9 de diciembre de 2012

Un poco de magia y el aire del fascio





Aria di paese (1933), Eugenio de Liguoro

Erminio Macario se convierte en Macario
Comentamos de pasada Aria di paese cuando les presentamos a Macario y su caracolillo. Volvemos ahora sobre ella para contarles un poco más en detalle algunas contradicciones que se producían en aquello que se ha dado en llamar “cinema di regime”, o sea, el cine hecho durante las dos décadas en que Mussolini asumió el poder en Italia.


Los historiadores y algunos interesados suelen aplicar la etiqueta con criterios restrictivos y adjudicándola exclusivamente a algunas cintas propagandísticas de directores como Augusto Genina, Alessandro Blassetti o al comandante Francesco de Robertis. Hasta hace poco la catalogación del cine de este periodo se reducía al cine de propaganda o al escapismo del género llamado de teléfonos blancos. El creciente interés por el cine italiano de los años treinta y principios de los cuarenta ha desvelado infinidad de estrategias en las que confluían un temprano afán de realismo como el de Raffaello Matarazzo en Treno popolare (1933), comedias de ascenso social como las propuestas por Mario Camerini, las adaptaciones del teatro dialectal como las de los hermanos De Filippo, los delirios perifantásticos de La corona di ferro (La corona de hierro, 1939), la bonhomía populista en las propuestas de Aldo Frabrizi, el miserabilismo prodigioso a la Zavattini o los espectáculos teatrales llevados a la pantalla por Mario Mattòli.


La figura de Macario no eclosiona hasta finales de la década de los treinta, cuando el propio Mattòli intente (des)encauzar su humor surreal contratando a ocho o diez guionistas que, bajo la tutela de Metz y Marchessi, se dediquen a llevar a la pantalla los disparates que escribían en las revistas de humor “Marc’Aurelio” y “Bertoldo”. Surgen entonces en rápida sucesión Imputato alzatevi! (1939) [], Lo vedi come sei? (1939), Non me lo dire! (1940) e Il pirata sono io! / El pirata soy yo (1940). Son películas de una comicidad excéntrica cuyo núcleo es el personaje de Macario, lunar, cartoonesco, vaciado de cualquier atisbo de humanidad, marxiano.


Con características profundamente autóctonas, turinés hasta la médula, Macario no reniega de una inocencia consustancial aprendida en Harry Langdon ni del recurso a aquella lagrimita que hizo a Chaplin el payaso más famoso del mundo. Volverá a ella en 1941 con Il vagabondo (1941), dirigida ya por Carlo Borghessio y no por Mattòli.


El aire del campo
Por eso resulta extraña la abjuración que durante el resto de su vida hizo de su película de exordio con el argumento de que aún no había encontrado su persona cinematográfica y resultaba demasiado deudor de Chaplin. En Aria di paese el bombín, los zapatones y el vagabundeo son esencialmente chaplinescos. Macario, en complicidad con Eugenio de Liguoro, urde una película episódica en el que corre toda clase de aventuras playeras y campestres para, como un búmeran, regresar a la cama del albergue de menesterosos en la que inició su recorrido.


En el camino, una historia de amor sencilla como una margarita. El vagabundo Mac (Macario) se enamora de la inocente Maria (Laura Adani), pretendida a su vez por el ingeniero Antonio (Ernesto Marroni). Como Antonio lleva un bigotillo de pincel, el pelo engominado y el traje blanco, enseguida adivinamos que es el villano. A nosotros nos cae tan antipático como a Mac. Por eso, todas sus maniobras para conseguir bailar con Maria o llevarla a dar un paseo en barca nos resultan agradables a pesar de cierta banalidad y notable torpeza en la resolución formal del gag.


Uno de estos episodios presenta a Mac como vendedor callejero, intentando dar salida a un cargamento del chocolate y el jabón que representa. Para atraer a la clientela ejecuta varios números de magia que nos permiten comprobar que Macario si no era buen prestidigitador era en cambio un gran mimo. Recurre para sus trucos a lo que tiene a mano en el mercado: un huevo que hace desaparecer, un cliente al que cubre la cabeza con un periódico y clava un cuchillo repetidamente para mostrar luego un repollo o un conejo al que hace desvanecerse en una caja mágica para desconcierto de su rival amoroso.


Mac seduce a Maria mimando una romanza que canta un tenor en el gramófono. Cuando ella, tras un romántico paseo en barca, le pide que repita aquella canción, Mac se hace un lío con la letra y produce una especie de galimatías duchampesco:
Mi corazón está dividido
Como el de Josephine [Baker]
Entre la polenta y los pajarillos.

Las contradicciones que comentábamos al principio se presentan a renglón seguido. Un grupo de trabajadores marcha hacia el campo cantando una canción que si no es un himno fascista se le parece como una gota de agua a otra:
De los campos llega una llamada a nuestra juventud
Vamos alegres al trabajo con la fe en el corazón
El rocío baña el cuerpo, la fatiga nos exalta,
Bajo el sol se renueva la tierra con su calor.


Laura le pide que se implique en la construcción de la nueva Italia. Cuando el cansancio rinde a Mac, éste se sueña como un caballero medieval que derrota en limpia lid a su oponente… sólo para encontrarse, al despertar, que Laura se marcha en tren. El aire del campo, ese que el título pregonaba y la canción de los labradores exaltaba como símbolo del Nuevo Estado, no ha sido más que la ocasión para un sueño irrealizable.

Aria di paese (1933)
Producción: Cines (IT)
Director: Eugenio de Liguoro.
Guión: Eugenio de Liguoro, Erminio Macario.
Intérpretes: Erminio Macario (Mac), Laura Adani (Maria), Evangelina Vitaliani (la tía de Maria), Ernesto Marroni (Antonio), Giulio Gemmò, Umberto Sacripante, Mario Siletti, Liselotte Smith .
60 min. Blanco y negro.


2 comentarios:

Enric H. March dijo...

Hay que ir con mucho cuidado cuando se etiquetan las películas rodadas bajo regímenes dictatoriales porque muchas veces se puede caer en el error de malinterpretar contenidos y objetivos. Mucho cine español filmado bajo el Franquismo ha sido encasillado cuando, en realidad, es más próximo al realismo social que a la propaganda. Con el italiano ocurre lo mismo.

Por cierto, señores Feliú y Javier Jiménez, si me pasan ustedes su correo electrónico, les haré llegar un vídeo y un texto por si les interesa.

Sr. Feliú dijo...

Cierto, don Enric. En toda taxonomía anida el germen de la generalización y, por ende, del reduccionismo. Ni todo el "cinema di regime" fue cine fascista ni todo el cine español de los años cuarenta fue "cine de cruzada". Como tampoco el de los cincuenta fue invariablemente "cine de la disidencia". Lo que ocurre es que la realidad, tozuda como ella sola, se empeña en colarse por los resquicios de cualquier tipo de espectáculo, aunque no sea la propaganda o la disidencia su objetivo explícito. De ahí que las proyecciones de nuestra carpa estén siempre exentas de nostalgia y nos permitan vernos como somos a partir de lo que fuimos.

En cualquier caso, la entrada busca el mejor conocimiento de la obra del turinés Erminio Macario, cuya comicidad explosiva encontraría su mejor expresión en las cintas en las que fue dirigido por Mattòli en el cambio de década.

Puede hacernos usted llegar sus sugerencias al correo electrónico de ésta que es su casa: javierjim@carampa.com. Se lo agradecemos por anticipado. (Y si trata sobre el Paralelo, miel sobre hojuelas, porque hace tiempo que tenemos pensado realizar una nueva visita al Molino).

Para lo que guste mandar, Profesor Javier y Sr. Feliú