28 de septiembre de 2009

Eddie Cline y Mr. Fields



Never Give a Sucker an Even Break (1941), Edward F. Cline

A finales de los treinta, W.C. Fields abandona el estudio que había sido su casa durante toda la década, la Paramount. Se traslada entonces a Universal. En 1938 Nate J. Blumberg sustituye a Robert Cochrane. Se mantienen las producciones en marcha pero el golpe de timón propicia que al año siguiente el estudio abandone su política de producciones de bajo coste basadas en la enésima revisión –o parodia directa- de sus títulos de la Edad de Oro del terror con Bela Lugosi y Boris Karloff e intente las producciones de prestigio. A Fields le ofrecen un salario de 125.000 dólares por película y un plus de 25.000 cuando proporcione también el argumento. El hombre de las cincuenta cuentas abiertas en diferentes bancos de Estados Unidos con nombres tan evidentemente apócrifos como estrafalarios, acepta. Estamos en el tramo final de su carrera que se inaugura con
You Cant’t Cheat an Honest Man.

Un director de la escuela de Sennett
El director titular de You Cant’t Cheat an Honest Man es George Marshall pero su incapacidad para bregar con el Gran Hombre hace que el estudio recurra a un viejo conocido de Fields: Eddie Cline.

Edward F. Cline había nacido en un lugar llamado Kenosha en 1892. Trabaja en teatro y vodevil hasta que a los 21 años ingresa en Keystone. Primero, como uno de los policías volantes de Sennett –los Keystone Kops- y más tarde como director de peliculas de las Bathing Beauties. Entre 1920 y 1923 tenemos que descubrirnos porque Cline colabora con Keaton en la ejecución de algunas de sus mejores comedias de dos rollos:
One Week (Una semana, 1920), Neighbours (Vecinos, 1920) The Playhouse (El gran espectáculo, 1921), Cops (La mudanza, 1922) o su primera incursión en el slapstick de largo metraje The Three Ages (Las tres edades, 1923).

En 1925 Cline se reincorpora a la disciplina de Sennett –ahora con distribución Pathé- y dirige a otros comediantes menores que asoman cada tanto la nariz por nuestra carpa, como Andy Clide o Ben Turpin. Entre sus logros de esta época dar la alternativa a la excelsa gamberra Carole Lombard. Del Lord es el favorito del mandamás Sennett pero Eddie Cline, Roy del Ruth y Harry Edwards son serios competidores.

Cline realiza la transición al sonoro con fluidez. Sin abandonar del todo las raíces
slapstick de su humor aprovecha su experiencia en el vodevil para dirigir a parejas de cómicos procedentes de este mundo que eclosionan con el sonoro. Es la escuela de la comedia excéntrica cuyo epicentro son los Hermanos Marx. De Olsen y Johnson, a los que Cline dirige en Crazy House, ya hemos hablado a propósito de Hellzapoppin.

Es en esta época cuando Fields y Cline se encuentran, durante el rodaje de
Million Dollar Legs (A todo gas, 1932), una producción Paramount con todas las características de las que hablábamos antes. En Universal, ya lo dijimos, Cline se convierte en “el director” de las películas que Fields protagoniza y escribe. En You Can't Cheat an Honest Man Fields firma el argumento con el seudónimo de Charles Bogle. Su auténtico nombre aparece excepcionalmente en los créditos de My Little Chickadee (1940) junto al de su copartícipe femenina, Mae West. Se responsabiliza del guión de The Bank Dick (1940), nueva incursión en las viejas farsas familiares cocinadas a fuego lento, como Mahatma Kane Jeeves. Y la epigonal Never Give a Sucker an Even Break (1941) lleva en cada uno de sus fotogramas la firma del Gran Hombre, esta vez con el alias de Otis Criblecoblis.

Nunca des una oportunidad a un pardillo
Never Give a Sucker an Even Break es la destilación de su emparejamiento con Eddie Cline. Modos ya olvidados a estas alturas volvían a estar de moda en los albores de la entrada de EEUU en guerra. La pareja no pierde el tiempo y se dedica a reunir de nuevo una serie de escenas clásicas –como el Berlanga de París-Tombuctú, sin ir más lejos- con modos de comedia chiflada. La excusa es que el tío Bill (W.C. Fields) ha escrito un guión y el productor de Esoteric Pictures (Franlin Pangborn) está interesado en contratar a su cantarina sobrina (Gloria Jean), así que no tiene más remedio que recibirle cuando se presenta en la oficina con un guión descabellado.


El guión relata el viaje del Gran Hombre en la terraza trasera de un avión. Cuando su petaca de güisqui cae accidentalmente mientras sobrevuelan Rusia se lanza en pos de ella. Cae en un pico en forma de aguja donde una joven, Ouilotta Hemogloben (Susan Miller), vive encerrada desde los tres meses. Su madre (la grouchiana Margaret Dumont) no quiere que conozca a los hombres que la hicieron a ella infeliz. Pero Fields le enseña “el juego del beso”, el deporte nacional de su país. Cuando madame Hemogloben le pide que le enseñe el juego, el tío Bill se arroja de cabeza en una cestilla con un torno en la que desciende sin freno los trescientos metros que le separan del suelo.

En una taberna, un cazadotes (Leon Erroll) le reta a beber leche de cabra fermentada y por él se entera de que Margaret Dumont es la mujer más rica del estado. Se establece entonces una carrera sin reglas para ver quien es el primero que consigue conquistarla y casarse con ella. El tío Bill hace una entrada triunfal en la mansión ataviado con un chaqué con unos faldones de tres metros que sostienen unos pajes.

Todo ello salpimentado con los primores canoros de su dulce sobrinita, que en realidad no son sino añagazas para que el productor le permita seguir leyendo su insólito argumento. Pero el pobre señor Pangborn no aguanta más.
-¿Está usted loco o piensa que yo soy imbécil? –le espeta. Y después de una mínima pausa: Mejor no conteste.

Expulsado del estudio, Fields entra en uno de esos bares de batidos que los americanos llaman “Soda Fountains”. Se vuelve hacia nosotros, espectadores, al tiempo que asegura que la secuencia estaba prevista en un auténtico bar pero que la Censura se ha puesto un poco pesada en este extremo y que no iban a dejar por ello de rodar la escena. Nos alegramos porque aquí tiene lugar uno de sus más famosas frases. Aquella en la que afirma que fue su esposa quien le condujo a la bebida. “Es lo único que tengo que agradecerle”.

Si hasta aquí el ritmo ha sido impuesto por Fields –son sus situaciones y sus diálogos los que conducen (empleemos este eufemismo) la acción-, los últimos diez minutos son un estallido de
slapstick sin concesiones. La revisitación del espíritu Keystone quince años después, con un Eddie Cline dispuesto a proporcionarnos un gag cada cinco segundos y un W.C. Fields al volante de un viejo coche en el que debe conducir a la Maternidad a una dama de cierta edad que, por supuesto, no está embarazada. Motoristas, policías, bomberos, pintores, obreros, enfermeros y un automóvil que se va quedando literalmente entre las manos de Fields sirven a Cline para ofrecernos la guinda descacharrante para una comedia excéntrica de altos vuelos. Ese mismo año, Preston Sturges tomará el relevo de un género que se creía periclitado, salpimentándolo, además, con una buena dosis de sátira.

Never Give a Sucker an Even Break es la última película protagonizada por W.C. Fields. Cline siguió rodando a destajo, productos cada vez con menos pretensiones y terminó en la modestísima Monogram, una de las productoras del denominado Callejón de la Pobreza.

Epílogo primate (dedicado al Abuelito)
Entre los habitantes de la aguja en cuya cumbre se levanta la mansión de madame Hemogloben se encuentra el gorila Gargo. Nadie pretende hacerlo pasar por un auténtico gorila, pues salta a la vista que se trata de un hombre con un disfraz. Se trata del pequeño Emil Van Horn, que según los estudiosos de estos asuntos, se movía habitualmente –dentro de su traje, faltaría más- en el circuito del burlesque donde ofrecía un contrapunto cómico a la belleza de las mujeres junto a las que actuaba.

Hasta donde hemos podido enterarnos por www.gorillamen.com, la enciclopedia de los hombres disfrazados de simios, Emil debuta en el cine con Never Give a Sucker. Interviene después en varios capítulos del serial Perils of Nyoka (Los peligros de Nyoka, 1942) como el gorila Satán, sicario de la malvada Vultura (Lorna Gray). Mayor protagonismo tuvo en The Ape Man (1943) título lugosiano sobre el que a buen seguro tendrá la amabilidad de echarnos un capote el Abuelito. Su última aparición en la pantalla, según nuestra información, tuvo lugar en Are You with It? (1948), comedia al servicio de Donald O’Connor. Luego Emil Van Horn volvió a los clubs de striptease de Florida, pero perdió el trabajo el día que le robaron el disfraz. Trabajó ocasionalmente como figurante y falleció el 1 de enero de 1967.

Never Give a Sucker an Even Break (1941)
Producción: Universal Pictures (EEUU)
Director: Edward F. Cline.
Guión: Prescott Chaplin y John T. Neville, basado en un argumento de Otis B. Criblecoblis (W.C. Fields).
Intérpretes: W.C. Fields (el Gran Hombre, W.C. Fields), Gloria Jean (su sobrina), Leon Errol (su rival), Butch y Buddy (los chicos músicos), Margaret Dumont (Mrs. Hemogloben), Susan Miller (Ouilotta Hemogloben), Franklin Pangborn (Mr. Pangborn, el productor), Mona Barrie (la señora Pangborn), Anne Nagel (Madame Gorgeous), Irving Bacon (el camarero), Jody Gilbert (la camarera), Charles Lang, Nell O'Day, Minerva Urecal y Emil Van Horn (Gargo, el gorila).
71 min. Blanco y negro.


2 comentarios:

El Abuelito dijo...

¡Corro a ver la película!
De The ape man algo se habla en el Desván, en una entrada en la que de golpe se revisaban quince películas de Lugosi; el gorila acompaña al húngaro (en vías de transformarse en simio y con aspecto de Abraham Lincoln) en sus correrías y matanzas, paseando por las calles atado a una correa, como quien saca al perro al parque. Creo recordar que es de la Monogram, con la consiguiente penuria que tal hecho acarrea... y con el desparpajo y la frescura que en ocasiones contadas trae consigo esa misma falta de medios.
Grandiosa información, un nombre más a sumar a los de Ray Corrigan y Charles Gemora.

Sr. Feliú dijo...

Venerable Abuelito:
Muchas gracias por su docto comentario. Remitimos a nuestros lectores (si los hubiera) a su reseña de "The Ape Man" y esperamos que disfrute de este Fields epigonal y desquiciado, nunca desquiciante.
Sus nietos que bien le quieren