4 de septiembre de 2021

Un hombre-pájaro

Fifí la plume (Fifi la plume, 1965), Albert Lamorisse


Albert Lamorisse, hombre-pájaro 
El fotógrafo francés Albert Lamorisse siente una temprana inclinación por el cine. Sus primeros trabajos en este campo, que le reportan fama internacional, son cuentos teñidos de poesía, sin apenas diálogo y con niños por protagonistas. Bim, el pequeño asno (Bim, 1950) relata la alianza entre un niño de la calle y el hijo del caíd, en un mundo próximo al de las Mil y una noches, para rescatar a un burrito que ha caído en manos de unos ladrones. Crin blanca (Crin blanche, 1953) es la fábula de un muchacho de la Camarga enamorado de un caballo salvaje. La obra más conocida de Lamorisse, El globo rojo (Le ballon rouge, 1956), narra en apenas treinta minutos la amistad entre un crío parisino y el globo del título, una historia fantástica en la que lirismo y humor se dan la mano. Estas dos últimas obras, merecedoras de sendos premios en Cannes, oscurecieron el trabajo posterior de Lamorisse, constituido por dos obras de mayor duración en las que emplea un invento conocido como “Helivision”, que le permite rodar imágenes desde el aire: Viaje en globo (Le voyage en ballon, 1960) y Fifí la plume (Fifi la plume, 1965).

Lamorisse fallece a los cuarenta y ocho años en un accidente de helicóptero, mientras rueda en Irán El viento de los enamorados (Le vent des amoureux, 1978). Su hijo se encarga de finalizar este documental. Casi toda su obra se estrenó comercialmente en su día en las pantallas españolas y ha sido reunida en una reciente edición en DVD con el vomitivo título de “El cine más bello del mundo”.

Un ángel en el circo 
Sin alcanzar el tiempo estándar de un largometraje Fifí la plume constituye el proyecto más ambicioso de Lamorisse en cuanto a duración. Se trata, una vez más, un cuento fantástico. A lo mejor peca un poco de ñoño, ¿y qué? Todos tenemos momentos tontos. Venga. Se lo voy a contar. Fifi (Philippe Avron) es un ladrón especializado en escalos; de esos que trepan por las fachadas y se descuelgan desde los tejados. Además siente pasión por los relojes. Trabamos conocimiento con él en plena acción, mientras escala una fachada y desvalija una vitrina llena de relojes de bolsillo. El dueño de la casa regresa inesperadamente y en su huida, Fifí busca refugio en un circo. En la película no aparece el nombre y he sido incapaz de hallarlo en ningún otro sitio. Se trata desde luego de un circo modesto, a juzgar por la sobriedad de su pequeña carpa y la escasez de público en los números que tienen lugar en la pista. La nómina tampoco es muy extensa: una pareja de malabaristas, un par de clowns, un hombre-bala (Claude Evrard), la écuyère Mimí (Mireille Nègre), el domador de leones (Henri Lambert) y el director del circo (Raoul Delfosse), empeñado en que su número estrella sea un “hombre pájaro”.

Fifí, acostumbrado a andarse por las alturas y enamoradizo como él solo, acepta sustituir al último candidato a volátil, que ha sufrido un grave accidente. Fifí no tarda en comprender que el número es peligroso y que tampoco tiene necesidad de romperse la crisma. Sin embargo –artificios del guión y habilidad de Lamorisse- sus alas no son de quita y pon sino que el director del circo se las ha insertado en la espalda. Por amor a la bella Mimí, Fifí consigue volar y aquí comienzan sus aventuras que tienen una doble vertiente: por un lado todos toman a Fifí por un ángel, por otro, él sigue obsesionado por robar relojes y tirarle los tejos a cuanta chica se le pone a tiro. Fifí entabla un duelo con el domador, a ver quién regala el reloj más aparatoso a Mimí, lo que le lleva a intervenir en las vidas de un relojero suicida por amor, de su enamorada, hija de un rico coleccionista de antigüedades, de una banda de ladrones –que terminarán declarándose “los buenos ladrones de Dios”- y de las libidinosas jovencitas de una residencia femenina. Son estas paradojas, de sano espíritu agnóstico, las que animan la cinta en su tramo medio. Ya les avisé de que no todo es oro en esta película. El latón también ocupa parte del metraje, pero en estas correrías ingenuas se engarzan momentos de poesía e, incluso, de puro surrealismo, como la batalla de relojes, en la mejor tradición del slapstick, en la que Fifí se enfrenta al domador empuñando una saeta de reloj y con una esfera por escudo, como si de un gladiador se tratara. Perseguido por la policía, por el domador y por los perjudicados por sus latrocinios, Fifí monta en un caballo. Es blanco, como su túnica y sus alas. Los automóviles lo acorralan. No por diáfana la metáfora es menos potente.

Otra imagen poderosa: Fifí encaramado en lo alto de un silo, se enfrenta a un helicóptero. Acosado, Fifí vuela hasta las nubes hasta recalar, exhausto, en la costa bretona donde un hombre que se dedica a recoger algas lo lleva a casa. Él y su mujer le dan de beber calvados para reanimarlo. En aquel lugar solitario, bien comido, bien bebido y bien descansado Fifí concluye, acaso demasiado perogrullescamente, que aquello es el auténtico paraíso. Sin embargo, debe regresar para enfrentarse a su destino. Irrumpe en la iglesia donde Marie-Noëlle de Montsouris (Paule Noëlle), la novia del relojero, va a casarse con el viejo que sus padres han elegido para ella. En semejante lugar su autoridad celestial es indiscutible. Queda por resolver lo peor. En el circo, Mimí se ha enterado de sus devaneos amorosos y su vida criminal y no está dispuesta a seguir con él. Mientras tanto, el domador ha decidido convertirse en hombre pájaro para ganarse el afecto de la amazona. Todo se resuelve felizmente. El domador, con sus flamantes alas, es detenido como autor de los robos y Fifí renuncia a las suyas. Mimí, nueva Dalila, las corta con unas tijeras y las clava en la pared de su carromato. ¿Cómo se ganarán ahora la vida? ¿Recuerdan ustedes que la costa bretona era el paraíso en la tierra? Hay una guinda… pero no se la cuento.

El hombre-pájaro y el hombre-bala 
Fifí la plume tuvo una discreta carrera comercial. Las escenas de vuelo no son tan espectaculares como las de Viaje en globo –obtenidas también gracias al sistema “Helivision”- y su aliento lírico no alcanza la pureza de El globo rojo. A lo mejor porque, por primera vez, el protagonista de Fifí la plume no es un niño, sino Philippe Avron, que debuta de este modo en el cine. En la película también interviene Claude Evrard, en el breve papel de hombre-bala. Avron y Evrard han formado dúo durante casi treinta años. Ambos se conocieron en la escuela de Jacques Lecoq y dieron sus primeros pasos en los cabarets parisinos de la “rive gauche” a principios de los años sesenta. Su consagración se produjo en los años setenta, cuando eran puntos fuertes en la programación del Festival de Avignon. Avron sigue ocupadísimo con sus “one man shows” y un DVD reúne quince años de actuaciones junto a Claude Evrard. Los amantes del cabaret pueden ver el trailer en www.philippeavron.com.
Sr. Feliú
Fifí la plume (Fifi la plume, 1965) 
Producción: Films Montsouris (FR) 
Dirección: Albert Lamorisse Guión: Albert Lamorisse 
Intérpretes: Philippe Avron (Fifí), Mireille Nègre, Pierre Collet, Michel de Ré, Raoul Delfosse, Georges Guéret, Henri Lambert, , Paule Noëlle, Jacques Ramade, Martine Sarcey, Jean-Jacques Steen, Michel Thomass, Dominique Zardi. 
80 min. Blanco y Negro.

1 de septiembre de 2021

La Mara


María del Pino Papadopoulos nace en San Fernando (Cádiz) y eso se nota. Hija y nieta de artistas, debuta con cinco años en el familiar Circo Florida y desde muy temprano, al ser la primogénita de una familia numerosa, cuida y enseña a sus hermanos asumiendo una responsabilidad que ha mantenido toda su vida y de la cual se siente muy orgullosa. En 1948 consigue un contrato en el Circo Segura, donde sufre su primera caída al actuar en Jaén, a consecuencia de la cual se rompe la cadera, accidente que la mantiene inactiva durante un mes. Su tenacidad y entusiasmo la hacen recuperarse pronto, aunque dos años más tarde la tragedia vuelve a rondar su vida: el Circo Casablanca, de su propiedad, es pasto de las llamas en Azuaga, un pueblo de Badajoz.

El circo era como la culminación de su boda con don Enrique Campos en 1950. Ese mismo año, confirmando que las cosas no pasan porque sí, un representante del Ringling le ofrece un contrato para actuar en Estados Unidos. El horizonte y la imaginación de una jovencísima Mara casada casi a la fuerza y preñada de una hija se disparan. Es el premio a su duro entrenamiento hasta conseguir una precisión en sus ejercicios nunca vista hasta ahora.
Así que deja a cargo de sus padres a su pequeña hija y parte rumbo a las Américas con su marido y su hermano Tonito, aún un mozalbete. El 15 de abril de 1951 debuta con el Ringling Bross and Barnum & Baileys en el Madison Square Garden dejando al público de Nueva York maravillado con la fuerza que transmite al balancearse sobre el trapecio, paralizados en el momento en el que la trapecista se desliza desde las corvas hasta los talones en la cúpula del circo y sin sujeción alguna.No he tenido la suerte de ver una actuación de Mara en directo, pero sí la he visto innumerables veces en las grabaciones que, generosamente, ella misma ha puesto a mi disposición.



Mara participa en bastantes programas de Ed Sullivan, el pionero de los programas de espectáculos en televisión, y allí está Mara, con una música deliciosa, balanceándose sin miedo, retando con su arte al peligro. En septiembre de 1953, en Tacoma, sufre una nueva caída. Esta vez es bastante grave. Mara es intervenida siete veces debiendo permanecer inactiva durante dos años en una silla de ruedas. Los médicos dictaminaron, después de siete intervenciones: “Creemos que todo está perdido. Si acaso, podrá pasear, pero nada más”. Nada más lejos de la realidad. El 4 de marzo de 1955, “ante el asombre de J. Ringling Norton, que no podía contener la emoción ni acertaba a creer lo que estaba viendo: la presencia de la artista en el trapecio ante los dieciocho mil espectadores que abarrotan el local. Un espectáculo televisado para 42 estados, publicándose la fotografía de Miss Mara en veinte millones de periódicos”.Según la biografía escrita por Simón González, “una de las tres noticias más importantes del año 1955”. A Mara, como buena guerrera, le gusta presumir de las cicatrices que oculta tras su belleza.


En 1961 realiza una gira en Europa con el Spanischer National Circus de la empresa Feijóo–Castilla que la consagra ante el público del viejo continente. En 1962, se le concede el Oscar Internacional del Circo en Viena y los contratos se suceden. Mara trabaja en los mejores circos europeos hasta finales de 1979 cuando realiza su última temporada con el Circo Atlas de los hermanos Tonetti. Mara se despide de los espectadores, que no del circo, en Valencia. Aunque su última actuación se produce en abril de 1980 en el programa de TVE que presentaban los payasos Gabi, Fofó y Miliki. En Rings Around the World, una película documental dirigida por Gilbert Cates en 1966. El actor Don Ameche presenta entusiasmado, como primer número de un programa fabuloso, a “La Mara”. En esta grabación Mara tiene 33 años. Su experiencia, acumulada tras muchos años de trabajo y sacrificio, se aprecia en cada movimiento que realiza. Su aparición, como guinda de una inmensa tarta que irrumpe en la pista, es un magnífico presagio. Mara se agarra a la cuerda y sus formados músculos comienzan a iluminarse. Con un gesto arrebatador se despoja de la capa y con otro, de una intensidad que no se ve muchas veces en la pista, agarra el trapecio con una mano, manteniéndose suspendida por un instante que se llena de emoción, hasta que Mara la hace desbordar con otro gesto que da comienzo a una rutina impecable.


Antes de su fallecimiento en diciembre de 2013, Mara era presidenta del Club de Payasos y directora de un centro de educación infantil, actividades muy circenses ambas. Era miembro del Consejo asesor del Ministerio de Cultura y poseedora de la medalla de Oro al Mérito de las Bellas Artes al Circo 2007.

En Circo Méliès comentaremos algunos trabajos en los que Mara ha aparecido:

Rings around the World (1966), Gilbert Cates
Circus (1966), Jonas Mekas
Toast of the Town [Ed Sullivan Show] (1948-1971)(programa de televisión americano)
Piste aux Etoiles (1950-1975), de Gilles Margaritis y Pierre Tchernia
(programa de televisión francés)


30 de agosto de 2021

Miss Mara

Número dos de la colección El Circo, editada por la Librería La Avispa de Madrid, establecimiento especializado en teatro, que durante varios años estuvo publicando volúmenes dedicados al circo con la colaboración del Ministerio de Cultura. Las ediciones no estaban especialmente cuidadas, pero el caso es que se publicaron. En esta ocasión, Simón González trenza la biografía de Mara Papadopoulos, una de las dos grandes trapecistas españolas que triunfaron en Estados Unidos —la otra es Pinito del Oro. El número de Mara en el trapecio de fuerza envolvía a todo el público en una atmósfera de suspense y admiración difíciles de ver en una pista de circo. Mara es protagonista de la película de Jonas Mekas, Notes on the circus (1964) y también ocupa un puesto destacado en el documental Rings around the world (1966) presentado por Don Ameche. Su vida es un recorrido heroico desde un circo familiar andaluz hasta la mejor pista del mundo. Su determinación, su temple, su capacidad de sacrificio y su pasión artística hacen de su vida una fuente inagotable de inspiración. 

GONZÁLEZ, Simón 
Una vida apasionante en la vida del trapecio 
Editorial J. García Verdugo, 1999, Madrid 
ISBN: 84-95144-23-9

29 de agosto de 2021

Mekas y Mara

Notes on the circus (1966), Jonas Mekas

Jonas Mekas nace en 1922 en Lituania. En 1944, preso por los nazis, pasa 8 meses en un campo de trabajos forzados. Tras la Guerra estudia filosofía en la Universidad de Mainz y en 1948 emigra con su hermano Adolfas a Estados Unidos, estableciéndose en Brooklyn, Nueva York. Dos semanas después de su llegada consigue dinero prestado para su primera cámara, una Bolex 16-mm, y comienza a filmar momentos de su propia vida. Descubre el cinema avant-garde y a los personajes importantes de la época, como Andy Warhol, Timothy Leary, Allen Ginsberg, Nico, Salvador Dalí… Nueva York es un hervidero de vanguardias. Jonas Mekas se convierte en uno de los máximos exponentes y defensores del cine experimental americano. "Su tenacidad en la defensa de los nuevos cineastas desde la revista que él mismo creó, "Film culture", y el semanario "The Village Voice", donde colaboraba, permitieron a este cine encontrar huecos en donde se hablara de él y, por consiguiente, salas donde se exhibiera", nos cuenta David Gutiérrez Camps, en su magnífico artículo "Jonas Mekas y el underground neoyorkino: una actitud nueva". En 1960 promueve la firma del First statement, declaración que en 1960 hicieron algunos cineastas independientes —entre ellos, Mekas, Frank, Markopoulos y Bogdanovich—, en 1962 crea su propia cooperativa, The Film Makers, con la que realiza y produce películas que de otra forma nunca hubieran llegado a realizarse y el Film Makers Showcase, para poder distribuirlas. Más tarde, en 1970, crea los archivos Anthology Film Archives, que hoy en día es la mayor y más completa cinemateca dedicada al cine experimental. Hasta 2018, un año antes de su muerte, Jonas Mekas seguía muy activo y desde 2007 su página web ofrecía una película al día en un macroproyecto en colaboración con Apple.

Notes on the circus es un montaje vertiginoso del Circo Ringling Bross and Barnum & Bailey de doce minutos de duración. La trepidante sucesión de imágenes, acompañadas por una divertida banda sonora de música medio country, nos presentan una función única resumida, condensada en imágenes esenciales, desnudas, pobres, si se quiere, libres y revolucionarias para el autor. Una de estas imágenes, que se repite, por su fuerza, plasticidad y riesgo, es la trapecista Mara Papadopaulos, de la que ya hemos hablado cuando hemos comentado Rings around the world. Mara y sus hermanos Los Tonitos, equilibristas sobre el alambre, estuvieron contratados por este gran circo americano durante algunos años. Jonas Mekas pasaba por allí y decidió inmortalizarlos a su manera: descarnadamente, sin artificios. Elefantes, caballos, malabaristas, trapecistas, una función de circo atrapada en el movimiento veloz de una cámara que busca más allá del encuadre.


27 de agosto de 2021

El Gran Mentallo

El hombre con rayos X en los ojos (X, The Man With the X Ray Eyes, 1963), de Roger Corman

¿Recuerdan ustedes al Gran Mentallo? Yo no he podido olvidarlo. Trabajaba en una feria, un side-show, al que le condujo una ambición de conocimiento que raya en la blasfemia.Pero es que estamos en el mundo de los científicos alocados de la serie Z. ¿Les resulta un poco confuso? Empezaré con una confesión personal. Uno iba, mediada la década de los sesenta, a un colegio religioso. Igual podía haber tres mil alumnos que cinco mil. La cosa es que el colegio contaba entre sus instalaciones con un gran salón de actos, con su patio de butacas, su gallinero, su pantalla y su cabina de proyección. Por una módica suma –pongamos, un duro- podía uno asistir los sábados a un programa doble. Yo lo hacía regularmente. De este modo asistí a la proyección de El hombre con rayos X en los ojos, sin que se me ocurriera preguntarme quién era aquel Roger Corman que dirigía la película. Lo que entonces me importaba era la aventura fascinante del doctor James Xavier, empeñado en que el ojo humano fuera capaz de alcanzar toda su potencialidad. 

“El ser humano es prácticamente ciego; sólo es capaz de ver un diez por ciento del espectro luminoso”. No les cuento si además en el colegio te llamaban “cuatro ojos”, como era mi caso. Probablemente yo no alcanzara más allá del cinco por ciento del mencionado espectro. Sin embargo, el doctor Xavier (Ray Milland) trabajaba en una solución, una especie de colirio destinado a abrir los ojos del mundo. Ante la ceguera de sus colegas, se ve obligado a probar en sus propios ojos. Su visión se acrecienta. Lo malo del colirio -¿de la sed de conocimiento?- es que genera adicción. 

Cuando el doctor Brant (Harold J. Stone) intenta detenerle, Xavier le empuja. Cae por la ventana. El doctor se ha convertido en un fugitivo de la justicia. En su proceso de degradación el primer paso es trabajar como mentalista en una feria, con el redundante apodo de “The Great Mentallo”. Para su número de clarividencia se cubre los ojos con una venda que tiene un ojo ciclópeo bordado en el centro. El feriante Crane (el comediante Don Rickles) se encarga de explotarlo convenientemente en cuanto se entera de que guarda un secreto. De este modo, en un paso más en su descenso al infierno, el doctor Xavier ejerce de curandero. No les voy a contar el final, uno de los más eficaces, de la historia de la serie Z fantástica y a la altura del de El increíble hombre menguante (The Incredible Shrinking Man, 1957), de Jack Arnold.

Volvamos al colegio. El doctor Xavier lo mismo es capaz de diagnosticar correctamente a una enferma a la que un cirujano podría matar que acude a una fiesta en la que ve a todo el mundo desnudo. A pesar de que los cuerpos están convenientemente velados por plantas y muebles, los buenos curas pusieron una púdica mano ante el objetivo durante escena logrando así que nuestras inocentes mentes infantiles imaginaran lo peor.
Sr. Feliú

 

El hombre con rayos X en los ojos (X, The Man With the X Ray Eyes, 1963) 
Producción: Alta Vista Productions (EEUU) 
Dirección: Roger Corman 
Guión: Robert Dillon y Ray Russell. 
Intérpretes: Ray Milland (Dr. James Xavier, The Great Mentallo), Diana Van der Vlis (Dr. Diane Fairfax), Don Rickles (Crane), Harold J. Stone, John Hoyt.
79 min. Pathécolor.