22 de enero de 2013

Canuto de la Montera se va a la guerra


Doughboys / De frente, marchen (1931), Edward Sedgwick

Doughboys es una comedia cuartelera —tan habituales en el teatro francés— a costa de las penurias de los soldados rasos durante la Gran Guerra. El patrón lo había marcado marcado Chaplin en Shoulder Arms (Armas al hombro, 1918) cuando aún los hechos estaban recientes.


Elmer Stuyvesant II
Keaton había bordado su retrato de un pazguato metido por amor en un lío colosal, en The General (El maquinista de la General, Buster Keaton y Clyde Bruckman, 1926). El argumento se combina en esta ocasión con la presentación del petimetre millonario que ya había sido en The Saphead (Ingenuo y afortunado, Herbert Blaché y Winchell Smith, 1920), The Navigator (El navegante, Donald Crisp y Buster Keaton, 1924) o en Battling Butler (El último round, Buster Keaton, 1926), el hombre menos indicado para salir adelante ante cualquier pequeño obstáculo, acostumbrado como está a toda clase de atenciones y a la satisfacción inmediata de cualquier capricho.


Todo arranca cuando Elmer se encuentra con que, en lugar de una oficina de contratación para conseguir un nuevo chófer, se ha alistado en el ejército. El sargento Brophy (Ed Brophy) —gritón, malhablado y cascarrabias, en la mejor tradición de los “sargentos de hierro” que en la pantalla han sido— es el encargado de domeñar a esta caterva de tipos patibularios en la que Elmer no encuentra su sitio. Su único amigo es un actor de variedades llamado Nescopeck (Cliff “Ukelele Ike” Edwards).


El único motivo de alegría es encontrarse a su adorada Mary (Sally Eilers) en el campamento de entrenamiento. Claro que el sargento también está interesado en ella. Una carrera en pelo de ida y vuelta es el gag típico de esta primera parte de la cinta en la que también destacan una salida de la enfermería con reingreso inmediato y la lipotimia de los novatos cuando el sargento les explica cómo utilizar la bayoneta para sacarle las tripas al enemigo.


Durante la travesía a Europa uno de los grandes momentos de la película: el interludio musical protagonizado por Ukelele Ike, Keaton y el mismísimo Edward Sedgwick:



Es el prólogo al hilarante número de vodevil con el que los soldados pretenden entretener a las tropas. Keaton sale travestido y protagoniza un número de danza apache, que para eso estamos en Francia. Una vez más, demuestra cómo se ganó el apelativo de “la bayeta humana”.


Queda, claro, la vida en las trincheras, el heroísmo inesperado y la conquista del corazón de Mary.


Canuto de la Montera
En la versión española, rodada contemporáneamente a la original con Keaton memorizando sus diálogos en español, Elmer J. Stuyvesant se convierte en Canuto de la Montera.



Algunos actores comparten también versión. En cambio, Mary está encarnada por la donostiarra Conchita Montenegro y el papel de sargento gritón de Ed Brophy recae en el motriquense Juan de Landa y el de “Uklele Ike” en el toledano Romualdo Tirado. Ambos son habituales en la docena de versiones españolas rodadas por la M-G-M entre 1930 y 1931.


En el myspace de Juan B. Heinink [http://www.myspace.com/jbheinink] hemos encontrado estas fotos que atestiguan no sólo el trueque de actores sino que el baile apache y la canción de “Ukelele Ike” con Sally Eilers fue sustituida por una coreografía burlesca en que se recreaba una castiza corrida de toros.


Doughboys
(1930)
Producción: Metro-Goldwyn-Mayer (EEUU)
Director: Edward Sedgwick.
Guión: Richard Schayer, con argumento y diálogos de Al Boasberg y Sidney Lazarus.
Intérpretes: Buster Keaton (Elmer J. Stuyvesant), Sally Eilers (Mary), Cliff “Uklele Ike” Edwards (Nescopeck), Edward Brophy (sargento Brophy), Victor Potel (Svendenburg), Arnold Korff (Gustave, el mayordomo), Frank Mayo (el capitán Scott), Pitzy Katz (Abie Cohn), William Steele (teniente Randolph), Edward Segwick (el cocinero).
79 min. Blanco y Negro.




De frente, marchen (1930)
Versión española y Supervisión: Salvador de Alberich.
Intérpretes: Buster Keaton (Canuto de la Montera), Conchita Montenegro (Mary), Romualdo Tirado (Pepe Alegría), Juan de Landa (el sargento Gruñón), Victor Potel (Adormidera), Martin Garrálaga (el capitán Scott), Francisco Madrid (Sánchez), Hans von Morhart (Fritz), Gabry Rivas (El comandante), Rosita Granada (Rosita), Lolita Méndez (Lolita).
96 min. Blanco y negro.

19 de enero de 2013

De Pamplinas a Canuto Cuadratín: Keaton en los platós sonoros de M-G-M



Free and Easy / Estrellados (1930), Edward Sedgwick

El cambio tecnológico que supone la transición al sonoro entre 1928 y 1929 es un petardo en el culo de Hollywood. El negocio se revitaliza en tiempos de profunda crisis económica y los espectadores acuden ansiosos a presenciar el nuevo espectáculo, pero el proceso no tiene marcha atrás. Además, existe el gran inconveniente del mercado no doméstico, fuente importantísima de ingresos. Francia, Alemania, Italia… podrían recuperar el terreno perdido en los últimos años si son capaces de producir películas sonoras. Pero, sobre todo, está el inmenso mercado hispanohablante. Aún no existe la posibilidad de doblar: el sonido debe ser registrado en directo en el estudio.

Aprenda español en dos semanas
La alternativa son las nuevas versiones hispanas de éxitos probados por las que la Metro-Goldwyn-Mayer apuesta desde el principio. Cójase, por ejemplo, The Big House (1930), encárguese la traducción a un escritor español, aprovéchense los planos generales del motín de los presos en la película matriz y, con una moviola en el plató, reprodúzcanse plano a plano las escenas dialogadas con Juan de Landa en el papel de Wallace Beery y José Crespo en el de Chester Morris. ¿Resultado? El presidio (1930), cinta de notable éxito de crítica y público tanto en España como en Hispanoamérica.


Pero qué pasa cuando la estrella es insustituible. Se pueden buscar clones de actrices de Broadway en los escenarios del resto del mundo. Hay una Claudette Colbert hispana, un Chevalier español… Un puñado de actores latinoamericanos asentados en Hollywood pueden rodar en los dos idiomas sin problemas. Pero, ¿qué hacemos con los reyes de la comedia, cuyo ritmo y estilo son insustituibles, con los Laurel y Hardy, con los Keaton? Pues ponerlos a hablar español. Que se aprendan los diálogos fonéticamente y rueden la escena primero en inglés con el reparto original y luego en español con el elenco hispano.


Así es como Free and Easy se convierte en Estrellados y Elmer J. Butts, el personaje que Keaton asumirá en esta rencarnación sonora, en Canuto Cuadratín. La invención ha de atribuirse a Salvador de Alberich, traductor del guión original, adaptador de los retruécanos verbales y supervisor en el rodaje de la interpretación de los actores hispanos, puesto que de la dirección de ambas versiones se encarga Edward Sedgwick.

Elmer J. Butts
Keaton encarna a Elmer J. Butts, un comerciante de un pueblecito de Kansas, que acompaña a la miss local (Anita Page) a Hollywood como agente, aunque tiene que soportar el continuo maltrato de una madre despótica (Trixie Friganza).


La Metro aprovecha esta trama para mostrar sus nuevos estudios sonoros, el trabajo con la orquesta en sus nuevos platós sonoros y a algunas celebridades como Fred Niblo o Cecil B. DeMille. Mientras ellos charlan, Elmer intenta colarse en la conversación para no ser expulsado por el policía del estudio, en una metáfora involuntaria de la situación de Keaton en el estudio de Leo, el león.


Por lo demás, ya conocen ustedes el argumento del pez fuera del agua: un metepatas que va arruinando escenas, efectos especiales y figuraciones hasta que alguien descubre que es un estupendo actor cómico. La madre resulta idónea para darle la réplica como mujer implacable y la miss de Kansas, que nunca ha querido ser actriz, termina casándose con el galán hollywoodense.


Por el camino, la posibilidad de hacer un somero censo del tipo de producciones que se estilaban en aquel momento de transición: de la farsa de dormitorio en la que aparece Lionel Barrymore como director hasta la opereta que dirige Fred Niblo; de la película de aventuras derivada del serial con la heroína (de nuevo Dorothy Sebastian) a punto de saltar por los aires por la explosión de un barril de pólvora al musical excéntrico que ruedan Elmer y Ma Plunkett.


El registro, ya lo hemos dicho, fluctúa más que la Bolsa de Valores. Además de sus clásicas caídas y de una dolorosa escena en que una sucesión de matronas lo zarandean, lo vapulean y lo pisotean, Keaton se ve obligado a interpretar escenas románticas y alguna otra sentidamente dramática. Por suerte, hay hacia el final un par de rutinas musicales que alivian algo el tono del conjunto y sirven a Keaton para desinhibirse un poco.


El maquillaje de payaso que lleva en la película dentro de la película tiene un propósito bien definido. En la última secuencia, mientras las chicas del coro cantan y el resto de actores bailan al estilo de un gran final de revista Elvira saluda cariñosamente a Larry. Así, en lugar de terminar con la nota optimista del musical, la cinta muestra un primer plano patético del actor con el corazón destrozado por la maldición del payaso triste.

Canuto Cuadratín
La publicidad de Estrellados afirma que se puede aprender castellano en dos semanas: Keaton lo ha hecho para rodar la cinta.


Se responsabiliza de la traducción de los diálogos y de la dirección de los mismos, bajo la supervisión de Sedgwick, Salvador de Alberich. Es éste un hombre de teatro afincado en Hollywood desde los años veinte. El estudio lo tiene contratado como responsable de publicidad para el potente mercado hispano. No debe extrañarnos, por tanto, que cuando se comienzan a realizar las versiones multilingües sea él el encargado de coordinarlas. Con Edgar Neville tendrá más de un rifirrafe por lo que vino a llamarse “la guerra de los acentos”. En Estrellados, además de la traducción y la supervisión, interpreta a uno de los directores.


La crítica de la versión española es inclemente. El diario ABC, por ejemplo, la califica de “deplorable botón de muestra” del cine parlante en el que “un clown genial rompe a balbucir en castellano, como los del circo, y, en fuerza de chocante, resulta cómico. Preferimos, sin embargo, toda su gesticulación silenciosa y todas sus películas precedentes”. (4 de noviembre de 1930. p. 10.)


Vista la película hace un par de décadas no nos atrevemos a llevar la contraria al comentarista. Sin embargo, no es menos cierto que la versión original, aquejada de una estructura errática y de continuos cambios de registro, tampoco es un dechado de salero.


Free and Easy (1930)
Producción: Metro-Goldwyn-Mayer (EEUU)
Director: Edward Sedgwick.
Guión: Richard Schayer, Paul Dickey. Diálogos: Al Boasberg.
Intérpretes: Buster Keaton (Elmer J. Butts), Anita Page (Elvira Plunkett), Trixie Friganza (Ma Plunkett), Robert Montgomery (Larry Mitchell), Edgar Dearing (el policía del estudio); e interpretándose a sí mismos: Fred Niblo , Lionel Barrymore, William Haines, Dorothy Sebastian, Gwen Lee, William Collier Jr., David Burton.
92 min.

Estrellados (1930)
Versión española y Supervisión: Salvador de Alberich.
Intérpretes: Buster Keaton (Canuto Cuadratín), Raquel Torres (Elvira Rosas), María Calvo (su madre), Don Alvarado (Larry Mitchell), Juan de Homs (el director), Salvador de Alberich (otro director), Carlos Villarías (Jack Collier), Joe Dominguez (el ayudante de dirección), Enrique Acosta Un invitado), Emile Chautard, Julio Abadía; con la participación de Cecil B. De Mille, Fred Niblo, Lionel Barrymore y William Haynes.

14 de enero de 2013

¡Keaton habla! (y no lo hace tan mal)


Ya nos hemos asomado alguna vez en Circo Mélies a la bibliografía sobre Buster Keaton, en la pluma de Joan M. Minguet Batllori [http://www.circomelies.com/2008/07/todas-las-pelis-de-keaton.html], Eduard José [http://www.circomelies.com/2008/06/ms-de-keaton.html] y Jean-Pierre Coursodon [http://www.circomelies.com/2008/07/aprende-con-keaton.html].


También a la entraña del arte keatoniano [http://www.circomelies.com/2009/07/etaix-razona-keaton.html] y a algunos trabajos puntuales pero relevantes de su etapa silente, como Coney Island (Fatty en la feria, 1917) y The Playhouse (1921).



Hemos dejado correr, a la postre, lo que uno encuentra en otros sitios sobre el más excelso comediante de la pantalla para bucear en su complicada incorporación al cine sonoro con The Hollywood Revue of 1929 (1929) y Le Roi des Champs-Elysees (El rey de los Campos Elíseos, 1934). Les proponemos seguir profundizando en esta última etapa a lo largo de los próximos días.


Treinta y siete años de carrera en la que no todo fueron abismos alcohólicos, matrimonios fracasados y decadencia creativa. Décadas de altibajos, de homenajes y de supervivencia, de “el que tuvo, retuvo” y de “aquí estoy yo… para lo que gusten mandar”.

¡Keaton habló! (y no lo hizo tan mal).


Filmografía sonora selecta:

Spite Marriage (El comparsa, 1929), Edward Sedgwick
The Hollywood Revueof 1929 (1929), Charles F. Reisner 
Free and Easy / Estrellados (1930), Edward Sedgwick
Doughboys / De frente, marchen (1930), Edward Sedgwick
Speak Easily (Piernas de perfil, 1932), Edward Sedgwick
Le Roi des Champs-Elysees (El rey de los Campos Elíseos, 1934), Max Nosseck y Robert Siodmak 
The Gold Ghost (1934), Charles Lamont y Buster Keaton
Ditto (1937), Charles Lamont
Allez Oop! (1934), Charles Lamont
Grand Slam Opera (1936), Charles Lamont
Mixed Magic (1936), Raymond Kane
Pest from the West (1939), Del Lord
General Nuisance (1939), Jules White
Pardon My Berth Marks (1940), Jules White
The Spook Speaks (1941), Jules White
El moderno Barbazul (1946), Jaime Salvador
Sunset Boulevard (El crepúsculo de los dioses, 1950), Billy Wilder
Limelight (Candilejas, 1952), Charles Chaplin
L'incantevole nemica (1953), Claudio Gora
Once Upon A Time, episodio de la serie The Twilight Zone (La dimensión desconocida, 1961), Norman Z. McLeod
The Railrodder (1965), Gerald Potterton
A Funny ThingHappened On The Way To The Forum (Golfus de Roma, 1966), Richard Lester

10 de enero de 2013

La fortuna es una rueda alada



Dedicada a Javier Sedano

Le silence est d'or (El silencio es oro, 1946), René Clair

La anécdota
Le silence est d'or es una mirada nostálgica al pionerismo cinematográfico y al París de principios de siglo. La anécdota, casi banal, recurre a la clásica trama del senex amans. Clair la toma de La escuela de las mujeres, de Molière: un hombre joven y otro mayor compiten por el amor de una mujer. 



El hombre mayor es Emile Clément (Maurice Chevalier), mujeriego inveterado y maestro en las artes de la seducción, que dirige los estudios cinematográficos Fortuna en el París del 1900. El joven es Jacques (François Perier) un tipo apocado y enamoradizo, que cree que ejerce de ayudante de cámara, auxiliar de producción y actor ocasional… lo que se tercie. La muchacha es Madeleine (Marcelle Derrien), hija del cómico Celestin (Roland Armontel), cuya madre burló a su marido después de haber dejado ese poso de cinismo en el corazón de Emile.



Ahora, éste debe ejercer de tutor de la joven… Pero termina enamorándose de ella. Siguiendo sus consejos, Jacques intenta seducirla… y también se enamora. Y, a partir de aquí, entra en funcionamiento ese recurso denominado “ironía dramática”, aquello que el espectador sabe pero uno o varios personajes ignoran. También, la propia naturaleza ilusoria del cine. Porque a Emile le gustan las farsas burlescas, con sus persecuciones, sus animales traviesos y sus andamios que se desploman, pero los especialistas —el voceador de la barraca cinematográfica— le recomiendan que haga películas tristes, que son las que de verdad gustan al público. 



Al final, Emile usará de sus poderes de gran demiurgo cinemáticos para llevarle la contraria a los especialistas y proporcionar a la película de su vida un final razonablemente feliz.

La circunstancia
Tras una década alejado de su país, peregrino del cinematógrafo, René Clair regresa a Francia. Lo hace al finalizar la Segunda Guerra Mundial y con una comedia alejada de la vitalidad de sus películas silentes y de las que realizó a principios de los años treinta, en las que parecía que solamente él poseía el secreto del cine sonoro. 


René Clair rinde homenaje a sus mayores: Louis Feuillade, Alice Guy, Max Linder...
 

Estiliza la propuesta, pero en esta estilización hay tanta verdad… Tipos sainetescos técnicos cachazudos que jamás dan un palo al agua, bellas damas dispuestas al romance, visires de pega…— contra los que se recorte y defina la trama sentimental. Los decorados pintados, las salidas y entradas de cuadro… 


O el magnífico detalle de colocar en el decorado una rueda alada como símbolo del irónico nombre de la productora Fortuna, según era preceptivo en la época, como ya vimos al hablar de la Star Films  de Méliès.


El patético Celestin, el padre de Madeleine, es el contrapunto perfecto a Emile, con sus fracasos amorosos y sus colosales éxitos en teatros de variedades… del norte de África. Así, como quien no quiere la cosa, Clair vuelve al mundo de los músicos callejeros de Sous les toits de Paris (Bajo los techos de París, 1930) y muestra con deliciosa ironía las consecuencias de la infección sentimental de la música popular. La canción que nos hace felices si estamos enamorados, nos resulta profundamente insoportable en los momentos de desengaño.


El estreno estadounidense  
La RKO estadounidense tuvo, al parecer, cierta parte en la producción. O a lo mejor realizó un adelanto de distribución. La cosa es que René Clair, que no quería doblar la película ni subtitularla, concibió un ambicioso plan. Llamó a Robert Pirosh, con el que ya había trabajado en el guión de I Married a Witch (Me casé con una bruja, 1942), y juntos urdieron una especie de monólogo interior que Maurice Chevalier podía locutar en inglés. A partir de este monólogo, los espectadores angloparlantes podían deducir el sentido de los diálogos de los personajes, aunque no dominaran la lengua del autor de La escuela de las mujeres. Para que el truco funcionara, algunas escenas se rodaron en doble versión, dando cancha al explicador. Esta versión se estrenó el 22 de octubre de 1947 en el cine Bijou de Nueva York con el título de Man About Town. El gozo de Clair, en un pozo. La voz que debía guiar a los espectadores en la comprensión de la película, no hacía sino distanciarlos de lo que sucedía en la pantalla, como bien preconizara Bertold Brecht. El artificio, ¡ay!, no surtía efecto en el país de lo artificioso.


A España llegó tardíamente. Se estrenó en el cine Palace de Madrid en abril de 1951.


Le silence est d'or (El silencio es oro, 1946)
Producción: Pathé Cinéma (FR)
Guión y Dirección: René Clair.
Intérpretes: Maurice Chevalier (Emile Clément), Marcelle Derrien (Madeleine), François Périer (Jacques), Robert Pizani (M. Duperrier), Dany Robin (Lucette), Raymond Cordy (Le Frisé), Christiane Sertilange (Marinette), Roland Armontel (Célestin), Maud Lamy (la mujer en el tranvía), Paul Ollivier (Josephe, el contable), Jean Berton (un espectador), Max Dalban (Cricri), Jean Daurand (Alfred), Paul Demange (el sultán de Socotora), Pierre Duncan (el visir), Georges Bever (el ministro), Zélie Yzelle (la florista), Albert Broquin (un maquinista), Frédéric Mariotti (otro maquinista), Danielle Godet (una espectadora), Harry-Max (un espectador), Bernard La Jarrige (Paulo), Gaston Modot (Gustave), Philippe Olive (el agente), Léon Pauléon (el bailarín), Ribour (la bailarina), Albert Michel (Zanzi), Yvonne Yma (la portera), Bruno Balp, Robert Berri, Fernand Blot, Marcel Charvey, Maurice Derville, Cécile Didier, Paul Faivre, Édouard Francomme, Colette Georges, Fernand Gilbert, Jean-Jacques Lecot, Simone Michels, René Pascal, Jane Pierson, Nicole Riche, Georges Sauval, Tristan Sévère, Sylvain, Victor Vina, Eugène Yvernès.
86 min. Blanco y negro. 

7 de enero de 2013

Corazón de music-hall


Lady Paname (1950), Henri Jeanson

Henri Jeanson es uno de esos guionistas-dialoguistas que dieron brillo al cine francés de los años treinta y cuarenta. Periodista, comediógrafo, anarquista, gran amigo del actor Louis Jouvet, el arte de Jeanson se medía por sus afilados diálogos y un cierto cinismo sobre la condición humana. Colaboró con la plana mayor de los directores de su quinta: Carné, Duvivier, L’Herbier… Una sola vez se puso tras la cámara y fue para dirigir este guión propio.


Lady Paname es una película irregular, más deudora de la brillantez de los diálogos y de la caracterización de su reparto coral que de la puesta en escena. Esto provoca ciertas arritmias mediado el metraje cuando los conflictos sentimentales que atañen a prácticamente todos los personajes necesiten tiempo para desarrollarse. El único que resulta inmune al virus del sentimiento amoroso es el fotógrafo anarquista Bagnolet (Louis Jouvet) que utiliza este seudónimo para que nadie lo relacione con su hermano, cuya condición de diputado considera la mayor ignominia que pueda caer sobre un ser humano.


El amor de la cantante Caprice (Suzy Delair) por el compositor Jeff (Henri Guisol), el de su hermano Marcel (Pierre Trabaud), un ladronzuelo, por la prostituta Janine (Huguette Faget), e, incluso, el del famoso chansonier Marval (Raymond Souplex) por su señora, cuya ausencia somatiza en afonía galopante, son el entramado sentimental sobre el que se sustenta un rendido homenaje a la música de los años veinte y a los espectáculos de music-hall, a la calle Faubourg Saint- Martin, que viene a ser, según Jeanson, el equivalente parisino a Tin Pan Alley.


Todo comienza cuando la primera cantante del famoso Teatro Olympia —construido en 1888 por el catalán Josep Oller, promotor también del Moulin Rouge—, Mary-Flor (Germaine Montero) decide plantar al empresario Milson (Henri Crémieux). Entre los oropeles del éxito y el consuelo de la botella, elige la botella. Milson contrata entonces a Caprice a la que convierte en una estrella en la primera noche, gracias al repertorio de Jeff. Hay una canción dedicada a la primavera que tiene gafe. Cuantos la han ensayado han salido malparados. Por eso Marval consiente en que se la quede la recién llegada. Pero el tiro le sale por la culata porque todas las desgracias caen sobre él, mientras las actuaciones de Caprice, rebautizada como Lady Paname, se convierten en un éxito clamoroso.


Buena parte de la acción se desarrolla entre cajas, en los camerinos, tras los decorados, ofreciendo un cuadro vívido y entrañable del teatro popular de la época. Además de los ensayos y canciones interpretadas por Caprice y Marval tenemos ocasión de ver en acción a un equilibrista en monociclo, a una familia de acróbatas llamados Les Apollo y a una pareja que realiza un espectacular número aéreo.


Postdata.- Entre las pinceladas que redondean el ambiente, la aparición de un hombre con barba que invita a Caprice y a una amiga a pasar un buen rato en su chaletito de Gambais antes de apoyar a un carca en su denuncia de la ola de pornografía que inunda París. Si la tranquila villa de Gambais es tristemente célebre es porque allí residía hasta que lo condujeron a la guillotina Henri-Désiré Landru.


Lady Paname (1950)
Producción: Spéva Films (FR)
Guión y Dirección: Henri Jeanson.
Intérpretes: Suzy Delair (Caprice Bosset “Lady Paname”), Louis Jouvet (“Bagnolet”), Henri Guisol (Jeff), Henri Crémieux (Milson), Raymond Souplex (Marval), Jane Marken (madame Gambier), Claire Olivier (Léa Bosset), Camille Guérini (Auguste Bosset), Véra Norman (Oseille), Pierre Trabaud (Marcel Bosset), Monique Mélinand (Costa, la pianista), Germaine Montero (Mary-Flor), Huguette Faget (Janine), Maurice Régamey (Fred, el chulo), Odette Barencey (la señora de los aseos), Jane Helly (madame Marval), Georges Douking, Odette Laure, Maurice Nasil y Les Apollos.
106 min. Blanco y negro.

3 de enero de 2013

Magia en negro y blanco


Daïnah la métisse (1931), Jean Grémillon

Transatlántico… Palabra que evoca un decó esdrújulo. Metáfora de la lucha de clases a golpe de sextante. Clima asfixiante y baile de máscaras al paso de la línea del Ecuador.


Una línea que Daïnah (Laurence Clavius), la mestiza, la mulata, traspasa una y otra vez. En el camarote, su marido (Habib Benglia), un mago llamado Smith, negro como la noche.


En los salones, una ronda de cortejadores blancos, babeantes ante su declaración de que lo único que mueve el mundo es desear y sentirse deseada.


En cubierta, el maquinista Michaux (Charles Vanel) que sale a tomar el aire después de una jornada en el infierno y a la vista de la mujer siente palpitar un deseo que no se para en barras.


Baile de máscaras en el que Daïnah terminará rechazando a cualquier compañero de baile para entregarse a la danza frenética y solitaria que provoca en ella el jazzbandismo.


Máscaras grotescas para los burgueses; una máscara que deja ver el auténtico rostro de Daïnah y, al tiempo, la aprisiona.


Smith en su número de magia, que es antes que nada una demostración de lirismo cinematográfico, evocación de un impresionismo silente rápidamente caído en el olvido con la llegada del sonoro.


El rostro negro del mago bañado por la luz. Agua, peces de colores. Bola de cristal, paloma, daga. El vuelo de la daga atravesando el salón. Explosión mélièsiana. Escamoteo del propio mago… Magia en negro y blanco.


Daïnah la métisse (1931)
Producción: Gaumont-Franco Film-Aubert (FR)
Director: Jean Grémillon.
Guión: Charles Spaak, de una novela de Pierre Daye.
Intérpretes: Laurence Clavius (Daïnah Smith), Habib Benglia (su marido), Charles Vanel (Michaux), Gabrielle Fontan (Berthe), Gaston Dubosc (el capitán), Maryanne (Alice), Lucien Guérard (el doctor)
50 min. Blanco y negro.