentado todo con las convenientes dosis de propaganda.

Alexandrov había nacido y estudiado en Ekaterimburgo, había actuado como acróbata para distraer al Ejército Rojo y en el Proletkult coincidió con Eisenstein. Fue su ayudante en títulos míticos como Stachka (La huelga, 1925) y Bronenosets Potemkin (El acorazado Potemkin, 1925). Alexandrov también viajó a Estados Unidos junto a su mentor, antes de que la Paramount renunciase a rodar ninguno de los proyectos que el atrevido ruso sometía a la consideración de la productora y tuvieran que abandonar el rodaje de ¡Que Viva Mexico!. Alexandrov fue precisamente el responsable del montaje “oficial” de esta cinta Da zdravstvuyet Meksika! en 1979.

Alexandrov fue el director habitual –y luego marido- de la estrella de la canción Lyubov Orlova, que culminaría con la concesión de la Orden de Lenin en 1940.

Terror en Sunnyville
El principio de Tsirk es, como poco, desconcertante. Sunnyville, pequeña ciudad de Estados Unidos. El periódico local se hace eco del escándalo que supone para la pequeña ciudad la presencia de Marion Dixon, la bala humana del circo local.

Sin darnos tiempo a procesar la información, vemos a la atribulada Marion (Lyubov Orlova) corriendo con su bebé en brazos perseguida por una turba que pretende lincharla. Todo es muy rápido. Ella alcanza el tren y encuentra a un hombre que se ofrece a protegerla. En realidad se trata de un gesto interesado, ya que se trata del malvado Franz Von Kneishitz (Pavel Massalsky). El emblema de la compañía ferroviaria es una bola del mundo en la que vemos el acrónimo de los Estados Unidos. La bola gira. Ahora podemos leer claramente CCCP, Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas. La bola desciende desde la cúpula del circo. Sirve para que la foca amaestrada haga su número y para que jueguen con ella los perros futbolistas.

Silencio. Va a hacer su entrada en la pista la protagonista del número sensacional: la gran atracción internacional: La bala humana.

El número, mezcla de vaudeville y circo, es verdaderamente impresionante. Marion hace su aparición en una plataforma tirada por seis caballos blancos. Von Kneishitz descubre la tela que cubre la peana y descubrimos que es un inmenso cañón… y a un payaso, imitador de Chaplin (N. Otto), que se ha quedado allí dormido. Von Kneishitz acciona la palanca que pone el cañón en vertical y Marion trepa hasta la boca donde canta una de sus canciones y baila claqué. Luego, mientras entona el “goodbye” final, desciende en vertical por el alma del cañón. Se encienden miles de bombillas. La cúpula del circo queda tachonada de estrellas eléctricas. Von Kneishitz apunta la pieza de artillería hacia un gran aro blanco con una luna pintada. Advierte a Marion de que está listo y dispara. El imitador de Chaplin busca refugio en el seno de una señora gruesa. La cantante sale volando, atraviesa el aro de papel y se cuelga de otro aro con el perfil de la luna en creciente. Hace un par de piruetas para sentase en él y, desde allí, interpreta una nostálgica serenata. Luego, sin red, realiza una serie de ejercicios.

Martynov (Sergei Stolyarov), un soldado condecorado, contempla boquiabierto todo el número junto al director del circo (Vladimir Volodin). Desde el centro de la pista Von Kneishitz hace girar el aro en el que está sentada Marion una espiral descendente. Al pasar ante el palco, Martynov le arroja un ramo de flores a la cantante. Ésta le devuelve una flor.

El flechazo es fulminante, a pesar de que Von Kneishitz golpea a Marion porque no quiere perder a su más preciada posesión. Por si acaso, Von Kneishitz torna su atención hacia Rayechka (Yevgeniya Melnikova), la hija del director del circo.

En su primer intento como hombre pájaro, Martynov se pega un tremendo golpe. Sólo su preparación atlética le salva de la muerte. Von Kneishitz contempla el accidente con mal disimulada satisfacción. Pretende convencer a Marion para que sigan su gira, pero ella quiere quedarse en Moscú. Entonces él la chantajea. Por primera vez vemos al niño de Marion (Jim Patterson) que resulta ser un mulatito. Ya la expulsaron de Estados Unidos por mantener una relación interracial y ser madre soltera. Lo mismo ocurrirá en la URSS, amenaza Von Kneishitz.

Marion escribe una carta de amor a Martynov pero Von Kneishitz la intercepta y hace creer al tontorrón pretendiente de Rayechka (Aleksandr Komissarov) que es para él. Sumido en el arrobo que la lectura de la misiva le produce no se da cuenta de que se ha quedado en la jaula con los leones. El pretendiente se las arreglará para realizar el número de doma sin más armas que un ramo de flores, con lo que logra un éxito de público inesperado.

Martynov también ha caído en la trampa y cuando Marion intenta hablar con él, la rechaza. Entonces acepta marcharse con Von Kneishitz, pero in extremis Rayechka le explica lo ocurrido. La hija del director del circo toma el puesto de Marion en el tren y, con la ayuda de su pretendiente, rescatan al hijito de Marion de las garras de Von Kneishitz.

Marion, no obstante, no aparece por el circo. El director debe resucitar los viejos números de triciclo y monociclo con los que obtuviera éxitos internacionales treinta años atrás. Todo esto, sin dejar de cantar. También el Capitán Borneo (Fyodor Kurikhin) tiene por fin su oportunidad. Su perrillo ladra un número cualquiera y el capitán toma un cartón con dicha cifra con la boca y se acerca al perro a cuatro patas esperando su aprobación.

Por fin, llega Marion. El director enloquece de alegría. Más aún, Martynov, al que la cantante expone su decisión de no marchar a América y de abrazar la causa soviética. Martynov hace toda clase de volatines y besa… a un caballo.

El jefe de pista (Sergei Antimonov) anuncia a las estrellas del espectáculo. El nuevo cañón es una pieza de artillería de diseño futurista. Lo escoltan un grupo de motoristas e individuos ataviados con monos que ejecutan sus tareas con precisión militar. Suenan trompas y trompetas. Los héroes, ataviados con cascos y capas descienden por una larga escalera blanca. Marion penetra en el interior del cañón. Martynov se coloca en un balancín. El director del circo dispara el cañón. Marion es propulsada por los aires hasta alcanzar el trapecio en tanto que, perfectamente coordinado, Martynov, provisto de unas alas artificiales, sale volando. Planea en círculo sobre la pista del circo. El trapecio de Marion va sujeto a un inmenso paracaídas lo que permite que la apoteosis final concilie la apología militarista con un desarrollo musical a la Buysby Berkeley. ¡Ahí es nada!

Hace su última aparición en escena el malvado Von Kneishitz. Se ha hecho con el niño y lo muestra al buen pueblo ruso para que éste se vuelva contra la inmoralidad de Marion, como ocurriera en Estados Unidos. Pero el buen pueblo ruso no sólo esconde al mulatito de las garras del pérfido Von Kneishitz sino que, pasándolo de mano en mano, hilvana una canción en la que se hermanan razas y creencias: el judío y el negro, el campesino y el intelectual, el militar y el bufón… Todos forman parte del gran pueblo soviético que acoge a la artista norteamericana y a su hijo como propios. En la apoteosis final, Marion encabeza junto a Martynov un desfile en la Plaza Roja, presidido por el retrato del padrecito Stalin.

Musicales estalinistas
Tsirk se estrenó en España durante la Guerra Civil. Lógicamente en las ciudades bajo control de la República. En Madrid se proyectó en el cine Monumental, el 8 de febrero de 1937, y en Barcelona, seis semanas después, en el Coliseum. En un reciente libro de José Cabeza sobre la programación de las salas madrileñas durante el periodo bélico se constata que ésta fue la única película soviética que el público respaldó con su asistencia.


No nos consta que se estrenaran en España las dos otras colaboraciones de ese periodo de Alexandrov y Orlova, y eso que Vesyolye rebyata (1934) pasa por ser el primer musical soviético. Se trata de un argumento clásico de comedia, en el que un humilde pastor es confundido con un compositor y termina dirigiendo una jazz band en Odessa. En Volga-Volga (1939) –al parecer la película favorita de Stalin– Orlova lleva a los trabajadores de una fábrica hasta Moscú donde vencen en un concurso de músicos aficionados. Quienes las han visto aseguran que el dinamismo y energía que ambos ponían en sus producciones era suficiente para que los espectadores obviaran las altas dosis de propaganda que contenían. En Tsirk, al menos, tanto la coreografía como la escenografía compiten en lujo con las producciones norteamericanas. La espectacularidad de sus números musicales capaces de conciliar el circo con la estética futurista y el militarismo más desvergonzado la convierten, como poco, en una joya del kitsch.

Sr. Feliú

Tsirk (El circo, 1936), Grigori Alexandrov
Producción: Gosudarstvennoe Upravlenie Kinematografii i fotografii (URSS)
Director: Grigori Alexandrov.
Guión: Grigori Alexandrov., basado en la comedia “Pod kupolom tsirka”, de Ilya Ilf, Evgeni Petrov y Valentin Kataev.
Intérpretes: Lyubov Orlova (Marion Dixon), Sergei Stolyarov (Martynov), Pavel Massalsky (Franz Von Kneishitz), Vladimir Volodin (el director del circo), Yevgeniya Melnikova (Rayechka, la hija del director), Aleksandr Komissarov (Skamejkin), N. Otto (el payaso imitador de Chaplin), Jim Patterson (el hijito de Marion), Fyodor Kurikhin (El Capitán Borneo, domador de perros), Emmanuel Geller (el director de orquesta), Sergei Antimonov (el jefe de pista), Solomon Mikhoels, Pyotr Geraga, Lev Sverdlin, Vladimir Kandelaki. Alexandra Panova.
94 min. Blanco y negro.


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