19 de marzo de 2010

Adúlteros en la feria de Nottingham




Saturday Night and Sunday Morning (Sábado noche, domingo mañana, 1960), Karel Reisz

Free Cinema
Alan Sillitoe, el autor de la novela en que se basa Saturday Night and Sunday Morning, había huido del ambiente asfixiante de Nottingham en la década de los cincuenta y recala en España, en Mallorca, decidido a dedicarse a la literatura. Las aventuras de Arthur Seaton se inspiran en una anécdota que le cuenta su hermano sobre un compañero de trabajo que los fines de semana bebe hasta desplomarse en las escaleras de su casa. Tres años después de su publicación, en 1961, la novela había vendido un millón de copias en edición de bolsillo. Es probable que parte de este éxito editorial se debiera a la encarnación que Albert Finney hizo del (anti)héroe sillitoeano. Su padre también era un buen trabajador. Los patrones se encargan siempre de recordarlo, pero los jóvenes airados rechazan este blasón por alienante. El trabajo no dignifica, embrutece.

Karel Reisz, emigrado al Reino Unido durante la ocupación nazi, crítico de la revista cinematográfica “Sequence” y coordinador de la programación del National Film Theatre, elige esta novela para su debut en el largometraje. Produce la Woodfall de Tony Richardson –¿recuerdan
The Entertainer?-.

Las películas de los jóvenes airados británicos –los creadores, a mediados de los años cincuenta, de la etiqueta “Free Cinema”- suelen situar su acción en barrios obreros de ciudades industriales. Películas “de fregadero” las bautizaron despectivamente los críticos en su época. La cámara entraba, efectivamente, en las cocinas de esas casas unifamiliares de ladrillo ennegrecido, en las fábricas, en las oficinas siniestras, en las cadenas de montaje. Claro que el ojo inquieto también se colaba en los espacios de ocio: pubs, clubs de baile, ferias…

Lo único que quiero es pasarlo bien
La secuencia de precréditos nos sitúa en una cadena de montaje en una factoría de Nottingham. Un travelling individualiza la figura de Arthur Seaton (Albert Finney). Su voz en off da cuenta de su espíritu indomeñable. Catorce chelines a la semana por mil piezas diarias, ni una más. El viernes recoge la paga, entrega la mitad a su madre y se va de juerga. No está dispuesto a terminar como sus compañeros, que fueron sojuzgados durante la guerra y ahora lo siguen siendo por los métodos de producción tayloristas:
—Lo único que quiero es pasarlo bien. El resto es propaganda.

El nervio de la cinta, su pulso vibrante, queda subrayado por una partitura jazzística de Johnny Dankworth, que se mezcla con melodías populares procedentes de la radio, la feria o la banda de rock’n’ roll que toca en el pub. Sorprende en cambio encontrarse en dos puestos claves como son fotografía y montaje a dos profesionales cuyos nombres se asocian a las producciones de terror de la Hammer, como Freddie Francis y Seth Holt. A pesar de ello, la mirada documental se revela en la captación de mil detalles del trabajo en la fábrica o el ambiente del pub. No olvidemos que los creadores del Free Cinema habían propugnado un nuevo modo de acercarse a la realidad contemporánea de su país.

En el pub Arthur bebe hasta reventar y luego se marcha con Brenda (Rachel Roberts), la mujer del capataz. Pero Arthur la engaña con la joven Doreen (Shirley Ann Field). Arthur y Brenda se encuentran en la feria instalada en la ciudad. Una feria idéntica a otras tantas de cualquier lugar y época: coches de choque, un carrusel, puestos de tiro al blanco y puestos de juegos de azar. Todas ellas quedan perfectamente integradas en unas escenas rodadas y montadas con nervio documentalista. Arthur ha ido con Doreen y su amigo Loudmouth (Colin Blakely, el doctor Watson en la particular visión de Holmes por Billy Wilder). Brenda está con su hijo, su marido y dos amigos de éste, militares. No es mal sitio la feria para un encuentro clandestino. Pero todo ocurre vertiginosamente aquí. Arthur y Brenda sólo tienen tiempo para hacerse reproches, no para explicarse. Tampoco sabrían. La escena finaliza cuando los soldados corren en pos de Arthur en tanto que el marido de Brenda la abofetea en público por su infidelidad. La música y el bullicio incontenibles sirven de oportuno contrapunto.

Saturday Night and Sunday Morning (Sábado noche, domingo mañana, 1960)
Producción: Woodfall Film (GB)
Director: Karel Reisz.
Guión: Alan Sillitoe, basado en su novela homónima.
Intérpretes: Albert Finney (Arthur Seaton), Shirley Anne Field (Doreen), Rachel Roberts (Brenda), Hylda Baker (tía Ada), Norman Rossington (Bert), Bryan Pringle (Jack), Robert Cawdron (Robboe), Edna Morris (Mrs. Bull), Elsie Wagstaff (Mrs. Seaton), Frank Pettitt (Mr. Seaton), Colin Blakely (Loudmouth), Avis Bunnage, Irene Richmond (la madre de Doreen), Louise Dunn (Betty), Anne Blake.
89 min. Blanco y negro.


2 comentarios:

El Abuelito dijo...

Esta la vi hace mil años, junto a otra basada en Sillitoe (ignoraba que residiese en Mallorca), La soledad del corredor de fondo. Y aunque creía adormilado mi interés por el cine social, una de sus frases lo ha resucitado, por lo que esta crónica de los ocios de la clase obrera cabalga ya en mi mula... "el trabajo no dignifica, sino que embrutece", una verdad muy difícil de decir en estos tiempos de precariedad que nos han tocado, sin que lo miren a uno muy, pero que muy mal... las tesis de los jóvenes airados no han perdido, ay, su vigencia, así que tocará volver sobre ellos... Ya el documental sobre la feria con autómatas que usted colgó por aquí hace ya tiempo volvió a despertar mi interés por estos filmes... su comentario de hoy lo ha resucitado del todo.
La que no encuentro, que en su día me gustó aunque ahora no tengo ni idea de cuál sería mi opinión al respecto, fue una más moderna de Lindsay Anderson, "If", con Malcom Mc Dowell disparando -literalmente- su rabia contra el sistema... imagen poderosa que vista en plena juventud se hace irrresistible.No sé ahora, resabiado y viejo ya...

Sr. Feliú dijo...

Ya sabe que sus caprichos son órdenes para sus nietos. En breve saldrá hacia su desván "If" por correo ordinario.
A uno le complace especialmente "La soledad del corredor de fondo" por ese punto tan melvilliano de la belleza del fracaso.
Lo dicho, sus nietos