10 de enero de 2013

La fortuna es una rueda alada




Dedicada a Javier Sedano

Le silence est d'or (El silencio es oro, 1946), René Clair

La anécdota
Le silence est d'or es una mirada nostálgica al pionerismo cinematográfico y al París de principios de siglo. La anécdota, casi banal, recurre a la clásica trama del senex amans. Clair la toma de La escuela de las mujeres, de Molière: un hombre joven y otro mayor compiten por el amor de una mujer. 




El hombre mayor es Emile Clément (Maurice Chevalier), mujeriego inveterado y maestro en las artes de la seducción, que dirige los estudios cinematográficos Fortuna en el París del 1900. El joven es Jacques (François Perier) un tipo apocado y enamoradizo, que cree que ejerce de ayudante de cámara, auxiliar de producción y actor ocasional… lo que se tercie. La muchacha es Madeleine (Marcelle Derrien), hija del cómico Celestin (Roland Armontel), cuya madre burló a su marido después de haber dejado ese poso de cinismo en el corazón de Emile.



Ahora, éste debe ejercer de tutor de la joven… Pero termina enamorándose de ella. Siguiendo sus consejos, Jacques intenta seducirla… y también se enamora. Y, a partir de aquí, entra en funcionamiento ese recurso denominado “ironía dramática”, aquello que el espectador sabe pero uno o varios personajes ignoran. También, la propia naturaleza ilusoria del cine. Porque a Emile le gustan las farsas burlescas, con sus persecuciones, sus animales traviesos y sus andamios que se desploman, pero los especialistas —el voceador de la barraca cinematográfica— le recomiendan que haga películas tristes, que son las que de verdad gustan al público. 




Al final, Emile usará de sus poderes de gran demiurgo cinemáticos para llevarle la contraria a los especialistas y proporcionar a la película de su vida un final razonablemente feliz.

La circunstancia
Tras una década alejado de su país, peregrino del cinematógrafo, René Clair regresa a Francia. Lo hace al finalizar la Segunda Guerra Mundial y con una comedia alejada de la vitalidad de sus películas silentes y de las que realizó a principios de los años treinta, en las que parecía que solamente él poseía el secreto del cine sonoro. 




René Clair rinde homenaje a sus mayores: Louis Feuillade, Alice Guy, Max Linder...
 


Estiliza la propuesta, pero en esta estilización hay tanta verdad… Tipos sainetescos técnicos cachazudos que jamás dan un palo al agua, bellas damas dispuestas al romance, visires de pega…— contra los que se recorte y defina la trama sentimental. Los decorados pintados, las salidas y entradas de cuadro… 


O el magnífico detalle de colocar en el decorado una rueda alada como símbolo del irónico nombre de la productora Fortuna, según era preceptivo en la época, como ya vimos al hablar de la Star Films  de Méliès.


El patético Celestin, el padre de Madeleine, es el contrapunto perfecto a Emile, con sus fracasos amorosos y sus colosales éxitos en teatros de variedades… del norte de África. Así, como quien no quiere la cosa, Clair vuelve al mundo de los músicos callejeros de Sous les toits de Paris (Bajo los techos de París, 1930) y muestra con deliciosa ironía las consecuencias de la infección sentimental de la música popular. La canción que nos hace felices si estamos enamorados, nos resulta profundamente insoportable en los momentos de desengaño.



El estreno estadounidense  
La RKO estadounidense tuvo, al parecer, cierta parte en la producción. O a lo mejor realizó un adelanto de distribución. La cosa es que René Clair, que no quería doblar la película ni subtitularla, concibió un ambicioso plan. Llamó a Robert Pirosh, con el que ya había trabajado en el guión de I Married a Witch (Me casé con una bruja, 1942), y juntos urdieron una especie de monólogo interior que Maurice Chevalier podía locutar en inglés. A partir de este monólogo, los espectadores angloparlantes podían deducir el sentido de los diálogos de los personajes, aunque no dominaran la lengua del autor de La escuela de las mujeres. Para que el truco funcionara, algunas escenas se rodaron en doble versión, dando cancha al explicador. Esta versión se estrenó el 22 de octubre de 1947 en el cine Bijou de Nueva York con el título de Man About Town. El gozo de Clair, en un pozo. La voz que debía guiar a los espectadores en la comprensión de la película, no hacía sino distanciarlos de lo que sucedía en la pantalla, como bien preconizara Bertold Brecht. El artificio, ¡ay!, no surtía efecto en el país de lo artificioso.



A España llegó tardíamente. Se estrenó en el cine Palace de Madrid en abril de 1951.



Le silence est d'or (El silencio es oro, 1946)
Producción: Pathé Cinéma (FR)
Guión y Dirección: René Clair.
Intérpretes: Maurice Chevalier (Emile Clément), Marcelle Derrien (Madeleine), François Périer (Jacques), Robert Pizani (M. Duperrier), Dany Robin (Lucette), Raymond Cordy (Le Frisé), Christiane Sertilange (Marinette), Roland Armontel (Célestin), Maud Lamy (la mujer en el tranvía), Paul Ollivier (Josephe, el contable), Jean Berton (un espectador), Max Dalban (Cricri), Jean Daurand (Alfred), Paul Demange (el sultán de Socotora), Pierre Duncan (el visir), Georges Bever (el ministro), Zélie Yzelle (la florista), Albert Broquin (un maquinista), Frédéric Mariotti (otro maquinista), Danielle Godet (una espectadora), Harry-Max (un espectador), Bernard La Jarrige (Paulo), Gaston Modot (Gustave), Philippe Olive (el agente), Léon Pauléon (el bailarín), Ribour (la bailarina), Albert Michel (Zanzi), Yvonne Yma (la portera), Bruno Balp, Robert Berri, Fernand Blot, Marcel Charvey, Maurice Derville, Cécile Didier, Paul Faivre, Édouard Francomme, Colette Georges, Fernand Gilbert, Jean-Jacques Lecot, Simone Michels, René Pascal, Jane Pierson, Nicole Riche, Georges Sauval, Tristan Sévère, Sylvain, Victor Vina, Eugène Yvernès.
86 min. Blanco y negro. 



4 comentarios:

El Abuelito dijo...

Una de Clair que no he visto, y eso que el tema no puede ser más atractivo... a ver si está disponible por ahí...

Sr. Feliú dijo...

Acaban de editarla en DVD, venerable Abuelito. Escriba sus carta a los Reyes Magos que, aunque sea con retraso, siempre traen lo que han pedido a los abuelitos que se han portado bien.

sus nietos que bien le quieren

angeluco10 dijo...

Maurice Chevalier haciendo de caballero maduro,antes de leer esta reseña pensaba que nunca había visto al Chevalier joven,y me da por pensar que nunca lo fué.
Muchas gracias.

Sr. Feliú dijo...

Estimado don Angeluco:

Basta acercarse a las operetas de Lubitsch en la Paramount para ver al Chevalier joven repeinado, teniente seductor, príncipe Danilo... Es verdad que para entonces el "chansonier" ya no iba a cumplir los cuarenta, pero aún conservaba intacto su halo de ídolo de modistillas.

La edad no perdona, pero Chevalier siguió siendo la encarnación -bien que un tanto afectada- del "charme" parisino hasta cumplir los 80 años ante las cámaras.

¿Ya hemos dicho que fue acróbata antes que fraile?

Gracias por su visita y su comentario.