3 de enero de 2008

Verbena


Verbena (1930), de Edgar Neville
EDGAR NEVILLE, humorista, cineasta y hombre de teatro, director de la recordada La torre de los siete jorobados (1944), rodó este cortometraje y su hermano mellizo, La Parrala, dentro de una serie que Ufisa promovía en 1941, bajo el título genérico de Canciones. Los argumentos, basados en coplas de gran popularidad de Rafael de León y el maestro Quiroga fueron protagonizados por la cantante Maruja Tomás.
Toda la acción tiene lugar en una verbena en un barrio madrileño –el del puesto de la fuerza, la del tiro al bote, el que vende bigotes postizos: “la juerga padre…”-. Don Paco, el dueño de la barraca de fenómenos, pregona sus atracciones. Levinsky, un aventurero extranjero, llega a la feria y le exige a don Paco que le pague un dinero, ya que tiene unos pagarés que le comprometen. Don Paco le invita a entrar en El Palacio de las Maravillas. Madame Dupont, la mujer barbuda, interpreta una parodia de La Tarara (“la Tarara, oui, la Tarara, non”). Don Paco le enseña a Levinsky éste y otros números, como Rachmaninov, el comepeces, y Stella Matutina, la cabeza parlante, de la cual el aventurero se prenda instantáneamente.
Después del espectáculo, los falsos fenómenos se reúnen para cenar. Despojados de su ropa de trabajo los habitantes del Palacio de las Maravillas resultan un tanto prosaicos. La cocinera ha guisado los peces de Rachmaninov y nadie los quiere. Luego trae un fricandó que al tragapeces no le importa tomar; aunque advierte a sus compañeros cuando ya es demasiado tarde que es gato. Mientras tanto, Levinsky hace firmar a don Paco la cesión de Stella Matutina para llevársela a América. Al enterarse, Estrella, sola en la feria, canta: “¡Ay mi Madrid, donde dejo todo mi ser! ¡Ay mi Madrid, y mi corazón!”. Y las barcas que se balancean solitarias son el símbolo de lo que va a quedar atrás.
Felipe, el novio de Estrella, que trabaja en el tiovivo, se queda muy contrariado cuando se entera de la noticia. Igual que el resto de sus compañeros. Madame Dupont, que es un poco revanchista, se afeita. “Pelillos a la mar”, dice. Don Paco se lo reprocha: “Sin barba parece usted un torero”. Madame Dupont ocupa el puesto de cabeza parlante pero es tan borde que el público se queja: “Podían haber tirado la cabeza, en vez del cuerpo”. Ella se marcha enfadada, desvelando el truco.
Los enanos le enseñan un periódico a la ex-mujer barbuda. Cuando llega Levinsky revelan que es un fugado de presidio, convicto por trata de blancas y que, además, en un circo en el que los enanos trabajaban en Marsella, asesinó a una trapecista. Levinsky huye perseguido por los fenómenos. Estrella ya no tiene que marcharse y Felipe pone el tiovivo en marcha. Se montan juntos en un caballito. Ella canta un nuevo tema y, a mitad, un reprise de Verbena con la letra alterada: “¡Ay mi Madrid, que me ha dao la felicidad! ¡Ay mi Madrid, de mi corazón!”.
Para el personaje central, Neville recupera el cuento “Stella Matutina”, que publicó en la Revista de Occidente en 1928, reimpreso en una curiosa antología promovida por el Parnasillo Literario Circense, titualada Cuentos de la pista (EPESA, 1946), que contiene además colaboraciones de Antonio Casal, el payaso Ramper y el cómico Alady, entre otros. La Stella del cuento es una verdadera cabeza parlante, una muchacha que lleva tanto tiempo haciendo el número que un buen día se da cuenta de que no tiene cuerpo y que no lo necesita. Don Simón, otra cabeza, esta de cartón, propiedad del ventrílocuo, consuma el amor que su propietario sentía por la chica. Una trama secundaria desarrolla un idilio igualmente extravagante. Los Alisios, unos hermanos acróbatas, se enamoran de la hija del alcalde, pero carecen de personalidad individual; sólo tienen identidad cuando forman la torre humana que les ha dado fama. En la boda, “uno de los Alisios hacía de novio; pero nosotros sabemos que los demás también lo eran”. Entretanto, las dos cabezas se han fugado. Por fin, dan con ellas, camufladas en el escaparate de una peluquería.
La invención de la testa parlante, recuperada años después por Álvaro de Laiglesia en su primera novela, Un náufrago en la sopa, pierde en Verbena los rasgos fantásticos. La nueva Stella tiene un cuerpo bien rotundo, aunque al malvado Levinsky sólo parezca interesarle la cabeza. Stella Estrella, la estrella es Maruja Tomás, cantante de breve filmografía, que dejó el cine para dedicarse a la opereta después de protagonizar Ana María (1943). Madame Dupont es otra historia. La mujer barbuda está interpretada por Amalia de Isaura. Militante de la primera hornada del género ínfimo, creadora de la escuela cómica del cuplé, la Isaura, pequeñita, feúcha, poca cosa, salía al escenario en los años veinte acompañada al piano por su padre y cantaba unos cuplés picarescos en los que ella intercalaba sus recitados humorísticos. Y así, cantando La chalequera “Tan sólo a un hombre quise de veras – y por quererle con frenesí – un día yendo a probar un traje – pidió otras pruebas y se las di” , cuela de rondón la historia de un romance numérico: “Mi primer amor se llamaba Segundo, vivía en el tercero de mi casa y yo le quise aunque no tenía un cuarto. Pero le tocó ser quinto y al ver yo lo contento que me dejaba, dije: ¿Qué es esto?”.

Neville, admirador de las cupletistas, dedicó un artículo en ABC del 23 de febrero de 1964 a explicar la cosa de la barba: “Amalia, al principio, se disgustó cuando le pedí ese sacrificio; pero, como es una profesional de verdad y tiene un sentido del humor fabuloso comprendió en seguida lo que yo le decía con torpes palabras. Es decir, que si durante años y años ha habido grandes hombres favoritos de las mujeres, como Enrique VIII sin ir más lejos, que llegó a tener seis mujeres (claro que mediante una ley particularísima del divorcio, en colaboración con el hacha) y muchas amantes, a causa de llevar barba, que hace que los hombres parezcan un fauno escondido detrás de un matorral, lo mismo podía suceder con las mujeres: La misma razón misteriosa que nos mueve a amar a la mujer del antifaz, hace que las mujeres se vuelvan locas, hasta hace poco, por los hombres barbudos, siempre que estos las miren con ojos prometedores.
¿Por qué no había de ocurrir lo mismo con la mujer? ¿Qué casi ninguna lleva barba? Ya lo sé, pero tampoco hay muchas que lleven un collar de brillantes de cincuenta quilates, y gustan. Además le dije:
-La barba, precisamente por no llevarla ninguna mujer, tiene la originalidad de un sombrero recién salido de París.
Ante tanta lógica y tanta razón accedió.
Y luego, al verse con ella puesta, comprendió lo bien que le enmarcaba el rostro. Y, la verdad, yo esperaba que hubiera seguido la moda… Yo no digo que todas, pero sí alguna señora al llegar a cierta edad se la debería dejar, lo cual, además les daría un pretexto para perder otra hora en la peluquería y para ponerse lacitos negros cuando estuvieran de luto”.
En el reparto se mezclan charlatanes, fenómenos y feriantes, pero existe entre todos ellos una fraternidad nacida de la diferencia y, cuando se van a llevar a Estrella, son los fenómenos auténticos la pareja diminuta y la mujer barbuda- quienes toman la iniciativa.
El feriante de La parada de los monstruos / Freaks (1932) lo exponía sin tapujos: “Os reísteis de ellos. Os hicieron temblar. Y, no obstante, por un capricho del destino vosotros podríais ser uno de ellos. Ellos no pidieron venir al mundo, pero vinieron. Su código es su ley. Si ofendéis a uno, los ofendéis a todos”. Haciendo suya esta filosofía, los jorobados de la Plaza de la Paja no son más que los habitantes de Verbena a los que no les da la gana de seguir viviendo recluidos en el recinto de la feria.


Santiago Aguilar
Edgar Neville: tres sainetes criminales.
Filmoteca Española, Madrid, 2002.




Verbena
(1941)

Producción: Ufisa (ES)
Dirección: Edgar Neville
Guión: Edgar Neville y Rafael de León basado en un argumento de Edgar Neville.
Intérpretes: Maruja Tomás, Amalia de Isaura, Manuel Dicenta, José María Lado, José Martín, Juan Monfort, Manolo Morán, Miguel Pozanco, Ana María Quijada, Miguel Utrillo.
30 min. Blanco y Negro.


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