2 de febrero de 2010

Dos sesiones diarias, llueva o luzca el sol


Rain or Shine (Pasa el circo, 1930), Frank Capra 

La Columbia fue uno de los estudios menos afectados por el crack de 1929. Al fin y al cabo sus producciones eran tan modestas que poco se les podía quitar. Por cada película A que Harry Cohn producía, se rodaban en el estudio una plétora de películas modestas que rondaban los sesenta minutos y servían de base a programas dobles en cines de todo el mundo. Esta situación cambiaría sólo ligeramente a partir de 1934, cuando Frank Capra lograra el Óscar por una de las primeras comedias screwball: It Happened One Night (Sucedió una noche), con Claudette Colbert y Clark Gable.

Joe Cook, nacido López 
Capra llevaba ya tres años trabajando en la Columbia y había realizado once películas en el estudio antes de afrontar la adaptación de este musical que se había estrenado en Broadway el 9 de febrero de 1928.
Cook –nacido López en 1890- trabajaba en el circo desde la primera década del siglo. Uno de sus reclamos publicitarios de aquellos años rezaba: 
Master of all trades. Introducing in a 15-minute act, juggling, unicycling, magic, hand balancing, ragtime piano and violin playing, dancing, globe rolling, wire-walking, talking and cartooning. Something original in each line -- Some Entertainment”. 
Cuando debutó en Nueva York alguno lo calificó como el Leonardo da Vinci de las variedades.

Sus múltiples habilidades, pero sobre todo sus malabares, le valieron un contrato con Leon Errol, en cuyas "Vanities of 1923" debutó. A no mucho tardar Joe Cook frecuentaba al círculo del Hotel Algonquin, donde se daban cita los escritores más mordaces de Nueva York y el único Marx con inquietudes intelectuales… Harpo. En pleno crack bursátil Cook ganaba cuatro mil dólares semanales y se aseguró de que la Columbia le pagara cien mil por protagonizar la adaptación de “Rain or Shine”. Una vez terminada la película, regresó a Broadway y cosechó un nuevo éxito con “Fine and Dandy”

Su segundo asalto a Hollywood se saldó con un contrato para rodar varios cortos con la modestísima Educational Pictures, en la que también estuvieron “Fatty” Arbuckle y Buster Keaton en horas bajas. Así que su participación en la adaptación de Zane Grey Arizona Mahoney (1937) es una triste guinda para una carrera cinematográfica que había comenzado con tan buenos augurios. En el “Juggler's World” Vol. 38, N. 1, podemos leer que, a pesar de que el Parkinson le aquejaba desde 1942, su esposa decidió regalarle en 1954 seis bolas de malabares. 
As Joe is going to be 65 this March 29 I would like to surprise him with six new balls to work with. Despite his Parkinsons and the fact that he has trouble even handling his food alone, believe it or not, he can still juggle the balls”. 


Capra y Cook 
“Rain or Shine” había sido un éxito personal de Joe Cook y Capra contó con él, sin dudarlo. También con otros dos actores procedentes del montaje teatral: Tom Howard y Dave Chasen, el futuro restaurador estrella de Hollywood, que encarna aquí a un Harpo Marx redivivo. Eso sí, Capra tuvo que renunciar a las canciones pues Cohn fue taxativo en este punto: los números musicales encarecerían demasiado la producción. A cambio Capra consiguió rodar casi toda la película en localizaciones naturales lo que la dota de un realismo espectacular. La gran parada cuando el circo llega a la ciudad, el montaje de la carpa y el charivari de presentación de las atracciones están espléndidamente servidos al espectador, pero también hay acciones en segundo término que nos permiten ver a los artistas en acción. Nada trasluce que estemos ante una adaptación del escenario, y eso que el diálogo es abundantísimo, pero la forma en que están resueltas las situaciones nos muestran a un director seguro y consciente.

El argumento queda más o menos así: Smiley Johnson (Joe Cook) es el gerente del circo del fallecido John T. Rainey -“dos funciones diarias, llueva o luzca el sol”, según reza el título-. Mary (Joan Peers), la heredera, planea venderlo para hacer frente a las deudas, pero su novio Bud (William Collier Jr.) y Smiley la convencen de que no lo haga. Smiley es un charlatán de primera, capaz de convencer a Amos K. Shrewsberry (Tom Howard) no sólo de que no haga efectiva la deuda que tienen contraída con él sino de que invierta en el circo. Smiley se sale con la suya, gracias al apoyo de la seductora Frankie (Louise Fazenda), que ejerce de princesa oriental.

Sin embargo, cuando Bud les lleva a una cena en casa de sus acaudalados padres que podría ser la solución a la penuria en que se desenvuelven, Smiley, que también está enamorado de Mary, pierde los papeles. Ella le despide y Dalton, el jefe de pista (Alan Roscoe), y Fotz, el domador (Adolph Milar), aprovechan para adueñarse del negocio. Para ello empujan a la huelga a los artistas, que ya llevan unas semanas sin cobrar.

Ante la amenaza del fracaso, Bud hace regresar a Smiley, que convierte la función en un “one man show”. Si pasamos por alto su condición de esquirol, podemos disfrutar de sus números de equilibrio sobre una bola por un balancín, funambulismo con aros, acrobacia, malabarismo con cinco mazas… todo ello rodado de forma original por Capra, colocando la cámara donde mejor luce las habilidades del ejecutante. Se ve que acertó en su tiempo porque los críticos señalaron que, cuando la película se estrenó en el Globe neoyorquino, la gente se puso en pie para aplaudir las actuaciones. El hecho de que un actor realizara por si mismo todas aquellas proezas físicas asombraba a un público acostumbrado a que las estrellas fueran dobladas en estas escenas.

Dalton y Fotz azuzan entonces al público y la revuelta –que mezcla acciones de comedia chusca con ingredientes del cine de catástrofes- termina con un incendio que destruye por completo la carpa. Mary queda atrapada en su interior. Habiendo renunciado a los números musicales, Capra se sintió con fuerzas para exigir a Cohn que le permitiera rodar esta secuencia con varias cámaras, prendiendo fuego a una auténtica carpa. Quienes hayan leído nuestra crónica del rodaje de Circus World, ya saben los peligros que puede acarrear el amor por el realismo.

El final, pleno de melancolía, tampoco deja indiferente. Entretanto Capra ha servido varias secuencias de gran espectáculo –como la marcha de los carromatos bajo un diluvio o el incendio final-, movimientos atrevidos de cámara –como el espléndido travelling descriptivo que acompaña a Bud en su entrada a la pista central-, apuntes de su aprendizaje en la escuela del slapstick —como las caídas de la gorda del carromato o el gorila parlante que explica quién le ha dejado escapar- y chistes de buena ley –como la presencia de la gorda Carmencita en las proximidades de la jaula de los leones cuando el domador se queja de que necesitan seiscientas libras de carne diarias, el peso exacto de la gorda—.


Reciclaje y canibalismo 
Otra película del estudio producida tres años después, es una buena muestra de la habilidad para el ahorro de la Columbia –entonces aún no se hablaba de reciclaje ni de sinergias-. The Circus Queen Murder (La farándula trágica, 1933) fue dirigida por Roy William Neill con intención de dar continuidad a una serie policiaca protagonizada por Adolphe Menjou, que encarna a Thatcher Colt, un fiscal cuya capacidad para leer en los labios le permite resolver los casos más enrevesados. El circo es de nuevo el John T. Rainey, de modo que en esta modesta cinta se pudieran utilizar los planos generales de la carpa y los carromatos. Es probable que volvamos sobre ella porque entre las atracciones hay gorilas, vudú, unos tipos ataviados con el uniforme de los Four Devils, un número protagonizado por caníbales y una bella trapecista (Greta Nissen) abatida por una flecha.


Rain or Shine (Pasa el circo, 1930) 
Producción: Columbia Pictures (EEUU) 
Director: Frank Capra. Guión: Jo Swerling y Dorothy Howell, basado en la comedia musical homónima de James Gleason y Maurice Marks. 
Intérpretes: Joe Cook (“Smiley” Johnson), Louise Fazenda (Frankie, “The Princess”), Joan Peers (Mary Rainey), William Collier Jr. (Bud Conway), Tom Howard (Amos K. Shrewsberry), Dave Chasen (Dave), Alan Roscoe (Dalton, el jefe de pista), Adolph Milar (Foltz, el domador), Clarence Muse (Nero), Nella Walker (artista del circo), Edward Martindale (Mr. Conway), Nora Lane (Grace Conway), Tyrrell Davis (Lord Gwynne). 
90 min. Blanco y negro.

27 de enero de 2010

El rey de la comedia


Simon Louvish Sennett: The Life and Clowns of Keystone 
Londres, Faber and Faber, 2004. 

Simon Louvish -del que les hemos recomendado la biografía de W.C. Fields, y que también se ha atrevido con los hermanos Marx, con Laurel y Hardy y con Mae West-, se embarca en la tarea de realizar la crónica del auge y caída de la Keystone y de su creador, Mack Sennett. El rey de la comedia, el inventor del slapstick, el descubridor de comediantes cinematográficos… Todos estos calificativos y muchos más que esconden en la mayoría de las ocasiones la biografía de un hombre “hecho a sí mismo”, como buena leyenda norteamericana, aunque hubiera nacido en Canadá. Entre 1912 y 1933 Sennett produjo mil títulos y dio la alternativa a Mabel Normand, Roscoe “Fatty” Arbuckle, Charlie Chaplin, Harry Langdon, Ben Turpin o ¡admírense! Bing Crosby. Del trabajo arqueológico de Louvish nos interesa sobre todo su dedicación a las figuras menores u olvidadas de la edad dorada del slapstick como Mae Busch, Phyllis Haver, Andy Clyde, Chester Conklin, Billy Bevan o las Bathing Beauties, su atención a los guionistas y directores –Del Lord, Harry Edwards, F. Richard Jones- y el análisis sobre las relaciones entre el teatro de variedades y el cine cómico. Sennett empieza de la mano de Griffith en la Biograph. 

Con él se traslada desde la Costa Este a Hollywood y allí pone en pie su factoría de comedias. No deja de resultar sorprendente que muchas de las fórmulas aplicadas por Sennett fueran derivaciones humorísticas de los planteamientos de Griffith. No parodias, eso vendría más tarde, durante el reinado de Ben Turpin, sino el aprovechamiento de la construcción en paralelo y el principio del “salvamento en el último instante” como motor de la comedia. El final de la compañía, crack bursátil aparte, se produjo con la llegada del sonido pero no, como suele decirse por la dificultosa transición al sonoro de sus estrellas sino por una serie de inversiones desafortunadas en el peor momento. Louvish gasta esta vez, a nuestro parecer, demasiadas páginas en desenredar la identidad sexual de un hombre apegado a su madre y cuya devoción por Mabel Normand pudo ser puramente platónica o, incluso, una construcción en el ocaso de su carrera a fin de venderle un argumento a los grandes estudios de Hollywood. En cualquier caso, la imagen del magnate de la comedia controlando toda su producción desde la bañera instalada en su despacho, nos devuelve al mito en su integridad. El que el mismo “rey de la comedia” quiso dejar para la posteridad en su autobiografía, editada en castellano por la Fundación de Cultura del Ayuntamiento de Oviedo en 1966.

21 de enero de 2010

Los Jintas, improvisados volatineros japoneses


Sakasu gonin-gumi (1935), Mikio Naruse 

Mikio Naruse 
Sakasu gonin-gumi es la cuarta película sonora de Mikio Naruse (1905-1969) para la productora PCL (Photo-Chemical Laboratories, más tarde Toho), después de haber abandonado la Shochiku en 1934. En el estudio dirigido por Shiro Kido había entrado con quince años, ejerciendo de ayudante hasta que le dieron la oportunidad de dirigir en 1931. No obstante, el estilo contenido y melodramático de Naruse encajaba malamente con las comedias familiares de la casa. Es célebre la frase del jefe del estudio cuando Naruse abandonó la disciplina de Shochiku: “No necesitamos otro [Yasuhiro] Ozu”.

En 1935 Naruse estrena Otome-gokoro sannin kyoudai [Tres hermanas de corazón puro], Joyu to Shirin [La actriz y el poeta], Tsuma yo bara no yo ni [¡Esposa, sé como una rosa!], Uwasa no musume [La chica en boca de todos] y esta Sakasu gonin-gumi [Cinco hombres en el circo] que hoy nos ocupa. Tsuma yo bara no yo ni obtuvo el premio a la mejor película del año de la revista “Kinema Jumpo”, lo que ha oscurecido esta película menor hasta el extremo de que la base de datos imdb no detalla su ficha y el completo estudio que el Festival de San Sebastián de 1998 dedicó a la obra narusiana no trae ningún comentario sobre ella, salvo los créditos y un sucinto argumento. 

Músicos bajo la carpa (melancólicos) 
Cinco músicos ambulantes conocidos como “Los Jintas” llegan a una ciudad. Como ocurre en tantas ocasiones en el cine japonés de esta época el conflicto queda planteado entre tradición y modernidad, toda vez que Los Jintas interpretan música con instrumentos occidentales. Yosikichi, el violinista del grupo, pide en la posada que le pongan un disco de música clásica europea en lugar de la canción japonesa que suena en el gramófono e, incluso, se atreve a pedir un “bisteki” provocando la consiguiente perplejidad del cocinero.

En la ciudad en que recalan se acaba de establecer el circo Asahi, que dirige el tiránico Matsumoto. Los músicos se han quedado sin trabajo y acuden al circo en busca de diversión y a ver si ligan. Las atracciones incluyen un número de trapecio volante, un equilibrista en bicicleta y un número de danza interpretado por las dos hijas Matsumoto: Sumiko y Chiyoko (Masako Tsutsumi). La belleza de las muchachas cautiva a los músicos. Hace tiempo que Matsumoto no abona los salarios y el mago Kunio, el novio de Sumiko alienta al resto a ponerse en huelga y todos los miembros masculino de la troupe le siguen. Matsumoto contrata entonces a Los Jintas para sustituirlos. Lo primero que deben hacer es el pasacalles.

Mientras Yosikichi y Chiyoko se hacen confidencias sobre sus planes de futuro (él tiene aspiraciones artísticas y quiere ser un gran concertista y ella desea abandonar el camino y tener un hogar) Matsumoto ordena al resto de Los Jintas que realicen los ejercicios que no van a hacer los huelguistas. Uno debe cantar una canción, otro hacer equilibrios con la bicicleta y el tercero subirse al trapecio. -¿El trapecio? ¡Es demasiado peligroso! -Sólo te hace falta un poquito de entrenamiento. Y si te caes… a la gente le encantará.

Finalmente realiza un número burlesco, maquillado de payaso, entre las chicas que bailan ataviadas de hawaianas. Todo es por darle algo de dinero a una muchacha que fue abandonada por su padre… como hizo él con su hija. Chiyoko le explica entonces que no es verdad, que ella le cuenta la misma historia a todo el mundo y se gasta el dinero en golosinas.

La función se completa con una demostración de tiro y una malabarista que hace ejercicios con un barril. Yosikichi se ofrece a dar un concierto de violín. Matsumoto le asegura que esto aburrirá a su público. Chiyoko es la única que aprecia su talento y le apoya. Pero su actuación es un fracaso total. La experiencia resulta tan frustrante para Yosikichi que se marcha con Los Jintas, renunciando al amor de Chiyoko.

Sumiko, que ha subido al trapecio para salvar la función, cae al suelo abrumada como se encuentra por el abandono de Kunio. Naruse no muestra sino el trapecio balanceándose en el vacío. Así que las tres historias principales tienen finales patéticos. Naruse lo resume en un plano de los cinco músicos carretera adelante de filiación chaplinesca. 

Dos cómicos disfrazados de caballo 
Alternando momentos sentimentales de una delicada belleza –como la conversación de las dos hermanas en el río- con otros de comedia bufa –las trapisondas de los músicos para sacar la ropa de la posada- la película termina dominada por un aire melancólico. Naruse encuadra la acción siempre con gusto y mueve la cámara con fluidez… mucho más de lo que lo hará andando el tiempo cuando los travellings de seguimiento de una pareja que conversa se conviertan en su firma personal. El sacrificio femenino, siempre presente en sus películas, es otro de los temas de esta comedia transición, que alcanzaría sus cotas más altas en los años cincuenta, con las películas basadas en las novelas de la escritora Fumiko Hayashi, como Bangiku (Cristantemos tardíos, 1954) o Ukigumo (Nubes flotantes, 1955).

En 1940 Naruse se acerca a otro de los asuntos que suelen ocuparnos –las compañías de cómicos ambulantes-, en Tabi Yakusha [Cómicos ambulantes]. Al parecer Naruse se habría inspirado para hilvanar esta comedia en un episodio de Ukigusa monogatari (1934), de su maestro Ozu, cuya versión de 1959 ya hemos comentado en estas páginas. Se trata de la relación entre los dos actores que hacen la parte delantera y trasera de un caballo cuando el director de la compañía de kabuki pretende sustituirlos por un auténtico equino. 

Sakasu gonin-gumi (1935) 
Producción: PCL (JAP) 
Director: Mikio Naruse. 
Guión: Ryuji Nsgami y Kohei Ima, basado en un argumento de Roppa Furukawa. 
ntérpretes: Masako Tsutsumi (Chiyoko), Ryuko Umezono (Sumiko), Heihachiro Okawa (Kokichi), Hiroshi Uruki (Torakichi), Kamatari Fujiwara (Tadakichi), Riki Miyagawa (Rokuta), Ko Mihashi (Seiroku), Sadao Maruyama, Masako Sanjo. 
64 min. Blanco y negro.

16 de enero de 2010

El Circo de la Mariposa


The Butterfly Circus (2009), Joshua Weigel

Por sorpresa, el día de Navidad, tuve un regalo maravilloso. Tuve ocasión de ver el cortometraje The Butterfly Circus (2009). Como la inconclusa serie de televisión Carnivale (2003), The Butterfly Circus está ambientada en la época de la depresión americana, impregnado todo por un tono amarillo desierto que acompaña muy bien a las compañías ambulantes y a su pobreza.
El corto es un canto a la autosuperación y a la esperanza, cuyo protagonista es Bill (Nick Vujicic), un hombre sin extremidades. Este australiano se ha convertido en un famosos orador motivacional y recorre el mundo contando sus experiencias y ayudando a muchas personas a revisar su actitud frente a la vida. Sus pequeños logros diarios fueron fuente de inspiración para muchos y para él mismo que decidió dedicarse a transmitir su mensaje de esperanza cristiana.

La verdad es que aunque la película contrapone la exhibición de fenómenos o discapacitados con el espectáculo verdadero ("la belleza adquirida gracias a la paciencia"), en la vida real estos dos manifestaciones vivían de la mano como bien dice Bill. Los circos administraban un pequeño carnaval de diez atracciones en una –Ten in One– que daba colorido al paseo que conducía a la entrada principal del circo, el sideshow, vamos. "Vienen de todas partes para vernos". Para muchos de ellos significaba la única manera de ganarse su propia vida y de huir del desprecio y los abusos de sus afortunados y completos semejantes.

Nuestro protagonista no estaba tan mal en esa pequeña tienda de fenómenos que comparte con la mujer gorda, las hermanas siamesas y el hombre tatuado entre otros. Lo que pasa es que no estaba bien vendido ni bien tratado. El charlatán (Mark Atteberry) tiene la osadía de presentarlo como al ser humano que hasta el mismo Dios ha dado la espalda. Y el director tiene la osadía de filmar cómo dos muchachos le arrojan tomates.

En fin, que al resignado tronco no le queda otra que escaparse. Y como un torpe polizón se esconde en los camiones del Butterfly Circus, una inspirada troupe de artistas compuesta por Otto, contorsionista y escapista (Doug Jones), Ana, la trapecista (Lexi Pearl), el forzudo, el tragafuegos… y el anciano Poppy (Bob Yerkes) realizando trapecio volante.

Después de caerse en un río, Bill, a punto de ahogarse, comprueba que puede nadar. La euforia de la troupe se desata y el atractivo maestro de ceremonias Mr. Méndez (el actor mexicano Eduardo Verástegui) que al principio se negaba a presentar fenómenos de sideshow en su espectáculo, al final acaba presentando un número sensacional, pero no por ello éticamente menos reprobable que la exhibición pura y dura de la anterior vida de Bill. En un auténtico y clásico de nuestro repertorio diving act, Bill es izado a lo alto de una escalera desde donde se lanza a un bidón lleno de agua. El acto tiene más glamour que cuando Bill soportaba las burlas del hombre tatuado, pero la sensación que me provoca no deja de ser, en el fondo, la misma.

Volvamos al Sideshow.
Algunos de estos artistas simplemente se exhibían y su acción se reducía a vender postales con su fotografía y un texto sobre su vida, pero otros mostraban su destreza, su habilidad y su capacidad de superación realizando pequeñas rutinas. Los hombres sin brazos tenían que desarrollar sus habilidades podológicas si querían desenvolverse y realizar determinadas actividades. Los hombres tronco y los hombres langosta, llamados así porque sus dedos forman una pinza que sale a la altura de los hombros, tendían a desarrollar los minúsculos apéndices que les quedaban para realizar, generalmente con mucho esfuerzo, determinadas acciones cotidianas como encender un cigarrillo: véase Freaks (1927) Sí, esto causaba admiración y extrañeza entre el público, y muchas veces desprecio, burla. Esa mezcla, con las apropiadas dosis, es el cocktail perfecto en el mundo del espectáculo.

Ya hemos hablado en nuestra carpa de Kobelkoff, uno de los grandes y más famosos hombre sin extremidades, pionero en la exhibición de películas en las ferias acompañando sus propias exhibiciones con la proyección de películas, en ocasiones protagonizadas por él mismo. Una inteligente manera de hacer doblete, como nuestro admirado Fregoli. Y tendremos ocasión de volver una y otra vez a este tema que nos apasiona y que debido a su complejidad y al gran número de películas y libros sobre el tema, estamos reservando para más adelante.

Butterfly Circus ha sido el ganador de l concurso anual del ‘The Doorpost Film Project’, entre cuyos principios están sacar a la luz la verdad del hombre y abrir la puerta a trabajos cinematográficos que entretengan y provoquen un impacto profundo en la vida de los espectadores. Sus diferentes secciones están dedicadas a la Autenticidad, Comunidad, Sacrificio, Compromiso, Verdad, Identidad y Esperanza. Toda una demostración de principios. La película que nos ocupa quedó ganadora de la sección dedicada a la Esperanza (Hope). 

 

The Butterfly Circus (2009)
(EEUU)
Director: Joshua Weigel
Guión: Joshua Weigel y Rebekah Weigel
Productor ejecutivo: Nathan Elliott
Intérpretes: Eduardo Verástegui (Mr. Mendez), Nick Vujicic (Will), Doug Jones (Otto), Matt Allmen (George), Connor Rosen (Sammy), Lexi Pearl (Anna), Bob Yerkes (Poppy), Mark Atteberry (charlatán del sideshow), Kirk Bovill (Jimmy, el Hombre Tatuado), Dion Slide (el padre), Christian Pikes (chico) Max Daniels (payaso), Corey David Thomas (marionetista)
20 min. Color

14 de enero de 2010

Very Special People


Este libro es el primero que cayó en mis manos referente a los freaks. El primero y uno de los más interesantes. El que me empujó a interesarme más sobre ellos gracias a sus fantásticas historias personales y su asombrosa capacidad de superación. Muy ameno, cubre casi todas las deformidades artísticas y las historias de muchos de ellos.

Drimmer, Frederik
Very Special People, 
The Struggless, Loves and Triumphs of Human Oddities
Amjon Publishers, Inc, NY, 1973

13 de enero de 2010

El Hombre Tronco

Kobelkoff (1900)
Nikolai Vassilivivh Kobelkoff nació en 1853 en Troizk, en la Siberia rusa en el seno de una acomodada familia numerosa de 14 hermanos, todos ellos normales excepto el pequeño Nikolai. Al principio sus padres pretenden ocultarlo de las miradas horrorizadas de sus vecinos, pero pronto aceptan la realidad y permiten que un clérigo de buen corazón le dé una educación básica. Kobelkoff se anima y aprende a escribir y a pintar, desarrollando con asombrosa efectividad el muñón de su hombro derecho que junto con la barbilla le permitían realizar numerosas actividades de la vida diaria.

Un avispado empresario de espectáculos llamado Berg le ofrece la posibilidad de trabajar en St. Petersburgo en el año 1870. Durante los dos años siguientes, Kobelkoff maravillará a la audiencia con sus demostraciones de habilidad comiendo con cuchara, abriendo y sirviendo vino en un vaso, pintando, enhebrando una aguja, disparando con rifle, danzando y realizando diversas acrobacias… En esta grabación, Kobelkoff nos muestra su talento y su encanto personal en un acto lleno de dinamismo. Su fama se expandió por toda Europa llegando a actuar ante la realeza de diferentes países.


En 1876 se casa con una joven austriaca, Anna Wilfert. En su extraño casamiento, como cuenta Frederik Dimmer en su excelente libro Very Special People (1973), Nikolai después de llevar a su mujer en brazos (¿?) hasta el altar, puso el anillo a su prometida con la boca y guardó el suyo en una pequeña bolsa que llevaba colgada al cuello. Fue un matrimonio feliz que engendró hasta once niños normales, seis de los cuales alcanzaron la madurez.

El Hombre Tronco fue una persona cultivada y muy emprendedora. Algunos estudiosos hablan de su autoritarismo y de los maltratos a los que sometía a su mujer. Como otro gran artista de la época, el violinista sin brazos Carl Unthan, publicó sus memorias. También construyó su propia barraca de feria donde, como novedad, incluye el cinematógrafo y acaba sus días en 1933 con su propio establecimiento en el Prater, el histórico Parque de atracciones de Viena.