30 de junio de 2011

Calder y Painlevé




Le Grand Cirque Calder 1927 (1955), Jean Painlevé

El Centre Pompidou editó en 2009 un maravilloso documento, que muestra la performance del gran circo de Alexander Calder, desnudo, sin artificios, tal cuál era. Acaso con algún guiño a su amigo Painlevé o a los demás artistas presentes en la grabación. Es lo que se llama ahora documental observacional. Ponemos la cámara y a ver qué pasa.


Si en el documental Le Cirque de Calder (1961), de Carlos Vilardebó, que ya hemos proyectado en nuestra carpa, los diminutos artistas móviles se presentan casi a modo de catálogo artístico, con planos detalle de su mecanismo y construcción y bañados por una iluminación especial en muchos planos, en Le Grand Cirque Calder 1927, de Painlevé contemplamos el espectáculo como un espectador más, incómodos porque no vemos del todo bien, sentados en el suelo durante unos cuarenta y cinco minutos de duración –dieciocho que dura el de Vilardebó–. Painlevé filma a Calder como filmaba a los caballitos de mar bajo el agua [http://youtu.be/-y79UPfaHgE], extasiado, dejándose llevar, sin hacer apenas nada.


La banda sonora de la película deja mucho que desear, ya sea por su vena vanguardista o el escaso presupuesto del proyecto, y preferimos el ambiente que nos ofrece el documental de Arnau Vilardebó que, en definitiva, es más llevadero, más trabajado y contiene atualizaciones de los números.


El titiritero Calder
Calder entra en escena como un titiritero. Arrastrando dos grandes maletas y observando su futura plaza. Comienza sacando con parsimonia un montón de objetos de sus maletas. La escena está iluminada cenitalmente por una lámpara baja que obliga al artista a trabajar agachado, de rodillas o tumbado. Calder compone una sencilla pista a la que no le falta ningún detalle. El recogedor y el serrín están preparados y el sonido del silbato nos avisa de que va a acomenzar la función.


Un destartalado maestro de ceremonias que mueve sus manazas nos da la bienvenida y comienza el gran  espectáculo. Calder comienza a sacar decenas y decenas de artilugios de alambre, corcho y trapo que saltan, giran y se enganchan unos con otros. Además de una bellísima instalación artística, todos los objetos creados por el genial artista componen un excepcional programa de números inéditos, un original espectáculo de mariuonetas.


Perros que pegan brincos, ecuyeres que saltan una cuerda y vuelven a caer sobre el lomo del caballo, saltos de altura sobre báscula, números de rodeo con lanzamiento de lazo y doma de caballos, focas que se pasan pelotas, una sinuosa bailarina de vientre y de nalgas, una carrera de cuádrigas, un atrevido número de payasos, mano a mano, doma de elefantes, acróbatas, faquires que comen espadas, domadores que meten su cabeza dentro de la boca de un desmelenado león, el forzudo, lanzamiento de hachas, un baile en equilibrio sobre el alambre, un arriesgado número de trapecio volante, etcétera.  


En definitiva, que al programa no le falta de nada. Calder ha sido meticuloso y presenta a sus personajes por sus nombres, cada uno de ellos con un detalle, como el payaso que se quita un montón de chalecos y entre cada uno de ellos alarga su cabeza para ver si le ha visto alguien.


La paciencia de Calder es infinita. Si el invento falla no tienen ningún problema en repetirlo, ni Jean Painlevé en mostrárnoslo de nuevo. Calder extiende un nuevo paño sobre el suelo y, como si de un rito se tratase, comienza un nuevo y minúsculo nuevo acto prtotagonizado por sus muñecos llenos de resortes, poleas y cuerdas que convierten el número en algo muy dinámico.


En el documento de Painlevé las manos de Calder están muy presentes, el cineasta no las escamotea para dar más fuerza a los muñecos. Al contrario, realza la fuerza de las manos como verdaderas protagonistas del acontecimiento artístico, tanto en la construcción como en la representación.


Además, está el humor de Calder, como un niño chico que disfruta de su mejor juego, que sabe que está siendo filmado para la posteridad y muchos números tienen el tiempo exacto, Antes del número del león, Calder prepara un montoncito de serrín. Luego sabremos porqué: el león deja unas cuantas boñigas sobre la pista que Calder se apresta a recoger con el serrín y un diminito recogedor. En en el del lanzador de hachas, el artista –el muñeco– comete un error fatal y da a la partenaire, pero Calder lo tienen todo preparado y rápidamente saca a escena a una pareja de médicos con una camilla que se llevan a la herida.

El científico Painlevé
Jean Painlevé (1902 - 1989) fue director, actor, traductor, animador, crítico, ensayista y biólogo. Hijo del matemático y dos veces primer ministro de Francia, Paul Painlevé, Jean comenzó a frecuentar a la familia Hannon, interesado por su futura compañera sentimental, Ginette Hannon y cautivado por un escenario liberal en el que podía desarrollar su creatividad y sus radicales ideas políticas, además de favorecer el encuentro con muchos intelectuales de la época.



Nunca nos habríamos imaginado que este singular cineasta, gran amante de los animales, inventor de un artilugio para poder realizar grabaciones submarinas, fuese, además, el encargado de las hormigas, "chief ant handler", en la película de Luis Buñuel, Un Chien Andalou (Un perro andaluz, 1928).


Jean Painlevé dirigió mas de doscientas películas sobre naturaleza y ciencia, algunas de las cuales han sido reunidas bajo el nombre de 'Science is Fiction" por Criterion Collection en 2009. Son verdaderas joyas cinematográficas, pura vanguardia artística, una estética estática que nos hipnotiza. Otras películas de Painlevé son divertidos ejercicios de analogía que ayudaban al inquieto Painlevé a adentrarse en temas más o menos oscuros (http://youtu.be/glxOojE8Cxw).


Le Grand Cirque Calder 1927 (1955)
Director: Jean Painlevé
Ayudante de dirección: Ginette Hannon
Direcotr de fotografía: Cl. Beausoleil
Sonido: Fredddy Baume
Color. 42 min.

 

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