14 de julio de 2012

Tormenta de verano en Coney Island

 
The Little Fugitive (El pequeño fugitivo, 1953), Ray Ashley, Morris Engel, Ruth Orkin

Joey pasa un fin de semana en el parque de atracciones Steeplechase, de Coney Island.


Joey (Richie Andrusco) tiene siete años y cree que ha matado a su hermano Lennie (Richard Brewster). Es una broma de Lennie y sus amigos (Charlie Moss y Tommy DeCanio), pero Joey lo cree a pies juntillas. 

 
Su abuela de Joey se ha puesto enferma. La madre (Winifred Cushing) debe ir a verla y deja a los chicos solos. Los bromistas le entregan a Joey la armónica de Lennie para que tenga un recuerdo del difunto. La culpabilidad dura lo que el viaje en metro a Coney Island. 


Joey adora el baseball y los westerns: se cree un vaquero. Prueba pericia en el pim-pam-pum. Monta en los caballitos. Se hace una foto tras el troquel de Tom Mix. Come: perritos calientes, algodón de azúcar, maíz dulce, más perritos. Cuando quiere montar en los ponis, se da cuenta de que no le queda un centavo.


Vaga por la playa. Descubre el negocio de la recogida de cascos de refresco vacíos. Cuando reúne un cuarto de dólar, corre a los ponis. Repite operación financiera y atracción. Y otra vez… hasta que cae la noche.


Joey duerme en la playa. Lennie espera en casa su regreso. Pero Joey vuelve a los ponis. El encargado (Jay Williams) le propone contratarlo para cuidar de los animales. Obtiene así su dirección. Llama a casa. Lennie acude a Coney Island. Joey ha visto al encargado saludar a un policía y ha sentido miedo. Escapa. Cuando Lennie llega su hermano no está. Recorre las atracciones de caballitos. Nada. Le deja un mensaje con tiza: “Soy Lennie y no estoy muerto. Ve a los paracaídas, te espero allí”. Los graciosos tachan y enmiendan: “Soy Lennie y estoy muerto. Ve a los paracaídas y tírate”. Aburrido de esperar, Lennie sube a la atracción: el Parachute Jump. Desde lo alto ve a su hermano paseando con un globo. Cuando baja, sigue al globo entre la multitud. Pero al llegar a la playa el globo se pierde en el cielo.


De pronto, el diluvio. Llueve torrencialmente. La playa y los parques de atracciones quedan desiertos. Coney Island se vacía. Joey se va a buscar cascos vacíos a la playa desierta. Allí lo encuentra Lennie. Deben regresar a casa antes de que vuelva su madre.


Así de modesta es la peripecia que sostiene The Little Fugitive. La concibieron y rodaron un matrimonio de fotógrafos (Morris Engel y Ruth Orkin) y un escritor de ciencia ficción para niños (Ray Ashley). Diálogo mínimo y una banda sonora ceñida a un único instrumento: la armónica. Fotografía espléndida, cámara en mano, atenta a cada detalle, pendiente de la mirada de Joey. Una mirada ora aturdida, ora asombrada, dispuesta siempre a maravillarse con los prodigios de a diez centavos. Aquí pueden disfrutar de ella si lo desean.


Sedujo y triunfó en el Festival de Venecia de 1954. Se estrenó en España puntualmente. En Madrid, en el Real Cinema. En Barcelona, en el Montecarlo y el Niza. Las comparaciones con Chiquilín (Jackie Coogan), el compañero de desventuras de Charlot en The Kid (El chico, 1921) estuvieron a la orden del día. Distribuía Chamartín, la casa que estaba a punto de lanzar a Pablito Calvo en Marcelino pan y vino (1955). Otro concepto de la infancia, claro. En aquella España pacata la crítica alabó la sencillez de la fábula de The Little Fugitive pero no supo ni quiso ahorrarse admoniciones morales:

“Menos simpático nos es el cuadro de una infancia bastante desmandada, como lo es la que nos exhibe «El pequeño fugitivo», cinta cuyo valor documental se extiende hasta ser un testimonio de los estragos que en la niñez de todos los países está causando el estilo moderno de diversión”.

The Little Fugitive (El pequeño fugitivo, 1953)
Producción: Little Fugitive P.C. (EEUU)
Guión y Dirección: Ray Ashley, Morris Engel y Ruth Orkin.
Intérpretes: Richie Andrusco (Joey Norton), Richard Brewster (Lennie Norton), Winifred Cushing (la madre), Jay Williams (Jay, el del Pony-Ride), Will Lee (el fotógrafo), Charlie Moss (Harry), Tommy DeCanio (Charley).
75 min. Blanco y negro.

11 de julio de 2012

Adiós a Hal Roach (o la risa contra la crisis)


On the Wrong Trek (1936), Harold Law y Charles Parrott

Adiós a Hal Roach
On the Wrong Trek fue el ultimo cortometraje de Charley Chase para Hal Raoch. Desde 1935 Roach mantenía únicamente dos series de cortometrajes cómicos: los protagonizados por la enésima rencarnación de la troupe infantil “Our Gang” (La Pandilla) —que se prolongaría hasta 1938 y retomaría M-G-M— y los protagonizados por Charley. Él y su hermano James llevaban para entonces 17 años trabajando en el estudio que había lanzado a la fama a Harold Lloyd y el Gordo y el Flaco.


Roach y su veterana estrella intentaron el salto al largometraje en dos ocasiones. Al parecer Kelly The Second (1936), a mayor gloria de la princesa del slapstick Patsy Kelly no respondió en taquilla como se esperaba.


El otro proyecto en el que Chase era protagonista absoluto se tituló “Bank Night”. Debía durar una hora, pero a las pantallas llegó reducido a la clásica duración de dos bobinas como Neighborhood House (1936). Al aparecer el acuerdo que Roach había firmado con Metro-Goldwyn-Mayer para que distribuyese sus películas no contemplaba de ningún modo largometrajes con Chase como protagonista. A pesar de loas comentarios positivos que la película obtuvo en los pases previos, se decidió cortar toda la trama gangsteril y circunscribir el relato a la presencia de la familia de Charley en un teatro local donde los espectadores de la sesión de la noche pueden ganar un premio de 500 dólares. Quienes lo han visto dicen que es un corto bastante divertido a pesar de su final abrupto.


Luego, antes de recalar en la Columbia, en el penúltimo puerto de su singladura como comediante cinematográfico, Charles Parrott se enfrentó a uno de los momentos más estrambóticos de su carrera: encarnar al maestro de ceremonias en una película corta por el reciente procedimiento tricrómico de Technicolor. Se titula Hollywood Party (1937). Aquí pueden ver esta película y buscar la divertida llegada de  “Charley Chan Chase” en el aerodinámico “China Clipper”:

Risa contra la crisis
Hubo un tiempo en que las pantallas estaban pobladas de sintecho. Fueron las consecuencias del crack del 29 que si Ford se tomo en serio —The Grapes of Wrath (Las uvas de la ira, John Ford, 1940)— la comedia no dejó de frecuentar desde el ángulo musical —Gold Diggers of 1933 (Vampiresas de 1933, Mervyn LeRoy, 1933)—, screwball —My Man Godfrey (Al servicio de las damas, Gregory La Cava, 1936)— o autorreflexivo —Sullivan’s Travels (Los viajes de Sullivan, Preston Sturges, 1940)—. Los principales talentos artísticos de Hollywood recrean en los platós campamentos de menesterosos con la misma aplicación con el que antes diseñaban salones de palacios vieneses.


A uno de ellos va a caer Charley Chase en sus vacaciones con suegra. El trayecto de Salt Lake City a California es un campo de minas: autoestopistas, atracadores, accidentes infortunados… Charley cree sabérselas todas, pero su mujercita (Rosina Lawrence) no para de recomendarle: “Tú haz caso a mamá que ella sí que sabe”.


Desposeídos de su documentación, ropas y coche, los Chase son interceptados por la policía en la frontera de California.


Deberán pasar la noche en un campamento en el que sólo se les pone a los acampados una condición para disfrutar de fuego y comida: que entretengan a los demás. Un pareja de músicos negros –a los que nos ha sido imposible identificar- ejecutan una canción acompañados de guitarra, kazoo y una batería hecha a base de tapas de cazuelas y otros materiales de deshecho.


Contra lo que cabría esperar, Chase y señora se defienden bastante bien como entertainers, capaces de cantar a dúo una bonita canción y realizar una exhibición de claqué —ella— y de baile excéntrico —él—:


El estilo de Chase / Roach está a estas alturas más próximo a la comedia de situación que al slapstick, en prefiguración de lo que luego sería la comedia televisiva familiar. El despeñamiento del coche de Mr. Wilson (Clarence Wilson), los incidentes con el policía de la frontera interestatatal y el remate cómico nos devuelven al mundo de caos, violencia y destrucción de la fábrica de comedias de los años veinte.


En un guiño final al estudio en el que ha pasado la mayor parte de su carrera, Chase se niega a recoger a dos autoestopistas idénticos a Laurel y Hardy.
—Tienen pinta de buenos buenos chicos —arguye la suegra.
—Tienen cara de cuatreros —sentencia Charley—. ¡Buenos chicos, dice!
Y se rasca el copete con el mismo gesto que Stan Laurel había hecho célebre.


On the Wrong Trek (1936)
Producción; Hal Roach Studios (EEUU)
Director: Harold Law, Charles Parrott.
Intérpretes: Charley Chase (Charley Chase), Rosina Lawrence (su mujer), Bonita Weber (su suegra), Clarence Wilson (Mr. Wilson),  Stan Laurel y Oliver Hardy (dos autoestopistas).
18 min. Blanco y negro.

6 de julio de 2012

Hijos del desierto


Sons of the Desert (Compañeros de juerga, 1933), William A. Seiter


Seguramente ya se lo hemos contado más de una vez, pero nunca está de más repetirlo. Antes de que Mack Sennett lo consagrara como género cinematográfico, el “slapstick” era un instrumento formado por dos tablas planas unidas por la empuñadura que se utilizaban en el teatro burlesco para propinar sonoros golpes al rival. Un artilugio evolucionado a partir del utilizado por Arlequín en la commedia dell’arte y por los títeres de cachiporra. Eficacia cómica con pedigrí.


Charley Chase recurre al slapstick —al palo y al género— para dibujar de un solo trazo al personaje que encarna en Sons of the Desert, el más gamberro de una de estas hermandades norteamericanas dedicadas a estrechar lazos entre hombres de negocios… y a correrse una juerguecita de fin de semana en ausencia de las señoras.


Sobre este punto tienen diferente punto de vista Stan y Olie. El primero vive aterrorizado por su esposa (Dorothy Christy), el segundo presume de embaucar a la suya (Mae Busch) con cualquier añagaza. Resultado: ninguno de los dos puede acudir al encuentro de Chicago. Y eso que ambos han dado su palabra de hijos del desierto. Ya está: Stanley se hará pasar por enfermo y Oliver se ofrecerá a acompañarlo en el crucero curativo.

 

Sabemos ya, porque hemos visto Los cuatro Robinsones que estos trucos tomados del Decamerón bocacciesco nunca salen bien y que los burladores saldrán burlados.


Pero, entre tanto, los chicos han intentado seguir el ritmo de bromas gruesas del hijo del desierto de Nueva York (Charley Chase), de sus carcajadas estridentes y sus chanzas siempre a costa de los demás. 


Charley, histérico e histriónico, corre de aquí para allá como movido por resortes, golpea, se mofa… da un recital de slapstick. En suma, un vendaval que contrasta con la comicidad a fuego lento de Laurel y Hardy, que, por otro lado, nunca lo fue más que aquí.


Porque William A. Seiter, dirige atento al detalle, más preocupado por la situación que por el gag, lo que convierte a Sons of the Desert en una de las películas más apreciadas por los seguidores de la pareja.

Sons of the Desert (Compañeros de juerga, 1933)
Producción: Hal Roach Studios (EEUU)
Director: William A. Seiter.
Guión: Byron Morgan, de un argumento de Frank Craven.
Intérpretes: Stan Laurel (Stanley), Oliver Hardy (Oliver), Mae Busch (Mrs. Hardy), Dorothy Christy (Mrs. Laurel), Charley Chase (el hijo del desierto de Nueva York), Lucien Littlefield (el veterinario).
68 min. Blanco y negro.

3 de julio de 2012

Una obra maestra en dos bobinas


Mighty Like a Moose (1926), Leo McCarey

Ya les previnimos de la existencia de este título a propósito de la participación en él de aquella princesa del slapstick que fue Gale Henry. Revisemos hoy su excelencia.


De ratones y alces
Bien saben ustedes que no solemos dilapidar elogios en la carpa. Tendemos a lo notarial y confiamos en que nuestro entusiasmo, cuando lo hay, aflore sin pirotecnias. Hoy hacemos una excepción para proclamar que Mighty Like a Moose es una obra maestra en dos bobinas.


Si argumentalmente se puede relacionar con las farsas matrimoniales que Cecil B. DeMille dirige a principios de la década de los veinte, su tratamiento nada inocente de las relaciones matrimoniales remite a Lubitsch. Si a eso le sumamos una trama vodevilesca resuelta a base de entradas y salidas milimétricas, jugando siempre con el punto de vista y con lo que el espectador sabe y los personajes ignoran, ya pueden hacerse ustedes a la idea del alto octanaje de este cóctel.


La cosa empieza como en un cuento de O’Henry. Charley tiene unos piños que asustan y su mujer una nariz que quita el hipo. Cada uno decide operarse sin decírselo al otro y darle una sorpresa. Pero, ay, ambos se encuentran con sus recién estrenados rostros en el vestíbulo del cirujano y deciden echar una canita al aire… ¡sin darse cuenta de que cada uno está casado con el otro!


La escena en que se evitan mientras se visten para poder acudir a la cita con sus respectivos amantes está resuelta como un ballet de puertas. En la fiesta, el slapstick más desenfrenado aportado por la bailarina de polka interpretada por la desgarbada Gale Henry, alterna con una sutil utilización de los planos de detalle de los pies para contar desencuentros, galanteos y celos.


Sorprendidos por la policía, ambos miembros de la pareja regresan a casa por separado e intentan que el otro no vea el periódico. Pero héteme aquí que Charley descubre que su amante es en realidad su esposa. Y una esposa casquivana que le ha engañado… con él mismo.


Charley Chase lleva este desdoblamiento hasta el extremo: poniéndose y quitándose unos dientes postizos; tocándose o descubriéndose con un sombrero hongo; colocándose un batín sobre la chaqueta… Comienza así una lucha sin cuartel entre ambos amantes a la que la esposa asiste con angustia… hasta que descubre en el periódico una foto de “antes y después” con la que el cirujano publicita los sensacionales resultados de sus operaciones de ortodoncia.


Ahora, es ella la espectadora privilegiada e irónica de los desesperados esfuerzos de Charley por desdoblarse en la lucha.


O sea, por el slapstick hacia la metafísica. O el surrealismo al alcance de todos los públicos.

No se la pierdan. Nosotros volveremos sobre Charley Chase, no lo duden.

Mighty Like a Moose (1926)
Producción: Hal Roach (EEUU)
Director: Leo McCarey.
Guión: Charley Chase. Intertítulos: H.M. Walker
Intérpretes: Charley Chase (Mr. Moose), Vivien Oakland (Mrs. Moose), Charles Clary (el dentista), Ann Howe (la doncella), Gale Henry (la bailarina de polka), Malcolm Denny (el guaperas en la fiesta) y el perro “Buddy”.
22 min. Blanco y negro.

30 de junio de 2012

Charles Parrot vs Charley Chase

Charles Joseph Parrott, Charley Chase
en Baltimore (USA)
Hollywood, Los Angeles (USA)

Tras alguna experiencia en el circuito del vodevil, Charles Parrott trabajó como gagman y actor para la unidad de comedias de Al Christie en el seno de la Universal. Quizás porque no viera allí demasiado futuro, decidió pasarse a la Keystone en 1914. Mack Sennett le hace interpretar a uno de los Keystone Kops y le confía también tareas de dirección. Es entonces cuando Charles decide separar nominalmente ambas funciones: como guionista y realizador seguirá usando su nombre, como actor atenderá con el de Charley Chase.


Tras su salida de la Keystone en 1916 y hasta su desembarco en 1919 en el estudio de Hal Roach, la carrera de Charles Parrott es un continuo deambular por productoras especializadas en comedias y hoy apenas recordadas -Kin Bee, K-Lo, Bull’s Eye…- facturando cintas de Billy West y Oliver Hardy. En el estudio de Roach dirige al bigotón Harry “Snub” Pollard y a su hermano James, que, para terminar de liarla, se hace llamar “Poll” Parrott.


A partir de enero de 1924 Charley Chase inicia su propia serie como actor. Su hermano, tiene graves problemas de salud como secuela de los ataques con gases durante la Gran Guerra. Su físico, un tanto desgarbado pero siempre atildado, y su bigotito nos recuerdan a Max Linder. El hecho de que suela ser un hombre casado o un profesional que ignora la miseria, lo emparentan con el gran triunfador de la escudería de Hal Roach: Harold Lloyd. Y, sin embargo, su estilo es absolutamente inconfundible. Está especialmente dotado para el gag físico al tiempo que derrocha talento a la hora de medir el ritmo de las escenas y del conjunto. En sus manos, las tradicionales películas de dos rollos –unos veinte minutos- resultan tan ricas en inventiva como un largometraje en manos de otro. Seguramente no sea ajeno a ello el hecho de que la dirección recaiga en manos de Leo McCarey.


Como en el caso de otros compañeros, la transición al sonoro no le resulta fácil como actor. Sin embargo, su carrera como director en el estudio de Hal Roach está plenamente consolidada. Él es uno de los responsables de que Laurel y Hardy comenzasen a hablar… incluso en castellano macarrónico. Entre 1928 y 1932 dirige un buen número de películas de dos bobinas con la pareja, aparece como actor en Sons of the Desert (Compañeros de juerga, 1933), que dirige William A. Seiter.


Cuando Hal Roach cierra la unidad de cortometrajes, ingresa en la Columbia, la productora más activa en aquellos años y refugio de los comediantes de la vieja escuela como Keaton, donde sigue ejerciendo su doble faceta de director e intérprete. Debido a diversos problemas personales ha empezado a darle duro al frasco.


En 1939 fallece su hermano James. Apenas un año después muere Charles Parrott, en arte Charley Chase.

27 de junio de 2012

Del costumbrismo-observacional aplicado al slapstick


Se necesita chico / Testa fra le nuvole
(1963), Antonio Mercero

Toñín (Javier Cebrián) entra a trabajar como recadero en la floristería “El Pensamiento”. Durante su primer día laboral tendrá que entregar un ramo de novia, una corona fúnebre, un ramo para una artista televisiva y un centro floral en una fiesta en la que ejerce de anfitriona una niña prodigio de la canción. Pero a sus doce años Toñín siempre encuentra algo en que distraerse.

Forma Antonio Mercero parte de aquella generación de egresados de la Escuela Oficial de Cinematografía que dieron el salto al largometraje desde las aulas. De todos modos, Mercero es una figura anómala en  el movimiento denominado Nuevo Cine Español. Sus prácticas en la Escuela 
—especialmente Trotín Troteras, que le valió para titularse— y esta cinta de debut sólo tienen parangón en la filmografía inicial de Manuel Summers.



Como éste, Mercero opta por la comedia, da protagonismo a los niños y privilegia las estructuras episódicas. Ahí acaban las concomitancias. Mercero cultiva un humor costumbrista-observacional.

La primera parte de esta etiqueta es lo que peor ha resistido el paso del tiempo. Procusa era una productora ligada al Opus Dei y las aristas más afiladas de la sátira de costumbres que siempre va asociada al costumbrismo han sido convenientemente limadas hasta quedar en casi nada. Episodios como el de la niña prodigio Maryluz (Livia Contardi), trasunto diáfano de Marisol, se diluye en un forzado acento andaluz y en el frenesí del twist.



La parte que hemos denominado “observacional” conecta directamente con el cine de JacquesTati y Pierre Etaix. Algunos gags son originales, como el del Toñín (Javier Cebrián) contemplando su nuevo uniforme en el espejo que carga a la espalda un cristalero más interesado en piropear a las chicas que en cumplir con sus encargos. Otros, como la corona de flores que termina convertida en rueda loca o en salvavidas, buscan su inspiración en Les vacances de M.Hulot.



Mercero ya había ensayado este tipo de comedia en el cortometraje Trotín Troteras. Una de las asistentes a una boda, tocada con un aparatoso sombrero, está arrodillada. Se sienta. La señora de detrás, también arrodillada, hace lo propio para evitar las cosquillas que la pluma del sombrero le producen en la nariz. Una panorámica, nos muestra el movimiento ondulante creado por este movimiento inesperado que llega hasta el final de la fila. Lo malo es que muere allí, como una ola que rompe mansamente en la playa. A Mercero le ha fallado la inventiva a la hora de rematar el gag.


Otros hallazgos, interesantes por sí mismos, quedan desactivados por la repetición del efecto. Antonio Pérez Olea compone una partitura en la que, por ejemplo, el diálogo de dos señoras está servido por un clarinete y por un oboe, en vez de por sus voces. Pero esto vuelve a suceder poco después y al final, en la fiesta, de modo que lo que al principio resulta novedoso termina causando cansancio. No siempre es así. Ese mismo truco utilizado durante la admonición del amanerado empleado de la floristería que mueve la mano como si estuviera conduciendo una orquesta resulta plenamente eficaz. Como cuando la voz de unos anunciantes radiofónicos parece “doblar” a las señoras que abroncan a Toñín.


En estas búsquedas, antes que hallazgos, reside el principal interés de un debut que no tuvo continuidad hasta mucho después, cuando Mercero hubiera ganado premios internacionales con trabajos televisivos como La cabina (1972).


Se necesita chico, con toda su inmadurez a cuestas, no deja de ser una vía interesante por la que el Nuevo (y el viejo, claro) Cine Español nunca volvió a transitar.

Se necesita chico  / Testa fra le nuvole (1963)
Producción: Procusa (ES) / Domiziana Internazionale (IT)
Director: Antonio Mercero
Guión: Antonio Mercero
Intérpretes: Javier Cebrián (Toñín, el chico), Marcella Valeri (la madre de Toñín), Tina Perbellini (la dueña de la floristería), Livia Contardi (Maryluz),  Lina Canalejas (Carolina, la artista), Sergio Mendizábal (el realizador de TV), Pedro Solís, Juanjo Seoane, Ángel Ter.
90 min. Blanco y negro.