30 de septiembre de 2009

Fields en su casa de ustedes


NO TUVIERON suerte en su día las películas de W.C. Fields en el mercado cinematográfico español. Acaso por su humor agrio y un tanto asilvestrado, poco apto para el consumo familiar. Tan sólo ocho de sus títulos del periodo sonoro se estrenaron en nuestras pantallas y en la mayoría de ellos Fields actuaba en papeles secundarios.


Tampoco el vídeo doméstico ha sido pródigo en títulos fieldsianos. Hoy por hoy sólo se pueden encontrar en l mercado nacional ediciones de David Copperfield (David Copperfield, 1935), de George Cukor, y de If I Had a Million (Si yo tuviera un millón, 1932), cinta de sketches de Ernst Lubitsch, en la que el Gran Hombre protagoniza uno de los más celebrados. (Pueden verlo aquí si no son muy escrupulosos y dominan la lengua de Mahatma Kane Jeeves).

La edición de
Sally of the Sawdust (Sally, la hija del circo, 1925), de David Wark Griffith, es un auténtico desastre.

Hay que irse a las ediciones norteamericanas para tener una visión más completa del asunto. Nosotros hemos tirado de sendos packs editados por Universal con el título de W.C. Fields Comedy Collection, a los que sólo podemos reprochar que no sean un poco más completos y el desorden cronológico. Por lo demás, se ven impecablemente, incluyen trailers de casi todos los títulos y disponen de subtítulos en español, francés e inglés.

El volumen 1 contiene: The Bank Dick (1940), My Little Chickadee (1940), You Can't Cheat an Honest Man (1939), It's a Gift (1934) e International House (Casa Internacional, 1933). Además, este ultimo disco incluye como extra el documental de la serie “Biography”: W.C. Fields: Behind the Laughter (1994), donde historiadores y familiares repasan la vida y la carrera de Fields.


El volumen 2 está integrado por: Man on the Flying Trapeze (1935), Never Give a Sucker an Even Break (1941), You're Telling Me! (Donde menos se piensa, 1934), The Old Fashioned Way (1934) y Poppy (1936),

También en esta ocasión hay un documental, más valioso como rareza que por su valor informativo. Se trata de un programa de la televisión canadiense titulado
Wayne and Shuster Take an Affectionate Look At... W.C. Fields (1965) y sirve de acompañamiento a Never Give a Sucker an Even Break.

Hay varias recopilaciones de cortometrajes, casi todas procedentes de las copias que Raymond Rohauer puso en circulación en los años sesenta y llevaron a la rehabilitación del Gran Hombre ante la muchachada contestataria de aquellos años. La más recomendable es la versión restaurada por Criterion, titulada 6 Short Films. Contiene: The Golf Specialist (1930), The Dentist (1932), The Barber Shop (1933), The Pharmacist (1933), The Fatal Glass of Beer (1933) y el debut de Fields en la pantalla Pool Sharks (1915). Sólo tiene subtítulos en ingles para duros de oído.

Los que se hayan quedado con hambre disponen de una edición británica con 17 películas en 10 discos titulada W.C. Fields: 17 Classic Movies. Edita Universal a un precio verdaderamente competitivo e incluye, además de los diez títulos de los packs norteamericanos: Million Dollar Legs (A todo gas, 1932), If I Had a Million, Tillie and Gus (Un par de tíos, 1933), Six of a Kind (Viaje de placer, 1934), comedia coral en la que los principales papeles recaen en Charlie Ruggles y Mary Boland, Mississippi (El cantor del río, 1935), protagonizada por Bing Crosby, The Big Broadcast of 1938 (1938), en el que Fields tiene un doble papel, y Follow The Boys (1944), musical bélico con actuaciones estelares de Marlene Dietrich, Orson Welles, The Andrews Sisters y W.C. Fields.

Pueden encontrar otros títulos sueltos, pero los cofres de Universal y la colección de cortos son suficiente para hacerse una idea global de cómo se las gastaba el gran misántropo, el hombre que odiaba a los niños y a los perros, el actor que un día salió de su camerino preguntando a gritos quién había sido el sinvergüenza que había descorchado su almuerzo.

28 de septiembre de 2009

Eddie Cline y Mr. Fields



Never Give a Sucker an Even Break (1941), Edward F. Cline

A finales de los treinta, W.C. Fields abandona el estudio que había sido su casa durante toda la década, la Paramount. Se traslada entonces a Universal. En 1938 Nate J. Blumberg sustituye a Robert Cochrane. Se mantienen las producciones en marcha pero el golpe de timón propicia que al año siguiente el estudio abandone su política de producciones de bajo coste basadas en la enésima revisión –o parodia directa- de sus títulos de la Edad de Oro del terror con Bela Lugosi y Boris Karloff e intente las producciones de prestigio. A Fields le ofrecen un salario de 125.000 dólares por película y un plus de 25.000 cuando proporcione también el argumento. El hombre de las cincuenta cuentas abiertas en diferentes bancos de Estados Unidos con nombres tan evidentemente apócrifos como estrafalarios, acepta. Estamos en el tramo final de su carrera que se inaugura con
You Cant’t Cheat an Honest Man.

Un director de la escuela de Sennett
El director titular de You Cant’t Cheat an Honest Man es George Marshall pero su incapacidad para bregar con el Gran Hombre hace que el estudio recurra a un viejo conocido de Fields: Eddie Cline.

Edward F. Cline había nacido en un lugar llamado Kenosha en 1892. Trabaja en teatro y vodevil hasta que a los 21 años ingresa en Keystone. Primero, como uno de los policías volantes de Sennett –los Keystone Kops- y más tarde como director de peliculas de las Bathing Beauties. Entre 1920 y 1923 tenemos que descubrirnos porque Cline colabora con Keaton en la ejecución de algunas de sus mejores comedias de dos rollos:
One Week (Una semana, 1920), Neighbours (Vecinos, 1920) The Playhouse (El gran espectáculo, 1921), Cops (La mudanza, 1922) o su primera incursión en el slapstick de largo metraje The Three Ages (Las tres edades, 1923).

En 1925 Cline se reincorpora a la disciplina de Sennett –ahora con distribución Pathé- y dirige a otros comediantes menores que asoman cada tanto la nariz por nuestra carpa, como Andy Clide o Ben Turpin. Entre sus logros de esta época dar la alternativa a la excelsa gamberra Carole Lombard. Del Lord es el favorito del mandamás Sennett pero Eddie Cline, Roy del Ruth y Harry Edwards son serios competidores.

Cline realiza la transición al sonoro con fluidez. Sin abandonar del todo las raíces
slapstick de su humor aprovecha su experiencia en el vodevil para dirigir a parejas de cómicos procedentes de este mundo que eclosionan con el sonoro. Es la escuela de la comedia excéntrica cuyo epicentro son los Hermanos Marx. De Olsen y Johnson, a los que Cline dirige en Crazy House, ya hemos hablado a propósito de Hellzapoppin.

Es en esta época cuando Fields y Cline se encuentran, durante el rodaje de
Million Dollar Legs (A todo gas, 1932), una producción Paramount con todas las características de las que hablábamos antes. En Universal, ya lo dijimos, Cline se convierte en “el director” de las películas que Fields protagoniza y escribe. En You Can't Cheat an Honest Man Fields firma el argumento con el seudónimo de Charles Bogle. Su auténtico nombre aparece excepcionalmente en los créditos de My Little Chickadee (1940) junto al de su copartícipe femenina, Mae West. Se responsabiliza del guión de The Bank Dick (1940), nueva incursión en las viejas farsas familiares cocinadas a fuego lento, como Mahatma Kane Jeeves. Y la epigonal Never Give a Sucker an Even Break (1941) lleva en cada uno de sus fotogramas la firma del Gran Hombre, esta vez con el alias de Otis Criblecoblis.

Nunca des una oportunidad a un pardillo
Never Give a Sucker an Even Break es la destilación de su emparejamiento con Eddie Cline. Modos ya olvidados a estas alturas volvían a estar de moda en los albores de la entrada de EEUU en guerra. La pareja no pierde el tiempo y se dedica a reunir de nuevo una serie de escenas clásicas –como el Berlanga de París-Tombuctú, sin ir más lejos- con modos de comedia chiflada. La excusa es que el tío Bill (W.C. Fields) ha escrito un guión y el productor de Esoteric Pictures (Franlin Pangborn) está interesado en contratar a su cantarina sobrina (Gloria Jean), así que no tiene más remedio que recibirle cuando se presenta en la oficina con un guión descabellado.


El guión relata el viaje del Gran Hombre en la terraza trasera de un avión. Cuando su petaca de güisqui cae accidentalmente mientras sobrevuelan Rusia se lanza en pos de ella. Cae en un pico en forma de aguja donde una joven, Ouilotta Hemogloben (Susan Miller), vive encerrada desde los tres meses. Su madre (la grouchiana Margaret Dumont) no quiere que conozca a los hombres que la hicieron a ella infeliz. Pero Fields le enseña “el juego del beso”, el deporte nacional de su país. Cuando madame Hemogloben le pide que le enseñe el juego, el tío Bill se arroja de cabeza en una cestilla con un torno en la que desciende sin freno los trescientos metros que le separan del suelo.

En una taberna, un cazadotes (Leon Erroll) le reta a beber leche de cabra fermentada y por él se entera de que Margaret Dumont es la mujer más rica del estado. Se establece entonces una carrera sin reglas para ver quien es el primero que consigue conquistarla y casarse con ella. El tío Bill hace una entrada triunfal en la mansión ataviado con un chaqué con unos faldones de tres metros que sostienen unos pajes.

Todo ello salpimentado con los primores canoros de su dulce sobrinita, que en realidad no son sino añagazas para que el productor le permita seguir leyendo su insólito argumento. Pero el pobre señor Pangborn no aguanta más.
-¿Está usted loco o piensa que yo soy imbécil? –le espeta. Y después de una mínima pausa: Mejor no conteste.

Expulsado del estudio, Fields entra en uno de esos bares de batidos que los americanos llaman “Soda Fountains”. Se vuelve hacia nosotros, espectadores, al tiempo que asegura que la secuencia estaba prevista en un auténtico bar pero que la Censura se ha puesto un poco pesada en este extremo y que no iban a dejar por ello de rodar la escena. Nos alegramos porque aquí tiene lugar uno de sus más famosas frases. Aquella en la que afirma que fue su esposa quien le condujo a la bebida. “Es lo único que tengo que agradecerle”.

Si hasta aquí el ritmo ha sido impuesto por Fields –son sus situaciones y sus diálogos los que conducen (empleemos este eufemismo) la acción-, los últimos diez minutos son un estallido de
slapstick sin concesiones. La revisitación del espíritu Keystone quince años después, con un Eddie Cline dispuesto a proporcionarnos un gag cada cinco segundos y un W.C. Fields al volante de un viejo coche en el que debe conducir a la Maternidad a una dama de cierta edad que, por supuesto, no está embarazada. Motoristas, policías, bomberos, pintores, obreros, enfermeros y un automóvil que se va quedando literalmente entre las manos de Fields sirven a Cline para ofrecernos la guinda descacharrante para una comedia excéntrica de altos vuelos. Ese mismo año, Preston Sturges tomará el relevo de un género que se creía periclitado, salpimentándolo, además, con una buena dosis de sátira.

Never Give a Sucker an Even Break es la última película protagonizada por W.C. Fields. Cline siguió rodando a destajo, productos cada vez con menos pretensiones y terminó en la modestísima Monogram, una de las productoras del denominado Callejón de la Pobreza.

Epílogo primate (dedicado al Abuelito)
Entre los habitantes de la aguja en cuya cumbre se levanta la mansión de madame Hemogloben se encuentra el gorila Gargo. Nadie pretende hacerlo pasar por un auténtico gorila, pues salta a la vista que se trata de un hombre con un disfraz. Se trata del pequeño Emil Van Horn, que según los estudiosos de estos asuntos, se movía habitualmente –dentro de su traje, faltaría más- en el circuito del burlesque donde ofrecía un contrapunto cómico a la belleza de las mujeres junto a las que actuaba.

Hasta donde hemos podido enterarnos por www.gorillamen.com, la enciclopedia de los hombres disfrazados de simios, Emil debuta en el cine con Never Give a Sucker. Interviene después en varios capítulos del serial Perils of Nyoka (Los peligros de Nyoka, 1942) como el gorila Satán, sicario de la malvada Vultura (Lorna Gray). Mayor protagonismo tuvo en The Ape Man (1943) título lugosiano sobre el que a buen seguro tendrá la amabilidad de echarnos un capote el Abuelito. Su última aparición en la pantalla, según nuestra información, tuvo lugar en Are You with It? (1948), comedia al servicio de Donald O’Connor. Luego Emil Van Horn volvió a los clubs de striptease de Florida, pero perdió el trabajo el día que le robaron el disfraz. Trabajó ocasionalmente como figurante y falleció el 1 de enero de 1967.

Never Give a Sucker an Even Break (1941)
Producción: Universal Pictures (EEUU)
Director: Edward F. Cline.
Guión: Prescott Chaplin y John T. Neville, basado en un argumento de Otis B. Criblecoblis (W.C. Fields).
Intérpretes: W.C. Fields (el Gran Hombre, W.C. Fields), Gloria Jean (su sobrina), Leon Errol (su rival), Butch y Buddy (los chicos músicos), Margaret Dumont (Mrs. Hemogloben), Susan Miller (Ouilotta Hemogloben), Franklin Pangborn (Mr. Pangborn, el productor), Mona Barrie (la señora Pangborn), Anne Nagel (Madame Gorgeous), Irving Bacon (el camarero), Jody Gilbert (la camarera), Charles Lang, Nell O'Day, Minerva Urecal y Emil Van Horn (Gargo, el gorila).
71 min. Blanco y negro.


27 de septiembre de 2009

Duelo de tacañones: Sennett vs. Fields



LO CUENTA Mack Sennett en sus memorias. Apenas llegado a Los Ángeles Fields se ofreció para escribir gags o dirigir cortometrajes. La principal baza de Sennet en ese momento era Harry Langdon. Había llegado el cine sonoro y no estaría mal que Fields protagonizara una película de dos rollos.-Está bien –contesta Fields-. En ese caso mi sueldo son cinco mil por semana.

Cuando Sennett se quiere dar cuenta se ha comprometido a pagarle la mitad por adelantado. Al productor, famoso por no dejar escapar un céntimo, le entran sudores fríos. En el rato que ha tardado en firmar el contrato ya ha perdido algo así como doscientos dólares. Convoca inmediatamente a sus fieles colaboradores: Del Lord, Arthur Ripley y George Marshall. Entre los cuatro urden una historia que les parece el colmo de lo cómico: el avión de Fields se incendia sobre el océano y éste se ve obligado a saltar en paracaídas. Cae sobre un islote en mitad del mar. Rumia sus penas hasta que se da cuenta de que la isla no es tal isla sino una ballena muerta que está siendo devorada por tiburones. ¿Cómo logrará escapar de allí antes de que los escualos le hagan cosquillas en los pies?

En unas horas el guión está listo y camino de casa del Gran Hombre junto con la convocatoria para comenzar a rodar. Entre tanto Sennett ha alquilado un velero. Pero Fields le contesta que si piensa que va a rodar semejante majadería está muy equivocado. Tiene un certificado médico que asegura que es alérgico al agua… “y especialmente al agua salada”.

El productor aprovecha una borrachera de Fields y lo embarca en el velero con una caja de ginebra y un arponero. Hay suerte. Al poco divisan una ballena y lanzan el arpón. El cetáceo planta cara. Tira y tira. Sennett asegura que durante veinticuatro horas estuvieron recorriendo la costa californiana a remolque. Pero Fields no salió del camarote hasta que la ginebra se hubo acabado y el velero estuvo de nuevo seguro en el puerto.

¡Veinte mil dólares perdidos! Sennett asegura que Fields siempre le reprochó que no hubieran filmado aquella película.-Me imagino a mí mismo como un tritón, cabalgando sobre las olas a lomos de aquel leviatán enfurecido. Me ha decepcionado usted profundamente, míster Sennett.

Así que, finalmente, el productor le pregunta si no le importaría rodar su vieja rutina del golf. W.C. se deja querer pero finalmente accede.

Así nació
The Golf Specialist… según Sennett.




Sennet, Mack (as told to Cameron Shipp)
King of Comedy
Doubleday & Company, Inc., NY,1954

26 de septiembre de 2009

Blacaman salva a McCarthy


You Can´t Cheat an Honest Man
(1938), George Marshall

No se puede timar a un hombre honesto
Muchas de las frases que circulan firmadas por Fields vienen de estas películas rodadas para la Universal al final de la década de los treinta, que resultaron ser productos más asequibles y exitosos que los anteriores. Fields estaba ocupado imaginando su personaje como Mago de Oz para un proyecto muchas veces esbozado, cuando se embarca de lleno con la Universal de la mano de Lester Cowan y Cliff Works.

Este primer trabajo, You Can´t Cheat an Honest Man, resultó un caos descomunal durante el rodaje. Con cambios de dirección constantes e intromisiones desde el estudio y con la dificultad añadida de trabajar o competir con el ventrílocuo Bergen y su muñeco Charlie McCarthy en protagonismo, el guión se va elaborando cada día a tres bandas según cuenta James Curtis. Las deliberaciones duraban hasta mediodía y sólo entonces se comenzaba a rodar. Llegó a haber dos unidades, una con Bergen y otra con Fields. Hasta que Fields no consigue a su amigo Edward Cline, la película avanza a trompicones. Con Cline la película gana en calidad y rapidez y los informes comienzan a ser más favorables. Y es que en la Universal ya estaban tirándose de los pelos.

Es muy interesante leer los informes de producción que elaboraban los ejecutivos de los estudios y que gracias a Louvish hemos tenido la suerte de conocer. Fields era lo suficientemente atrevido y veterano como para necesitar doble vigilancia. Él mismo se queja por carta a los estudios: "
It looks to me like sabotage. Someone with the reins in their hands, is ruinning this fine picture… the humaness and the truth have been deleted…" Uno de los motivos debió de ser la escena en la que Fields toma una ducha. "Que es esto? Ah, jabón". El chorro de agua se lo proporciona un elefante cuando suena la campana de comienzo de función y Fields sale disparado. El espectador cree que está desnudo mientras el director nos oculta lo indebido detrás de otros objetos en primer plano.

El Circus Giganticus de Larson E. Whipsnade
En You Can´t Cheat an Honest Man, Fields remata su personaje favorito, 35 años después de su primera aparición en la obra "The Ham Tree". El Eustace McGargle de Poppy, el Gabby Gilfoil de Two Flamming Youths o el Gran McGoniggle de Old Fashioned Way convergen de manera natural en Larson E. Whipsnade, Presidente y Manager General del Whipsnade's Circus Giganticus, un circo que va siempre un paso por delante de la policía, como queda bien claro desde las primeras secuencias.

Una caravana de carromatos tirados por caballos a todo galope. Whipsnade (W.C. Fields) se asoma, como puede, por el pequeño ventanuco de uno de ellos. Tiene cara de preocupación. El motivo: tienen que llegar antes que la policía al mojón que señala el cambio de jurisdicción. El último de la fila de carromatos es un elefante que a duras penas cruza la meta antes que los representantes de la justicia.

Whipsnade vende las entradas del espectáculo y se nos muestra de nuevo la esencia del vendedor de zarzaparrillas moradas o el de ungüentos milagrosos. Entre ruidos y sobresaltos de muy variada factura, donde Fields muestra su maestría, entrega el cambio mal a unos listillos que creen que se ha equivocado a favor de ellos. Disimulan llevándose corriendo el supuesto botín mientras Whipsnade dice: "Miren el cambio antes de abandonar la ventanilla". Toda la secuencia es genial hasta su resolución, cuando tira malhumorado los tickets de las entradas a un pobre trabajador negro que ha pronunciado mal su nombre y se arroja sobre el público para tratar de recuperarlos.

Roban la caja y los indicios apuntan a una de las marionetas de Bergen. Mientras tanto, Charlie ha desaparecido. Todo parece indicar que se lo han tragado los leones. Bergen pide ayuda al domador que resulta ser el enigmático Blacaman del que ya nos había hablado Rafaelle De Ritis. La excusa es perfecta para enseñarnos las maneras de Blacaman como domador, su aspecto de salvaje y la demostración de su fuerza mental. Los llama uno a uno hasta que le rodean y se funde con las fieras. Busca al muñeco entre las fauces de los felinos pero resulta que el personaje de madera está en las tripas de uno de los cocodrilos y Blacaman ayuda a resolver el problema.

Whipsnade tiene que hacer de todo para sacar adelante su circo. Hasta hacer de experto tirador de rifle con uno con el cañón doblado. En una curiosa escena el propio Whipsnade es engañado por una niña llorona que consigue sacarle un dólar. Claro está que en cuanto se da cuenta del engaño se lanza de malas maneras a recuperar su dinero. En otra es confundida por una chica y Fields resuelve de forma directa: con varias bofetadas llenas de emoción. Por lo demás se pasa toda la película huyendo de los acreedores y de pequeños ajustes con la justicia, llegando a hacerlo manejando una cuadriga del circo.

Lejos de las agitadas aguas de la farándula están sus dos hijos, educándose al máximo nivel y ajenos a las habilidades de su padre. Es curioso como se las ingenia Fields para ocultarnos por unas razones o por otras en muchas de sus películas a la madre de las criaturas. Le sirve de coartada para tintar su triste realidad, la del personaje, con tonos pastel cada vez que mira un retrato. Y concede a la anécdota un cierto halo de heroicidad. El padre, que lo ha dado todo por la educación de sus hijos pronto va a ser correspondido por su hija Victoria (Constance Moore), que acepta un casamiento interesado para salvar a su padre de la ruina. En realidad ella se ha enamorado a la primera del ventrílocuo Bergen, a pesar de los esfuerzos de su padre de impedir este flechazo: corta la amarra de un globo aerostático para perder de vista al ventrílocuo y sus muñecos.

Por suerte para todos, el Sr. Whipsnade –pronúnciese bien, por favor– se pone sus mejores galas para acudir a la fiesta donde se va a hacer público el compromiso y lo arruina todo. Con una gran capa en la que ha bordado el nombre de su circo irrumpe en la casa preguntando por el bar. Su hijo Phineas (John Arledge), muy preocupado ante la posibilidad de que los anfitriones se enteren de su verdadero origen, pide a su padre que evite cualquier referencia al circo. Con la intención de hacer sentir a "todo el mundo como en casa", Whipsnade comienza a relatar una aventura con serpientes lo que produce desmayos continuados de la señora de la casa. Whipsnade continua "entreteniendo" a la audiencia con su verborrea. En la fiesta también hay lugar para una delirante escena de ping pong que comparte con la actriz Jan Duggan.


Por supuesto que hay final feliz y que Victoria no se casa con Roger Bel-Goodie (James Bush). Hay final feliz y rápido. La misma prisa que debía de tener el estudio para finalizar el rodaje… O las mías por acabar este comentario.

Fields y la ventriloquía
En la película, además de las abundantes escenas disparatadas, hay que destacar el trabajo del ventrílocuo Bergen con el que Fields ya había trabajado en una serie de programas de radio. En realidad Bergen era muy tímido y se valía del personaje de Charlie cuando necesitaba expresar un carácter más decidido. Nos imaginamos y amplificamos nuestra imagen de ventrílocuo obsesivo al que su muñeco de madera controla porque en la película Charlie encaja a la perfección. Los encuadres sitúan al muñeco al mismo nivel que cualquiera de los protagonistas y los ácidos diálogos le convierten en un antagonista de primera clase. Además podemos disfrutar de diferentes números muy ingeniosos de magia cómica como cuando cortan a Charlie por la mitad, la pequeña explicación técnica que le concede Bergen a Victoria, o la divertida interpretación de Fields como ventrílocuo –tiene que sustituir a Bergen porque éste tiene hipo– con un mostacho y unos dientes falsos que ocultan sus labios. Durante el número bebe y canta a la vez. Es la estúpida canción de The Fatal Glass of Beer, un verdadero himno al absurdo fieldiano.

You Can´t Cheat an Honest Man (1939)
Producción: Universal Pictures (EEUU)
Director: George Marshall (Edward Sedgwick y Edward F. Cline)
Historia de W.C Fields que aparece en los créditos como Charles Bogle
Guión: George Marion Jr., Richard Mack y Everett Freeman (y cinco escritores más que no aparecen en los créditos: Manuel Seff, Lew Lipton, James Seymour, James Mulhauser y Henry Johnson)
Intérpretes: W. C. Fields ((Larson E. Whipsnade), Edgar Bergen, Constance Moore (Victoria Whipsnade), John Arledge (Phineas Whipsnade), James Hush (Roger Bel-Goodie), Thurston Hall (Sr. Bel-Goodie), Mary Forbes (Sra. Bel-Goodie),, Edward Brophy (Corbet), Arthur Hohl (Burr), Blacaman, Princess Baba, Bill Wolfe
79 min. Blanco y negro

(Hay una versión más corta en 16 mm. para el mercado familiar que comercializó Castle Films en 1958, con el título de Circus Slickers)

25 de septiembre de 2009

Fields vs. West (o viceversa)



My Little Chickadee (1940), Edward F. Cline

Si dos estrellas colisionasen en el cielo no se produciría un destello igual al que supone el encuentro en la pantalla de W.C. Fields y Mae West, dos comediantes formados en la escuela del vodevil y el burlesque y bendecidos por la burguesía que acudía a los espectáculos de Belasco y Ziegfeld.

A principios de los años treinta ambos están en la cumbre de sus carreras cinematográficas, contratados por Paramount, y el Código Hays todavía no ha emasculado al cine de Hollywood. Fue entonces cuando Mae West escribió y protagonizó
I'm No Angel (No soy ningún ángel, 1933), en la que encarnaba a una domadora, por lo que volverá a aparecer por aquí. Entonces, al final de la Prohibición, las alusiones de Fields a la bebida y los dobles –y triples– sentidos sexuales de la West suponían un festín de chabacanería consentida. El “¿Llevas una pistola en el bolsillo o es que te has puesto contento de verme?” pronunciado por la voz arrastrada de la turgente Mae y el “Sólo hay dos modos de salir adelante hoy en día: vender licor o bebértelo” declamado con toda la prosopopeya por el orondo William Claude son dos caras de una misma moneda.

En el invierno de 1939, cuando ruedan My Little Chickadee, las cosas han cambiado. Fields tiene 59 años y la West 47. El estudio encarga un guión a un profesional de la casa, Fields lucha a brazo partido por su propia versión de la historia, elaborando hasta tres versiones del cuento del propietario de un saloon en un campamento de mineros de Colorado cuya mujer realiza números de variedades, y Mae West escribie el argumento que finalmente se rodó. Cada uno de ellos escribió sus propios diálogos y, además, tuvo que vérselas con Joe Breen, el responsable de la Oficina de Hays dispuesto a mantener la moralidad y la decencia en el decadente Hollywood.

Después de un centenar de diálogos suprimidos en el guión y serios avisos sobre la posibilidad de que muchas de las escenas no llegaran a la pantalla una vez rodadas, esto es lo que quedó más o menos: W.C. Fields es Cuthbert J. Twittle, un charlatán que vende ungüentos, un comercio a medio camino entre la estafa y el teatro de calle –que diríamos hoy–, ideal para el rey de la retórica y el lenguaje florido. Twittle es también jugador de ventaja. Cuando le propone una partidita al ingenuo primo Zeb (Fuzzy Knight) éste pregunta:
–Ah, es un juego de azar.
–Del modo en que yo lo juego, no –sentencia Fields.

En el tren que le conduce a Greasewood City, conoce a Flower Belle Lee, una dama que alguna vez cantó y actuó en Chicago y que ahora ha sido expulsada de Little Bend por sus puritanos habitantes. Y todo porque han descubierto al Bandido Enmascarado escapando de su habitación. No puede regresar en tanto no se haya casado, o sea, se haya convertido en una mujer honesta.

El encuentro es amor a primera vista: él admira su espetera al tiempo que elogia “la excelsa simetría de sus manos” y ella echa un ojo al interior del maletón lleno de billetes.
–¿Le puedo entregar mi tarjeta? –pregunta Cuthbert J. Twillie.
–“Novedades y Nociones” –lee Flower Belle–. ¿Qué clase de nociones tiene usted?
–Le sorprenderían. Algunas son viejas y otras nuevas. ¿A quién tengo el honor de dirigirme, milady?
–Hum… Me llaman Flower Belle.
–¡Flower Belle! ¡Qué apelativo tan conspicuo! Agradable al oído y un banquete para la vista.
–Usted tampoco está mal.
–Gracias. Nunca le llevo la contraria a una mujer.
–Chico listo.

Terminan casados por un jugador profesional (Donald Meek), pero cuando Flower Belle se da cuenta que los billetes no son más que reclamos publicitarios de una loción capilar consigue escabullirse del lúbrico Twittle. Su amigo el indio Milton (George Moran) le pregunta si es su nueva squaw y el Gran Hombre contesta (a pesar de los esfuerzos de Breen):
–¡Y tan nueva! Todavía no he conseguido desenvolverla.
En Greasewood City Flower Belle es cortejada por el canalla propietario del saloon (Joseph Calleia) y el recto director del periódico local (Dick Foran), en tanto que Cuthbert J. Twillie hace lo imposible por meterse en su cama. Cuando al final lo consigue va vestido con un salto de cama y ella ha dejado en su lugar una cabra. Este dato les hará comprender que el argumento carece de aliciente. Son los intercambios verbales y los “solos” de cada uno los que mantienen el interés de la película.

Fields y West (o viceversa) tienen cada uno su modo de hacer las cosas y, sin embargo, esta es una película en que cada diálogo es citable. De cabo a rabo.
–Hum, es gracioso –exclama Flower Belle con ese aire picarón que no la abandona nunca-. Todos los hombres quieren protegerme. Lo que no puedo imaginarme es… de qué.

Mae West tuvo una docena de años para pensarse una réplica al tribunal que la condenó por inmoralidad y la envió a la cárcel por estrenar su primera revista en Broadway, titulada directamente “Sex”. Cuando el juez de River Bend le pregunta si no está mostrando su falta de respeto por el tribunal, ella replica:
–Trato de disimularlo.

Fields no se queda atrás. Durante una partida de cartas en la que sus modos desesperan a sus contrincantes, Cuthbert J. Twillie comienza a relatar una de sus aventuras:
–Durante uno de mis viajes por Afganistan perdí el sacacorchos. Durante días me vi obligado a sobrevivir a base de comida y agua…

Por medio, unos cuantos batacazos de Fields –más que otras veces-, sus clásicos enredos con la chistera, una pelea contra los indios con un tirachinas al que le salen los tiros por la culata y una muestra sublime de cómo enjabonarse las piernas.

Al final Flower Belle no logra decidirse por ninguno de sus dos galanes, pero les invita a ambos a subir a verla en tanto se decide. Cuthbert J. Twillie se marcha, no sin invitarla a “venir a verle algún día”, la frase que West había hecho famosa al decírsela a Cary Grant al final de She Done Him Wrong (Lady Lou / Nacida para pecar, 1933). En justa correspondencia ella le llama “my little chickadee” –mi polluelo-, que era el apelativo cariñoso por el que Fields se dirigía a Alison Skipworth en Tillie and Gus (Un par de tíos, 1933).

Tal para cual.

My Little Chickadee (1940)
Producción: Universal Pictures (EEUU)
Director: Edward F. Cline.
Guión: Mae West y W.C. Fields.
Intérpretes: Mae West (Flower Belle Lee), W.C. Fields (Cuthbert J. Twillie), Joseph Calleia (Jeff Badger), Dick Foran (Wayne Carter), Ruth Donnelly (la tía Lou), Margaret Hamilton (Mrs. Gideon), Donald Meek (Amos Budge), Fuzzy Knight (el primo Zeb), Willard Robertson (el tío John), George Moran (Milton), Fay Adler (Mrs. Pygmy Allen), Jimmy Conlin (el camarero), Gene Austin (el músico del saloon), Coco & Candy.
83 min. Blanco y negro.


23 de septiembre de 2009

Fields x 2


The Big Broadcast of 1938 (1938), Mitchell Leisen


The Big Broadcast of 1938 es obligatoria para los fans de Fields porque es Fields x 2.
Encarna a los hermanos T. Fortnight Bellows y S. B. Bellows y además vuelve a repetir sus viejos números del billar y el golf. Al fin y al cabo para eso le incluyó la Paramount en esta película que si por algo se recuerda hoy es porque supuso el debut cinematográfico de Bob Hope. Pero W.C. Fields se había preparado a conciencia. Había escrito varios sketches diferentes para incluir en la película. Una nueva versión del barbero y una loca idea con una orquesta finalmente se quedaron fuera del guión. Los que permanecieron se llevan al extremo. En el campo de golf Fields se recrea con una moto eléctrica que corre como un rayo y una colección de caddies jadeantes y en el billar se perfeccionan algunas de las técnicas de la vieja
Pool Sharks.


La excusa es una carrera de transatlánticos entre Norteamérica y Europa. Esta leve anécdota sirve para enlazar números musicales interpretados por Martha Raye, Dorothy Lamour –la reina del “sarong”- e, incluso, una soprano especializada en Wagner. Al parecer Fields interrumpía su representación y cuando le explicaban que se trataba de la famosísima Kirsted Flagstad mascullaba: “creí que se había escapado una cotorra”. La Paramount cortó el fragmento para evitarse posibles denuncias por injurias. De estas variedades queremos destacar el impresionante baile acrobático que se marca Martha Raye con varios marineros, la destreza de Tito Guizar cantando a velocidad de vértigo "cantaba la rana", los dibujos animados de Leon Schelesinger que ilustran un tema musical y se entrometen en la dirección de la banda, además de algunas intervenciones del polígamo (en la película) Bob Hope.


Mitchel Leisen rueda con gusto la extravagancia musical “The Waltz Lives On” pero decidió que el Gran Hombre era indirigible. La secretaria de Leisen afirmó: “El rodaje fue una auténtica pesadilla. La noche que terminamos de rodar el señor Leisen se fue a su casa y tuvo su primer infarto”. Fields estaba enfermo y cansado de las batallas con la Paramount y y buscaba la manera de reinventarse de nuevo. La constancia del malabarista, la voluntad forjada durante sus primeros años como artista de variedades tuvo sus frutos. Lo mejor estaba por venir.

The Big Broadcast of 1938 (1938)
Producción: Paramount (EEUU)
Dirección: Mitchell Leisen
Guión: Howard Lindsay y Russell Crouse, sobre una historia de Frederick Hazlitt Brennan
Intérpretes: W. C. Fields ((T. Frothingell Bellows y su hermano S. S. Bellows), Martha Raye, Martha Belows, Bob Hope, Buzz Fielding, orothy Lamour, Shirley Ross, Lynne Overman, Leif Erickson, Grace Bradley, Rufe Davis, Tito Guizar, Lionel Pape, Virginia Vale, Russell Hicks, Shep Fields & his Rippling Rhythm.
97 min. Blanco y negro

22 de septiembre de 2009

Fields for President



Publicado originalmente en 1940, Fields for President, es una colección de bromas disparatadas, escritas por el genial artista, cuando el fisco comenzaba a agobiarle. 8 divertidos "monólogos" que nos ponen en guardia ante las opiniones controvertidas de este cómico. Su visión del matrimonio –la relación con su primera esposa Hattie determinó mucho su aversión a este rito–, cómo librarse de los impuestos y qué hacer y ver en Alcatraz, normas de etiqueta o el cuidado de los bebés son algunas de las perlas que podemos encontrarnos.
Esta edición esta acompañada de una introducción de Michael M. Taylor y de 60 fotografías de la trayectoria de este genial, ¿lo habíamos dicho ya?, este genial artista.

Fields , W.C.
Fields for President
Dodd, Mead & Company, New York, 1971
ISBN: 0-396-06419-1