27 de enero de 2010

El rey de la comedia



Simon Louvish
Sennett: The Life and Clowns of Keystone
Londres, Faber and Faber, 2004.


Simon Louvish -del que les hemos recomendado la
biografía de W.C. Fields, y que también se ha atrevido con los hermanos Marx, con Laurel y Hardy y con Mae West-, se embarca en la tarea de realizar la crónica del auge y caída de la Keystone y de su creador, Mack Sennett.

El rey de la comedia, el inventor del
slapstick, el descubridor de comediantes cinematográficos… Todos estos calificativos y muchos más que esconden en la mayoría de las ocasiones la biografía de un hombre “hecho a sí mismo”, como buena leyenda norteamericana, aunque hubiera nacido en Canadá. Entre 1912 y 1933 Sennett produjo mil títulos y dio la alternativa a Mabel Normand, Roscoe “Fatty” Arbuckle, Charlie Chaplin, Harry Langdon, Ben Turpin o ¡admírense! Bing Crosby.

Del trabajo arqueológico de Louvish nos interesa sobre todo su dedicación a las figuras menores u olvidadas de la edad dorada del
slapstick como Mae Busch, Phyllis Haver, Andy Clyde, Chester Conklin, Billy Bevan o las Bathing Beauties, su atención a los guionistas y directores –Del Lord, Harry Edwards, F. Richard Jones- y el análisis sobre las relaciones entre el teatro de variedades y el cine cómico.

Sennett empieza de la mano de Griffith en la Biograph. Con él se traslada desde la Costa Este a Hollywood y allí pone en pie su factoría de comedias. No deja de resultar sorprendente que muchas de las fórmulas aplicadas por Sennett fueran derivaciones humorísticas de los planteamientos de Griffith. No parodias, eso vendría más tarde, durante el reinado de Ben Turpin, sino el aprovechamiento de la construcción en paralelo y el principio del “salvamento en el último instante” como motor de la comedia.

El final de la compañía, crack bursátil aparte, se produjo con la llegada del sonido pero no, como suele decirse por la dificultosa transición al sonoro de sus estrellas sino por una serie de inversiones desafortunadas en el peor momento.

Louvish gasta esta vez, a nuestro parecer, demasiadas páginas en desenredar la identidad sexual de un hombre apegado a su madre y cuya devoción por Mabel Normand pudo ser puramente platónica o, incluso, una construcción en el ocaso de su carrera a fin de venderle un argumento a los grandes estudios de Hollywood.

En cualquier caso, la imagen del magnate de la comedia controlando toda su producción desde la bañera instalada en su despacho, nos devuelve al mito en su integridad. El que el mismo “rey de la comedia” quiso dejar para la posteridad en su
autobiografía, editada en castellano por la Fundación de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo en 1966.

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