1 de marzo de 2010

La vuelta al mundo en el tren de la bruja


Les proponemos un viaje. El medio de locomoción es bien modesto: el tren de la bruja, una de esas atracciones habituales en ferias y parques de diversión de toda laya. Durante los próximos días les llevaremos a conocer el mítico Coney Island, subiremos a la gran noria del Prater vienés, sentiremos el vértigo de los “Siete Picos” madrileños, montaremos en los coches de choque de una feria provinciana en el Reino Unido y visitaremos un parque de atracciones instalado en la azotea de un edificio comercial de Tokio.

Llevábamos tiempo programando el viaje, pero los planes se activaron cuando nos puso el Abuelito sobre la pista de un libro de Juan Eduardo Cirlot titulado “Ferias y Atracciones” (
http://eldesvandelabuelito.blogspot.com/2009/09/cirlot-el-mago-de-la-feria.html). En su Desván guarda una preciosa edición de 1950. Años más tarde, en 1992 se realizó una modesta reedición a cargo de Ediciones Libertarias / Prodhufi.

Cirlot realiza una taxonomía en la que las atracciones se dividen según el principio que las rige: aquí aquellas que se basan en la rueda, en el giro incansable, sin principio ni fin; allá, en las que impera la ley de la gravedad y el vértigo de la caída; acullá, los laberintos inextricables; a este lado, la vida mecánica o en miniatura de los dioramas y teatrinos; y aún, las grutescas, que son puertas al infierno y al deseo.

Nos fijamos en las variedades, complemento humano de las atracciones mecánicas: el hombre orquesta, el hombre de los perros matemáticos, el que vende palomas teñidas de vistosos colores, o esa mujer con aspecto de valkiria domadora de osos y que resulta ser una amaestradora de pulgas. “Estas, al conjuro de su voz, surgen de una cajita de cartón; llevan vestidos de papel de seda de diferentes colores. Andan, saltan, arrastran carritos dorados hechos de la hoja metálica más etérea, incluso bailan. Y cada uno de esos insectos tiene su nombre propio por el cual es llamado cuando se trata de ponerlo en escena y concentrar la atención sobre él”.

Nos sobrecoge el último capítulo sin saber muy bien porqué. “Si miramos –escribe Cirlot- detrás de esa visión contemplaremos otra. Pálidos y cansados, como al final de una larga, demasiado larga representación, y como si estuvieran saludando a su público delante del telón teatral, están los seres que hemos entrevisto en los lugares en que sólo se exhibían cosas desagradables. (…) Están también los animales invisibles de la feria, los ancestros de las ideas que han presidido la creación de cada orden de cosas. Pero, en primer término, mirándonos fijamente, como pidiendo alguna cosa, está la cabeza parlante”.

Además de las reflexiones literarias y mitológicas que suscitan en el autor los parques de atracciones, ambas ediciones van ilustradas con fotografías del valenciano Agustín Centelles.

Cirlot, Juan Eduardo
Ferias y Atracciones
Barcelona, Argos S.A. Colección Esto es España, 1950

Cirlot, Juan Eduardo
Ferias y Atracciones
Madrid, Ediciones Libertarias / Prodhufi, 1992.


2 comentarios:

El Abuelito dijo...

La feria es lo más cercano al Otro Mundo que a uno pueda proporcionarle nuestra civilización; más aún que el circo, pues mientras en éste el espectador asiste pasivo a las hazañas de distintos campeones, en la feria se exige su participación, debe convertirse él mismo en el héroe que ha de superar una prueba. Y dentro de la feria, el Viaje, símbolo por antonomasia... Sigan, sigan enseñándonos esos túneles de brujas, las carátulas pintadas de los puestos y los cloridos accesos a los Túneles de la Risa, pues tenemos curiosidad, insaciable, por conocer esos universos Mistéricos, pistas, ya digo, sobre el Más Allá...

Sr. Feliú dijo...

Me temo que el cine se ha interesado más por la vistosidad de la noria (la Rueda de la Vida) y por el vértigo de la montaña rusa (la Caída tras el Ascenso), pero de todo hay, venerable Abuelito.
Sus nietos