Armado de una cámara
de súper-8 el joven cántabro Paulino Viota vela sus primeras armas como
cineasta. Escoge para ello el formato reportajístico y como tema las atracciones
del ferial que todos los años, a mediados de julio, toma la Plaza de las
Estaciones de Santander.
Viota tiene
dieciocho años y, por ende, la conciencia de las limitaciones de la vida
provinciana. En verano el aburrimiento se combate a base de feria y playa. La
escapada hasta el Sardinero constituye un interregno en el discurrir cotidiano
de la vida en la feria. Sin embargo, algo hay de medioburgués en el ritmo de
vida y las actividades playeras que no están al alcance de los que optan por la
diversión mecánica de las atracciones.
Policías y soldados
de uniforme alternan con las cuadrillas de jóvenes, las parejas de novios y la
chavalada omnipresente. Durante unos días, los añiles, rojos y amarillos
chillones de la feria tiñen de color la ciudad lluviosa y cenicienta.
Pero los
protagonistas anónimos de este documental no son tanto los ciudadanos que se
acercan a las atracciones, como los feriantes.
No en vano, el
documental dedica buena parte de su metraje a mostrar cómo hay que montar los
puestos bajo una lluvia inclemente si se quiere hacer caja desde el primer día,
las mañanas dedicadas a la molicie o las reparaciones, y el laborioso proceso
de desmontaje en pos de la siguiente feria.
Del lodazal en el
que se instalan las atracciones al vertedero en el que escarban tullidos y
menesterosos, la alegría impostada de la feria cumple su ciclo en el ciclo anual
de la vida provinciana.
En 1929, el actor y director de películas mudas, James Cruze, realiza The Great Gabbo, un musical protagonizado por el actor austriaco Erich Von Stroheim, un falso conde que tenía fama de déspota y que también participó en la dirección de esta película.
El carácter y acento germánico del protagonista remarca la trastornada personalidad de Gabbo, un ventrílocuo que poco a poco va abandonándose a la voluntad de su muñeco de madera Otto, al mismo compás que crece su imposible amor por su partenaire Mary (Betty Compson). ¿Un melodrama romántico con tintes de película de terror, que además es un musical?
Pues si, una mezcla insólita que no hace fácil el visionado de esta película, pero que produce una atracción incontrolable, una especie de hipnosis autodestructiva que compartimos con el protagonista, que nos hace llegar hasta el final de la historia.
La canción del muñeco Otto, fabricado por Frank Marshall —el mismo artesano que realizó el famoso muñeco Charlie McCarthy del ventrílocuo Edgard Bergen— y algunas secuencias musicales son verdaderamente sobrecogedoras en el amplio sentido del término. El ambiente de los números musicales es lo más parecido al temprano Broadway, Aquí podéis ver la película.
The Great Gabbo (1929) Productora: James Cruze Productions (EEUU) Director: James Cruze Argumento: Ben Hecht con su novela "The Rival Dummy" Guión: Hugh HerbertI ntérpretes: Erich von Stroheim (Gabbo), Betty Compson (Mary), Donald Douglas (Frank), Marjorie Kane (Babe), Marbeth Wright (bailarina), John F. Hamilton (vecino), Helen Kane, Harry Ross (actor), George Grandee (voz de Otto) 92 min. Blanco y negro
Al parecer Chomón realizó esta película de
animación de modo artesanal en una etapa tardía de su carrera y con la ayuda de
su mujer y su hijo. La copia conservada por Piero Chomón, y salvaguardada en el
Museo Nazionale del Cinema se puede ver aquí:
Lulù es una viñeta tan primitiva como deliciosa en la que encontramos ecos de su obra más célebre: Hôtel électrique [http://www.circomelies.com/2014/05/magia-golpe-de-manivela_16.html] (El hotel eléctrico, 1908). Sólo que esta vez no se trata de esa suerte de vida regalada lograda gracias a la electricidad, sino que el poder de mover los objetos a capricho reside en una auténtica varita mágica, que su propietario emplea, primero, para prepararse una opípara cena, y, luego, para enloquecer al pobre ladrón que ha tenido la mala suerte de ir a parar a su casa.
El buen burgués se sabe legitimado para esto y
para propinar una paliza a distancia al caco. También para encerrarlo en un
armario ropero con la connivencia de un agente de policía. La moral y el orden
instituido respaldan sus acciones a pesar de que el autor del allanamiento
parece no tener mayor interés que llenar un poco la panza. El buen burgués, con
su traje y sus costumbres ordenadas, se constituirá en azote de delincuentes y
defensor de la sacrosanta propiedad privada gracias al poder mágico de su
varita.
No nos escandalizamos por ello. Tampoco por el
hecho de que el buen burgués no sea otra cosa que nuestro tatarabuelo, el
simio. Moraleja: la civilización no es más que un traje de tres piezas.
Luciano Serra, pilota (De su misma sangre, 1938), Goffredo
Alessandrini
El episodio circense
de Luciano Serra, pilota es un escalón más en la degradación del titular. Héroe
de la Gran Guerra, Luciano (Amedeo Nazzari) se ve reducido a pilotar vuelos
turísticos para seguir alimentando su pasión por la aviación. Su mujer (Germana
Paolieri) le insta a que acepte la propuesta de su padre y se entregue a una
ocupación rutinaria en la empresa familiar. Pero Luciano prefiere aceptar la propuesta
de un tal Braun y emigrar a América del Sur, aunque esto suponga abandonar a su
hijo, por el que siente auténtica devoción. Tanto sus trabajos para el Circo
Braun como el vuelo transatlántico que le propone el promotor deportivo José Ribera
(Guglielmo Sinaz) suponen una degradación de su vocación de piloto.
Andando los años,
Aldo Serra (Roberto Villa) ingresará en la Academia de Aviación y partirá a la
guerra de Etiopía, donde su padre, simple soldado anónimo lo rescatará de un accidente
aéreo, redimiéndose así de una vida alejado de su patria y ausente de sus
deberes paternos. El heroísmo de su acción sella la continuidad generacional en
las tareas imperiales y bélicas emprendidas por el régimen mussoliniano.
El esfuerzo propagandístico
mereció el primer premio en el Festival de Venecia en 1938. No en vano,
Vittorio Mussolini, el hijo del Duce, fue el inspirador de la cinta.
Retrocedamos pues al
momento en que, tras diez años al servicio de Braun —Barnum?— Luciano Serra asiste
con escepticismo a la gran parada aeronáutica en la que se convierte el
traslado de Simba, “el león volante”, según anuncian los carteles
publicitarios. La banda de música ameniza el evento. Los payasos se mezclan con
el público para aclamar al “rey del aire”, “el as de la aviación”, al que un
reportero radiofónico quiere entrevistar. Para salir del paso, Luciano asegura
que en el próximo viaje transportará hipopótamos, elefantes y lo que el público
demande.
No se puede sentir
más incómodo. De hecho, si con alguien se siente identificado no es con el
propietario del circo —otro hombre de negocios sin un gramo de pasión por la
aventura, como su suegro—, sino con su pasajero, al que desencajonan y enjaulan
como parte del espectáculo.
Eugenio Jalón (Germán Cobos), habitante un tanto ingenuo de un pequeño pueblecito de Castellón, viaja en compañía de Nicolás González (Antonio Prieto), un charlatán que pasa por el pueblo cada tanto vendiendo plumas estilográficas, a Barcelona donde vive su hermana Julia (Elena Espejo). Durante el viaje ocurren algunos incidentes desagradables debido a su buena fe y al llegar a Barcelona se encuentra con que Julia trabaja en el Molino, pero no como artista, según le había contado, sino dedicada al alterne. Juntos regresarán a Benicarló donde Eugenio había conocido a Mercedes (Ángela Caballero) al rescatar a su hermana de morir ahogada durante el viaje de ida.
Entre los personajes excéntricos que Eugenio se encuentra por el camino, merece una mención especial el pícaro peregrino encarnado por Manuel Alexandre, un cometido breve pero resuelto por el intérprete con una riqueza de matices y una gracia que lo hacen inolvidable.
La vida es maravillosa es una extraña comedia-dramática en la filmografía de Lazaga, afín en tono a otras comedias humanistas de estos años como El hombre que viajaba despacito o El hombre del paraguas blanco, dirigidas ambas por Joaquín Luis Romero Marchent. A diferencia de éste, Lazaga trabaja en color y busca siempre motivos en los que sacar partido al cromatismo. Además, hace un uso bastante infrecuente de la duración de los planos, prolongando la acción sin cambiar la posición de la cámara, como en la escena en la que el peregrino devora la cena de la familia de Mercedes.
En las secuencias del Molino, esta duración provoca una incomodidad que reproduce con mucha fidelidad el descubrimiento por parte de Eugenio del mundo en el que se desenvuelve su hermana. Si no resultara sacrílego, diríamos que hay mucho de bressoniano en el planteamiento y la resolución formal de estas secuencias.
Parecida técnica utiliza en la recreación de los números. Aunque no asistimos a ninguno relacionado específicamente con las variedades más afines a nuestros intereses, sí que podemos contemplar desde el palco que ocupan Eugenio y Nicolás las actuaciones musicales de Gardenia Pulido, Carmen González, Johnson y Lydia y Maruja Blanco y las Estrellas del Molino. El punto de vista distanciado y, de nuevo, la duración de los números, les confiere una extraña cualidad documental, ajena a la habitual función de interludio espectacular que pudieran tener en una producción de Iquino, por poner un ejemplo.
En El Molino, Julia baila español y americano, un poquito de puntas, baila y recita. Esto último, también poco. Pero ella, que ha pasado por la academia de baile de La Sevillanita y se ve que está preocupada por su futuro, lo que quiere ser es "maquietista". O sea, "artista polifacética".
Por ahora tiene que conformarse con bailar junto a un marinero que canta con un ukelele y participar en la pasarela del fin de fiesta con un vestuario que adivinamos retocado para que pudiera pasar el filtro censor en 1955.
Con todo, La vida es maravillosa se puede considerar un retrato del alterne en el Paralelo en la década de los cincuenta, todo lo ingenuo y melodramático que se quiera, sí, pero también más fidedigno de los que hemos visto hasta ahora, merced a las estrategias desarrolladas por Lazaga.
La vida es maravillosa (1956) Producción: Santos Alcocer (ES) Director: Pedro Lazaga. Guión: José Luis Dibildos y Pedro Lazaga. Intérpretes: Germán Cobos (Eugenio Jalón), Elena Espejo (Julia Jalón, “Yolanda”), Ángela Caballero (Mercedes), Antonio Prieto (Nicolás, el charlatán), Manuel Alexandre (el peregrino), Antonio Almorós (el carterista), Julio Riscal (Juanito, el vendedor de periódicos), Fernando Delgado (el camarero), Isa Ferreiro, Mapi Caballero, María del Carmen Valero, María José Valero, Telly Bayona, Ángela Velasco 87 min. Color por Gevacolor.
Ferdinando
I, re di Napoli (1959), Gianni Franciolini
Gianni Franciolini pasó en su no muy extensa
carrera de las primeras aproximaciones al realismo en el cine italiano –Fari nella nebbia (1940)- a la comedia
de costumbres en la posguerra –sus dos adaptaciones de cuentos de Moravia- para
rematar con esta farsa política poco antes de morir. Ferdinando I, re di Napoli parece hecha como una celebración de
últimas ocasiones, porque también es la última oportunidad de ver juntos en la pantalla
a los tres hermanos De Filippo. Y del encuentro entre Peppino y Eduardo es de
donde surgen los más certeros apuntes de esta celebración del humor como
herramienta para ridiculizar el poder. En undoble sentido, además, porque aunque la acción se sitúa en
la Italia meridional del siglo XIX, sus comentarios sobre el buen gobierno, la
corrupción de la administración, la injerencia de la Iglesia en los asuntos de
Estado y la obligación del pueblo de asumir su propio destino, hablan bien a
las claras de la situación de un país en el que la Democracia Cristiana ha
hecho del clientelismo político una de las bellas artes.
Todo ello puesto en solfa, burla burlando, sin
acritud… Ferdinando I —como sus parientes de por acá— es un monarca castizo al
que le gusta la jarana, el buen yantar, las mujeres hermosas y la emoción del
naipe. Por ello, no duda en vestirse de guappo —lo que en España se conocía como majo o manolo— y lanzarse a la calle, a las
tabernas y a los teatrillos populares, donde se mezcla con su pueblo. Claro
que, a él sólo le interesa mezclarse con la mitad de su pueblo de sexo femenino
y, de esta mitad, en especial, con la hija de Pulcinella (Rosanna Schiaffino),
a la que ha podido ver en un número de proto-striptease.
Ella está enamorada de Gennarino (Marcello
Mastroianni), un músico aliado con la causa revolucionaria, pero acepta los
avances del rey, para luego burlarlo, a fin de dejar vía libre a los partidarios
de la República, que esperan como agua de mayo la llegada de las fuerzas
napoleónicas. Poco tiene que ver con la Historia —así, con mayúsculas- la
figura de este rey flamenco, cobardica y cachondón al que Peppino saca
chispazos en cada intervención. En una solución archiclásica, se hace acompañar
de su criado Mimì (Renato Rascel), blanco de sus explosiones de ira, tanto o
más que sus ministros, tan ineficaces como prevaricadores.
Eduardo es Pulcinella, el Polichinela de la commedia dell’arte metido en la harina de las revoluciones románicas. Más que los aspectos
farsescos de su personaje, le interesa el clown reflexivo, el que se vale del
retruécano y la canción bufa para poner en entredicho al poderoso. No hay nada
que más escueza que esas cancioncillas que van de boca en boca y nadie sabe
quién ha inventado. En descubrirlo pondrá todo su empeño el Borbón. Pulcinella,
que ya se ve pendiendo de la soga con el pescuezo tronchado, aprovecha para
endilgarnos el “recado”. Se trata de un hermoso monólogo de Eduardo en el que
no hace gala de heroísmo alguno. El cómico se puede meter en camisa de once
varas pero nunca deja de ser un cómico y, entre la vida y la muerte, la única
elección posible es la vida.
Una de sus hazañas parece que se basa en un
hecho real y tuvo consecuencias inesperadas en el momento del estreno de la
película. Se inaugura con toda la pompa y el boato que la ocasión requiere una
estatua ecuestre del rey: tribuna de autoridades, banda de música, parada
militar y los napolitanos como coro. Cae la lona que cubre el monumento. Del
cuello del caballo cuelga el siguiente pareado: “A tal señor, tal honor”; en
tanto que la figura del monarca lleva un extraño tocado:
—¿Qué corona es ésa
que me han puesto? —inquiere el rey.
—Majestad… un
orinal.
Parece que en la Italia de 1959 un
descendiente de Ferdinando I decidió que tal afrenta sólo podía ser lavada con
sangre y retó públicamente a duelo al productor y al director.
Los hermanos De Filippo están secundados por una plantilla de cómicos de lujo entre los que destacan
Vittorio De Sica en una de esas figuras abaciales que se fueron una de sus
especialidades en las producciones internacionales en las que participaba como
actor y que se empeña en canonizar al rey en vida a cambio de algunos ascensos
en el escalafón eclesial, el turinés Rascel como el sufrido criado del rey, Mastroianni en el rol del músico enamorado de
la hija de Pulcinella y Aldo Fabrizi en el papel episódico de un rústico que se
va quedando sin pollos a base de sobornos para que el rey reciba una petición
de gracia.
A pesar de todo ello, la película no resulta
gran cosa por la incapacidad de Franciolini para sacar lustre a las
situaciones, componiendo casi siempre el encuadre rutinariamente con los dos o
tres personajes que participan en la escena en planos medios frontales, como si
estuviéramos ante una primitiva realización televisiva. Al menos, esto no nos
impide disfrutar del trabajo de los actores, que es lo que debió pensar
Franciolini cuando dirigió ésta, su última película.
Intérpretes:
Peppino De Filippo (el rey Ferdinando I de Borbón), Eduardo De Filippo
(Pulcinella), Titina De Filippo (Titina), Rosanna Schiaffino (Nannina, su
hija), Renato Rascel (Mimì), Marcello Mastroianni (Gennarino), Vittorio De Sica
(monseñor Salvatore Caputo), Aldo Fabrizi (el campesino de los pollos),
Marcello Leslie Philipps y Jacqueline Sassard (los periodistas ingleses), Nino
Taranto (“Tarantella”, el jefe de policía), Audrey McDonald (la reina
Carolina), Memmo Carotenuto (el vendedor de quesos), Giacomo Furia (Don
Ciccillo), Antoinette Weinen (la condesa Carditello), Marcello Paolini
(Francesco, el hijo del rey), Nino Vingelli.